Quedar

Sentado sin ganas, permanecer de pie le apetecía aún menos, se entretenía con las terrazas de enfrente, sin una mesa libre que tomar con tal de garantizarse la tarde, la mayoría ocupadas por gente de su edad, probablemente con menos miedos y más pasta, al menos para pagarse un par de copas o algunas cervezas, y después lo que viniera. De pronto todo el mundo disponía de dinero, habían pasado de las estrecheces del botellón a la ocupación masiva de terrazas por horas, el tiempo que les dejaran a condición de consumir, intercambio para el que no había medida estipulada, unos y otros, propietarios y clientes, entendían que debía darse una reciprocidad que justificara la permanencia prolongada, no había otro lugar donde ir, los antiguos puntos de reunión, ese cualquier sitio convertido de inmediato en referencia, eran patrullados con frecuencia tanto por locales como por nacionales. Si querían reunirse y seguir bebiendo solo quedaban las terrazas de los bares, lugares inesperadamente bendecidos para los que ya no había temporadas, era todo el año, consecuencia del pacto socio-comercial establecido entre hosteleros y jóvenes con necesidades imperiosas de relacionarse, y mientras las cosas siguieran como estaban aquello era mucho más que nada.

Buscaba inconscientemente conocidos por si se les ocurría sentarse, no había planes para aquella tarde, aunque también podrían permanecer en el banco mientras el sol lo permitiera. La vio venir a lo largo de la acera, más próxima a los vehículos aparcados que a los árboles, igual de precisa, sin titubeos, sin pasos al azar, la mirada al frente ajena al mundo que la rodeaba; probablemente lo habría visto antes que él a ella, como de costumbre, y vendría preguntándose por su cabeza, o adivinando que andaba pendiente de las mesas de enfrente como posible opción, un lugar en el que gastar el resto de la tarde y lo que alcanzara de noche.

Se olvidó de las terrazas y se colgó de sus pasos, de su ropa, de su pelo y por qué ella siempre lo veía primero. Llegó junto a él, le beso, antes incluso de que pudiera reaccionar, y se sentó a su lado ¡Qué bien olía! ese olor era suficiente para cambiar la tarde, lo que unos segundos antes se mostraba más bien anodino y confuso de pronto se iluminaba y lucía espléndido, daba igual dónde y qué planes hubiera previstos; como le decía Inés, estaba gilipollas con ella, luego se reían y cambiaban de tema, sabedores ambos de la verdad de una afirmación tan sencilla como evidente.

Me voy, dijo sin mediar preámbulo, estoy cansada de esto, del pueblo, del tiempo, de esta espera que no conduce a ningún sitio, necesito sentirme viva, en un lugar que se mueva, no atrapada en esta permanente incertidumbre, apartada, viendo cómo pasa el tiempo, sometida a unas condiciones que ni son mías ni me parecen adecuadas; no puedo hacer mucho más, solo moverme, cambiar de lugar, de gente, de perspectivas, hacer otras cosas, o inventármelas, no puedo soportar este paso de días entre padres, hermanos, libros y exámenes que no son exámenes porque no llegan a examen, además de que a mí nunca me gustaron los exámenes. Lo siento por ti, no quiero dejarte pero tampoco puedo permanecer quieta, aunque me lo pidieras, que sería pedir mucho; si me conoces lo suficiente lo entenderás, no te pido que vengas conmigo sino que lo entiendas. Irme no cambia para nada lo nuestro, pero no aguanto más… volvió a besarle y se le quedó mirando; ahora le tocaba a él.

Qué lejos quedaban las mesas, y las copas y las cervezas, y los amigos que por fin había localizado y con ellos la posibilidad de sentarse y hablar de qué hacer en aquella tarde de un invierno que no parecía invierno. Su primer pensamiento o reacción fue que no sabía, cambiada la silla de sitio de pronto había olvidado cómo sentarse, el cuadro se movía, ella lo movía, también a él, descolocándolo, obligándole a pensar, comparar, dudar, decidir… ¡moverse! ¡uf! ¡qué pereza!

Publicado en Relatos | Deja un comentario

Los fantasmas del tiempo

Había decidido utilizar su tiempo de modo que no tuviera que arrepentirse del mal uso, o su desperdicio, y para ello debía comenzar estableciendo una planificación racional y a ser posible inflexible. De momento el tiempo que debía invertir para reorganizar el tiempo era tiempo bien empleado que contaba como inversión necesaria alejada de las precipitaciones y las ideas preconcebidas, y unas disposiciones de tal calado tal vez necesitaran más tiempo del que estaba habituado a usar en cuestiones de orden, más bien poco, pero la empresa merecía la pena si con el resultado final en sus manos podía sentirse satisfecho y optimista de lo hecho, de la puesta en limpio de un plan que pretendía sobresaliente. Estaba seguro de que, más pronto que tarde, saldrían a la luz las propuestas, las que sin ningún género de dudas reflejarían sus aspiraciones y deseos más personales convertidos al fin en objetivos al alcance de la mano; su posterior puesta en práctica era tan importante como la teoría, porque no podía dedicar ni un minuto de su nuevo tiempo a concebir proyectos que no pudieran llevarse a cabo o para los que no dispusiera de los materiales y conocimientos necesarios. No iba a crearse necesidades ni obligaciones imposibles de alcanzar, ya no.

Con tal plan de acción quedaba lista la primera parte, ahora comenzaba el desglose, ¿qué hacer? Se le erizó el vello, su tiempo empezaba a estar ocupado por asuntos de envergadura. Y el tiempo comenzó a contar, es cierto que ya venía contando desde antes, pero era tiempo pasado necesario porque, como suele suceder, siempre hay un momento en la vida de toda persona del que luego gusta alardear con tal de amenizar y sorprender a futuros oyentes con esas fechas importantes -tal día a tal hora comenzó una nueva etapa, ese otro yo… en un esfuerzo supremo fui capaz de darle la vuelta como a un calcetín a mi propia vida… entonces nació el que ahora soy, ese que tienes delante y que nada tiene que ver con el de entonces…

Pasaron los minutos pero el esfuerzo planificador no daba resultados, no había ideas originales y su cabeza no encontraba qué proyectar. Para empezar, no hallaba ningún propósito destacable que le entusiasmara o deseara llevar a cabo de corazón, no había ninguna ilusión pendiente que necesitara materializar imperiosamente y tampoco ninguna afición o deseo oculto que le rondara desde siempre y que por fin podía llevar a la práctica, ahora que tenía tiempo. Todo lo que se le ocurría era una pérdida de tiempo. Hacer deporte ¿para qué? El deporte nunca había sido una de sus grandes aficiones, además de no disponer de dinero para equiparse como es debido, para practicar los que, llegado el caso, realmente le gustaban. Pintar o esculpir, dar sus primeros pasos como artista, necesitaba mucho material y tampoco disponía de tiempo ni ganas para tomar clases, aunque en el fondo no las creía necesarias porque el arte es sobre todo una cuestión de inspiración. Estudiar, no tenía tiempo para perderlo en aprender, ya sabía suficiente, precisamente por eso estaba haciendo aquello. Viajar, tonterías, pensar en eso ya era una pérdida de tiempo, algo que no se podía permitir; tenía que ir al grano.

Se levantó y dio unos pasos hasta la ventana, justo para atisbar un último rayo de sol; el día se iba, otro más, no otro más, este era el primer día de su nueva vida, el que pasaría a la historia como el golpe de timón que descubrió al mundo un nuevo yo, más vivo, más real, más concienciado, más preocupado por sí mismo y por todo lo que le rodeaba. Dio media vuelta y se encontró con su imagen en el espejeo. Ahí estaba, de pie derecho y dispuesto a cambiarlo todo, pero no se le ocurría nada. De momento. Regresó al sillón. Dentro de poco sería noche cerrada y comenzaba a tener hambre, una cerveza le sentaría de maravilla. No, no debía de perder el tiempo comiendo, ya lo haría más tarde, cuando hubiera completado su tarea más importante.

De pronto sintió toda la responsabilidad de la empresa, las vidas de las numerosas personas que inesperadamente dependían de él y que si no lo hacía bien correrían serio peligro. No estaba nervioso ni sudaba, jamás había dudado ante las decisiones importantes, era su carácter, pero esta vez podía ser cierto que el tiempo se movía en su contra, porque aquello no tenía buen aspecto; una noche oscura se cernía sobre su conciencia sin una esperanza que llevarse a la boca, para cualquier otro sería terrible, un momento insuperable que requería un valor y una decisión a la que solo pueden enfrentarse los espíritus fuertes y bien formados, una garantía ante el futuro que tenía en sus manos, manos fiables que no desdeñaban la responsabilidad, por eso tampoco ahora iba a fallar, no había lugar para la decepción y esta vez no sería la primera, nunca habría primera vez, endureció el gesto y con férrea determinación alzó su brazo listo para dar el golpe… ¡Pum! ¡el jarrón! ¡¡la leche!! Cómo me he puesto. Intentó mirarse pero no pudo verse porque la oscuridad era completa. La ventana. Es de noche; la luz. ¡Joder! el suelo… los cristales. ¿Qué hora es? ¡¡Las cuatro!! Me he dormido. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué día es hoy? Sábado, menos mal. Tengo que limpiar todo esto… ¿Dónde está? Tampoco vino anoche. En su nueva y recién estrenada etapa no tardó en convencerse de que esta vez ella no iba a volver, luego siempre fue tarde, pero seguía teniendo todo el tiempo del mundo.

Publicado en Relatos | Deja un comentario

Los tiempos que corren

Sentado en la silla indicada, entre las correspondientes vacías, dos a cada lado, como parecía ser norma, miraba con más indiferencia que curiosidad a la pareja de chinos intentando hacerse entender con el tipo del otro lado del mostrador, panel transparente por medio, repitiendo una y otra vez preguntas y respuestas en una especie de aproximación dialéctica que al final convergía en una única palabra clave que abría la puerta al entendimiento, hasta la siguiente pregunta o requerimiento. Ahora el hombre mostraba, apoyándola contra el plástico o lo que quiera que fuera el material que los separaba, una tarjeta que parecía de identificación y de la cual tomaba nota el tipo sentado frente a ellos. Dos filas más allá de la suya, hacia la izquierda, una muchacha de ojos y pelo negro muy rizado le explicaba a la que debía ser su madre, cubierta de la cabeza a los pies con un pañuelo blanco de flores y una prenda larga azul claro que apenas dejaba a la vista unas zapatillas deportivas, también de color blanco, el procedimiento para acceder a la consulta, señalándole la pantalla informativa situada justo delante de ellas, donde aparecería el turno, el número de la consulta y la clave que las identificaba, la misma inscrita en el papelito que la muchacha sujetaba en su mano; era más el esfuerzo e interés de la joven que la atención de la mujer, entre despistada y aburrida, fiada al criterio de su hija a la hora de saber cuándo y hacia dónde deberían caminar en el momento en el que apareciera su clave en la pantalla. Apenas se les oía, pero no dejaban de cuchichear. Un poco más allá un par de africanos enormes en ropa de faena aguardaban embobados en sus teléfonos móviles, uno de ellos mostraba en un brazo una escayola que en algún momento lució blanca, ahora pintarrajeada sobre un fondo entre gris y marrón que mostraban el paso del tiempo y algo de descuido, probablemente aguardaban para al fin liberarle la extremidad dañada; no le gustaban como no le gustaron cuando casi le atropellan al entrar, más pendientes de sus pantallas, sobre las que no dejaban de comentar igual que autómatas, que de fijarse por donde iban, en fin, nada de lo que no sucediera en otro lugar con cualquiera de los miles que viven abducidos por el teléfono.

Se sentía desubicado y no era la primera vez que le ocurría algo similar, ya le había pasado en el autobús o en alguna tienda, estar rodeado de extranjeros y sentirse extraño, como si él también lo fuera, con la diferencia de que él estaba en su país, era de aquí y ellos no. Incómodo hasta la desconfianza, un intruso entre aquellos que, cada vez lo pensaba con más frecuencia, en el fondo no eran como él, procedentes de otros lugares que a su pobre imaginación se le antojaban tan desconocidos como oscuros, gobernados por unas costumbres tan ajenas y extrañas como amenazantes. Y helos aquí, como si esta fuera su propia casa, sintiéndose con derecho a todo lo que hasta hace nada era nuestro. Se hallaba solo entre desconocidos, alterado por una desazón que le resultaba tan familiar como embarazosa, irritación que le provocaba un temor muy básico y la imperiosa necesidad de salir cuanto antes de allí para correr a casa y refugiarse entre los suyos.

Su cabeza no estaba preparada para aquello, de hecho nunca lo estuvo, durante toda su vida se había dedicado a trabajar, sin apenas tiempo para otras cosas que no fueran sus propias prioridades, integrado por nacimiento en un mundo y unos acontecimientos políticos que siempre fueron por otro lado, una especie de imposición que ahora le resultaba desconocida, tampoco es que antes le hubiera sido más cercana, era lo que había; a pocos años de su jubilación, cuando debería sentirse seguro y confiado sucedía justamente lo contrario, incluso llegaba a dudar si llegaría a tiempo a jubilarse, si habría dinero para que pudiera disfrutar de una pensión los años que le quedaran de vida. Para qué servía votar si el dinero se iba para aquella gente, para todo aquel que viniera exigiendo derechos, entre unos y otros estaban arruinando un país que ya no creía suyo, si es que alguna vez lo creyó o se preocupó por sentirse ciudadano en él, saber qué necesitaba de su persona. La próxima vez que hubiera votaciones lo pensaría mejor, o directamente no votaría… o lo haría al partido que ofreciera seguridad y protegiera y fomentara lo nuestro, pero… ¿qué era lo suyo?

Publicado en Relatos | Deja un comentario

Normalidad

Esta especie de tránsito anodino que venimos padeciendo, este prolongado periodo de días grises en los que hasta al sol le cuesta sacar la cabeza de entre las nubes, esta espera inane justificada con pinzas y difícilmente explicada si no es a costa de una aquiescencia general fruto de la desconfianza, el temor y el cansancio a partes iguales, se parece a una pesada losa que poco a poco fuera deslizándose sobre nuestras cabezas amenazándonos con sellar nuestra voluntad, por lo que recuperar la normalidad, y qué normalidad, se antoja una tarea complicada. Rehecha por cada hijo de vecino la tarea de vivir como si nada sucediera, o al menos intentado, a sabiendas de que esa otra normalidad jamás puede ser consistente o tener aspecto de cierta, día tras día en pie con más empeño que convencimiento, o resultados, mirar hacia adelante cuesta lo indecible, incluso si con anterioridad nos hemos provisto de lo necesario para apuntalar nuestra perspectiva situando hitos y plazos a los que agarrarnos, felicitándonos por lo conseguido y sintiéndonos con ello medianamente útiles.

Se nota cuando sales a la calle, buscando algo más que aire y compañía, y deambulas sin un rumbo fijo porque no hay lugar al que ir, ni se te ocurre, está cerrado o ya no existe; o llegas a la puerta y no apetece porque, sin venir a cuento, te preguntas para qué. O si eres de los que se marcan objetivos para justificar tus movimientos, rápidos, precisos y con un porqué tan estrecho y concreto como tranquilizador, sales dispuesto a cumplir el camino fijado de antemano, solucionas la salida en un plis plas y regresas de inmediato convencido de que lo has vuelto a hacer, te sientes en posesión de tu tiempo y las circunstancias no dejan de ser eso, circunstancias que no te condicionan, a ti no. Los recursos son infinitos, todos válidos si logran que el sujeto en cuestión conserve la razón en su sitio, crea que aún puede sobreponerse a la realidad que nos domina y sigue siendo dueño de sus pasos, ¡bravo!

Todo lo demás finge permanecer igual, el fútbol sigue funcionando, los estadios vacíos ya no nos extrañan, el relleno digital de las gradas cumple su papel -no vamos a ser delicados- y el ruido ambiente de fondo que acompaña a las imágenes se asemeja al de un campo con espectadores. Los programas de entretenimiento son igual de escandalosos y huecos y aburren tanto como antes, todo normal; las series, tan abundantes y de moda, no dejan de repetir una y otra vez los mismos cuatro guiones que ya tenemos grabados a fuego en nuestro subconsciente, buscando picar en esos placeres más básicos y primitivos que tienen que ver con nuestra más elemental fisiología mientras dejan a un lado la razón, lo que es un éxito para los diseñadores de un repetido hasta la saciedad engrudo reflejo/emocional dirigido al animal antes que a la persona, sin pasar por el cerebro, como debe ser.

La política también continua por donde acostumbra, la misma incompetencia y corrupción -¡qué mejor signo de normalidad!-, idéntica indiferencia y desprecio por parte de nuestros representantes hacia la población, las mismas mentiras o medias verdades de siempre y un mayor muestrario de la endémica y siempre sospechada falta de honradez de los muchos cargos y empleos públicos que vegetan y se enriquecen a costa del dinero de todos; hasta la iglesia ha perdido el norte moral por parte de algunos de sus representantes. ¿Qué nos va a quedar?

El caso es que probablemente nuestro cerebro no sigue bien, en el fondo no dejamos de sospecharlo y quizás es pronto para advertirlo, y si esto dura no sería nada raro que acabáramos tan tocados que nos fuera imposible volver hacia atrás, aunque quizás no mereciera la pena, pero no seríamos capaces de establecer una mínima comparación, un antes y después que nos permitiera recapitular y resumir en un balance ilustrativo de en qué y cómo vamos a cambiar, o hemos cambiado, de eso sí que no hay ninguna duda.

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

Los demás, los otros, la gente

Quienes siempre estuvieron y están, quienes nos ven y nombran y con ello nos hacen vivos, por quienes somos, quienes nos conceden todo lo que nos creemos y tenemos, frente a los que nos mostramos, o nos erigimos, los demás, semejantes que tampoco son nada por sí solos.

En ningún momento dejaron de hacer lo que venían haciendo, ocupar los lugares habituales a sus actividades, ejercerlas con un rutinario convencimiento que nada tiene de heroico y sin embargo resulta vital para que esto que hemos construido funcione, o creamos que funciona. A medida que pasaban las horas, tras esa ruptura y el después nada fue excepcional, al menos para ellos, nuestra importancia se resuelve en nuestra propia pequeñez, no hay otro modo, no somos especiales ni diferentes, pero esa consciencia tan personal y necesaria, esa singularización interiorizada para convencernos de que somos y estamos no deja de ser una más entre tantas exactamente iguales.

Nunca faltaron, sin cesar de moverse y trabajar alrededor, una, dos, algunos, saliendo y entrando, hablándome, preguntando, mirándome, sin palabras, comentando entre sí, dando ánimo, con frases de alivio, esperanza; de todo tipo y condición, y carácter, protegidos y sin protección, altos y bajas, con más o menos educación, delicadeza, profesionalidad, da igual la tarea, haciendo lo que saben o deben, mejor o peor. Una atención y constante apoyo que es honrado y justo agradecer e imposible olvidar, de esto no me cabe la menor duda.

En tal estado de sensibilidad hacia lo que te está ocurriendo y quienes te rodean no parece haber actividad más o menos importante, tal vez mejor o peor hecha, sentida en ocasiones como una falta o un exceso, quizás un error, una disputa, una carrera, un ahora vengo, un buenos días, una cara de preocupación, una no tan buena noticia, alguien con quien conversar, aunque la conversación no pueda fluir por cuestiones que no vienen a cuento, cada cual es como es y las circunstancias se imponen al resto, pero siguen ahí. Poco a poco el ámbito se amplía a otros puestos y lugares, incluyendo más y más gente que no ves ni te ven, ni te imaginan, eres parte de su trabajo, allá donde estén y lo ejerzan, o tan solo estás en su tráfico diario. De dentro afuera todo sigue funcionando con normalidad, por esa parte ninguna novedad, la propia irrelevancia queda patente en que nadie ha reparado en ti como algo excepcional, exceptuando los obligados, los que te quieren, los que siempre han estado cerca, o eso nos gusta suponer.

También llega el momento en el que no puede evitarse focalizar y valorar la importancia de uno y otro trabajo, de arriba abajo, el conocimiento, la profesionalidad, la pericia, rapidez, el acierto en la toma de decisiones y, aunque todos cumplen con su objetivo, no todos nos parecen iguales porque no lo son, pero tampoco tiene porque ser mejor o peor. La organización y distribución de la sociedad y de por qué cada cual ocupa el lugar que ocupa nunca puede ser el tema, sería perderse en disquisiciones que no conducirían a ningún lugar. Como también fue importante aquella decisión, cuando dije voy, esto no puede seguir así, la ocasión, la oportunidad, el tiempo, la casualidad, la suerte, sí, la suerte de ser precisamente ese momento y no otro, y que a partir de entonces todo se desarrollara con la mayor celeridad alcanzando los resultados hasta ahora conseguidos.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Después

Si afortunadamente hay un después sucede que de pronto te sientes atropellado por el inicio de una actividad tan incesante como desordenada, como si tu propia cabeza, en ese preciso instante consciente de su estado y papel y en posesión de un tiempo que parece abrirse intentando prolongarse, o tan solo abrirse, necesitara lanzarse a formular cualquier cosa a la que pueda aplicarse un significado o sentido, o que tan solo pueda organizarse, configurarse como un enunciado, una idea o un juicio, da igual si proyecto o no, alguna explicación, breves preguntas que no necesitan respuestas porque con su sola constitución ya son algo de lo que echar mano, aunque solo sea hasta la siguiente, y hablar de siguiente es moverse entre segundos, pero da igual, lo importante es una actividad llenando ese tiempo que sigue extendiéndose sin límite aparente.

La mucha o poca energía para ello sigue ahí, fluyendo, la sientes a medida que conjeturas, reformulas o vuelves a demandar, cuando pasas de un instante al siguiente sin preocuparte si lo que acabas de dejar o perder, no hay diferencia, tenía respuesta, venía a cuento o significaba algo que pudiera, si no ser importante, al menos coherente, tampoco sabes muy bien para qué. Te mueves indistintamente hacia atrás y hacia adelante, sin muchas ganas ni recursos para profundizar en un pasado que ya no importa, es pasado y no es el momento de ponerse a descerrajarlo y buscar causas o errores que ya no tienen remedio porque es tarde, eso sí es indiscutible; en cambio, el lado contrario no llega a futuro, eso también está claro, no tan lejos. Cauto y prudente aventuras con más precauciones que ilusión cualquier cosa que pueda concretarse en una posibilidad, dadas las circunstancias, de aparecer como real en plazos más bien breves, mañana, algo que hacer, una cuestión pendiente que no sabes a cuenta de qué ha aparecido por allí.

Ha transcurrido otro día y apenas te has dado cuenta, la luz del sol ha vuelto a desaparecer y las sombras de la noche lo ocupan todo, el tiempo sigue, imperturbable, tirando de ti sin que apenas sientas su presión porque necesitas ocuparlo en un permanente ir y venir de una realidad tan viva y liviana como prosaica a una actividad cerebral que se permite cualquier licencia sin averiguar porque no viene a cuento, ni ahora ni después, ¡después! ¡qué lejos!

La precariedad todavía se siente de tal modo que no hay necesidad ni siquiera de pensar en ella o considerarla como una opción, se manifiesta mediante tiempos vacíos que son pura estancia, y paz, nada más, que se suceden y prolongan sin orden y criterio, llegando sin saber o por otro lado; los permites y vives en y con una especie de calma que sí es de este mundo, de eso estás completamente seguro. Eres consentimiento sin otra opción que continuar resolviendo el tiempo en una especie de tibieza que no llega a nervio instándote permanentemente hacia adelante porque no hay otra cosa mejor que hacer, aquello y tú, o tú y aquello, da igual, minutos, horas, días, sí, días, esperas, temores, dudas, algún que otro pequeño proyecto que luego, en otro momento, considerarás estúpido o carente de todo sentido. Pero es lo que hay porque sigues aquí, embarcado en un movimiento visceral que concreta tu existencia en una sucesión de pequeños pasos a los que prefieres, ni sabes, cómo calificar o nombrar.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Ruptura

Vivimos, y en esa simple y esencial actividad practicamos un permanente y renovado presente por y en cada uno de los momentos de un tiempo que hemos inventado nosotros mismos, o, si nos gusta decirlo de otro modo, estamos y somos vivos -que cada cual lo ordene como guste-, aquí. Semejante obviedad, para todos tan natural y evidente, es difícil de plasmar en palabras, probablemente porque el lenguaje, siendo también otra invención nuestra, solo en ocasiones logra expresar la infinitud de sensaciones inconscientes y conscientes que significa estar vivo, o tal vez sea solo una.

Pero llega un momento en el que, por cualquier azar o circunstancia, esa vida física se interrumpe, sucede una ruptura que de pronto deja vivir en suspenso, se rompe una continuidad inconscientemente asumida que nos deja abandonados y sin saber qué, cómo, dónde o por qué, preguntas que de inmediato pueblan nuestra cabeza y que nada tienen que ver con vivir, son posteriores.

Una primera impresión, quizás la única, podría ser ¿esto? ¿qué sucede? porque en esos momentos se es más presente que nunca, físico e incomprensible; desconocemos cómo o qué preguntar por esa detención porque la sentimos como algo tan vital que incluso sentirlo llega a ser secundario.

No hay más porque es todo, también nada en su simple y radical presente, ni siquiera llega a interrupción; una ruptura fisiológica en la que no existe el segundo siguiente, ni futuro ni horizonte, una detención, ni siquiera un impasse.

La importancia de tal ruptura solo puede sentirse, el antes ha dejado de existir, incluso de tener valor, después se trata de una utopía. No es cuestión de pensamientos o reflexiones humanas, no hay más, se trata de la pura vida.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

COVID-19

COVID-19.

12 días de hospitalización.

Reiniciando…

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

1

Este año que comienza aterrizamos en terreno desconocido después de una sorprendente travesía nunca antes imaginada, no hay referencias ni datos históricos de los que echar mano para comparar, todo está por hacer, incluso lo que no hemos hecho. Durante la última noche pusimos al mal tiempo buena cara porque tocaba, engullendo una uvas con un regusto amargo y sin saber en el fondo a qué carta quedarnos, qué teníamos que celebrar; probablemente los hubo que volvieron a lanzarse a la piscina hasta caer redondos, en esta ocasión en tiempo récord, incluso por despecho contra ese año de ceros y ante la extrañeza de una gran mayoría que seguíamos en el mismo lugar de siempre pero sin recordar muy bien dónde estuvimos y por donde pasamos, todavía confusos, aunque desgraciadamente conscientes de lo que dejamos o perdimos. Pero nada ha terminado porque nada realmente se fue, y no se trata de una figuración que no conduce a ningún lado, la vuelta de la esquina es hoy y la situación es exactamente la misma que ayer; hemos dejado atrás un año al que casi todo el mundo se ha dedicado a insultar y maldecir provistos de una razón más bien simple, otra bobería más con la que pretendemos sacar pecho y zanjar una cuestión que somos incapaces de resolver -¡cómo nos gusta engañarnos!-, como si con ello diéramos carpetazo y todo fuera a cambiar de un día para otro. Llega uno nuevo que en su primer día nos pilló expectantes, mirándonos con las palabras a medias y la mosca permanentemente detrás de la oreja ¿por qué brindamos? ¿en cuántos lugares se ha repetido el mismo brindis? Si no hubo fiestorros públicos y solo quedaba la televisión -¡horror!- ¿cuándo nos fuimos a la cama? Aunque a más de uno le hubiera parecido una buena idea, casi desesperada, y por eso buena, alguna de las innumerables fiestas prohibidas -¡cómo nos gusta!- en las que hacer como si no pasara nada a sabiendas de que lo más atractivo de la propia fiesta es que sí pasa, para luego jactarse y relamerse, cuando la cosa luzca más segura, porque si después no puedes presumir de haber estado para qué fuiste. ¡Ah! si, hay motivos de esperanza, aparte de cerrar los ojos como si la cosa no fuera conmigo y esperar, lo que sucede es que esa esperanza, habituados como estamos a comportarnos como incapacitados llevados de la mano, tampoco nos pertenece; otra cosa sería merecerla.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

El último del año

Un par de días antes de las fiestas vi bajar de un coche a dos mujeres y un hombre jóvenes adornados con motivos navideños, probablemente regresaban de alguna celebración o despedida en el lugar de trabajo; el año se aproximaba a su fin, las fiestas casi estaban aquí y había ganas por disfrutarlas, a pesar del escenario que padecemos y los nada favorables presagios con respecto a las primeras semanas del año que viene. Situaciones similares se habrán repetido en infinidad de lugares, también como una forma de olvidar el extraño año que termina, periodo de tiempo al que algunos, más aburridos que el resto, ya le andan colgando etiquetas a cual más nefasta, como si nuestro empeño por ordenar el tiempo tuviera algo que ver con lo que está sucediendo, y poner una cruz en rojo sobre un número y arrojarlo al fondo de la memoria tuviera alguna trascendencia, un ridículo exorcismo que no solucionará nuestra sempiterna imprevisión, nuestros miedos o la caprichosa superficialidad que nos gusta exhibir; como tampoco significará el destierro definitivo del recurrente e inmoral sálvese quien pueda que solemos guardar bajo la manga.

No, el fin de año nada que ver con los números, se trata del título que le hemos colgado a la periódica renovación de un ciclo que se repite con cada circunvalación del planeta alrededor del sol, otra cosa es que nos guste creer que marcándolo cerramos una etapa a la que sigue un nuevo inicio con el que llegará una más deseada que efectiva redención. Termina un año, nos decimos, y con ello recapitulamos sucesos, recuerdos, alegrías y proyectos no cumplidos, carne para hipocondriacos y agoreros, para derrotados y emprendedores, para los presagiadores y amantes del mal fario, para los gafes y, cómo no, también para los rectos y clarividentes hiperresponsables -en permanente cruzada contra la mala cabeza de la especie, y con razón-, siempre alerta ante la inconsciencia e irresponsabilidad de una población que nunca parece preparada -hasta que se ve con el agua al cuello-, reacciona con lentitud o se encasquilla ignorando o fingiendo, como si la cosa no fuera con ellos y hubieran de ser otros los que tuvieran que dar el primer paso.

Este mundo es lo que es y está como está en función de nuestra voluntad, tanto individual como colectiva, se acaba otro año que consideraremos peor, o aciago, pero en ningún lugar está escrito que esta vida haya de tener un solo color, y mucho menos obligatorio, regalo y atención exclusiva a nuestro infantil egoísmo y persistente desinterés por los juicios razonados y las perspectivas de largo alcance; si en condiciones normales apenas nos preocupamos de lo que hay y por qué, por los demás y sus vidas ¿por qué la vida ha de hacerlo por nosotros? Es tan solo un número, ¿sabemos qué es un número? Si nuestra cacareada posición en la cúspide de la vida en este planeta no nos sirve para hacer algo más y mejorar es que nuestra endémica gilipollez aún persiste y no tenemos remedio; aquí seguimos, tanto para llorarnos como para celebrarnos, pese a quien pese, aunque solo sea en círculos reducidos. El ciclo se renueva y para nosotros es otro año el que se va, como tantos otros se fueron antes -millones de ellos sin número- y tantos que vendrán -que no veremos pero felizmente numerados-, tan nuestro y vivido como el que más. Salud.

Publicado en Sociedad | Deja un comentario