Un mundo extraño

A estas horas de la mañana una mujer rumana tan amable como eficiente sostiene a una parroquia que vegeta ante un café con el mismo desinterés con que atiende a cada nuevo cliente que empuja la puerta buscando una bebida caliente con la que despabilar otro día en el que el sol comienza a calentar ahuyentado un viento que deja una calma casi completa solo interrumpida por el canto de los pájaros y un horizonte limpio bajo un cielo azul que invita a demorarse o a caminar más de lo debido en un otoño que todavía permite momentos para disfrutar si es que uno es capaz de ir más allá y saborear lo que tiene de especial estar despierto y con los sentidos a punto aunque no todos sepan cómo o para qué mientras cada cual regresa a su respectivo vehículo y se reengancha a una radio adormecedora que no cesa de emitir noticias de contagios y porcentajes a los que les siguen más muertos resultado de una calamidad mundial que llevamos soportando más de lo imaginado sin necesidad de consentimiento o a nuestro pesar voluntariamente atados de pies y manos además de doblegados por una estupidez infinita que cada día nos aproxima al límite incapaces de hacernos con las riendas de nuestro propio mundo porque seguimos despistados y moviéndonos en contra de nosotros mismos sin todavía saber que esto nos pertenece y por ello nos corresponde estar aquí de la mejor forma posible sin tener que preguntar por qué o para qué pero esforzándonos por evitar o no llegar al desolador espectáculo de soportar noticia tras noticia de un resto del mundo igual de atribulado y sin nada de lo que congratularse tal que autómatas moviéndonos a un ritmo impuesto el cual jamás se nos ocurriría cuestionar al igual que no nos extrañamos cuando volvemos al camino y a nuestros pasos y oímos unos tiros cercanos provenientes de otros que no tienen nada mejor que hacer en esta preciosa mañana que dedicarse a matar como metáfora de un aburrimiento infinito que condena a tanta cabeza vacía a entretener su ausencia de sentido con el mal de otros animales que bien poco pueden hacer al margen de correr y refugiarse huyendo de unas botas que andarán caminos y veredas hasta que la brújula que encierran en el estómago les redirija haciéndoles cambiar de dirección hacia la misma barra de todos los días donde en estos momentos unos como ellos pero sin armas almuerzan en contra de todas las normas de prevención porque es como si estuvieran en su casa y por eso hablan tanto como gesticulan y gritan razones sin razón mirando de reojo una pantalla de televisión que emite imágenes de disturbios en cualquier lugar del país en los que jóvenes desprovistos de afectos y afinidades y reflectantes a cualquier acto de cordura o civismo queman después de destrozar y asaltar cualquier cristal a su alcance movidos por un vacío mental que causaría estupor a cualquier mínima mota de inteligencia viva que de inmediato correría hacia el lado contrario renegando de toda relación animal o humana con seres semejantes que quizás y no en el fondo tienen más de lo que parece en común con uno de los honrados simples de la barra que falto de tema de conversación o voluntad vuelve la vista hacia la pantalla asegurando que a él el Biden ese no le gusta porque le parece mejor el Trump que sabe más de economía y yo trato de no oír ni mirar y deseo que la tierra me trague porque sigo sin entender este mundo tan extraño en el que me ha tocado vivir.

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Inercias

Era una reunión familiar en el límite de lo permitido -aclaración obligada debido a los tiempos que corren-, otra celebración de aniversario convertida en algo más que una costumbre, un rito familiar, aposentándose año tras año, en el que se renuevan y consolidan unos saludables lazos personales que tienen tanto que ver con la zona como con sus gentes, probablemente causa, por otra parte, de algún repunte de contagios que ha empeorado la crisis sanitaria que seguimos padeciendo.

Hecha la salvedad voy a centrarme en lo que me interesa. Como en toda reunión familiar suelen mezclarse edades y formas de pensar que, según el día, pueden salir a relucir y dar ocasión a conversaciones o discusiones siempre interesantes, sobre todo porque entre humanos es mejor hablar e intercambiar pareceres que asistir como borregos a un indiferente e indiscriminado consumo de viandas y bebidas que en algunos casos suele desembocar en excesos y salidas de tono que, al menos y en ocasiones, sacan a relucir cuestiones pendientes que se han ido guardando y ensuciándose porque no había valor para ponerlas sobre la mesa. Pero alguna que otra vez salta la rana y sin saber por qué se acaba, no sé si conversando o discutiendo, a partir de opiniones y puntos de vista completamente opuestos, y eso siempre está bien. En este caso la parte más joven de la mesa se sentía ofendida, casi como un ultraje, porque con motivo de la situación sanitaria que estamos atravesando les prohibieran reunirse por la noche, dando con ello a entender que eran los únicos culpables; cuestión más que discutible o completamente inútil, sobre todo cuando había gente en tantos sitios -según la redes sociales- que se pasaban las prohibiciones por el arco del triunfo y además se jactaban de ello con videos y fotos que cualquiera podía ver. Oyéndolos, a veces daba la impresión de que, independientemente de las prohibiciones, la cuestión era o todos o ninguno, por lo que quedaba en el ambiente la sensación de que sí pero no, vale pero se ponen los medios para que cumpla todo dios, más vigilancia y multas a todo aquel que se salte las normas -con lo que volvíamos a nuestro querido palo.

La sección de mayor edad de la mesa escuchaba sus razones de forma condescendiente y sin palabras, o justificando unas medidas que consideraban justas porque los jóvenes están habituados a hacer lo que les da la gana, sobre todo en lo referente al consumo de alcohol. Se elevaban los tonos y se acusaba siempre a los demás esgrimiendo la confiscación de derechos -siempre derechos- como una medida abusiva; no era justo que unos jóvenes tuvieran que pagar por todos cuando en algunos lugares, o muchos, otros hacían con toda impunidad lo que les venía en gana, repetían. Los padres veían bien cualquier argumento que controlara el potencial desbarajuste que significan los hijos y sus ganas de vivir y los hijos se sentían maltratados en sus libertades fundamentales. Y así sucesivamente, en tono cada vez más alto y con las emociones a flor de piel.

Así, llega un momento en el que, si eres capaz de salirte de la conversación, adviertes que no hay ninguna conversación, sino una exhibición general de deseos y opiniones muy personales tomadas como supuestos derechos chocando unas contra otras, sin escucharse, un cacao de exigencias y voluntades que puede prolongarse indefinidamente sin llegar a nada en común; y me atrevería a decir que, si alguien fuera capaz de establecer una pausa y concretar las opiniones de ambos lados, sería posible hacerlas coincidir en una serie de puntos básicos en los que todos estarían de acuerdo, ¿entonces?

Esa es una de las evidencias más claras, la otra es que nadie de los presentes hablaba de convivencia, de obligaciones y responsabilidades, de una vida en común que nos identifica como especie y en la que unos parecen salir mejor parados que otros -siempre según el punto de vista propio-; en la que unos dan -también desinteresadamente- y otros reciben, en la que existen débitos y compensaciones, y necesaria cooperación. En la que los deseos personales son solo eso, deseos personales infinitos obligados a congeniar de la mano de una razón social que, de ser justa e inteligentemente llevada, solo traería beneficios para todos, a la corta y a la larga; pero…

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Trabajando

Las autovías y carreteras en buen estado van dando paso a otras de menor categoría en las que la señalización, junto con la calidad del firme, disminuye, persiste la oscuridad de la noche sobre el escaso tráfico, la conversación ha ido languideciendo y ahora cada cual se dedica a lo suyo, excepto el conductor, supongo, que atiende a la carretera resintonizando una radio que cada vez se oye peor. No consigo dormirme, será que he dormido suficiente y bien o que el madrugón me mantiene despejado, aumenta la frecuencia de las curvas y el paisaje comienza a despertar y colorearse con las primeras luces del alba, el relieve se va accidentando a medida que nos aproximamos a nuestro destino. Arbustos y matorrales, cada vez más altos, pueblan lomas, cerros y vaguadas más y más estrechas; robles, pinos y encinas salpicando grandes y onduladas superficies dedicadas a un cultivo extensivo ya recogido o a pasto de un ganado imposible aún de distinguir. Se suceden las pendientes y recovecos marcados por las numerosas rasgaduras de cauces secos, trazos caprichosos de otros días en los que el agua correteaba regalando un paisaje que comienza a latir con las claridades que anteceden a la inmediata salida de un sol dispuesto a cegarnos tras cualquier recodo del camino.

Me sorprende un frenazo inesperado, en ese momento no estaba prestando atención a la carretera; casi me paso -comenta para sí el conductor. Un giro de noventa grados nos sitúa ante unas puertas metálicas que me encargo de abrir, fuera del vehículo la fresca brisa del amanecer termina de despabilarme, otra hermosa mañana que el sol comenzará a alumbrar y caldear de un momento a otro, atajando por alguna de las cimas de los montes que nos quedan por delante, hiriéndonos en los ojos y haciéndonos más difícil distinguir las numerosas curvas del camino. Aguardo a que pase el coche y vuelvo a cerrar las puertas de la finca, dejándolas tal y como estaban. Las ovejas nos miran indiferentes o se reúnen en pequeños grupos que van apartándose del camino a nuestro paso, otras no, otras siguen comiendo mientras se alejan con calma de nuestro alcance, algunas siguen corriendo; ascendemos y es justo entonces cuando el sol no nos deja ver, pero no equivocamos el camino, tampoco erramos con los cruces y las divisiones. Si fuera yo el que condujera probablemente ya nos habríamos confundido de dirección, menos mal que solo me dedico a disfrutar de lo que nos va saliendo al paso, incluida la hermosa y cegadora luz de otra mañana de trabajo casi en el paraíso. Cruzamos el primer paso canadiense abierto en una valla que serpentea atada al relieve, más curvas, encinas y robles bajo los que se acomodan vacas paciendo tranquilamente, ajenas a nuestra interrupción; algunas alzan la cabeza sin dejar de rumiar y nos miran con indiferencia, nuestra mirada se cruza con la suya sin que sepamos qué pensar o decir, nadie sabe lo que pasa por la cabeza de una vaca, lo que cada cual desee imaginar de un animal que vive y siente bajo otros pulsos. Alguien comenta que hoy hará otro buen día y yo pienso que no hace falta irse tan lejos, ya es un precioso día tan solo por estar donde estamos, aunque sea el trabajo lo que nos ha traído hasta aquí. El segundo paso canadiense nos lleva a cambiar de vaguada, más cauces secos, más vacas pastando en otro día exactamente igual que el anterior. Casi a la altura de la cima siguiente, en la curva, pasamos el tercer paso y descendemos cuando vemos las primeras hembras acompañadas de crías de pocos años, algunas de esta misma primavera, no tan recelosos como pudiera parecer, se alejan prestos del camino para detenerse unos metros más allá y girar la cabeza observándonos atentos a cada uno de nuestros movimientos; parar el vehículo para intentar hacer alguna fotografía no sería problema, pero tenemos tarea por delante y no hay tiempo que perder. Otra ascensión y una nueva depresión por donde el camino se prolonga junto a otro cauce seco; volvemos a ascender hasta llegar a la vía, junto a al antiguo y medio derruido edificio de la estación. Detenemos el vehículo y saludamos al sol dibujando las primeras y alargadas sombras de la mañana prolongándose por lomas y caminos. Como he de aguardar a que mis compañeros hagan su tarea antes de comenzar la mía, desciendo hasta el borde de un camino desde donde puedo divisar el sinuoso sendero que nos ha traído hasta aquí y admirar en silencio cómo se suceden, hasta donde alcanza la vista, unos montes salpicados de robles y encinas, y empezar a distinguir algunos machos de enorme cornamenta. Me alejo algo más de mis compañeros hasta casi no oír su conversación y entonces puedo admirar en todo su esplendor el espectáculo del día, disfrutar del silencio de la mañana salpicado de los trinos y cantos de pájaros que desgraciadamente desconozco; algunos buitres trazan círculos ascendentes en el aire. Poco a poco comienza a imponerse la retadora llamada de numerosos animales marcando su territorio y solicitando a las hembras, hasta que llega un momento en el que estoy rodeado de los sonidos de una berrea que se prolongará poco más de una hora, hasta que el sol comience a calentar la tierra y nosotros tengamos que largarnos de allí, ya entrada la mañana, lo que aún me permitirá, durante varios kilómetros de una vía sinuosa, seguir disfrutando de una naturaleza tan serena como emocionante en la que no dejaré de ver más y más ciervos, machos orgullosos y desafiantes oteando su territorio, otros más jóvenes provistos de cornamentas recién estrenadas esperando su año descansando bajo antiguas encinas y numerosas hembras y crías entretenidas en un permanente y rutinario ramoneo por el que no parece pasar el tiempo. Me iré con la increíble sensación de haber disfrutado y saboreado de forma tan especial otro día de trabajo.

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Otoño

Sentado en esta especie de sólido banco de diseño, o tal vez no, contemplo el edificio que tengo enfrente esta bonita y soleada mañana de otoño; incomoda la mascarilla, que impide inspirar a todo trapo, pero es lo que hay, tampoco me voy a poner melindroso. Desaparecidos los andamios y señales de obra, al fin terminado, esquina y calle lucen como un traje a medida completamente nuevo, incluso viene bien que tampoco haya viandantes polucionando la vista. Estoy ante lo que algunos anunciaron como la nueva esquina del lujo, en Sevilla (Madrid), una zona tan pulcra y lujosa como perfecta en una ciudad que aquí, en estos momentos, parece casi vacía, a pesar del magnífico sol de otoño. El nombre sobre hierro forjado de una marca de lujo queda atrás cuando comienzo a caminar.

En la misma y amplísima acera, a mi derecha, un tipo bien vestido canta Amapola con una voz que obliga a detenerte y escuchar; junto a él, otros dos señores, igual de pulcros y aseados, aguardan su momento para sustituir en el canto a su compañero, los tres junto a un sombrero vuelto en el que los aficionados dejan caer sus monedas con tanta solicitud como entusiasmo. La caprichosa fortuna no sonríe a todos por igual, desgraciadamente. A medida que llego a la plaza las notas de la voz del aseado y precario melómano van perdiéndose escarnecidas por un desagradable ruido de latas, botes y cacerolas golpeadas sin orden ni concierto, ruido que llega a hacerse francamente molesto a medida que me aproximo a un grupo que, más bien disperso y ataviado de cualquier modo y manera, exige ante la sede de la Comunidad ayuda y trabajo de forma tan poco afortunada; petición que les resbalará a unos servidores públicos que entienden la política de un modo bien distinto.

Comparado con las hermosas notas tan bien moduladas de más arriba esta morralla escenifica, sin embargo y de forma bien distinta, el mismo modo de vida, el de la carencia. Desgracia que no entiende de matices, ayuda y trabajo que unos solicitan de forma armoniosa y educada a sus semejantes mientras que éstos otros lo hacen de forma ruidosa y vulgar a quienes controlan los dineros públicos. Frente a ellos varias furgonetas de la policía nacional, aparcadas en la misma acera, fingen proteger los derechos de unos políticos que probablemente ni siquiera están en el edificio.

Cruzo la plaza, casi vacía, y entro en la sombra de una calle comercial donde, en un primer vistazo, solo se adivinan más policías y jóvenes que van y vienen, provistos de carpetas y adornados con pegatinas, a la caza de transeúntes a los que concienciar de algún problema humanitario de dimensiones internacionales que precisamente necesita de su dinero; una aportación para apoyar a otros que tampoco tienen gobiernos que les ayuden, o a los que reclamar, quizás vía cacerolada, lo que sin ninguna duda se merecen. Los jóvenes acechan a los escasos viandantes sin mucho éxito, a nadie le apetece detenerse, el miedo al contagio acelera el paso o tal vez sea que uno elige dónde gasta su dinero, si lo tiene, en un país como el nuestro que lo distribuye tan mal. Entrevistan para una cadena de televisión a un tipo que, a juzgar por su tono y palabras, se muestra tremendamente sensato, el hombre razona cuerdamente su postura como si hablara a la misma pared que tiene detrás; es triste que las voces de tanto ciudadano responsable, que ven en un micrófono abierto la oportunidad de hacerse oír reafirmando sus razones, acaben en el cubo de basura porque no encajan en el prime time de cualquier cadena televisiva buscando materia prima que justifique la pobreza de sus propios programas.

Unas esquinas más adelante una pareja de caballeros, también correcta y formalmente vestidos, interpretan un dúo operístico, creo que de La Bohème; el más alto y fornido hace de él y el otro, más poquita cosa, de ella -interpretaciones al margen. Hay demasiados bares y cafeterías que permanecen cerrados, y las tiendas, que parecen abrir tarde, lucen casi vacías. Nos movemos según una inercia que no acabamos de comprender del todo, más bien una necesidad que no podemos abandonar so pena de abandonarnos a nosotros mismos.

Desayuno en la terraza de una cafetería, entre parejas heterosexuales de edad y hombres de negocios, además de un par de trabajadores eléctricos que suben y bajan de una escalera a lo largo de la fachada haciendo su trabajo. Consumido el desayuno aguardo durante unos instantes los cincuenta céntimos de la vuelta que un camarero tan estirado como maleducado considera su propina, propina por la que ni siquiera me da las gracias; tipos así deberían ser inmediatamente puestos de patitas en la calle, por pedantes, zalameros y caraduras, echan a perder el prestigio de cualquier local. De regreso, al pasar junto a una terraza, veo cómo una mujer mayor, vestida de cualquier modo y que probablemente vivirá en la calle, de las limosnas, moja con auténtico placer medio churro en una taza que todavía contiene un chocolate deliciosamente oscuro, desayuno tan inesperado como goloso que, al poco, es interrumpido por un diligente camarero que antes de retirar el servicio de la mesa le pide por favor que abandone su inesperado desayuno, advertencia a la que, dedicada a rebañar y masticar con auténtico placer hasta el último bocado, no hace mucho caso. Los dejo atrás cuando el joven termina de repasar con la bayeta la superficie de la mesa ya limpia y regresa con los restos de ese desayuno compartido al interior del local.

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Cansancio

Tal vez sea porque el otoño se ha presentado de pronto, lo que no es tal porque astronómicamente ya llevábamos algunos días en él -aunque meteorológicamente no lo pareciera-, o porque el cansancio, habitual en cualquier actividad humana, es ya excesivo; el caso es que parece como si no nos moviéramos, expectantes, siempre al principio, que el paso del tiempo no hubiera existido y siguiéramos detenidos en el punto de partida sin saber qué hacer. Falsa percepción, o no, el evidente embotamiento general no significa que los sucesos no prosigan su marcha independientemente de nuestra terca pasividad. De pronto desconocemos el significado de qué, cuándo y cómo, y en lo referente a qué es excesivo seguimos en las mismas. No hay baremos ni medidas, y las pocas referencias disponibles carecen de consistencia, o simplemente no interesan, algo así como sucede con el dolor, que dependiendo del sujeto que lo sufre en algunos casos le va la vida y en otros es como no decir nada, se dedican a soportarlo sin preguntas.

Hoy, las malditas obligaciones de cualquier adulto, de las que renegábamos por sistema, nos parecen importantes, las echamos de menos, eran nuestros guías, organizaban un programa personal de actividades que, sin embargo, siempre intentábamos, como niños incorregibles, trampear; licencias infantiles, cuando ni deberes ni obligaciones preocupan, remanecidas como ventanucos por los que respirar del agobio y la ansiedad añadidos a nuestras propias decisiones, también de los que nos procuraban nuestras mucho más numerosas indecisiones. Incluso presumíamos de reírnos de las ataduras que organizan la vida adulta porque nos gustaba creernos libres y con autoridad para decir que no, aunque en el fondo supiéramos que algunas de esas negaciones eran como dispararse en el propio pie, otra forma de evadirnos o sentirnos por encima de cuando simplemente se trataba de dar la espalda a lo que no nos atrevíamos a mirar de frente.

El cansancio que creemos padecer parecería desafección si no fuera porque se trata de ignorancia, deserción de nuestros propios actos y decisiones por pura incompetencia, incapaces de reconocer dónde tenemos la mano derecha. Porque tampoco se trata de echarle sistemáticamente la culpa a los políticos y quedarnos a resguardo, la misma excusa de siempre que no deja de ser eso, una ridícula excusa, los políticos que tenemos son los que hemos elegido, tipos exactamente iguales a la gente que los vota, así que, probablemente nos iría mejor si dejáramos de lanzar balones fuera y asumiéramos como tales nuestras miserias de país menor de edad aficionado a las zalamerías y las bravuconadas.

Quizás la cuestión del cansancio no sea tan evidente, o sí, pero lo cierto es que nos hemos -o nos han- habituado de tal modo a lo previsible que cuando aparece una nube en el horizonte, obligándonos a detenernos y calcular o prever, automáticamente nos bloqueamos, tal y como sucede ahora. Hace ya tanto que dejamos de servirnos de la propia iniciativa para organizar nuestros propios pasos que en algunos casos ni siquiera sabemos que existe, o para qué; hoy la iniciativa se circunscribe a incordiar, romper las reglas, joder al prójimo o hundirse uno mismo en la incompetencia más absoluta mientras se reniega del prójimo y de un mundo que nos mantiene con las manos atadas, cuando en el fondo nunca supimos qué hacer con ellas.

No es cansancio lo que padecemos, es incompetencia ciudadana, pereza social y política, echamos de menos la rudimentaria zanahoria que habitualmente nos obligaba a movernos, que no dirigirnos, aunque después nos gustara recostarnos plácidamente para así aprovechar la inercia; la cuestión era dónde poner el siguiente paso, paso que se limitaba exclusivamente al hecho físico, porque cualquier metáfora que pudiera aplicarse al mismo sería errónea, un acto baldío. Ni queremos ni podemos, y, lo que es peor, tampoco sabemos qué hacer, cómo comportarnos, cómo organizarnos, cómo hablarnos, sin manos ni pies, ni sentido común capaz de guiarnos a la hora de conseguir un mínimo del que disfrutar, para mirarnos a la cara, al menos para darnos ánimo con el que afrontar y sortear el cansancio de esta incompetencia general; e incluso solazarnos mínimamente en los breves y consistentes frutos de una actitud política y social mínimamente consecuente y racional.

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Una región

Región tiene un componente rústico que probablemente comienza y acaba en mis prejuicios, no hay nada significativamente relacionado en su acepción, según la Academia de la Lengua, que tenga que ver con ello, evidencia que, sin embargo, no impide que uno pueda considerar la zona en la que vive bajo esa variante campestre y más bien estática, dos calificativos que, supongo, aportan claridad a mi punto de vista.

Esta región es en su mayor parte campo que se extiende a sus anchas, no hay grandes montañas, ni grandes ríos, ni zonas muy boscosas; también está escasamente poblada, con una densidad de población que en algunas zonas es siberiana. La actividad industrial -mundialmente en horas bajas y encaminada a su casi desaparición- es escasa o prácticamente nula, y la parte de los servicios descuella mínimamente porque no hay mucho más en lo que invertir. Ocupada por una población muy dispersa y poco dada a la cohesión, todo lo contrario, cualquier local es capaz de subirse a la parra y enfrentarse a los demás por una virgen, un molino o cuatro piedras, lo del agua ya es más complicado. Aquí la conflictividad se reduce a mi pueblo es más guapo que el tuyo. Por estos lares el tiempo pasa porque tiene que pasar, ya que está inventado respetamos su función y gracias a ella existimos, ocupamos un lugar en él aunque solo sea como referencia para el resto; tiempo y espacio nos sitúan en el mundo, la importancia de sus habitantes y sus ocupaciones es otro cantar, por desgracia escasamente importante.

Superficie tan grande y con tan escasa actividad humana que pueda considerarse trascendente o de cierta importancia allende de nuestros límites puede ser consecuencia del poco espíritu de sus pobladores, aunque también podría pensarse que espíritu tan frugal es consecuencia de un vacío tan extenso -que cada cual elija la que más le apetezca; los tres países que forman el Benelux, con sus correspondientes habitantes, cabrían enteritos en la región y sobraría casi la mitad de la superficie. Tal cantidad de espacio es contagiosa, quizás sea por eso que el vacío también domina los cerebros de sus políticos, actores de una política casi inane limitada a la ocupación de un sillón desde el que administrar las cuatro perras con las que subsiste la región, aguardando plácidamente a que las zonas limítrofes necesiten de nuestra existencia, aunque solo sea para cruzarnos hacia otros destinos. Tanta superficie también da para pegar tiros, por eso, en el mejor ejemplo de la literatura de Miguel Delibes -ahora que estamos de aniversario-, mantenemos quietos a los locales prestos a servir a tanta escopeta de prestigio y menos que acude por aquí a soltar tensiones y aniquilar la fauna local; el resto es sol y pocas ganas de alzar la vista al cielo.

Desde que este país vive en democracia sus manifestaciones por aquí se han limitado fundamentalmente a un lavado de cara de accesos, cruces y poblaciones, pueblos y ciudades lucen mejor que antes pero como antes, igual de inmóviles y nada provocadores. Hubo un intento de la derecha de este país -todavía franquista- de hundir las pocas instituciones y servicios públicos que se mantenían dignamente en pie, pero cuatro años fue poco, no les dio tiempo, pero fue suficiente para que los siguientes gobiernos de la derecha socialista pudieran vivir aún mejor, porque no hicieron nada por recuperar lo perdido, ni mejorarlo; así hasta hoy, a un paso de la inexistencia.

Puede que todo esto suceda porque los naturales no damos más de sí, con lo nuestro tenemos bastante, quizás también. No hay más que ver a nuestro gobierno regional, encabezado por un tipo que, a juzgar por su verbo y aspecto, lo más lejos que ha llegado ha sido a la capital del país, un seminarista fallido, dócil y obediente, un afiliado de por vida que supo colocarse en todas las fotos a la espera del momento en el que el patrón de turno desviara la vista y exclamara: ¡Anda! ¡si todavía estás aquí! pues ahora, por portarte tan bien y dar tan pocos problemas, te vamos a hacer presidente. Y ahí está, ocupando al fin el sillón que tanto tiempo le ha costado, haciendo como que gobierna, cómodamente sentado y siempre a la espera mientras colecciona con avaricia sus infinitas apariciones televisivas .

Es lo que sucede cuando en una televisión regional -que también existe- escasea la inteligencia, además de los recursos, un medio que basa su funcionamiento en la copia de los nefastos modelos regionales vecinos. Un soporífero e inaguantable instrumento en el que se suceden, sin solución de continuidad, casposos programas de variedades, rancia canción española para despistados sin nada que hacer, ejercicios ocupacionales para jubilados, anacronismos como los toros y relleno, mucho relleno, y barato; la parte cinematográfica es como introducirse en el túnel del tiempo… o del terror. Un medio de comunicación -definición que le viene grande- que exhibe idéntico estatismo y planismo mental que sus dirigentes. A veces creo que en una región como esta es imposible que se dé una televisión viva, eso queda para otros lugares que sí viven en el siglo en el que ocupan tiempo y espacio.

Pero en el fondo aquí se vive muy bien, nunca pasa nada y lo que pasa sucede de paso porque no tenía más remedio que pasar por aquí, se respira aire limpio, nuestros horizontes lucen transparentes, sin agobios y con el único inconveniente de que, como ahora estamos con problemas nacionales de salud, vienen de otros lugares ansiosos porque tampoco les pase nada. Un buen lugar que igual se llena de nuevos que traen sus cosas de allí y nos obligan a movernos de aquí y hacer algo por nosotros mismos; aunque, no sé, demasiado esfuerzo para luego acabar cansado, es para pensárselo dos veces.

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Niños y educación

Ningún animal permite que sus cachorros dejen de aprender, también jugando, con vistas a un futuro de adultos en el que habrán de valerse por sí mismos, aquel que no aproveche juegos y enseñanzas para adiestrarse simplemente morirá, ya vendrán otros después; no hay más, es tanto una cuestión de supervivencia como de cooperación.

En cambio, los cachorros humanos, a pesar de ser los recién nacidos más inútiles, los que menos probabilidades tienen de sobrevivir por sí solos, son tratados en las sociedades occidentales por sus propios adultos como si fueran individuos completos e independientes. El porqué de este persistente error, de tal pérdida de perspectivas respecto a lo que significa el desarrollo individual, traería cola, pero sería una discusión adulterada, plagada de frustraciones, temores, prejuicios e intereses no siempre honestos en los que los supuestos perjudicados, los propios niños, deberían permanecer al margen. La infancia, como la pubertad y la adolescencia, son etapas de desarrollo y aprendizaje en la especie humana, y sus representantes tienen una opinión parcial e incompleta del mundo que les rodea, tanto en lo que respecta a sí mismos como a su lugar en las sociedades en las que crecen, por ello sus opiniones no deberían tener el mismo valor que las de un adulto ni ser tratados como individuos autónomos e independientes -cuando hablo de adultos me refiero a individuos intelectualmente maduros, en plena posesión de sus facultades y movidos por intereses estricta y antropológicamente humanos.

La cuestión es en qué momento estos sujetos en desarrollo pasaron a ser considerados como uno más a la hora de valorar y tomar en cuenta sus opiniones, necesidades, deseos y caprichos; cuándo, cómo y en función de qué objetivos se decidió hacer iguales a niños y adultos, además de juzgar como mundos simultáneos y equivalentes los de unos y otros, obviando que en el caso de los menores se trata de un mundo en formación basado en el aprendizaje y, como tal, siempre subsidiario, tanto a nivel de potestad como a nivel de opiniones. Así como qué intereses han existido a la hora de concebir y poner en práctica tales cambios, si se trataba de liberadores sueños de redención, de proyectos paridos por iluminados, tipos frustrados o abruptamente expulsados de la infancia o, lo que es peor, de maquinaciones fríamente calculadas por torticeros intereses económicos. Lo que siempre debió ser una hipotética, indefinida e indefinible potencialidad en constante renovación mediante un aprendizaje continuado hasta la edad adulta pasó a convertirse en una serie de autonomías reales sujetas a derecho.

Es más que probable que un amargo poso de infancias difíciles, en bastantes casos por motivos que poco o nada tienen que ver con el capítulo específico de la madurez humana, haya posibilitado un subconsciente colectivo condescendiente hacia los propios cachorros que ha permitido que se convirtieran en reyezuelos egoístas que en muchos casos crecerán incapaces de asumir por sí mismos los inconvenientes y beneficios de una madurez tan complicada como inevitable, adultos renuentes a las responsabilidades y el compromiso todavía abducidos por paraísos en los que derechos es sinónimo de caprichos. Nuevas generaciones que llegan a su hipotética madurez sin haberse desprendido de la propia infancia.

Se confunden infancia con libertad y educación con represión, y el resultado son unos jóvenes insolentes y soberbios que reniegan del mundo o directamente se autoexpulsan. El primer derecho de los niños, muy por encima de cualquier otro, es el derecho a aprender; asegurados unos mínimos de salud y bienestar es el único interés que, respecto a sus vástagos, debería guiar a los adultos, el resto puede esperar.

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El yate y los expertos

Coincidió que, justo enfrente del hotel donde estábamos alojados, atracó el mayor yate del mundo -según la prensa, que siempre está al tanto de esas memeces que distraen al personal permitiéndole descansar de sus propias vidas-, un lujo blanquísimo de casi doscientos metros propiedad, como supondrán, de un rico jeque asiático; de por donde el petróleo rebosa por los cuatro puntos cardinales. Un resplandeciente alarde de dinero, que no poder, servido por unas sesenta personas -eso sí es dar trabajo- que, supongo, transportaría a su orgulloso propietario, familia, séquito y demás, o no; un ostentoso despliegue de jactanciosidad que, solo por el amarre, pagaba el día 2.500 euros del ala -también lo decía la prensa. Imaginen, si les apetece, qué desembolso supondría para el amplio bolsillo del jeque un par de meses ahí quieto. Después, ya picado por la curiosidad, indagué donde debía y donde no y me enteré de que el precioso barco estaba en alquiler, es decir -si sé lo que eso significa-, que cualquiera que deseara pasar, por ejemplo, una semana a todo trapo no tendría nada más que alquilarlo y a vivir que son dos días. Pero no, no resultaba tan fácil, el barco no se podía alquilar, y el meollo del asunto era que el acaudalado propietario -el jeque-, embarcado en la afanosa obligación de acumular millones procedentes del petróleo, no tiene más remedio que rodearse de expertos dedicados a ello, y precisamente esos expertos fueron los que, sabedores de que en Europa los barcos de alquiler no pagan impuestos, le recomendaron que era mejor que el barco figurara de ese modo, así el jeque se ahorraría el correspondiente impuesto de propiedad -¡menudo negocio! Lo pongo en alquiler pero no lo alquilo porque es mío y me ahorro los impuestos correspondientes por ser su propietario. Estupendo.

Y de experto a experto y cambiando de tercio, leo en la prensa que el gobierno español ha consultado a ciento treinta expertos -¡qué cantidad de expertos!- qué hacer con la economía en estos tiempos de pandemia; y una de las recomendaciones de tanta grisura reunida ha sido la de subir el IRPF a los trabajadores. O sea, que si usted es un afortunado trabajador y gana lo que gana y tiene que vivir de lo que gana -si le llega o no es otro problema-, sepa que tienen intención de subirle los impuestos a su trabajo para que el país se vaya recuperando y funcione mejor. Mala suerte. Claro, la pregunta que me surgió fue inmediata ¿son estos expertos iguales a los expertos del jeque? No vale responder que según como se mire, que cada cual en lo suyo, los del jeque intentando que su forrado jefe pague menos impuestos -impuestos que podrían sufragar servicios públicos más que necesarios sin que al jeque le doliera la sombra-, y los expertos del gobierno preocupados de que cualquier ciudadano, aunque cobre una mierda, pague cuantos más impuestos mejor.

Evidentemente, cualquiera con dos dedos de frente deduciría que los primeros sí son auténticos expertos porque consiguen money para su pagador -dinero que, a tenor del tamaño del buque, consistiría en una cifra con algunos ceros a la derecha. ¿Y los otros…? ¡qué voy a decir! con todo el dolor del mundo me parece que no tienen nada de expertos, todo lo contrario, se trata de chicos espabilados y obedientes, apesebrados de baja estofa en el fondo envidiosos de sus iguales servidores del jeque y sus colegas, ciento treinta atontados que ven la economía con anteojeras -las que les imponen jeques y menos jeques-, pobres diablos permanentemente dedicados a la consigna de exprimir al que menos tiene, por si hay suerte y algún otro prepotente del dinero les llama a su seno para que cuide de sus millones, igual entonces pueden presumir paseándose por la cubierta de un yate tan magnífico. Al resto, entre ellos los millones de explotados que dispondrán de menos dinero, les queda el gustazo de pasarse por el muelle y admirar tales joyas de la ingeniería naval, y soñar, y echar a la lotería, a ver si tienen suerte y les toca para comprarse una maroma del yate del jeque, ¡que lujo!

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Juegos

Vamos a contar mentiras, como si estuviéramos jugando. Hay una parte fundamental en todo juego que tiene que ver con el divertimento, el disfrute de un entretenimiento en el que el azar es primordial, un ejercicio que también permite el perfeccionamiento de destrezas directamente relacionadas con la ejecución y desarrollo del mismo. Pero jugar no es una actividad exclusivamente humana, aunque en nuestra especie adquiere una complejidad que se aleja del juego como aprendizaje, tal y como sucede en el resto de los animales.

Esta peculiaridad humana es la que acaba modificando las premisas iniciales del juego, o caracterizándolo respecto de las experiencias similares en el reino animal, pasando de unas reglas y principios sencillos, generalmente lúdicos o relacionados con el aprendizaje y desarrollo individual, a experimentos mucho más complejos que se extienden hasta la edad adulta y van más allá del simple entretenimiento. La identificación, intensidad y el compromiso puestos en juego por parte de los humanos pueden ser tales que la parte lúdica suele pasar con frecuencia a un segundo plano, prevaleciendo emociones, desafíos y servidumbres personales que, lejos de la teórica intrascendencia del mismo pasatiempo, adquieren en algunos individuos unos tintes dramáticos que prácticamente llegan a borrar la separación entre juego y vida real, produciéndose una peligrosa y conflictiva suplantación que incluso despoja a los días reales de todo rastro de razón y sentido común tan necesarios.

He escogido tres juegos que me parecen significativos por cuanto, a tono con lo que pretendo, muestran que en algunos casos el juego puede conllevar algo más que procurar un entretenimiento banal a cualquiera que lo practique, dejando la puerta abierta a traslaciones y cambios de comportamientos más allá de lo meramente emocional. Los juegos son, del más simple al más complicado, el clásico parchís, el Monopoly y un reciente juego mesa llamado Juego de Tronos -inspirado en la serie televisiva.

En el primero de ellos, el parchís, el más sencillo y en el que el azar tiene un porcentaje predominante, las interrelaciones entre los jugadores son básicas y nada trascendentes, se trata de ganar la partida a partir de unas reglas tremendamente simples en las que se combinan algo más que la paciencia y un cálculo muy elemental por parte de los jugadores. En el segundo, el Monopoly, en cambio, siendo importante el porcentaje del azar -aunque creo que en menor medida-, hay claves y exigencias inherentes al juego que incorporan elementos, circunstancias y situaciones de la vida real que hacen al jugador sentirse interviniendo en una situación real, con sus correspondientes riesgos, apuestas y toma de decisiones que, en este caso, tienen que ver con el sistema económico que mueve el mundo. El jugador incorpora a su actividad lúdica símiles y situaciones hipotéticas coloreadas con un respetable barniz de realidad en las que puede y debe, lo exige el juego, disfrazar sus intenciones, aprovecharse y, llegado el caso, explotar a los otros jugadores -sus dudas, indecisiones o su poca fortuna- en su propio beneficio. Se trata de un adiestramiento ficticio a la hora negociar y trapichear con personas reales en situaciones reales como si fueran vidas reales.

El tercer juego en cuestión es muy diferente, e intervienen ciertos argumentos morales en apariencia intrascendentes, se trata de un juego en el que la guerra es la protagonista, y en él la astucia del jugador ha de bregar con situaciones y decisiones que van más allá de la explotación y derrota del enemigo, incorporando un matiz que me parece demoledor, cualquier jugador puede y debe traicionar a sus propios aliados si quiere ganar; desaparece la distinción entre aliados y enemigos en función de un egoísmo depredador en el que no tienen cabida los escrúpulos o la lealtad -cualidades que podrían entrañar cierta debilidad de carácter. Como solo puede haber un único ganador nadie se fía de nadie, el azar intervine lo justo -en forma de dados-, pero la opción de la puñalada traicionera en el último segundo, tras haber compartido “sufrimientos y victorias” comunes, es la que decide el vencedor. Queda ver cuántos de los jugadores que se aplican a estos juegos distinguen en su justa medida entre juego y realidad, cuántos son personas normales, o excelentes, en posesión de la capacidad de cambiar de inmediato el chip cuando se apartan del tablero y, en cambio, cuántos admiten como posible o incluso nada raro que si se puede traicionar en un juego también puede hacerse en la vida real. Porque eso mismo es lo que nos sermonea cada día la sociedad en la que vivimos, piensa en ti mismo porque el primer rival y competidor es tu propio vecino, el mismo al que saludas cada mañana 0 con el que te tomas unas cervezas, quien te zancadilleará para superarte y dejarte tirado al menor descuido por tu parte.

Vista la desgraciada y perniciosa influencia que el juego tiene en algunas personas, hasta el punto de llegar a arruinarles la vida, a ellos y a sus próximos, solo falta que en las cuestiones comunes o de simple convivencia se instale como norma la sospecha permanente respecto de quien tenemos al lado. ¿Afirmaríamos sin dudarlo que se trata solo de un juego?

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La verdad está ahí fuera

Afortunadamente el tiempo pasa haciendo que los hechos luzcan por sí solos, sin necesidad de explicaciones ni justificaciones expertas o interesadas, es lo que hay, lo que tenemos, que viene a ser lo que somos. Meses después de comenzada esta epidemia mundial, dicen, no es que sigamos donde al principio, aunque en ocasiones parece que sí. Superadas las primeras dudas e incertidumbres que provocaron las condiciones especiales de marzo, abril y mayo la calma posterior fue breve, o quizás nunca llegó a instalarse por completo, probablemente porque nunca hemos sabido a qué nos enfrentábamos, no teníamos referentes, salvo alguna que otra novela o película distópicas. Sin embargo, hasta entonces nos creíamos a salvo de situaciones tan calamitosas como nada predecibles, lo único que sabíamos predecir era la economía, pero también sin garantías, tampoco importaba, puesto que se trata de los siempre oscuros negocios en manos de trileros y gurús de pacotilla adoradores de los expolios bursátiles. También era obvio que, digeridos los temores iniciales y una vez a salvo de la primera criba, el personal intentaría volver a las andadas, a una normalidad ya completamente imposible; daba igual que el desconocimiento fuera el mismo y no desapareciera la imprevisión, los fallos de cualquier incómoda o aleatoria precaución recaerían automáticamente en los demás.

Ha pasado el tiempo y la improvisación sigue siendo la moneda corriente, no hay planes -salvo la siempre socorrida providencia-, nadie sabe, ni puede ni quiere porque seguimos sin disponer de elementos con los que enfrentarnos directamente al problema, en ningún sitio. Permanece el inevitable presente, el sol de cada día, las hermosas mañanas, el nosotros y ellos, el salgo o no salgo, el no sé, el miedo más irracional y la arrogancia más estúpida, pero seguimos sin saber cómo. No se trata de parapetarse desconfiados en los propios temores ni, de pronto, asumir como bandera la insolencia y el nulo temor de la juventud en su plena posesión de la vida, del mundo, sobre el que tienen tanto derecho como el que más y sobre el que probablemente no hemos sabido enseñarles a entender y respetar. Queda una algarabía de voces, sentencias, amenazas, recomendaciones, advertencias y primeras páginas sensacionalistas de periódicos que impiden ver el bosque; imposible dialogar, imposible entenderse, planificar u organizar una mínima estadística básica común que pueda servir como línea de salida. Nada, salvo una catarata de imprecisiones e incompetencia política que sumar a un sálvese quien pueda general en el que pescan a sus anchas tahúres de los negocios, nefastos gobernantes que quizás nunca fueron buenas personas, especuladores a la baja e inversores de futuros a resguardo en sus correspondientes bunkers suspirando porque esto se extienda y caigamos como moscas, ganadores de nada.

Lo último que deberíamos permitir sería confundir la oscuridad de nuestra caverna con la responsabilidad, aceptar vivir mezquinamente enjaulados en nuestros propios temores odiando y acusando al resto del mundo de moverse sin control o porque sí, en las antípodas de los negacionistas, esos nuevos terraplanistas que creen a pie juntillas que esto de la pandemia es una maquinación de astutas fuerzas ocultas que pretenden dominar el mundo. Como tampoco se trata de cerrar a cal y canto todo lo que huela a común o compartido para que no se extienda ni agrave el problema, la solución no consiste en dar portazo al negocio para no tener complicaciones ni pérdidas. Ni negocios ni problemas, ni personas en las calles, todos acobardados y muertos de asco en nuestros domicilios, solo entonces estos mismos gobernantes que siguen pasmados en la casilla de salida, tan lerdos como incompetentes e incapaces de ponerse de acuerdo en cuestiones fundamentales, sí podrían decir que han solucionado este feo asunto.

Seguimos sin una previsión inteligente respecto de un nuevo futuro que tendremos que normalizar más pronto que tarde, y no deberíamos dejar que sucediera con los brazos caídos o acusándonos unos a otros de no contribuir lo suficiente para lograr una solución, porque el miedo no es la solución, con miedo mejor no vivir.

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