Niños y educación

Ningún animal permite que sus cachorros dejen de aprender, también jugando, con vistas a un futuro de adultos en el que habrán de valerse por sí mismos, aquel que no aproveche juegos y enseñanzas para adiestrarse simplemente morirá, ya vendrán otros después; no hay más, es tanto una cuestión de supervivencia como de cooperación.

En cambio, los cachorros humanos, a pesar de ser los recién nacidos más inútiles, los que menos probabilidades tienen de sobrevivir por sí solos, son tratados en las sociedades occidentales por sus propios adultos como si fueran individuos completos e independientes. El porqué de este persistente error, de tal pérdida de perspectivas respecto a lo que significa el desarrollo individual, traería cola, pero sería una discusión adulterada, plagada de frustraciones, temores, prejuicios e intereses no siempre honestos en los que los supuestos perjudicados, los propios niños, deberían permanecer al margen. La infancia, como la pubertad y la adolescencia, son etapas de desarrollo y aprendizaje en la especie humana, y sus representantes tienen una opinión parcial e incompleta del mundo que les rodea, tanto en lo que respecta a sí mismos como a su lugar en las sociedades en las que crecen, por ello sus opiniones no deberían tener el mismo valor que las de un adulto ni ser tratados como individuos autónomos e independientes -cuando hablo de adultos me refiero a individuos intelectualmente maduros, en plena posesión de sus facultades y movidos por intereses estricta y antropológicamente humanos.

La cuestión es en qué momento estos sujetos en desarrollo pasaron a ser considerados como uno más a la hora de valorar y tomar en cuenta sus opiniones, necesidades, deseos y caprichos; cuándo, cómo y en función de qué objetivos se decidió hacer iguales a niños y adultos, además de juzgar como mundos simultáneos y equivalentes los de unos y otros, obviando que en el caso de los menores se trata de un mundo en formación basado en el aprendizaje y, como tal, siempre subsidiario, tanto a nivel de potestad como a nivel de opiniones. Así como qué intereses han existido a la hora de concebir y poner en práctica tales cambios, si se trataba de liberadores sueños de redención, de proyectos paridos por iluminados, tipos frustrados o abruptamente expulsados de la infancia o, lo que es peor, de maquinaciones fríamente calculadas por torticeros intereses económicos. Lo que siempre debió ser una hipotética, indefinida e indefinible potencialidad en constante renovación mediante un aprendizaje continuado hasta la edad adulta pasó a convertirse en una serie de autonomías reales sujetas a derecho.

Es más que probable que un amargo poso de infancias difíciles, en bastantes casos por motivos que poco o nada tienen que ver con el capítulo específico de la madurez humana, haya posibilitado un subconsciente colectivo condescendiente hacia los propios cachorros que ha permitido que se convirtieran en reyezuelos egoístas que en muchos casos crecerán incapaces de asumir por sí mismos los inconvenientes y beneficios de una madurez tan complicada como inevitable, adultos renuentes a las responsabilidades y el compromiso todavía abducidos por paraísos en los que derechos es sinónimo de caprichos. Nuevas generaciones que llegan a su hipotética madurez sin haberse desprendido de la propia infancia.

Se confunden infancia con libertad y educación con represión, y el resultado son unos jóvenes insolentes y soberbios que reniegan del mundo o directamente se autoexpulsan. El primer derecho de los niños, muy por encima de cualquier otro, es el derecho a aprender; asegurados unos mínimos de salud y bienestar es el único interés que, respecto a sus vástagos, debería guiar a los adultos, el resto puede esperar.

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El yate y los expertos

Coincidió que, justo enfrente del hotel donde estábamos alojados, atracó el mayor yate del mundo -según la prensa, que siempre está al tanto de esas memeces que distraen al personal permitiéndole descansar de sus propias vidas-, un lujo blanquísimo de casi doscientos metros propiedad, como supondrán, de un rico jeque asiático; de por donde el petróleo rebosa por los cuatro puntos cardinales. Un resplandeciente alarde de dinero, que no poder, servido por unas sesenta personas -eso sí es dar trabajo- que, supongo, transportaría a su orgulloso propietario, familia, séquito y demás, o no; un ostentoso despliegue de jactanciosidad que, solo por el amarre, pagaba el día 2.500 euros del ala -también lo decía la prensa. Imaginen, si les apetece, qué desembolso supondría para el amplio bolsillo del jeque un par de meses ahí quieto. Después, ya picado por la curiosidad, indagué donde debía y donde no y me enteré de que el precioso barco estaba en alquiler, es decir -si sé lo que eso significa-, que cualquiera que deseara pasar, por ejemplo, una semana a todo trapo no tendría nada más que alquilarlo y a vivir que son dos días. Pero no, no resultaba tan fácil, el barco no se podía alquilar, y el meollo del asunto era que el acaudalado propietario -el jeque-, embarcado en la afanosa obligación de acumular millones procedentes del petróleo, no tiene más remedio que rodearse de expertos dedicados a ello, y precisamente esos expertos fueron los que, sabedores de que en Europa los barcos de alquiler no pagan impuestos, le recomendaron que era mejor que el barco figurara de ese modo, así el jeque se ahorraría el correspondiente impuesto de propiedad -¡menudo negocio! Lo pongo en alquiler pero no lo alquilo porque es mío y me ahorro los impuestos correspondientes por ser su propietario. Estupendo.

Y de experto a experto y cambiando de tercio, leo en la prensa que el gobierno español ha consultado a ciento treinta expertos -¡qué cantidad de expertos!- qué hacer con la economía en estos tiempos de pandemia; y una de las recomendaciones de tanta grisura reunida ha sido la de subir el IRPF a los trabajadores. O sea, que si usted es un afortunado trabajador y gana lo que gana y tiene que vivir de lo que gana -si le llega o no es otro problema-, sepa que tienen intención de subirle los impuestos a su trabajo para que el país se vaya recuperando y funcione mejor. Mala suerte. Claro, la pregunta que me surgió fue inmediata ¿son estos expertos iguales a los expertos del jeque? No vale responder que según como se mire, que cada cual en lo suyo, los del jeque intentando que su forrado jefe pague menos impuestos -impuestos que podrían sufragar servicios públicos más que necesarios sin que al jeque le doliera la sombra-, y los expertos del gobierno preocupados de que cualquier ciudadano, aunque cobre una mierda, pague cuantos más impuestos mejor.

Evidentemente, cualquiera con dos dedos de frente deduciría que los primeros sí son auténticos expertos porque consiguen money para su pagador -dinero que, a tenor del tamaño del buque, consistiría en una cifra con algunos ceros a la derecha. ¿Y los otros…? ¡qué voy a decir! con todo el dolor del mundo me parece que no tienen nada de expertos, todo lo contrario, se trata de chicos espabilados y obedientes, apesebrados de baja estofa en el fondo envidiosos de sus iguales servidores del jeque y sus colegas, ciento treinta atontados que ven la economía con anteojeras -las que les imponen jeques y menos jeques-, pobres diablos permanentemente dedicados a la consigna de exprimir al que menos tiene, por si hay suerte y algún otro prepotente del dinero les llama a su seno para que cuide de sus millones, igual entonces pueden presumir paseándose por la cubierta de un yate tan magnífico. Al resto, entre ellos los millones de explotados que dispondrán de menos dinero, les queda el gustazo de pasarse por el muelle y admirar tales joyas de la ingeniería naval, y soñar, y echar a la lotería, a ver si tienen suerte y les toca para comprarse una maroma del yate del jeque, ¡que lujo!

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Juegos

Vamos a contar mentiras, como si estuviéramos jugando. Hay una parte fundamental en todo juego que tiene que ver con el divertimento, el disfrute de un entretenimiento en el que el azar es primordial, un ejercicio que también permite el perfeccionamiento de destrezas directamente relacionadas con la ejecución y desarrollo del mismo. Pero jugar no es una actividad exclusivamente humana, aunque en nuestra especie adquiere una complejidad que se aleja del juego como aprendizaje, tal y como sucede en el resto de los animales.

Esta peculiaridad humana es la que acaba modificando las premisas iniciales del juego, o caracterizándolo respecto de las experiencias similares en el reino animal, pasando de unas reglas y principios sencillos, generalmente lúdicos o relacionados con el aprendizaje y desarrollo individual, a experimentos mucho más complejos que se extienden hasta la edad adulta y van más allá del simple entretenimiento. La identificación, intensidad y el compromiso puestos en juego por parte de los humanos pueden ser tales que la parte lúdica suele pasar con frecuencia a un segundo plano, prevaleciendo emociones, desafíos y servidumbres personales que, lejos de la teórica intrascendencia del mismo pasatiempo, adquieren en algunos individuos unos tintes dramáticos que prácticamente llegan a borrar la separación entre juego y vida real, produciéndose una peligrosa y conflictiva suplantación que incluso despoja a los días reales de todo rastro de razón y sentido común tan necesarios.

He escogido tres juegos que me parecen significativos por cuanto, a tono con lo que pretendo, muestran que en algunos casos el juego puede conllevar algo más que procurar un entretenimiento banal a cualquiera que lo practique, dejando la puerta abierta a traslaciones y cambios de comportamientos más allá de lo meramente emocional. Los juegos son, del más simple al más complicado, el clásico parchís, el Monopoly y un reciente juego mesa llamado Juego de Tronos -inspirado en la serie televisiva.

En el primero de ellos, el parchís, el más sencillo y en el que el azar tiene un porcentaje predominante, las interrelaciones entre los jugadores son básicas y nada trascendentes, se trata de ganar la partida a partir de unas reglas tremendamente simples en las que se combinan algo más que la paciencia y un cálculo muy elemental por parte de los jugadores. En el segundo, el Monopoly, en cambio, siendo importante el porcentaje del azar -aunque creo que en menor medida-, hay claves y exigencias inherentes al juego que incorporan elementos, circunstancias y situaciones de la vida real que hacen al jugador sentirse interviniendo en una situación real, con sus correspondientes riesgos, apuestas y toma de decisiones que, en este caso, tienen que ver con el sistema económico que mueve el mundo. El jugador incorpora a su actividad lúdica símiles y situaciones hipotéticas coloreadas con un respetable barniz de realidad en las que puede y debe, lo exige el juego, disfrazar sus intenciones, aprovecharse y, llegado el caso, explotar a los otros jugadores -sus dudas, indecisiones o su poca fortuna- en su propio beneficio. Se trata de un adiestramiento ficticio a la hora negociar y trapichear con personas reales en situaciones reales como si fueran vidas reales.

El tercer juego en cuestión es muy diferente, e intervienen ciertos argumentos morales en apariencia intrascendentes, se trata de un juego en el que la guerra es la protagonista, y en él la astucia del jugador ha de bregar con situaciones y decisiones que van más allá de la explotación y derrota del enemigo, incorporando un matiz que me parece demoledor, cualquier jugador puede y debe traicionar a sus propios aliados si quiere ganar; desaparece la distinción entre aliados y enemigos en función de un egoísmo depredador en el que no tienen cabida los escrúpulos o la lealtad -cualidades que podrían entrañar cierta debilidad de carácter. Como solo puede haber un único ganador nadie se fía de nadie, el azar intervine lo justo -en forma de dados-, pero la opción de la puñalada traicionera en el último segundo, tras haber compartido “sufrimientos y victorias” comunes, es la que decide el vencedor. Queda ver cuántos de los jugadores que se aplican a estos juegos distinguen en su justa medida entre juego y realidad, cuántos son personas normales, o excelentes, en posesión de la capacidad de cambiar de inmediato el chip cuando se apartan del tablero y, en cambio, cuántos admiten como posible o incluso nada raro que si se puede traicionar en un juego también puede hacerse en la vida real. Porque eso mismo es lo que nos sermonea cada día la sociedad en la que vivimos, piensa en ti mismo porque el primer rival y competidor es tu propio vecino, el mismo al que saludas cada mañana 0 con el que te tomas unas cervezas, quien te zancadilleará para superarte y dejarte tirado al menor descuido por tu parte.

Vista la desgraciada y perniciosa influencia que el juego tiene en algunas personas, hasta el punto de llegar a arruinarles la vida, a ellos y a sus próximos, solo falta que en las cuestiones comunes o de simple convivencia se instale como norma la sospecha permanente respecto de quien tenemos al lado. ¿Afirmaríamos sin dudarlo que se trata solo de un juego?

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La verdad está ahí fuera

Afortunadamente el tiempo pasa haciendo que los hechos luzcan por sí solos, sin necesidad de explicaciones ni justificaciones expertas o interesadas, es lo que hay, lo que tenemos, que viene a ser lo que somos. Meses después de comenzada esta epidemia mundial, dicen, no es que sigamos donde al principio, aunque en ocasiones parece que sí. Superadas las primeras dudas e incertidumbres que provocaron las condiciones especiales de marzo, abril y mayo la calma posterior fue breve, o quizás nunca llegó a instalarse por completo, probablemente porque nunca hemos sabido a qué nos enfrentábamos, no teníamos referentes, salvo alguna que otra novela o película distópicas. Sin embargo, hasta entonces nos creíamos a salvo de situaciones tan calamitosas como nada predecibles, lo único que sabíamos predecir era la economía, pero también sin garantías, tampoco importaba, puesto que se trata de los siempre oscuros negocios en manos de trileros y gurús de pacotilla adoradores de los expolios bursátiles. También era obvio que, digeridos los temores iniciales y una vez a salvo de la primera criba, el personal intentaría volver a las andadas, a una normalidad ya completamente imposible; daba igual que el desconocimiento fuera el mismo y no desapareciera la imprevisión, los fallos de cualquier incómoda o aleatoria precaución recaerían automáticamente en los demás.

Ha pasado el tiempo y la improvisación sigue siendo la moneda corriente, no hay planes -salvo la siempre socorrida providencia-, nadie sabe, ni puede ni quiere porque seguimos sin disponer de elementos con los que enfrentarnos directamente al problema, en ningún sitio. Permanece el inevitable presente, el sol de cada día, las hermosas mañanas, el nosotros y ellos, el salgo o no salgo, el no sé, el miedo más irracional y la arrogancia más estúpida, pero seguimos sin saber cómo. No se trata de parapetarse desconfiados en los propios temores ni, de pronto, asumir como bandera la insolencia y el nulo temor de la juventud en su plena posesión de la vida, del mundo, sobre el que tienen tanto derecho como el que más y sobre el que probablemente no hemos sabido enseñarles a entender y respetar. Queda una algarabía de voces, sentencias, amenazas, recomendaciones, advertencias y primeras páginas sensacionalistas de periódicos que impiden ver el bosque; imposible dialogar, imposible entenderse, planificar u organizar una mínima estadística básica común que pueda servir como línea de salida. Nada, salvo una catarata de imprecisiones e incompetencia política que sumar a un sálvese quien pueda general en el que pescan a sus anchas tahúres de los negocios, nefastos gobernantes que quizás nunca fueron buenas personas, especuladores a la baja e inversores de futuros a resguardo en sus correspondientes bunkers suspirando porque esto se extienda y caigamos como moscas, ganadores de nada.

Lo último que deberíamos permitir sería confundir la oscuridad de nuestra caverna con la responsabilidad, aceptar vivir mezquinamente enjaulados en nuestros propios temores odiando y acusando al resto del mundo de moverse sin control o porque sí, en las antípodas de los negacionistas, esos nuevos terraplanistas que creen a pie juntillas que esto de la pandemia es una maquinación de astutas fuerzas ocultas que pretenden dominar el mundo. Como tampoco se trata de cerrar a cal y canto todo lo que huela a común o compartido para que no se extienda ni agrave el problema, la solución no consiste en dar portazo al negocio para no tener complicaciones ni pérdidas. Ni negocios ni problemas, ni personas en las calles, todos acobardados y muertos de asco en nuestros domicilios, solo entonces estos mismos gobernantes que siguen pasmados en la casilla de salida, tan lerdos como incompetentes e incapaces de ponerse de acuerdo en cuestiones fundamentales, sí podrían decir que han solucionado este feo asunto.

Seguimos sin una previsión inteligente respecto de un nuevo futuro que tendremos que normalizar más pronto que tarde, y no deberíamos dejar que sucediera con los brazos caídos o acusándonos unos a otros de no contribuir lo suficiente para lograr una solución, porque el miedo no es la solución, con miedo mejor no vivir.

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Mentiras

Volviendo a leer a Cicerón, de la mano de la explícita e incisiva Marta Nussbaum, no tengo más remedio que parar la lectura y hacerme nuevamente las mismas preguntas, pero no se trata de bucear en la historia de la humanidad e intentar desentrañar los procesos sociales y políticos que nos han traído donde hoy nos hallamos y hecho como somos en la actualidad. Cicerón se alarma ante la sola posibilidad de una mentira, sobre todo cuando es pública, es más, ni siquiera llega a contemplarlas, porque no hay mayor bajeza que no decir la verdad a quienes son como nosotros, nuestros semejantes, intentar engañarlos públicamente. No se trata de una cuestión de honor o dignidad, sino de humanidad, el ser humano no debe caer tan bajo, hasta una condición tan humillante que cuestiona su propia racionalidad.

Mentir, según la RAE, consiste en decir lo contrario a lo que uno sabe, cree o piensa. Nada del otro mundo y nada que probablemente ninguno de nosotros no haya hecho en alguna ocasión. El problema es moral y surge en el mismo momento en el que se concibe la mentira, su sola posibilidad, independientemente del atrevimiento para llevarla a cabo y, la parte más deleznable, el beneficio u objeto que se pretenda lograr con ella. A continuación debería sentenciar que ningún proyecto humano, individual o colectivo, puede o debe basarse en la mentira, para inmediatamente después echarme a reír por semejante gilipollez ¿qué proyecto humano, hoy, ya sea individual o colectivo, está libre de mentiras? Probablemente no merezca la pena buscar, esa es precisamente la cuestión ¿por qué? ¿en qué momento aceptamos y asumimos que la mentira fuera algo normal entre nosotros?

No se trata de la pérdida de referentes, ni siquiera como una cuestión de mínimos, a la hora de entendernos e intentar construir juntos, tampoco de dejar de aceptar como igual al otro u otros por semejanza y puro respeto, razones, ambas, tan básicas como casi abandonadas, sino de, entre todos, unos por acción y otros por omisión, haber contribuido a construir una sociedad de la sospecha que ha dejado de preocuparse y perseguir valores comunes. Probablemente no haya un momento definitivo en el que las sociedades humanas dejaron de ocuparse de la mentira, da igual si en el ámbito privado o en el público, incorporada de hecho como una actividad más de la vida diaria. Hoy la mentira es esencial para abrirse camino y progresar -los demás las aceptan como inevitables-, o para enriquecerse -en este caso sobran los comentarios, el sistema económico que mueve este mundo se basa en una gigantesca mentira permanentemente renovada. En función de un falso respeto, que es cálculo interesado y pura hipocresía, hoy se habla de opiniones distintas, diferentes pareceres -da igual el contenido, el conocimiento o la relevancia del tema-, permaneciendo como derecho inalienable una infinita variedad de juicios que permiten a cualquiera, por provecho personal o simple ignorancia, afirmar todo lo contrario a lo que sucede porque su posición es tan respetable como otra, hasta el punto de llegar al cinismo de acusar a quien fuere de mentir por ver, opinar y afirmar lo contrario o solamente algo distinto.

Deberíamos preguntarnos en qué mundo nos deja la mentira si ya no podemos desprendernos de ella, no sabemos vivir sin ella y la hemos interiorizado, por defecto, como sospecha ante cualquier juicio, afirmación o valoración de los sucesos más cotidianos.

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Mascarillas

La ocurrencia no fue entonces, cuando me crucé con aquel tipo que portaba una mascarilla negra, u oscura -estaba anocheciendo-, que aparentaba una especie de hocico perruno propio bajo la sombra de los ojos, ha sido ahora, al pasar junto a una señora siguiendo a un perro que cubría su hocico con un bozal, cuando he caído en la similitud. Porque en el fondo viene a ser lo mismo, a un perro se le pone el bozal para evitar agresiones a otros perros o personas, y últimamente a las personas también, llevan bozal para que no agredan respiratoriamente a sus semejantes; luego la mascarilla puede interpretarse en estas circunstancias como una especie de bozal humano para protegernos unos de los otros.

Y si en ese momento confundí la mascarilla con una parte de la anatomía humana, de aquí a no mucho dejaremos de extrañarlas, si no lo hacemos ya, convertidas en una parte más de nuestra constitución sobre la que ya empiezan a imponerse las originalidades, rarezas y caprichos de sus portadores.

Pero mientras los perros no pueden objetar nada a los bozales -sus dueños se los colocan por el motivo que fuere-, en lo que se refiere a los humanos las cosas no funcionan de igual modo; sin embargo, eliminadas con rapidez las dudas y posibles objeciones, hemos vuelto a dar muestras de nuestra diligente docilidad, así como de nuestra rápida adaptabilidad. Las mascarillas, independientemente de su opcionalidad y/o voluntariedad, conllevan una gran variedad de expectativas y posibilidades; las hay que responden a un mínimo exigible, prácticas y utilitarias, correctamente colocadas para la protección privada y pública, asumidas con voluntaria resignación porque en una mayoría de lugares son obligatorias y no llevarlas puede acarrear la correspondiente sanción; como están las que se han convertido en una parte más, bien visible, del acicalamiento diario, transformadas en toda una muestra de carácter y/o personalidad. Porque, bien vista, una mascarilla también puede ser bonita, elegante o de diseño moderno, incluso atrevida o provocativa, tal y como le apetezca al portador, a tono con sus propósitos e incluso útil a la hora de jugar con la secreta intención de evitar mostrarse a rostro descubierto, incorporando un plus  de recato, misterio o coquetería que puede resultar atractivo; otra forma de adornar el rostro, con su ocultamiento y la emocionante duda de su previsible o sorprendente belleza, o todo lo contrario. La sugestiva incertidumbre del hallazgo de un rostro que quizás a la vista pasaría desapercibido y sin llamar la atención. Un cabello decente, unos ojos medianamente atractivos, o normales, y una mascarilla adecuada significan para nuestra presencia un plus de interés que, de otro modo, a rostro descubierto, tal vez no poseeríamos, haciendo que nos diluyéramos entre una multitud prácticamente idéntica en lo anodino; un punto de coquetería que adereza nuestra imagen personal y, hasta que pueda incorporarse al material genético de los recién nacidos, es decir, hasta que nazcamos con ella como nacemos con apéndice nasal, puede servirnos para sumar a nuestras aburridas vidas un sinfín de posibilidades

En fin, que la selección del objeto no es baladí, vista la mascarilla vista la procedencia, la tendencia política, la clase social, los gustos y qué vida gastas, por dónde te desenvuelves y los misterioso o asequible que has decidido mostrarte. Tal ocultamiento, en este caso parcial, ya lo vienen sufriendo las mujeres musulmanas desde hace tiempo, en la mayoría de los casos por opresiva obligación y en otros, los menos, por un exclusivista y elegante distanciamiento que tiene más que ver con una secreta y lujosa vanidad que prefiere ocultarse a un vulgo al que se considera nada preparado o despreciable a la hora de apreciar belleza tan íntima como exquisita, solo apta para los elegidos, quienes podrán disfrutar de tan magnífica perfección y de los inimaginables placeres que atesora y promete.

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Parejas

Uno de los pilares básicos de las sociedades humanas es la pareja heterosexual, y que esto sea así tiene sus causas o sinrazones -en las que no voy a entrar. Como toda costumbre en origen no deja de ser algo impuesto, y probablemente uno de los motivos de tal imposición, si no el más importante, fuera el económico, porque no cabe duda que el poder que concede la riqueza y su transmisión es más que suficiente para marcar el modo y ritmo de vida de las sociedades humanas, y esto viene siendo así desde el principio de la historia. Lo que no tiene esta convención, costumbre o tradición es nada de natural, la naturaleza no se dedica a transmitir herencias que no sean exclusivamente biológicas, y la especie humana hace ya tiempo que se mueve y multiplica al son de las convenciones culturales o religiosas. Que hay gente que prefiere creer en lo natural porque de ese modo la foto que tiene de su propia vida no le sale sepia pues mejor para ellos, pero en esto no hay nada de naturaleza ni de necesidad, otra justificación absurda donde las haya.

Es de creencia común que a este vínculo se accede, entre otras cuestiones, por convencimiento y voluntad de los aspirantes, también por obligación u obediencia -pero tampoco es momento de entrar en ello. Luego, la vida en común vendrá aderezada con una serie de inevitables contingencias que darán sabor y enriquecerán la relación, así como como individualmente a cada uno de sus integrantes; y si a todo ello se le suma el “amor”, casi la felicidad completa. Lo del amor entre comillas es debido a su difícil catalogación, a su cuestionable existencia e intangibilidad y porque el amor para nada necesita de la convivencia en pareja.

También es sabido, o supuesto, que entre las dos partes ha de haber algo que compartir, además del manido amor, una serie de concurrencias, gustos, aficiones, temperamentos o cualquier otra cosa que se nos ocurra y pueda actuar como argamasa de una vida en común que en ningún momento debería ser estática, todo lo contrario, se trata de una relación en constante movimiento y renovación, de igual modo que lo van haciendo sus integrantes. Este proyecto de vida en común nunca habría de concebirse como algo definitivo, como una conquista, o una victoria quizás muerta desde su mismo inicio; tampoco como un mero disfrute compartido como única regla de convivencia, o cualquier artificio que las atribuladas parejas pudieran inventarse para justificar la pervivencia de un hartazgo que en algún que otro caso comenzó el primer día en el que decidieron acostarse juntos.

Pero más importante aún que todas esas felices coincidencias es lo que cada cual aporta como diferencia, es más, diría que lo que fortalece la vida en pareja es precisamente lo que no se tiene en común, las vidas particulares, y por separado, de cada una de las partes, ya sea trabajo u ocio. Porque sucede que estamos mal habituados a seleccionar y fijar en la otra parte lo que nos gusta, sabemos y conocemos, haciéndolo único, lo que en cierto modo viene a ser limitar a la otra persona, convertirla en una especie de guante al que nos aferraremos y convertiremos en parte y/o pena fundamental de la vida en común. Una familiaridad en zapatillas en la que nos gusta regodearnos de forma complaciente, principalmente porque en nuestra miopía nos acomodamos creyendo que la otra persona es realmente así, exigencia convertida en realidad única.

Semejante simpleza tiene mucho ver con el egoísmo y la desidia y nada con el obligado respeto del uno al otro/a. Se constituye, pues, una rara y peculiar atmósfera familiar -familiar, que palabra tan sospechosa, la de falsedades y podredumbre que puede llegar a contener- que tiene la particularidad de ser única y doble al mismo tiempo, la que cada una de las partes cree entender, controlar y hasta dominar, siempre según el propio punto de vista. Con ello se va creando un doble contexto, escenario o entorno que acaba transformándose en puro desinterés e indiferencia, o en cabreo cuando un comportamiento cualquiera resulta que no es el que entraba en alguna de las previsiones de vida en común.

Deberíamos incentivar y fortalecer precisamente aquello que desconocemos de nuestra pareja, esa parte del otro/a que es más él/ella de lo que pensamos, y convencernos de que precisamente eso es lo que valoriza una relación; esos movimientos autónomos e independientes por momentos, lugares y con gente que ignoramos, y lo que es más interesante, esa parte desconocida de una vida conocida que, si todo funciona felizmente, suele acabar donde nosotros, precisamente porque, entre todo lo que tiene a mano o a su disposición, hay alguien que sigue ocupando un lugar privilegiado en su cabeza, quizás también en su corazón, y le hace regresar.

 

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Otra vez

Hace unos días un tertuliano, en una emisora radiofónica de postín, afirmaba sin ruborizarse que un partido de derechas no tiene ni idea de nacionalismos porque, como todo el mundo sabe, los nacionalismos son de izquierdas. Incrédulo ante lo que acababa de oír, obtuve confirmación de ello cuando el resto de tertulianos le hizo saber al mal informado que los nacionalismos no tenían nada de izquierdas, todo lo contrario.

El tipo no respondió pero imagino que siguió creyendo que la razón estaba de su lado y eran los otros los que no acababan de enterarse. Desconozco por qué una emisora radiofónica de prestigio admite y paga a individuos básicamente ignorantes en cuestiones sobre las que han de opinar, o tal vez sea que, en un intento de ampliar el abanico de opciones -que no la solvencia de las mismas-, la propia emisora asume que debe permitir en sus estudios a todo tipo de colaboradores, sin informarse ni cuestionar la bondad de los mismos. Y no hay nada peor que darle expectativas al que no sabe que no sabe.

Pero quizás el error no tuvo importancia, se cometen tantos y se dicen tantos disparates que la audiencia está ya insensibilizada, habituada a tragarse un sinnúmero de mentiras y barbaridades, ya que probablemente piensa, y con razón, que el tinglado informativo nacional ofrece de todo menos veracidad, se trata de que cada cual cuente una historia, hasta el punto de asumir que no existe una común y compartida sino la que cada cual se cree o directamente se inventa. Por otro lado, es curioso, o una desgraciada miopía política, que una gran parte de la izquierda nacional confunda y meta en el mismo saco oponerse a la pasada dictadura con ser de izquierdas, y apoye ideologías, partidos y facciones beligerantes o directamente contrarias a ideas y proyectos denominados de izquierdas.

Los nacionalismos, da igual su apariencia o disfraz, no tienen nada de inclusivos ni internacionalistas, ni mucho menos solidarios, base fundamental de cualquier organización que se diga de izquierdas, todo lo contrario, tanto sus dirigentes como sus proyectos políticos son tan conservadores y cerrados como provincianos, si no directamente fascistas, y su oposición a la dictadura estuvo motivada por unos intereses muy distintos a los de cualquier formación moderna o que viva en presente. Se trata de camarillas, organizaciones y partidos compuestas o patrocinados por oligarquías locales y regionales, o sus correspondientes burguesías, apoyados en una masa popular levantisca y engañada con la promesa de mejoras sociales y económicas si colaboran en la toma del poder.

Y si todavía hay quien duda acerca de ello solo tiene que asomarse a la realidad actual, en ningún momento los nacionalistas han mostrado altura de miras sumándose o proponiendo soluciones colectivas que incluyeran a toda la población, puesto que de eso se trataba, de proteger a una ciudadanía entrelazada por fuertes lazos familiares y de convivencia y habituada a moverse libremente por toda la península. En todo momento ha primado la opción tan mezquina como paleta de primero lo mío y los míos, y el que venga de fuera, antes que otro al que tener en cuenta y ayudar, es directamente un intruso del que hay que desconfiar y despreciar. Ninguna facción nacionalista, da igual la etiqueta con la que se vistan o los gestos que exhiban, ha hablado jamás de solidaridad o ayuda entre los ciudadanos, mostrando más bien comportamientos nazis a la hora de juzgar y, lo que es peor, catalogar a las personas según su origen.

Resulta aburrido volver una y otra vez sobre los mismos temas, quizás tan aburrido como levantarse por la mañana y llevar a cabo las mismas rutinas, pero no debemos abandonarlos porque somos precisamente eso, son esas tareas y rutinas, en las que se insertan las vidas particulares, las que hacen, fortalecen y enriquecen la convivencia, y en última instancia es lo que somos. Por eso, cualquier intento de división, diferenciación o segregación resulta reaccionario, da igual la máscara que utilice, si no se trata directamente de racismo. Solo hay una diferencia importante entre nosotros, la única que merece la pena combatir, y es la desigualdad que provoca la riqueza, cualquier otra empresa que no tenga como primera opción esa lucha es volver a la parte más despreciable e innoble de la especie humana.

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Comercio

“Compra fácil, vive mejor”, este era el mensaje final que cerraba un spot publicitario visto en cualquier sitio, o en todas partes, dada la casi desesperada y criminal ubicuidad de la publicidad en nuestra sociedad; tampoco importa quién o qué pretendía vender porque se trataba de vender, una actividad, invención o facultad humana que con el paso del tiempo se ha convertido en el motor de este mundo. Hoy todo es susceptible de comprarse o venderse, es decir, de transformarse en dinero, desde gobiernos y organismos internacionales hasta el más pequeño favor entre individuos. Hemos asumido sin rechistar que, por ejemplo, cualquier pregunta o solicitud de información que planteemos a otro u otros debe ser recompensada inapelablemente con una cantidad o algo equivalente. Si usted tiene un interés concreto en algo o alguien y lo deja ver ante la otra persona, como sería normal, tenga en cuenta que ésta puede pensar, y no sería nada extraño, que si a usted realmente le interesa no tendrá inconveniente en ofrecer algo a cambio; no es que usted, con buen o mal criterio, decida en agradecimiento y por propia voluntad recompensar económicamente o con un regalo lo obtenido, tal vez porque piensa que dar las gracias le parece poco, sino que el otro se creerá con todo el derecho del mundo a pedirle lo que considere necesario por el favor o la información solicitada, valor o cantidad que puede variar en función de su interés. No se trata de que usted pregunte o pida porque presupone la amabilidad de cualquier persona a quien le haga la pregunta o le pida el favor, sino que ésta considerará anterior y más importante su propio interés, y muy normal pedirle lo que crea conveniente según el apremio que usted mostro en su petición; de amabilidad nada, si usted quiere algo sepa que le va a costar, si o si.

Y algo que podría ser extraordinario o puntual pasa a ser corriente, u obligado -sería interesante averiguar qué parte de culpa puede tener, por ejemplo, el cine a la hora de mostrarnos como algo normal el pago por cualquier información. Si la urbanidad, la deferencia o la gentileza comienzan a tener un valor económico cualquier relación entre humanos se convierte automáticamente en comercio. Y sin impuestos -hacienda no puede llegar a todos sitios-, hasta el punto de que la propia libertad acaba valorándose en función de la capacidad de vender… o de venderse, se impone un ‘a cambio de’ que deja a un lado el desinterés, la cortesía o la simple amabilidad, comportamientos obsoletos, de otro siglo.

Existe una aplicación que muestra a unas jovencitas, tan avispadas como aburridas -aunque no lo crean este casi oxímoron tiene un más que evidente significado económico-, y la posibilidad de poder ganar unos euros, libres de impuestos, vendiendo lo que no se ponen o ya no les gusta de su armario; actividad tan inocente y lúdica como ventajosa, una forma de encontrar una rentabilidad económica a sus propias vidas mucho más lucrativa e interesante que cualquier proceso de madurez al uso, todo un proceso de aprendizaje para este mundo tan competitivo que nos rodea. Imagínense.

Lo que pretendía ser una curiosidad, una observación, ni siquiera ha llegado a alegato, tal vez una pobre y desorientada denuncia de otra de las numerosas incoherencias que desinteresadamente ponemos en práctica los humanos. Comerciar, vender, venderse, vendernos, convertirnos voluntariamente en mercancía hasta el punto de perdernos el respeto como especie. Qué lejos queda el concepto de enajenación marxiano, y qué corto; bueno, dicen que Marx está desfasado.

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Un funeral

Imagínense una celebración religiosa en las circunstancias que estamos viviendo, concretando, un funeral a deshora en recuerdo de alguien que falleció hace semanas pero no tuvo la despedida que merecía, que viene a ser como si se hubiera ido sin despedirse y todavía permaneciera en tierra de nadie, a la espera de reconocimiento; un pasó de este mundo al otro, si es que ese otro existe, sin bendiciones, súplicas ni mediaciones, ni siquiera un trámite, de pronto una ausencia, toda una vida comprimida en un soplo que no dejó huella porque careció del merecido espacio para la mención, de un nombre que nombrar y rememorar antes de despedirlo y de ese modo materializar por última vez la realidad de su existencia. Es como si hasta ahora el fallecido se hubiera mantenido en un raro impasse, puesto que nadie pudo sentarse a llorar y recordarlo; un no tránsito extraño y frugal para el que de ningún modo estábamos preparados.

Alguien, provisto de su correspondiente protección, recibe a los asistentes a la entrada del templo y, uno a uno, les aconseja una obligada limpieza de manos con el inevitable gel protector; nadie puede acceder por su cuenta. El templo luce raro, no está vacío pero tampoco parece que albergue una congregación o un número definido de fieles, los que pueden verse se hallan situados como piezas en un tablero de ajedrez, inamovibles y no intercambiables, su estancia ha de concretarse en una casilla predeterminada o en ninguna, tales son las perspectivas que obligan a quienes se sienten en la correspondencia u obligación de acompañar a los deudos; familiares y amigos que, semanas después, han de revivir la pérdida, una segunda o extraña primera vez, no está claro, que ni tranquiliza ni consuela.

El ambiente no tiene nada de normal, si es que un funeral lo es, los presentes se sienten entre desconocidos, resulta difícil habituarse a las mascarillas y no todos están acostumbrados a reconocerse en los ojos, sobre todo en la semipenumbra del templo, el rostro semioculto como bandidos atracando una sucursal bancaria. Se impone el mundo real, el que se ha quedado fuera, el mundo de los vivos, aunque algunos se empeñen en intentar aparentar que no pasa nada. Una realidad demoledora que sigue sorprendiendo como nunca habríamos imaginado, modificando nuestra existencia y haciéndonos sentir tan vulnerables como recelosos o desconfiados, incapaces de tomarnos un saludo como algo completamente normal. El peso de la realidad exterior es abrumador, el rito funerario transcurre con la mosca detrás de la oreja, la concurrencia todavía se mueve imprecisa entre indecisiones por no saber cuáles son los nuevos comportamientos y a qué obligan, qué hacer y qué no, qué significa que cada cual ocupe un lugar designado de antemano que muchos respetan como si les fuera la vida en ello.

Es más que evidente que por aquí no se ve a Dios, ese Dios de las certezas que inexplicablemente les ha dejado abandonados, solos en medio de una vida -las suyas- que ahora cuesta reconocer, antes mero intermedio en la tierra y ahora tan imprescindible y vital. Probablemente ninguno de los presentes desea cambiar esta vida por el paraíso celestial, ni ascender a la derecha del padre, de pronto todo lo terrenal ha cobrado un valor tan desesperante como extraño; porque resulta que todavía apetece permanecer aquí, todo cuanto sea posible, y si llega la hora no será por propia voluntad, a juzgar por las cautelas puestas en juego, luego eso de la felicidad de los difuntos mejor se queda para más tarde, ahora no, ahora imperan los esfuerzos por seguir vivos y las protecciones son una forma de gritar que quieren seguir estándolo y así se lo hacen saber a todos.

El funeral transcurre entre miradas de soslayo e intentos de reconocimiento entre los presentes, raro pero tremendamente real, pero lo más insólito de la ceremonia, casi irreal, es la presencia del sacerdote explayándose en la homilía con un discurso hueco que parece extraterrestre, el de un recién llegado predicando en esta atribulada tierra las bondades de un paraíso al que nadie quiere ir, vistas las precauciones tras de las que se parapetan los terrícolas, toda una declaración de intenciones. Pero el tipo sigue hablando y hablando al aire poseído por una fiebre que parece haberle obnubilado la razón, su desconexión con la tierra en la que predica resulta patética.

En el fondo todos están deseando que aquello finalice, familiares, amigos y asistentes, les vuelve a doler la pérdida y no acaban de entender qué están haciendo allí, detenidos en el tiempo por un sermón surrealista dirigido a un auditorio formado por supervivientes tensos y suplicantes, prestos a despedirse de un codazo y salir por fin a la luz de la tarde-noche, respirar aliviados y volver a sentirse vivos.

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