Volver a salir

El momento llegaría tarde o temprano, no es que lo estuviera buscando, aunque casi; ya me pude hacer una idea cuando, por motivos de trabajo, tuve que desplazarme a otras localidades, unas más cercanas y otras a unas horas de viaje, lugares donde el estado de alarma también mostraba calles vacías y establecimientos cerrados a cal y canto. Y ha sido precisamente ahora porque a finales de junio tenía algunos días libres. El lugar era importante pero no trascendental, pesaba la curiosidad por conocer de primera mano a esos otros que, al igual que nosotros aquí, también se vieron sorprendidos y maniatados por la misma situación sanitaria. Personas, lugareños o compatriotas -da igual cómo los llame- con los que te solidarizabas de inmediato, pueblos y ciudades que, al margen de su localización, lucían con tonos similares a los de aquí, tanto en sus calles como en sus rincones más característicos, donde parecía moverse menos gente que de costumbre, a juzgar por el número y amplitud de las terrazas y su abandonada presencia. No cabía duda, llegaba un momento en el que la imagen que contemplábamos nada tenía que ver con alguna pasada normalidad, faltaban nativos y visitantes que probablemente permanecerían en sus hogares por un sinfín de motivos, algunos quizás tuvieran que ver con la pura precaución y otros, en cambio, como la desgraciada consecuencia de estos nefastos meses que han partido nuestras vidas en dos. Tantos locales y establecimientos abiertos como cerrados, los que por fin podían abrir sus puertas junto a esos otros en los que se habían cebado la mala suerte o la asfixia económica, definitivamente finiquitados. Calles tímidamente pobladas por paseantes y clientes, tan recelosos como precavidos, armados con la inevitable mascarilla, bien o mal puesta, con cuidada discreción o al desgaire, en la mano o cosida al brazo, azul, blanca o de diseño; obligado accesorio que condicionaba cualquier movimiento y provocaba una especie de mutua empatía que no sabría cómo definir. Idénticos comportamientos, entre reservados y temerosos, en calles, comercios, hoteles, restaurantes y bares, prudencia compartida que el transcurso de los minutos acababa relajando presionada por las ganas de conversar y de verse las caras, pesaba más el deseo de normalidad que los temores, relegados a un consciente segundo plano que todos fingíamos asumir. Los había contenidos hasta la incomodidad como también estaban los que se esforzaban en actuar como si no pasara nada, moviéndose entre el fastidio y una embarazosa liberación, esforzándose en las conversaciones con sus correspondientes mascarillas adornando sus codos; los niños a su aire, bueno, al aire de sus padres, algunos obedientes y protegidos, cohibidos por tener que llevar tapadas sus caritas, como si les obligaran a ocultar el alma, otros haciendo de niños con todas las de la ley. En algunos lugares paseaban amables agentes municipales aconsejando a peatones descubiertos, a lo que el interpelado respondía con una rápida extracción del objeto mágico para situarlo de inmediato delante de su boca. Muchas ganas de hablar, de compartir e intercambiar opiniones que, sobre todo, mostraban estados de ánimo aderezados con las inevitables quejas de inmediato correspondidas por las mismas dificultades e inconvenientes que todos conocemos. Un tema de conversación que no por recurrente resultaba molesto, amable y básico interludio que fomentaba de inmediato una solidaridad mutua que facilitaba tanto negocios como conversaciones. Seguimos aquí.

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No solo cine

Zapeaba buscando algo de interés -había poco decente donde elegir- cuando di con otra de guerra, Vietnam, pero esta parecía que no la había visto –Cuando éramos soldados, se titula-… así que me mantuve un rato con ella hasta que lo que estaba viendo comenzó a llamarme la atención. Ver esas escenas desgajadas del resto de la película, es decir, como si fueran párrafos extraídos de un texto para analizarlos de forma independiente, tal vez fue lo que me hizo detenerme en ellas, aunque después he pensado que hubiera dado igual, es probable que de haber visto la película desde el principio me hubieran causado la misma impresión, tal era su específica misión.

A las escenas de guerra, al parecer dramatizadas a partir de unos combates reales ocurridos en Vietnam, no sé exactamente en qué año, les sucedían otras en las que unas mujeres, las esposas de los soldados, recibían en Estados Unidos telegramas donde se les notificaba la muerte en la batalla de sus respectivos. Hasta aquí todo normal, pero esa es la cuestión que me llamó la atención, la inocente y lacrimosa normalidad.

Ellos, los hombres, lucían adornados para la siempre difícil y peligrosa batalla haciendo gala de toda la parafernalia con la que gusta acicalarse el género masculino, el gesto serio y adusto, concentrado, fiable, como en las mejores muestras de valor, nobleza, abnegación y compañerismo, puestas en juego de la forma más extrema y honorable posible, en la lucha, en permanente peligro de muerte, manifestación única de todo lo que merece la pena en esta vida e inflama el orgullo de los hombres. Una situación extrema a la que sumar las clarividentes y certeras habilidades para el mando por parte de la oficialía y la diligente y abnegada obediencia de la tropa a la hora de seguir y cumplir las órdenes, ya que todos entendían y asumían sin fisuras que perseguían un objetivo común, la victoria, la cumbre del honor y la dignidad masculina, un objetivo tan auténtico y puro como varonil.

Por otro lado, las imágenes americanas mostraban unas mujeres dedicadas a tareas laxas, rutinarias e insustanciales como la limpieza de un hogar que siempre aparecía impoluto -ejemplo y culminación de las habilidades femeninas-, de pronto sonaba el timbre y un taxista, mostrando la faceta más amorfa y menos recomendable del sexo masculino, les ponía en la mano de forma indolente un telegrama dónde se les notificaba la muerte del esposo, el héroe había muerto, el motivo por el que esas mujeres existían desaparecía de la faz de la tierra y ellas se quedaban en un limbo anegado de lágrimas por el guía perdido. Se sucedían las imágenes de mujeres bien vestidas y peinadas que abrían las puertas de sus hogares sin al parecer otra cosa que hacer en este mundo que estar a la espera de noticias de sus respectivos. Sin olvidar que en algunos casos las escenas de llanto y dolor aparecían enaltecidas con un par de niños que no acababan de entender de qué iba aquello, de momento no eran nada, solo asistían a una primicia de sus de antemano asignados futuros.

Toda una declaración de principios, una hermosa y sentida demostración de cuál es, o era, el lugar de cada género en la sociedad, una sociedad que, con algunas diferencias, sigue siendo esta. Una poderosa y convincente instrucción envuelta en un entretenimiento aparentemente trivial, el cine. Ya sé que el cine comercial no tiene nada de trivial, aunque mucha gente continúa ignorándolo, pero me sigue llamando la atención su descarnada desvergüenza a la hora de la manipulación de la sociedad, películas así no deberían juzgarse como películas, se trata más bien de panfletos de glorificación de la violencia o manuales de educación religiosa. Un curso completo de educación machista y patriarcal que, reconozcámoslo, ha venido funcionado al ciento por ciento desde el principio, una manera mucho más liviana y efectiva, vista con gusto, de asignar roles de forma amena y aséptica a cada uno de los géneros de la especie. Cambian las formas no el fondo, salgan y vean.

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Irracionalidad

Resulta difícil comentar situaciones y hechos de los que tenemos conocimiento por los medios de comunicación, en cualquier parte del mundo, hechos que parecen repetirse una y otra vez de forma cíclica, casi estacional; sucesos que provocan alteraciones de la vida social, declaraciones malsonantes y repetidos actos de violencia provenientes de una irracionalidad demasiado familiar para considerarla excepcional. Brutalidad como respuesta a la misma brutalidad que se censura, a la que sumar gritos y amenazas por parte de quien poco o nada tiene que decir, no por su supuesta o merecida importancia, sino por la insignificancia de unas voces necesitadas de la sinrazón con tal de hacerse oír, lo que significa su inmediato ninguneo, desde el mismo momento en que tales situaciones son incluidas en la noria de una información continua que más bien parece desinformación. De hecho, llega un punto en el que cualquier respuesta a un acto o comportamiento denunciable es preferible que aparezca acompañada por las correspondientes dosis de violencia, mejor si precisan de advertencias infantiles dirigidas a un público informativamente infantil; violencia generalmente interesada o visiblemente desorientada y egoísta que gusta aprovecharse de cualquier situación proclive a un desorden y confusión que, en última instancia, poco o nada tienen que ver con los problemas reales, los de la gente, los que se desarrollan y repiten al margen de esa otra realidad que venden y fomentan los medios de comunicación; se trata del penúltimo pico informativo que salpicará la aburrida normalidad que consumimos, esa que nos lleva de la mano por el borde de la irrelevancia.

Tampoco mejora que centre mi comentario en un hecho concreto, el último, pero, cuál es el último para unos medios de comunicación y redes sociales que viven de unas urgencias que no son tales, instalados e instalándonos en una premura que nada tiene que ver con la vida de la gente, esa cotidianidad que, al margen de focos y cámaras, una gran mayoría sufre deseosa de mostrar al mundo coloreada por luces y sonrisas que momentáneamente enmascararán el fastidio y la vergüenza que barniza muchas de ellas. Luces que amplifican lo que no deja de ser una violenta vulgaridad, violenta no, cruel, y digo cruel porque resulta cruel la indiferencia con la que hemos asumido nuestra propia intrascendencia, crueldad que se hace más dolorosa si cabe cuando la vemos reflejada en esas “espontáneas” e irracionales reacciones públicas que muestran los medios y en las que reconocemos nuestra propia frustración. Cámaras y medios a los que les importan un pimiento el interés o problema del sujeto o sujetos que desgraciadamente acaban de ascender al escalafón de noticia, y mucho menos los de esos otros que, como si de una oportunidad única se tratara, se dedican a exhibir esa peculiar brutalidad en forma de vandalismo completamente gratuito, salvajismo que desconoce o directamente obvia el supuesto motivo que le lleva a situarse ante el objetivo. Otro ingenuo sin razón, razón que desaparece en el mismo momento en el que decide mostrarse en una red de comunicaciones global que la engullirá y empequeñecerá al instante, más entretenimiento que realidad. ¿Sucedió o se trataba de una repetición?

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Nacionalizar

Hacía tiempo desde la última vez pero lo volví a oír como una amenaza que alguien lanzaba tras una mascarilla, amenaza que no sentí, porque no es tal, pero que probablemente tenía la intención de afectar negativamente o de forma alarmante a aquellos a quienes iba dirigida. Pero, en cualquier caso, prefiero desconocer el interés, la pertinencia y el presunto revuelo que debería levantar una hipotética advertencia de este tipo entre el público, a no ser que fuera una llamada de atención dirigida a defraudadores, chantajistas, estafadores, especuladores y negociantes de mala ralea, desaprensivos carentes de escrúpulos que suplen su falta de imaginación y flagrante incompetencia a la hora de los negocios con un grosero y brutal aprovechamiento privado del dinero público, con la única intención de engordar panza y bolsillo a costa del bienestar del resto de los ciudadanos.
Ignoro dónde se esconde el mal o el supuesto perjuicio de nacionalizar, qué tiene esa palabra que la hace parecer el mismo diablo. Nacionalizar viene a ser, grosso modo, apropiarse por parte de la administración pública de un país de una empresa -o empresas-, o de un sector -o sectores- de la economía para gestionarlo de forma pública -lo que, por ejemplo, sucede actualmente con Bankia-; esto no significa que el resto de la actividad económica y productiva siga en manos de particulares que, en supuesta y libre competencia, inventan, explotan y extienden sus propios negocios para exclusivo lucro personal e, indirectamente, beneficio de los ciudadanos. En ningún caso veo contradicción alguna en la simultaneidad de ambas actividades.
No hay nada de malo en que la administración pública, dirigida por un gobierno preocupado por sus ciudadanos, sea propietaria y gestione sectores vitales para la población con el fin de conceder a todos y cada uno de sus habitantes idénticas oportunidades a la hora de labrarse una vida digna. Se trataría de fijar, en primer lugar y de forma democrática, qué sectores podrían considerarse tales, por ejemplo, educación, sanidad y servicios sociales, además de la recaudación de impuestos necesarios para sostener con solvencia tales actividades. Llegado el caso, también podría extenderse a otros sectores de la economía que, en definitiva, pasarían a adquirir el estatus de innegociables, puesto que se trata de un bien común que tiene como objeto principal el bienestar de las personas.
Dónde está, pues, la amenaza, qué tiene de malo que el Estado dirija y gestione unos servicios públicos fundamentales para los ciudadanos al margen de la especulación y los caprichosos vaivenes del mercado. ¿En las personas? Pero quien se niega en redondo a una nacionalización o gestión pública de ciertas actividades económicas argumentando en contra las malas inclinaciones de personas y gobiernos está anteponiendo su propia visión sesgada y torticera del tema, no hay nada ilícito ni antidemocrático en exigir y mantener unas condiciones mínimas para toda la población, y la negativa de estos grupos o personas, así como sus alarmantes y alteradas apelaciones a la supuesta falta de libertad que ello significa -nunca cierta-, tiene más que ver con su propia codicia y sus carencias empresariales.
Hay un empresariado de pacotilla, apoyado por sus correspondientes siervos situados en lugares estratégicos de la sociedad, incapaz de crear, mantener y hacer progresar un negocio a base de trabajo y constante innovación, algo así cuesta esfuerzo y dinero, además, la supuesta y beneficiosa competencia pone las cosas mucho más difíciles porque, afortunadamente, hay personas más inteligentes que otras que obligan al resto a exprimir hasta la extenuación el poco o mucho cerebro del que disponen. Esta gente, su egoísmo y propia ineptitud, no deberían ser tenidos en consideración a la hora de acusar sistemáticamente a la administración pública como mala gestora; están en contra de cualquier nacionalización porque ésta les impediría enriquecerse a cambio de nada, por eso generalizan y acusan a todos los demás de la debilidad de meter la mano en la caja, su maledicencia, torpeza o simple estupidez no les da derecho a considerar al resto de su misma calaña. Ni siquiera sobrevivirían en el mercado libre que tanto predican, no durarían ni un segundo, su impericia mental, su codicia y el ansia nada contenida de explotar al prójimo los inutilizan para cualquier proyecto, da igual si público o privado; por eso parasitan administraciones, gobiernos, políticos e instituciones públicas con una lengua ponzoñosa que introducen en la cabeza y oídos de todo aquel que tenga relación con un presupuesto público, por pequeño que sea, para insuflarle su propio veneno y luego esperar a que la víctima se ponga de rodillas a cambio de unas migajas.
Exceptuando por esta gente, repito, no sé que mal hay en nacionalizar, ganamos todos.

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Quien

Vas y vienes en solitario porque las circunstancias así lo exigen, caminando o conduciendo, cumplimentando un horario, obligaciones y tiempo libre encajado a desgana porque tampoco hay otra posibilidad o motivación, se trata de lo que precede o sigue al trabajo. Haces como que vives en el interior de la prisión voluntaria en la que se ha convertido tu día a día, donde probablemente te encontrará la soledad, sin que te des cuenta, sin que la sientas ni tampoco la sepas porque ya no recuerdas qué voluntad eligió esta apuesta solitaria que en ocasiones reseca el alma hasta agrietar la piel. Dejas de saber si son los días o eres tú, indistintamente, una sucesión tan natural como mecánica salpicada de instantes en los que, entusiasta o distraído, de pronto te esfuerzas por arrancarte una sonrisa, a veces sin gana o sin venir a cuento, simplemente por saberte, o cuando la música deja de abrigar, ese punto en el que tampoco solaza ni arraiga. Quizás porque esa música en la que sueles buscar y casi siempre encuentras entonces no alcanza, tal vez porque no fue hecha para sino por, nació de otro corazón similar al tuyo y no precisamente para calmar voluntades desorientadas o en momentos bajos, no iba dirigida a nadie en concreto, sino que se trata de otro intento más de hablar sin palabras, sintiendo, o sin querer, o sin saber, tampoco para quien.
Hay ocasiones en las que te sientes moviéndote dentro de una voluntad ajena, has olvidado el significado del propio querer porque no encuentras o careces del lenguaje adecuado, echas de menos decirte cuando, sin saber cómo, te ves pensando en otros, quienes te escuchen y con su atención te concedan la existencia y el sentido que en el fondo siempre necesitamos para sabernos y reafirmarnos en el pulso que nos mantiene vivos.
O sucede que el reducto que has ido formando y alimentando se cierra en exceso, oprimiéndote, y entonces parece que ni siquiera los demás observan sin fijarse tu paso. Echas de menos el aliento de una voz, cualquiera, incluso, aunque solo sea para recordar cómo suena; sonidos, palabras, historias, soliloquios o simplemente calor, esa calidez tan primaria e indispensable cuando la soledad comienza a asfixiarte y necesitas un quién, otro u otros que entonces no están porque, no importan los motivos, te creías a salvo de ellos. Sufres un vacío al que le faltan palabras, pero no simples sonidos, o quizás se trate de texturas capaces de arrullar un corazón desasistido, a un paso del destierro; al segundo siguiente continuas sin saber por qué, si es por ti, a tu pesar o porque ya no te acuerdas, no tiene importancia, tratas de convencerte, sin otra solución más a mano. Pero sigues anhelando esas texturas que den consistencia material a un íntimo deseo de contacto con o por el que desprenderte de tu solitaria soledad o, al menos, alguien ante quien puedas permanecer en silencio porque quizás de pronto has olvidado cómo hacerlo y en su presencia, tonto, decides en el último momento retroceder hacia el refugio de un nuevo no lo necesito, repetida, presuntuosa y falsa solvencia que no hace sino envanecerte aún más en tu error. Tal vez porque no tienes al alcance lo que en el fondo más deseas, que no es precisamente ese quién, ese contacto, o sí, pero mucho más concreto, una piel, otra, como la tuya pero no la tuya, la tuya dejó de hablarte hace tiempo. Sigues adelante, caminando o conduciendo, solitario o en soledad, cuando precisamente notas la boca seca porque también olvidaste cómo suena tu propia voz.

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LTI

Llegué a este autor por sorpresa, como en los mejores regalos, un nombre que miré con cierta suspicacia porque no lo conocía, otra confirmación de lo poco que uno sabe. El estupendo cuento de nunca acabar. Luego me documenté sobre Victor Klemperer y de lo poco que pude encontrar en castellano me sorprendió que lo más reseñable fuera su nulo aprecio por este país, del que tenía una impresión deplorable. Así que, no me quedaba más remedio que leerlo.
Ahí acabaron todas mis prevenciones. LTI (El lenguaje del Tercer Reich, sería la traducción al castellano) es otro descubrimiento tardío que viene a colocar otra pieza más en la inacabable tarea de reconocernos a nosotros mismos -o lo que es lo mismo, descubrirnos-; en este caso a través de usos y formas del lenguaje que hemos asumido como propias sin preguntarnos acerca de ellas, algunas de las cuales, sin embargo, tienen un origen oscuro o francamente inconveniente. Términos y expresiones cotidianas sospechosamente relacionadas con la técnica y el deporte, los grandes anuncios, los caracteres enormes de la publicidad o el incansable movimiento del que nos gusta hacer gala incluso a nuestro pesar; el no desfallecer, seguir al resto, jamás detenerse o pararse a pensar mientras el mundo sigue adelante, sin admitir un pero ni un minuto de reflexión.
De la lectura del libro impresionan los métodos del nazismo para manipular el subconsciente colectivo -se trata del lenguaje-, las formas subrepticia y calculadamente violentas y expeditivas a la hora modificar el pensamiento y las expresiones de los ciudadanos, independientemente de sus orígenes o nivel cultural, creando una atmósfera de servilismo, sumisión y miedo que, sin embargo, nadie notaba o fingía no notar porque nadie se atrevía a discrepar o criticar lo que en todos los sentidos era un secuestro intelectual de la población. Una tensa situación social en la que la sospechosa e inquebrantable fidelidad hacia el régimen expresada públicamente servía como lenitivo para las mentes más suspicaces, obligadas a permanecer en silencio por temor a las reprimendas de sus conciudadanos, en muchos casos violentas. El gusto por las manifestaciones y celebraciones públicas en las que primaban las afirmaciones positivas y reivindicativas de los dogmas y consignas del régimen; la unificación de enemigos o, literalmente, su torticera invención con tal de fijar y memorizar un único rostro al que odiar y denigrar, en el que iban incluidos los pocos que usaban la razón y el sentido común a la hora de reconocer la barbaridad y la sinrazón de los comportamientos sociales en un estado general de secuestro colectivo; unos pocos que debían permanecer callados e intentar pasar desapercibidos so pena ser denigrados, y hasta violentados, públicamente.
Pero lo más interesante venía después, a medida que avanzaba en el texto no costaba reconocer en la actualidad situaciones similares a las que estaba leyendo, y eso era espeluznante. Por ejemplo, el ambiente tenso, secuestrado y asfixiante era el mismo que alimentaba la dictadura franquista, allá en mi infancia y adolescencia; y ¡sorpresa! un ambiente muy semejante al que se viene viviendo hoy tanto en Cataluña como en el País Vasco. Ese apego a la tierra, a los instintos, a la sangre, esa humillación pública y privada ante las consignas del régimen que hace imposible expresar públicamente ninguna crítica o disensión por miedo a ser censurado, insultado o agredido; la desagradable sorpresa de cómo unos métodos lo suficientemente conocidos y sobre los que deberíamos estar más que prevenidos siguen obteniendo sus peligrosos frutos, también hoy, entre una incauta ciudadanía, dócil y carente del sentido crítico que se le supone.
De acuerdo que durante el franquismo esas formas y represión fueran un hecho tan evidente y consumado como estudiado -a partir del libro puede comprobarse cómo el nazismo y el franquismo practicaban métodos similares-, pero que en la actualidad se sigan utilizando y, lo que es mucho peor, funcionando entre personas a las que se les supone una educación a salvo de tales maquinaciones es desolador.
Como escribe Klemperer: ¿Cómo fue posible que gente culta cometiera tal traición a la cultura, a la civilización, a la humanidad? Hoy me hago la misma pregunta.

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Izquierda y derecha (y 3)

Reconocidas y fácilmente reconocibles las posiciones generales de uno y otro lado, voy a echar mano de un último recurso que, creo, influye de manera definitiva: el trabajo. La siguiente sentencia o maldición es fruto de este injusto mundo que padecemos: ganarás el pan con el sudor de tu frente; sanción que obliga a las personas a una actividad, el trabajo, mediante la que obtener ese pan -ocupación que nada tiene que ver con otras actividades con el mismo nombre. Sobre el trabajo se puede decir de todo, tanto malo como bueno, pero lo que es ineludible es su siempre cuestionable obligación; cómo nos han convencido de que sin trabajo no somos ni seremos nadie. Y para que no olvidemos, ni tengamos dudas o nos hagamos preguntas se ha inventado una actividad denominada igual -solo que exclusivamente lucrativa- para esa mínima parte de la población que detenta el poder y dirige la sociedad, especie de eufemismo manipulador y tramposo que nada tiene que ver con lo que la mayoría de los mortales entiende por trabajo.
Trabajo es una especie servicio que se da, ofrece y en último término se vende a otro u otros a cambio de una compensación, generalmente monetaria, indispensable para conseguir el pan tan necesario para vivir -que el pago sea o no justo es otra cuestión. Puede ser tanto obligación como castigo, y su realización condicionará el pensamiento individual a lo largo de toda la vida, en muchos casos hasta hacer del sujeto una persona y pensamiento cautivos. Con ello no quiero decir que este servicio convierta automáticamente a quien lo realiza en siervo, pero en una mayoría de casos sí.
El trabajo como actividad individual también es una forma de opinión o juicio por parte de un sujeto cualquiera sobre el mundo en el que vive, tanto por el tipo de trabajo como por su forma de trabajar; el trabajador se manifiesta políticamente a través de él, por ello es más fiel a la realidad contemplar al individuo por el trabajo que ejerce y cómo lo ejerce que por lo que dice. Del mismo modo, un trabajo sitúa automáticamente al sujeto en el engranaje de una estructura social, y hasta tal punto condiciona su forma de ser que en ocasiones resultará difícil precisar qué fue antes, su opinión sobre la realidad que vive y le rodea, anterior e independientemente del trabajo, o el trabajo como razón vital, causa originaria de la identidad y el pensamiento propios.
Para un individuo de izquierdas el trabajo es tanto un derecho como una necesidad, y su experiencia es concebida inmersa dentro de un proceso personal que, en última instancia, siempre tiene que ver con quienes le rodean y con la sociedad en la que vive, no olvidando su significación y sus repercusiones sociales; una actividad que se engrana en la propia vida como una parte importante, o la que más, pero en todo momento supeditada a otros valores y temas que complementan o completan la vida diaria. Para estas personas el trabajo tiene poco que ver con la ostentación o el prestigio que no se derive exclusivamente de la labor profesional, no del puesto, sin embargo, su necesidad puede convertirse en algo obsesivo o angustioso en función de cuestiones vitales o de extrema necesidad complicadas de delimitar. Por supuesto que también existe el afán de mejora laboral, pero, como he dicho, subsumido en un proceso personal de mayor envergadura en el que nunca desaparece del todo la prevención respecto al acceso a unos recursos básicos y dignos indispensables para una vida civilizada. Esta prevención nada tiene que ver con el miedo a los superiores y su exigencia de sumisión permanente, todo lo contrario, priman el respeto, la participación y la colaboración entre iguales, desconfiando de la adulación y de la soterrada y manipulable competencia por puestos y objetivos dentro de una lucha que solo beneficia a los poderosos. Estos individuos contemplan el poder derivado del trabajo en perspectiva, entre la sospecha y la desconfianza, siempre atentos a no convertirse en uno más, en acabar enajenados o como un producto desechable más del mercado. El trabajo es trabajo y su obligación no impide que el propio pensamiento siga siendo libre a la hora de interesarse y conocer cómo se mueve el mundo y qué papel desea jugar uno en él.
Para un individuo de derechas, en cambio, el trabajo es una actividad mercantil, de hecho, para estos sujetos toda actividad humana es susceptible de ser convertida en dinero -lo que generalmente viene a significar un mundo personal tremendamente reducido. Llega a ser algo obsesivo, una actividad que comienza y acaba en uno mismo y no tiene nada que ver con su objeto último, su necesidad pública o privada, sus beneficios, también públicos o privados, su repercusión social o los perjuicios, tanto directos como indirectos, que pueda causar; cuestiones ajenas tanto a la actividad misma como a su correspondiente recompensa. Sus intereses se circunscriben al lugar en la jerarquía social que el trabajo les puede proporcionar y el modo de vida que les procura, privilegios, posibilidad de ostentación, mayores ingresos, un ocio diferencial o un consumo desmedido entre otros, sin olvidar la siempre tentadora aproximación, o posible inmersión, en círculos subsidiarios de poder cada vez más elevados. Evidentemente, para tales fines son necesarias las correspondientes dosis de soberbia, intransigencia, egoísmo, docilidad, temor y adulación para con los poderosos -así como la asunción como propios de sus objetivos. Sin olvidar la permanente y desconfiada competencia con los que son como ellos, todos los demás en potencia, no dudando en despreciarlos, amenazarlos e incluso zancadillearlos por voluntad propia o recomendado por sus superiores. Este tipo, además de ser de derechas, piensa y actúa como un siervo, jamás será libre.
Así llegamos al final. Reconozco la dificultad de la tarea y que de ella penden demasiados hilos sueltos, pero en el fondo no me preocupan, un individuo de izquierdas siempre será capaz de sentarse a discutir y discutirlos, su opinión es tan importante como la mía; uno de derechas, en cambio, rechazará de forma despreciativa lo que no le guste y se negará a discutir aquello que solo para él es evidente. En fin, reflexionen y posiciónense ustedes mismos, y la próxima vez no vuelvan a decir, ni acepten, aquello de que en política ya no existe izquierda o derecha.

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Izquierda y derecha (2)

A partir de las diferentes concepciones de la vida y el mundo mostradas en la primera parte puede inferirse la visión que cada grupo tiene de la sociedad en la que vive. Comenzaré en esta ocasión por los denominados de izquierdas.
Un individuo de izquierdas sabe que la sociedad en la que vive es suya, es él, el lugar en el que se desarrolla su vida, el medio que le otorgará una posición entre sus semejantes y al mismo tiempo le hará libre para elegir; como no ignora que el ser humano es un animal social y, como tal, necesita de la sociedad para sentirse persona e intentar ser feliz, por eso la respetará y cuidará, e intentará fortalecerla haciendo todo lo que esté en su mano para mejorarla, colaborando y ayudando a levantar y sostener instituciones y gobiernos que la hagan tan fuerte como libre. El individuo de izquierdas se considera ciudadano, y sabe que esa condición se consolida y valoriza junto con la sociedad que se la proporciona, como también sabe que la fortaleza, la libertad, la seguridad y la protección de la sociedad comienzan y acaban en él y en muchos otros iguales a él, así que vigilará con celo que las instituciones y organismos públicos, así como sus gobiernos, ejecuten con diligencia sus funciones, no teniendo ningún inconveniente en relevarlos o eliminarlos de inmediato cuando no cumplan honradamente con su tarea. También procurará que la sociedad esté a salvo de poderosos y particulares que ven sus instituciones, organismos y gobiernos, no como lugares que cuidar y mejorar, en los que realizarse, ser queridos y ayudar a los demás, sino como medios para satisfacer su voluntad más egoísta; individuos y organizaciones que no tendrán ningún escrúpulo a la hora de corromper, apropiarse e incluso destruir gobiernos e instituciones en su propio beneficio, siempre a costa de la bondad, ingenuidad e indiferencia de los que siempre han sido y serán iguales a ellos.
Un individuo de derechas, en cambio, carece de esa amplitud de miras, solo piensa en sí mismo, ve su propia sociedad, donde vive y es, exclusivamente como un medio donde satisfacer su voluntad, sobre todo en lo material; la considera como un obstáculo, y sus instituciones, organismos y gobiernos el enemigo. Si no consigue lo que quiere la culpabiliza y denigra, intentando que los demás la vean como causa y culpa de todos los males, que no dejan de ser únicamente los suyos. En su obsesión, el individuo de derechas no entiende que la sociedad somos todos y él mismo a la vez, y está hasta tal punto ensoberbecido por su desconocimiento que solo sabe realizarse enfrentándose a ella, que es como competir contra sí mismo; su estrechez de miras le lleva a ignorar que destruyéndola él también se destruye. Podría darse el caso de que alguien dispusiera de los medios y el poder necesario para hacerse una sociedad a su medida, cosa que, además de inhumana, es imposible. Un individuo de derechas no es un ciudadano como tampoco es un hombre libre, ignora que la libertad sin la sociedad que te la concede es un concepto vacío; desconfía de sus semejantes y de sus logros y, apoyado en una autosuficiencia ficticia, ni cuida ni protege lo público y común, todo lo contrario, se dedica a entorpecer su funcionamiento y, lejos de colaborar en su mantenimiento y mejora, en fortalecer instituciones y gobiernos, impide que eso suceda alegando un derecho y libertad individuales que no son tales. Este individuo de derechas ha perdido su independencia e ignora cuál es su lugar, tal es su impotencia; su pensamiento es hasta tal punto cautivo que no tendrá el menor rubor en entregar su sociedad, así como todo lo que tenga que ver con lo público, al mejor postor, a esos otros con poder que no dudarán a la hora de desmontar gobiernos, organismos e instituciones en su propio beneficio para después venderlos como negocio a quienes, obnubilados en su ignorancia, acabarán convertidos en simples clientes de un solo propietario y señor.

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Izquierda y derecha (1)

No se trata de manos, piernas o puntos de referencia posicional, sino de política. Estoy cansado de oír que términos como derecha e izquierda han dejado de tener sentido en la política actual, desaparecido el demonio comunista solo queda capitalismo en su infinidad de variantes a nivel mundial, fin de la historia; el tema de la democracia es más complicado de entender. Afirmaciones de este estilo suelen provenir de tipos a los que, curiosamente, sí les interesa la política, pero no como medio para buscar otros modos de hacer feliz a la gente, a cuanta más mejor, sino como forma de hacer negocio a costa de las cuentas públicas, tanto dinero despilfarrado en servicios públicos que en las manos adecuadas generarían suculentos beneficios privados.
Grosso modo, suele haber dos tipos de individuos, quienes creen que el mundo marcha bien tal y como está y cada persona, en función del lugar en el que nace, ha de arreglárselas según lo que le haya tocado o como mejor pueda; y quienes piensan que ese mismo mundo es potencialmente mejorable, y cada existencia particular debe estar de un modo u otro dirigida a que la mejoría siga aumentando y llegue cada vez a más gente. Para los del primer grupo todos no somos iguales, ni siquiera de partida, para los del segundo sí, siempre.
Los primeros aceptan y asumen un orden histórico y jerárquico en el que la clase y el lugar de nacimiento son acríticamente merecidos, casi sagrados -lo abalan siglos de antigüedad. En este orden inmutable dirigentes y poderosos ocupan un lugar preponderante que jamás es cuestionado, tampoco si es merecido o cómo y con qué medios lo consiguieron, además de por qué ha de perpetuarse en el tiempo; y que esta realidad de hecho sea justa o injusta no es de su incumbencia, ellos tienen suficiente con dedicarse a vivir intentando hacerse un hueco dentro de un escalafón subsidiario creado a tal efecto por los dominadores del sistema social, a golpes si es necesario. Los del otro grupo, en cambio, juzgan lo que hay y ven desde el punto de vista de una justicia e igualdad universal que brilla por su ausencia, justicia que jamás validaría o justificaría, bajo ningún concepto, que una serie de grupos o clanes detentaran e impusieran permanentemente su poder, poder que debería ser deslegitimado, directamente defenestrado y compartido; este grupo piensa que hay que hacer todo lo posible por mejorar e, independientemente de dedicarse a vivir sus propias vidas, como el resto, harán lo que esté en su mano por colaborar y ayudar a ello, siempre dentro de sus posibilidades.
Los del primer grupo son de derechas y los del segundo de izquierdas.

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Calles

The Glowing Man martillea mi cabeza mientras se suceden calles como se suceden segundos, exactamente iguales, no hay ningún hombre brillando porque han desaparecido, el resplandor de los hombres emigró para esconderse tras las innumerables ventanas que agujerean las altas paredes a las que apenas llega la luz de las farolas. Calles desocupadas amuebladas para fantasmas, sin nada que las diferencie porque las huellas de sus antiguos ocupantes, cada vez más tenues, siguen evaporándose sin voluntad ni posibilidad de avivar recuerdos, presencias pasadas alejándose más y más en el tiempo. Una claridad transparente ha ido despojando aceras y esquinas de cuerpos en movimiento, de sus sombras, no hay nada que pueda perfilar el alumbrado público porque solo ilumina silencio y ausencia, tampoco soledad, porque para la soledad es necesaria un alma que la pueda sentir o darle un significado. Las pocas figuras humanas que pueden verse parecen extraños disfrazados que caminan nerviosos mirando asustadizos a un lado y otro, cercados por una sensación de peligro que no necesita sujeto material al que acusar o del que huir; lo que queda es vacío, tal vez desierto, no sé, necesitamos una palabra para nombrar lo que no sabemos cómo. Calles abandonadas que no conducen a ningún sitio porque también los destinos dejaron de tener un motivo o cumplir su función, permanecen como una rutina de otro tiempo indiferente a la resistencia a desaparecer. Las esquinas han dejado de tener significado, ya no ayudan con los usos de la espera, como tantas otras actividades que también están desapareciendo de las cabezas de sus antiguos ocupantes, allá donde estén, encerrados tras esas ventanas iluminadas que expulsan a la oscuridad de la noche más miedo que precariedad. La iluminación que puede verse en las ventanas es incluso más triste que la de las calles, ésta cumple una función que a nadie le sirve, quizás a los gatos, que ahora se mueven a sus anchas, aunque todos sabemos que los felinos no necesitan luz para desenvolverse por la noche. Las luces que escapan de las ventanas escupen al exterior la fatiga de los interiores, no hay ninguna que muestre algo más que encierro y temor, no se adivina vida palpitando dentro, la demostración tangible de que esta espera es solo eso, una prudente y viva estancia hasta la llegada de tiempos mejores.
Intento situar y situarme, en algún lugar concreto, entrando o saliendo de alguna tienda, de algún bar, donde hace nada reía despreocupado porque se trataba de eso, de vivir las calles, estar con y entre la gente, saludando porque mañana volveríamos a vernos y ni él ni yo nos echaríamos de menos, tal vez unos días después. Ahora ni eso, dejo de preguntarme porque no tengo respuestas, como tampoco las obtengo cuando modifico mi recorrido con la esperanza inútil de hallar algún rastro de vida por donde hace meses que no paso; nada, igual que el resto, un desierto urbano que por momentos se antoja definitivo. The Glowing Man sigue golpeándome los oídos recordándome que no se trata de ningún futuro distópico, es el presente, un presente nunca temido ni imaginado, pero tan real y vacío como yo en el momento en el que decido iniciar el camino de vuelta porque música y noche persisten en asimilar mi cabeza a una realidad de ciencia ficción.
Robert Fripp no imaginaba, allá por el año 1969, que el futuro bosquejado en su 21st Century Schizoid Man no necesitaría sangre, ni napalm, ni muertos en las calles, como tampoco hay funerales, tan solo un paisaje desolador en el que la palabra futuro ha dejado de tener sentido, si es que en alguna ocasión lo tuvo al margen de ser un intento inútil de dar la espalda al presente.

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