Lo que hay

Hablaban en esa forma tan local en la que las conversaciones privadas acaban siendo públicas, sin mascarillas, bueno, adornados con sus correspondientes mascarillas pero en posición sostén de papadas, como es moda -una moda nada digna, por cierto-; hacía frío, pero menos que ayer, según los protocolos de todo bar que se precie, en el que las charlas entre parroquianos no parecen charlas sino que cada cual se dirige al ambiente y siempre hay alguien que recoge el guante y apuntilla con algo que, probablemente, quizás nada tenga que ver con lo que dijo el anterior. Llovería… lo dijo la tele… ¿cómo quedó el fútbol?… no lo sé… ─Buenas… -o no saludó al entrar, habituado al bar como al comedor de su casa, y tal vez menos transitado por su parte que aquellas paredes barnizadas de tiempos perdidos y pláticas intrascendentes que para la feligresía habitual vienen a ser como el aire que respiran, sus únicas referencias comunes o la vital evidencia de seguir todavía en este mundo y en pie. ─Ayer el coche se me paró… y tuvieron que ir a darme teta…

Observando a través de las cristaleras la oscuridad de la madrugada, en un mundo todavía sin gente, podía imaginarse a vehículo y conductor abandonados en un oscuro páramo por el que serpenteaba una carretera comarcal o local por la que no pasaban ni los aviones, yendo o viniendo de un trabajo miserable y mal pagado que, sin embargo, le permitía aquellos indispensables momentos de solaz de cada madrugada, entre otros como él, sangre de su sangre, almas gemelas tan expertas como resignadas a unas vidas que forman la argamasa que sustenta y da consistencia al edificio de este mundo, miles de vidas que rellenan las ranuras e intersticios que en última instancia conceden una absurda solidez a esa otra realidad que puebla las noticias, la televisión o, menos, todavía, las redes sociales. El apoyo es mutuo pero la representatividad no, como injusta sería la supuesta reciprocidad del intercambio, nada más lejos, los de abajo sostienen el escenario, las luces y el papel cuché mientras que las huecas vidas, vicisitudes y estrellas de este teatro, desde su altura impostada, ocupan las mentes y los sueños de aquellos proporcionando estímulos y significados a tan simples y golpeadas existencias.

No hubo un interés especial por averiguar la solución a la avería del día anterior, para quienes sobreviven entre dificultades, carencias y contrariedades permanentes otra significa más de lo mismo, la resignada desgracia de estar vivos. ─Esta tarde tengo que ir a la comisaría… -eso parecía nuevo, no todos los días va uno a la comisaría, a renovar el DNI o… detenido. Ahora las miradas sí tenían un objeto, expectantes, por eso nadie abrió la boca, aguardaban la continuación o una explicación desde el pico de la barra. ─Me han quitado el dinero de la cartilla… había 700 euros y ya no queda nada… Seguía faltando algo, no acababan de entender; la ausencia de preguntas y la prolongación del silencio apuntaban a la obligación de continuar. ─Lo han ido sacando poco a poco, por las noches… y ayer me dijo mi mujer que ya no quedaba nada… el día de antes había 280 euros y los sacaron de una vez… Dicen que ha sido un jáquer de esos, debieron copiar la tarjeta del banco y… No se trataba de una conversación pero había que contarlo, aunque tampoco alcanzó para alarma, algo más que añadir a la obligada resignación ante las siempre desafortunadas bazas del destino, o lo que toca, un qué le vamos a hacer pura derrota que no daba ni para enfadarse. En vidas tan persistentemente golpeadas no hay trascendencia por la que alarmarse, los imprevistos suelen ser sinónimo de desgracias; porque los imprevistos normales solo afecta a las personas normales, las que compaginan tanto lo bueno como lo malo en sus vidas, algo parecido a la buena o mala suerte. En este caso tampoco había necesidad de hablar de robo porque no era tal, eso solo sucede en las vidas normales, le habían quitado el dinero, sin más dramas, daba igual quién, otro golpe que, sin embargo, no impediría el café de cada mañana y el cuento para la escasa pero fiel parroquia.

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De fútbol

Comparar futbolísticamente a Maradona con Messi no deja de ser una pérdida de tiempo porque no es posible tal comparación, intervienen en ello factores de tiempo, momentos, memoria, fútbol o gustos personales que dificultarían cualquier posible entendimiento, bueno, también puede ser una forma de entretener cuando no hay nada más importante que hacer y hay que rellenar los espacios de deportes justificando dinero y trabajo. Donde no es posible tal comparación es en el simbolismo y la relevancia social, y si es menester en la importancia histórica, de uno y otro jugador, en este caso Messi se diluye como un azucarillo hasta la completa intrascendencia. La trascendencia social, el impacto del fenómeno sociológico Maradona, el mito -incluso-, aunque nace y se desarrolla a partir del fútbol, fue extendiéndose y ampliándose en el tiempo hasta engullir al jugador y a la persona, por eso se equivocan aquellos que con motivo de su muerte exigen luz y taquígrafos para los numerosos errores que el tipo cometió durante su vida, no es el caso. Las pasadas y multitudinarias manifestaciones de condolencia por su muerte transcienden el deporte de la pelota.

Maradona, además de un genial futbolista, fue lo más parecido a un mesías, el inesperado redentor de unos pueblos históricamente humillados y vencidos. Durante unos gloriosos años puso en el mapa social y representativo italiano, además de futbolísticamente, a una región que hasta entonces, al igual que sigue sucediendo hoy, simbolizaba lo peor del país, la pobreza, el subdesarrollo y la ignorancia de un sur que la religión más supersticiosa y la mafia habían convertido en su territorio. Hoy Nápoles, y el Nápoles, siguen donde estaban, pugnando por hacerse un lugar entre el orgulloso, rico y arrogante norte italiano, pero ya sin Maradona.

Simbolismo al que sumar, y en mayor importancia si cabe, lo que significó para el pueblo argentino la victoria contra Inglaterra en los cuartos de final del mundial de México -con dos goles del propio Maradona-, así como la posterior obtención del título. La venganza de un pueblo que hacía tan solo unos años había sido derrotado en una guerra absurda por un puñado de islas situadas junto al fin del mundo, una desigual contienda contra los restos de un Imperio Británico -auxiliado por judíos y norteamericanos- que vio en el estúpido órdago de aquella cuadrilla de generalotes argentinos, lanzado con el fin de distraer a la población de su flagrante incompetencia a la hora de dirigir el país, la oportunidad de revivir viejas glorias imperiales. Una lucha desigual en la que se enfrentaron la tecnología y el poder económico del momento contra un incapacitado y hambriento ejército de jóvenes tan engañados como desorientados.

Este último es el Maradona recientemente desaparecido, el otro, el futbolista, ha de aparecer forzosamente porque de lo contrario sería incomprensible y entendible para alguien sensato el revuelo que ha levantado, tanto en Argentina como en Nápoles, su reciente muerte.

Frente al fenómeno Maradona Messi vegeta de forma cada vez más anodina hacia el final de su carrera, viendo cómo se alejan sus mejores años y sin ser capaz de decir basta, despojado de toda épica, sin estímulos, temido y odiado por sus propios compañeros, incapaces jugar al fútbol -como si se tratara de meros aficionados- porque también son incapaces de desprenderse de la influencia y el peso de su sombra; convertido en un chupón cada vez más previsible al que solo le queda esforzarse por ganar todo el dinero que pueda, mientras le duren las piernas.

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Infancia

Todos hemos pasado por una infancia como etapa ineludible para llegar a ser los adultos que hoy somos, para bien o para mal, y cada cual la sitúa según en qué rincón de su memoria o corazón. Hasta aquí ningún problema, hoy sabemos, y mucho, de la gran importancia del periodo infantil para la correcta madurez del futuro adulto, y lo que cada uno haga o cómo se alimente con ese periodo es asunto propio, pero, en cualquier caso, la infancia es una época transitoria que alumbrará el adulto de mañana y la felicidad que pueda alcanzar. Conocí a una mujer que afirmaba, sin ningún género de duda, que la mejor época de su vida fue su infancia, enormemente feliz, guardada en un rincón de lo más querido y solo ofrecida al conocimiento de los demás cuando la conversación giraba hacia derroteros propicios para que ella lo hiciera notar con orgullo. Otros hemos tenido infancias aparentemente más normales, mejores o peores -tampoco elegimos a nuestros padres- y dependiendo de cómo las hayamos asumido, y en algunos casos superado, así somos ahora. No hay mucho más.

Viene esto a cuento porque el otro día escuchaba una entrevista a un cantante, no recuerdo ahora mismo su nombre ni el del grupo con el que cantaba, que también afirmaba que su infancia fue tremendamente feliz y, más aún, todavía se preocupaba, como contaba en tono más bien bobalicón y algo birria, por conservar una especie de pulsión, instinto o pureza infantil tan grato como importante para su vida de adulto, una supuesta autenticidad que se esforzaba porque fuera coparticipe de su presente, influyendo tanto en su vida como en su trabajo.

Estos dos casos no son únicos, he oído en muchas ocasiones valoraciones similares de la infancia, no como una etapa felizmente pasada sino como un presente más bien forzado y forzoso al que no se quería renunciar porque, según los implicados, sin ese componente infantil ellos no serían las auténticas y estupendas personas que a sí mismas se creían.

Qué decir. Pero la infancia es una etapa del desarrollo individual, todo lo crucial que ustedes quieran, como lo es para cualquier especie animal en el natural proceso hacia una plenitud y madurez adultas que son el objeto de nuestra presencia en este mundo. Si fuera posible preguntarles probablemente ningún ciervo querría ser permanentemente cervato, ni ningún león cachorro ni ningún chimpancé monito continuamente asido a la pelambrera de su madre, ni física ni mucho menos psicológicamente. Y si le preguntáramos a un niño se negaría en redondo a ser permanente niño, es más, nos preguntaría si es que somos tontos. Quizás sea por eso que me chirría tanta alabanza hacia esos esfuerzos por conservar vestigios, o aspectos -o lo que ustedes quieran- de una infancia única e ideal que se parece más a publicidad de Disney o Ikea que al sentido común del que deberían hacer gala las personas; niños grandes siempre sonrientes en la mayoría de los casos rozando la imbecilidad.

De qué o de donde provengan o qué significan tales loas infantiles y tanto esfuerzo por no perderlas me deja desorientado. Intento ser prudente, en otras circunstancias ya habría sacado los pies del tiesto y habría cerrado el asunto de un carpetazo más bien brusco, porque no tiene mucho sentido que algunos individuos se jacten de conservar un toque infantil que ellos mismos interpretan como originalidad o frescura, siendo más bien la expresión pública de un temor enfermizo al mundo adulto, que en definitiva es lo importante. Si después de pasar el correspondiente periodo infantil uno sigue pensando y doliéndose por su progresivo al alejamiento en el tiempo mal andamos. La inteligencia de un niño es egoísta porque es básica -¡ojo! jamás simple o estúpida-, el egoísmo infantil del adulto empeñado en no crecer es simpleza y estulticia, y sobre todo inmadurez.

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Noviembre

En este país hay cosas que parecen suceder porque no queda más remedio, ni siquiera por azar, sin que nadie sepa o le preocupe, no hay razón cuerda que en ocasiones entienda el proceder de sus gentes, sin que a primera vista pueda adivinarse una conducta mínimamente consecuente, lo que quiera que piensen o sea que rige u ordena sus comportamientos, tanto individuales como colectivos; flota en el ambiente un inextricable porque sí que lo mismo te quiere como te desprecia. Por ejemplo, el Estado está ahí para mandar y vigilarnos como para saltárnoslo a la torera, para obligarnos en contra de nuestro chulesco desinterés y endémica pereza como también para solucionarnos todos los problemas y, llegado el caso, proporcionarnos una subvención o un subsidio al que tenemos un inalienable derecho no escrito y que nada tiene que ver con nuestro comportamiento cívico; disponemos de barrenderos que se preocupan de recoger la mierda que tiramos al suelo porque de ese modo justificamos su puesto de trabajo. Tocan fiestas e independientemente de la situación que padecemos prima el derecho a divertirse, ya habrá tiempo, allá por febrero, de lamentarse por los inevitables muertos -esos, que siempre son de otros-, porque las hipotéticas consecuencias de lo que hagamos hoy nada tienen que ver conmigo y mi derecho a la jarana. Quizás por eso, desde ya, adultos de todo jaez atiborran bares y locales de copas cuando es de requerimiento público, y en última instancia obligado, mostrar prudencia debido a la actual situación, en algunos casos mostrándose pasados de copas a las tempranas diez de la noche de un sábado cualquiera -porque a las doce toca estar en casa- atizados por una incontenible perentoriedad que no deja opciones ni a la cordura ni a la razón. Luego, esos mismos se extrañarán y renegarán cuando toque hacer de padres supuestamente responsables de tanto joven adocenado apretujándose en botellones a los que la pandemia ha arrojado al limbo de lo indescifrable, tal y como surgieron y suele suceder por aquí.

Siempre es el Estado el que gusta tocar las narices más de lo que debiera, como en el caso de la aprobación en el Congreso de una ley de educación que solo provoca daños y perjuicios porque va en contra de la libertad, una libertad que por aquí suele ser sinónimo de mis santos atributos; y como eso son palabras mayores toca echarse a la calle como zombis disfrazados de lazos y bocinas y sin tener ni idea de lo escrito, no importa. Pero en este caso las cosas son más fáciles de entender y nada tienen de imprevisibles, ni interviene el azar o porque sí, la supuesta ofensa es contra una iglesia católica nacional habituada a amenazar y gritar contra todo lo que huela a pérdida de privilegios. La misma iglesia de siempre, esa cuasi secta criminal que adoctrina tanto como engaña parasitando unas supersticiones locales dirigidas por unos hechiceros que suelen permanecer a resguardo, escondiendo la mano pero comiendo y viviendo de esa otra mano a la que acusan y muerden por intermediación de unos fieles que siguen sin saber pensar al margen de la santa zanahoria, una feligresía que exhibe una extraña mezcolanza de privilegios, servilismo e ignorancia que nada tienen que ver con la religión y si con un fundamentalismo tan retrógrado e intransigente como arcaico. Otro noviembre más.

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Medievo

En un arriesgado ejercicio de comparación histórica que igual no es tal, esta época que nos ha tocado vivir se parece más al medievo que al siglo XXI de un futuro que ya es presente, da igual si utópico o distópico; la confusión del personal, a falta de proyectos o líderes más o menos sólidos o con capacidad de ilusionar mediante empresas, da igual el plazo, esperanzadoras, parece endémica, la desorientación se generaliza y la ignorancia se multiplica por doquier. Fracasadas las visionarias distopías de aquellos gurús de la economía, o directamente sinvergüenzas adocenados del dinero a los que les importaba un pimiento la vida de la plebe, como fueron Hayek y Friedman, que han dejado este mundo hecho unos zorros, con una gran mayoría de la población viviendo peor y sabiendo y confiando cada vez menos, amén de vigilados, explotados, exprimidos y expulsados de los salones de la aristocracia del dinero, carne digital de cañón, el panorama es desolador.

Las religiones, mejor, la superstición vuelve a regir las voluntades, se mira hacia atrás buscando en la sagrada ignorancia de padres y abuelos una seguridad que hoy no es tal, una forma de vencer el miedo al futuro de no tener futuro. Los líderes de la actualidad son cada vez más básicos y cafres, estúpidos o directamente maleantes que se dirigen a sus ciudadanos o votantes como si fueran imbéciles, mintiendo y engañando sin pudor porque en la desconfianza general, subrepticiamente impuesta, nadie es de fiar, tampoco los que, apelando a la razón, los hechos y el sentido común, intentan con los datos en la mano que alguien les preste atención y con ello intentar enderezar el rumbo.

Sin embargo, hoy no hay milenarismos ni milenaristas que vendrán a salvar a la humanidad de este caos impuesto, queda, en cambio, la ignorancia y la sumisión permanente a una realidad digital que ejemplariza este nuevo medievo, una sucesión de aplicaciones, enlaces, casi divinos, imágenes y vídeos que asesinan el tiempo a medida que vacían el cerebro. Hoy domina esa inmediatez medieval de buscarse la vida por uno mismo a costa de quien o lo que sea, la sangrienta seguridad de los míos, contra viento y marea si ese preciso, pero sin la rudimentaria candidez de entonces, embebidos en infinitas islas digitales que nos muestran en un interminable bucle un mundo mágico, casi sagrado, que no existe ni existirá, únicamente visible a través del dispositivo que expertamente manipulamos, una experiencia tan básica como inútil porque, llegado el caso de no poder disponer de esa imaginaria realidad, nos mataría de hambre porque no sabríamos cómo vivir y desenvolvernos sin él. El cielo y el infierno de entonces, contado y mostrado mediante historias, leyendas e imágenes que la aristocracia medieval se encargaba de distribuir entre los siervos con tal de tenerlos tan entretenidos como atemorizados, hoy se difunden vía digital, hasta el punto de que, como dijo un asesor de Obama allá por el año 2008: “sabemos a quién va a votar la gente antes incluso de que lo hayan decidido”.

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Papistas

Cuando el día de las elecciones el actual presidente de Estados Unidos, Sr. Trump, apareció en público para denunciar el supuesto fraude en los resultados electorales propiciado por los demócratas, los canales televisivos mayoritarios decidieron al unísono interrumpir la emisión en directo para que un comentarista de la cadena justificara ese hecho extraordinario, en esos momentos no existía ningún indicio de que tal fraude fuera cierto, sino que aquello más bien parecía una denuncia sin pruebas por parte del perdedor intentando justificar su frustración y enfado por lo que los resultados electorales mostraban entonces. El hecho era más que importante, posiblemente la primera ocasión en la que una aparición del presidente de la nación más poderosa del mundo era interrumpida por decisión de los medios, que de ese modo tomaban parte como ciudadanos de lo que hasta ese momento casi todo el mundo entendía como una pataleta de un tipo habituado a salirse con la suya, incluido mentir con la intención de crear confusión para beneficiarse. Viene a ser lo mismo que los negacionistas de la actual pandemia, tipos que sin pruebas de ningún tipo deciden manifestarse en contra en función de intuiciones personales o novelescas confabulaciones de dudosa credibilidad, como si no dispusiéramos de argumentos y datos suficientes para explicar una realidad más que corriente.

Está claro que un medio de comunicación ha de limitarse a informar permitiendo que cada lector o espectador saque sus propias conclusiones a partir de lo que ve, lee o escucha. Tal vez por eso hubo algunos tipos que en varios medios españoles denunciaron tal actuación como un modo de censura que en una democracia no debería existir, con ello se estaba actuando como en una dictadura; y en principio no les faltaba razón.

La razón, y el peligro, de la democracia reside en que cada cual puede decir lo que piense o le parezca sin que nadie se lo impida, el resto de los ciudadanos son los que en última instancia tienen la palabra, pero ¿y si quien proclama falsedades sin fundamento a la vez controla la mayoría de los resortes del poder, además de algunos medios de información, ahogando las voces contrarias y con razones para desenmascarar sus tretas? ¿Quién debería decir basta? ¡las cosas no son de ese modo! ¿Por qué los propietarios o trabajadores de los medios no pueden actuar como lo que también son, ciudadanos como el resto, y defender el sistema de quien valiéndose de su posición preponderante pretende crear confusión y sospecha para salirse con la suya?

Es cierto que la situación creaba un precedente peligroso, justificando en cierto modo actitudes futuras similares respecto de personas y proyectos que poco o nada tuvieran que ver con aquello. Pero si estamos de acuerdo en las obligaciones de una cadena informativa, limitarse a informar de forma veraz, también hemos de admitir que las personas que dirigen y trabajan en los medios son ciudadanos como cualquier otro, con voz y voto en todo lo referente a la convivencia y participación en cuestiones políticas y sociales. Estas personas se mueven en ocasiones en el filo de lo permisible, su trabajo es ofrecer un marco en el que cada cual exponga su opinión, pero como ciudadanos también tienen unos derechos y obligaciones, entre estas impedir que otro u otros intenten desprestigiar o destruir los mecanismos políticos o sociales con los que esa sociedad, su propia sociedad, se autogobierna.

Hay situaciones que, siendo iguales en apariencia, nada tienen que ver unas con otras, puede haber circunstancias específicas que las hacen diferentes, y en algunos casos únicas, luego los estándares habituales deberían aplicarse de forma distinta o permanecer en suspenso; por ejemplo, no puede tratarse del mismo modo el robo de una barra de pan por parte de quien no tiene para comer que un robo de millones por parte de un tipo que aprovechándose de su posición decide apropiarse con cualquier artimaña económica de lo que no es suyo. En ambos casos estamos de acuerdo de que se trata de un robo, pero cualquier juez con sentido común tendría en cuenta que las circunstancias de uno y otro son tan dispares que sus baremos, no olvidando en ningún momento que hablamos de lo que comúnmente se trata de robar, han de ser distintos a la hora de juzgarlos y condenarlos, porque de lo contrario la justicia no sería justa.

Por eso creo que en el caso norteamericano hay circunstancias importantes que pueden ser tomadas como atenuantes; sí, se pone un práctica un acto de censura más propio de dictaduras e impensable en cualquier sistema democrático, pero también es cierto que el presidente perdedor cuestionaba el sistema sin ninguna prueba sobre la mesa, probablemente movido por la ira y el fracaso de la derrota, inventando confusión y dudas sobre un método electoral que, como ciudadanos, también afectaba a los trabajadores del medio televisivo.

Llega un momento en el que un ciudadano no puede actuar como si fuera un extraño, como si se tratara de un extraterrestre observando las idas y venidas de la especie humana, sin mover un dedo porque ello significaría condicionar el medio, algo así como lo que un naturalista pone en práctica cuando estudia la vida animal, la no intervención en un mundo que le es ajeno. Pero los trabajadores de las cadenas televisivas no son naturalistas, aunque lo intenten con su trabajo, también son elementos integrantes y participativos de la sociedad que, en este caso, el perdedor cuestiona por pura soberbia y desprecio hacia los demás, que aceptan de buen grado las reglas que ellos mismos se han dado para gobernarse.

Por eso creo que estos papistas con tribuna en los medios de comunicación, sin pretender quitarles la razón, deberían pensárselo dos veces antes de situarse por encima del resto denunciando desde la pureza de su torre de marfil esas “malas actuaciones”, porque los demás también lo saben, pero si no hacemos nada ante gente de esta calaña, deberíamos asumir la posibilidad de que a estos disidentes libres no les importaría destruir lo que hemos construido entre todos, por el solo hecho de no conseguir lo que quieren; eso sí sería abrir la puerta a una dictadura. La democracia se construye entre todos, también por parte de la prensa, y hay ocasiones en las que el periodista, además de actuar como periodista, también ha de hacerlo como ciudadano y evaluar qué perdería si en aras de la pureza e imparcialidad de la información permitiera que desaprensivos insolidarios de cualquier calibre destruyeran una sociedad que también es su propia casa.

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Un mundo extraño

A estas horas de la mañana una mujer rumana tan amable como eficiente sostiene a una parroquia que vegeta ante un café con el mismo desinterés con que atiende a cada nuevo cliente que empuja la puerta buscando una bebida caliente con la que despabilar otro día en el que el sol comienza a calentar ahuyentado un viento que deja una calma casi completa solo interrumpida por el canto de los pájaros y un horizonte limpio bajo un cielo azul que invita a demorarse o a caminar más de lo debido en un otoño que todavía permite momentos para disfrutar si es que uno es capaz de ir más allá y saborear lo que tiene de especial estar despierto y con los sentidos a punto aunque no todos sepan cómo o para qué mientras cada cual regresa a su respectivo vehículo y se reengancha a una radio adormecedora que no cesa de emitir noticias de contagios y porcentajes a los que les siguen más muertos resultado de una calamidad mundial que llevamos soportando más de lo imaginado sin necesidad de consentimiento o a nuestro pesar voluntariamente atados de pies y manos además de doblegados por una estupidez infinita que cada día nos aproxima al límite incapaces de hacernos con las riendas de nuestro propio mundo porque seguimos despistados y moviéndonos en contra de nosotros mismos sin todavía saber que esto nos pertenece y por ello nos corresponde estar aquí de la mejor forma posible sin tener que preguntar por qué o para qué pero esforzándonos por evitar o no llegar al desolador espectáculo de soportar noticia tras noticia de un resto del mundo igual de atribulado y sin nada de lo que congratularse tal que autómatas moviéndonos a un ritmo impuesto el cual jamás se nos ocurriría cuestionar al igual que no nos extrañamos cuando volvemos al camino y a nuestros pasos y oímos unos tiros cercanos provenientes de otros que no tienen nada mejor que hacer en esta preciosa mañana que dedicarse a matar como metáfora de un aburrimiento infinito que condena a tanta cabeza vacía a entretener su ausencia de sentido con el mal de otros animales que bien poco pueden hacer al margen de correr y refugiarse huyendo de unas botas que andarán caminos y veredas hasta que la brújula que encierran en el estómago les redirija haciéndoles cambiar de dirección hacia la misma barra de todos los días donde en estos momentos unos como ellos pero sin armas almuerzan en contra de todas las normas de prevención porque es como si estuvieran en su casa y por eso hablan tanto como gesticulan y gritan razones sin razón mirando de reojo una pantalla de televisión que emite imágenes de disturbios en cualquier lugar del país en los que jóvenes desprovistos de afectos y afinidades y reflectantes a cualquier acto de cordura o civismo queman después de destrozar y asaltar cualquier cristal a su alcance movidos por un vacío mental que causaría estupor a cualquier mínima mota de inteligencia viva que de inmediato correría hacia el lado contrario renegando de toda relación animal o humana con seres semejantes que quizás y no en el fondo tienen más de lo que parece en común con uno de los honrados simples de la barra que falto de tema de conversación o voluntad vuelve la vista hacia la pantalla asegurando que a él el Biden ese no le gusta porque le parece mejor el Trump que sabe más de economía y yo trato de no oír ni mirar y deseo que la tierra me trague porque sigo sin entender este mundo tan extraño en el que me ha tocado vivir.

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Inercias

Era una reunión familiar en el límite de lo permitido -aclaración obligada debido a los tiempos que corren-, otra celebración de aniversario convertida en algo más que una costumbre, un rito familiar, aposentándose año tras año, en el que se renuevan y consolidan unos saludables lazos personales que tienen tanto que ver con la zona como con sus gentes, probablemente causa, por otra parte, de algún repunte de contagios que ha empeorado la crisis sanitaria que seguimos padeciendo.

Hecha la salvedad voy a centrarme en lo que me interesa. Como en toda reunión familiar suelen mezclarse edades y formas de pensar que, según el día, pueden salir a relucir y dar ocasión a conversaciones o discusiones siempre interesantes, sobre todo porque entre humanos es mejor hablar e intercambiar pareceres que asistir como borregos a un indiferente e indiscriminado consumo de viandas y bebidas que en algunos casos suele desembocar en excesos y salidas de tono que, al menos y en ocasiones, sacan a relucir cuestiones pendientes que se han ido guardando y ensuciándose porque no había valor para ponerlas sobre la mesa. Pero alguna que otra vez salta la rana y sin saber por qué se acaba, no sé si conversando o discutiendo, a partir de opiniones y puntos de vista completamente opuestos, y eso siempre está bien. En este caso la parte más joven de la mesa se sentía ofendida, casi como un ultraje, porque con motivo de la situación sanitaria que estamos atravesando les prohibieran reunirse por la noche, dando con ello a entender que eran los únicos culpables; cuestión más que discutible o completamente inútil, sobre todo cuando había gente en tantos sitios -según la redes sociales- que se pasaban las prohibiciones por el arco del triunfo y además se jactaban de ello con videos y fotos que cualquiera podía ver. Oyéndolos, a veces daba la impresión de que, independientemente de las prohibiciones, la cuestión era o todos o ninguno, por lo que quedaba en el ambiente la sensación de que sí pero no, vale pero se ponen los medios para que cumpla todo dios, más vigilancia y multas a todo aquel que se salte las normas -con lo que volvíamos a nuestro querido palo.

La sección de mayor edad de la mesa escuchaba sus razones de forma condescendiente y sin palabras, o justificando unas medidas que consideraban justas porque los jóvenes están habituados a hacer lo que les da la gana, sobre todo en lo referente al consumo de alcohol. Se elevaban los tonos y se acusaba siempre a los demás esgrimiendo la confiscación de derechos -siempre derechos- como una medida abusiva; no era justo que unos jóvenes tuvieran que pagar por todos cuando en algunos lugares, o muchos, otros hacían con toda impunidad lo que les venía en gana, repetían. Los padres veían bien cualquier argumento que controlara el potencial desbarajuste que significan los hijos y sus ganas de vivir y los hijos se sentían maltratados en sus libertades fundamentales. Y así sucesivamente, en tono cada vez más alto y con las emociones a flor de piel.

Así, llega un momento en el que, si eres capaz de salirte de la conversación, adviertes que no hay ninguna conversación, sino una exhibición general de deseos y opiniones muy personales tomadas como supuestos derechos chocando unas contra otras, sin escucharse, un cacao de exigencias y voluntades que puede prolongarse indefinidamente sin llegar a nada en común; y me atrevería a decir que, si alguien fuera capaz de establecer una pausa y concretar las opiniones de ambos lados, sería posible hacerlas coincidir en una serie de puntos básicos en los que todos estarían de acuerdo, ¿entonces?

Esa es una de las evidencias más claras, la otra es que nadie de los presentes hablaba de convivencia, de obligaciones y responsabilidades, de una vida en común que nos identifica como especie y en la que unos parecen salir mejor parados que otros -siempre según el punto de vista propio-; en la que unos dan -también desinteresadamente- y otros reciben, en la que existen débitos y compensaciones, y necesaria cooperación. En la que los deseos personales son solo eso, deseos personales infinitos obligados a congeniar de la mano de una razón social que, de ser justa e inteligentemente llevada, solo traería beneficios para todos, a la corta y a la larga; pero…

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Trabajando

Las autovías y carreteras en buen estado van dando paso a otras de menor categoría en las que la señalización, junto con la calidad del firme, disminuye, persiste la oscuridad de la noche sobre el escaso tráfico, la conversación ha ido languideciendo y ahora cada cual se dedica a lo suyo, excepto el conductor, supongo, que atiende a la carretera resintonizando una radio que cada vez se oye peor. No consigo dormirme, será que he dormido suficiente y bien o que el madrugón me mantiene despejado, aumenta la frecuencia de las curvas y el paisaje comienza a despertar y colorearse con las primeras luces del alba, el relieve se va accidentando a medida que nos aproximamos a nuestro destino. Arbustos y matorrales, cada vez más altos, pueblan lomas, cerros y vaguadas más y más estrechas; robles, pinos y encinas salpicando grandes y onduladas superficies dedicadas a un cultivo extensivo ya recogido o a pasto de un ganado imposible aún de distinguir. Se suceden las pendientes y recovecos marcados por las numerosas rasgaduras de cauces secos, trazos caprichosos de otros días en los que el agua correteaba regalando un paisaje que comienza a latir con las claridades que anteceden a la inmediata salida de un sol dispuesto a cegarnos tras cualquier recodo del camino.

Me sorprende un frenazo inesperado, en ese momento no estaba prestando atención a la carretera; casi me paso -comenta para sí el conductor. Un giro de noventa grados nos sitúa ante unas puertas metálicas que me encargo de abrir, fuera del vehículo la fresca brisa del amanecer termina de despabilarme, otra hermosa mañana que el sol comenzará a alumbrar y caldear de un momento a otro, atajando por alguna de las cimas de los montes que nos quedan por delante, hiriéndonos en los ojos y haciéndonos más difícil distinguir las numerosas curvas del camino. Aguardo a que pase el coche y vuelvo a cerrar las puertas de la finca, dejándolas tal y como estaban. Las ovejas nos miran indiferentes o se reúnen en pequeños grupos que van apartándose del camino a nuestro paso, otras no, otras siguen comiendo mientras se alejan con calma de nuestro alcance, algunas siguen corriendo; ascendemos y es justo entonces cuando el sol no nos deja ver, pero no equivocamos el camino, tampoco erramos con los cruces y las divisiones. Si fuera yo el que condujera probablemente ya nos habríamos confundido de dirección, menos mal que solo me dedico a disfrutar de lo que nos va saliendo al paso, incluida la hermosa y cegadora luz de otra mañana de trabajo casi en el paraíso. Cruzamos el primer paso canadiense abierto en una valla que serpentea atada al relieve, más curvas, encinas y robles bajo los que se acomodan vacas paciendo tranquilamente, ajenas a nuestra interrupción; algunas alzan la cabeza sin dejar de rumiar y nos miran con indiferencia, nuestra mirada se cruza con la suya sin que sepamos qué pensar o decir, nadie sabe lo que pasa por la cabeza de una vaca, lo que cada cual desee imaginar de un animal que vive y siente bajo otros pulsos. Alguien comenta que hoy hará otro buen día y yo pienso que no hace falta irse tan lejos, ya es un precioso día tan solo por estar donde estamos, aunque sea el trabajo lo que nos ha traído hasta aquí. El segundo paso canadiense nos lleva a cambiar de vaguada, más cauces secos, más vacas pastando en otro día exactamente igual que el anterior. Casi a la altura de la cima siguiente, en la curva, pasamos el tercer paso y descendemos cuando vemos las primeras hembras acompañadas de crías de pocos años, algunas de esta misma primavera, no tan recelosos como pudiera parecer, se alejan prestos del camino para detenerse unos metros más allá y girar la cabeza observándonos atentos a cada uno de nuestros movimientos; parar el vehículo para intentar hacer alguna fotografía no sería problema, pero tenemos tarea por delante y no hay tiempo que perder. Otra ascensión y una nueva depresión por donde el camino se prolonga junto a otro cauce seco; volvemos a ascender hasta llegar a la vía, junto a al antiguo y medio derruido edificio de la estación. Detenemos el vehículo y saludamos al sol dibujando las primeras y alargadas sombras de la mañana prolongándose por lomas y caminos. Como he de aguardar a que mis compañeros hagan su tarea antes de comenzar la mía, desciendo hasta el borde de un camino desde donde puedo divisar el sinuoso sendero que nos ha traído hasta aquí y admirar en silencio cómo se suceden, hasta donde alcanza la vista, unos montes salpicados de robles y encinas, y empezar a distinguir algunos machos de enorme cornamenta. Me alejo algo más de mis compañeros hasta casi no oír su conversación y entonces puedo admirar en todo su esplendor el espectáculo del día, disfrutar del silencio de la mañana salpicado de los trinos y cantos de pájaros que desgraciadamente desconozco; algunos buitres trazan círculos ascendentes en el aire. Poco a poco comienza a imponerse la retadora llamada de numerosos animales marcando su territorio y solicitando a las hembras, hasta que llega un momento en el que estoy rodeado de los sonidos de una berrea que se prolongará poco más de una hora, hasta que el sol comience a calentar la tierra y nosotros tengamos que largarnos de allí, ya entrada la mañana, lo que aún me permitirá, durante varios kilómetros de una vía sinuosa, seguir disfrutando de una naturaleza tan serena como emocionante en la que no dejaré de ver más y más ciervos, machos orgullosos y desafiantes oteando su territorio, otros más jóvenes provistos de cornamentas recién estrenadas esperando su año descansando bajo antiguas encinas y numerosas hembras y crías entretenidas en un permanente y rutinario ramoneo por el que no parece pasar el tiempo. Me iré con la increíble sensación de haber disfrutado y saboreado de forma tan especial otro día de trabajo.

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Otoño

Sentado en esta especie de sólido banco de diseño, o tal vez no, contemplo el edificio que tengo enfrente esta bonita y soleada mañana de otoño; incomoda la mascarilla, que impide inspirar a todo trapo, pero es lo que hay, tampoco me voy a poner melindroso. Desaparecidos los andamios y señales de obra, al fin terminado, esquina y calle lucen como un traje a medida completamente nuevo, incluso viene bien que tampoco haya viandantes polucionando la vista. Estoy ante lo que algunos anunciaron como la nueva esquina del lujo, en Sevilla (Madrid), una zona tan pulcra y lujosa como perfecta en una ciudad que aquí, en estos momentos, parece casi vacía, a pesar del magnífico sol de otoño. El nombre sobre hierro forjado de una marca de lujo queda atrás cuando comienzo a caminar.

En la misma y amplísima acera, a mi derecha, un tipo bien vestido canta Amapola con una voz que obliga a detenerte y escuchar; junto a él, otros dos señores, igual de pulcros y aseados, aguardan su momento para sustituir en el canto a su compañero, los tres junto a un sombrero vuelto en el que los aficionados dejan caer sus monedas con tanta solicitud como entusiasmo. La caprichosa fortuna no sonríe a todos por igual, desgraciadamente. A medida que llego a la plaza las notas de la voz del aseado y precario melómano van perdiéndose escarnecidas por un desagradable ruido de latas, botes y cacerolas golpeadas sin orden ni concierto, ruido que llega a hacerse francamente molesto a medida que me aproximo a un grupo que, más bien disperso y ataviado de cualquier modo y manera, exige ante la sede de la Comunidad ayuda y trabajo de forma tan poco afortunada; petición que les resbalará a unos servidores públicos que entienden la política de un modo bien distinto.

Comparado con las hermosas notas tan bien moduladas de más arriba esta morralla escenifica, sin embargo y de forma bien distinta, el mismo modo de vida, el de la carencia. Desgracia que no entiende de matices, ayuda y trabajo que unos solicitan de forma armoniosa y educada a sus semejantes mientras que éstos otros lo hacen de forma ruidosa y vulgar a quienes controlan los dineros públicos. Frente a ellos varias furgonetas de la policía nacional, aparcadas en la misma acera, fingen proteger los derechos de unos políticos que probablemente ni siquiera están en el edificio.

Cruzo la plaza, casi vacía, y entro en la sombra de una calle comercial donde, en un primer vistazo, solo se adivinan más policías y jóvenes que van y vienen, provistos de carpetas y adornados con pegatinas, a la caza de transeúntes a los que concienciar de algún problema humanitario de dimensiones internacionales que precisamente necesita de su dinero; una aportación para apoyar a otros que tampoco tienen gobiernos que les ayuden, o a los que reclamar, quizás vía cacerolada, lo que sin ninguna duda se merecen. Los jóvenes acechan a los escasos viandantes sin mucho éxito, a nadie le apetece detenerse, el miedo al contagio acelera el paso o tal vez sea que uno elige dónde gasta su dinero, si lo tiene, en un país como el nuestro que lo distribuye tan mal. Entrevistan para una cadena de televisión a un tipo que, a juzgar por su tono y palabras, se muestra tremendamente sensato, el hombre razona cuerdamente su postura como si hablara a la misma pared que tiene detrás; es triste que las voces de tanto ciudadano responsable, que ven en un micrófono abierto la oportunidad de hacerse oír reafirmando sus razones, acaben en el cubo de basura porque no encajan en el prime time de cualquier cadena televisiva buscando materia prima que justifique la pobreza de sus propios programas.

Unas esquinas más adelante una pareja de caballeros, también correcta y formalmente vestidos, interpretan un dúo operístico, creo que de La Bohème; el más alto y fornido hace de él y el otro, más poquita cosa, de ella -interpretaciones al margen. Hay demasiados bares y cafeterías que permanecen cerrados, y las tiendas, que parecen abrir tarde, lucen casi vacías. Nos movemos según una inercia que no acabamos de comprender del todo, más bien una necesidad que no podemos abandonar so pena de abandonarnos a nosotros mismos.

Desayuno en la terraza de una cafetería, entre parejas heterosexuales de edad y hombres de negocios, además de un par de trabajadores eléctricos que suben y bajan de una escalera a lo largo de la fachada haciendo su trabajo. Consumido el desayuno aguardo durante unos instantes los cincuenta céntimos de la vuelta que un camarero tan estirado como maleducado considera su propina, propina por la que ni siquiera me da las gracias; tipos así deberían ser inmediatamente puestos de patitas en la calle, por pedantes, zalameros y caraduras, echan a perder el prestigio de cualquier local. De regreso, al pasar junto a una terraza, veo cómo una mujer mayor, vestida de cualquier modo y que probablemente vivirá en la calle, de las limosnas, moja con auténtico placer medio churro en una taza que todavía contiene un chocolate deliciosamente oscuro, desayuno tan inesperado como goloso que, al poco, es interrumpido por un diligente camarero que antes de retirar el servicio de la mesa le pide por favor que abandone su inesperado desayuno, advertencia a la que, dedicada a rebañar y masticar con auténtico placer hasta el último bocado, no hace mucho caso. Los dejo atrás cuando el joven termina de repasar con la bayeta la superficie de la mesa ya limpia y regresa con los restos de ese desayuno compartido al interior del local.

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