Ruptura

Vivimos, y en esa simple y esencial actividad practicamos un permanente y renovado presente por y en cada uno de los momentos de un tiempo que hemos inventado nosotros mismos, o, si nos gusta decirlo de otro modo, estamos y somos vivos -que cada cual lo ordene como guste-, aquí. Semejante obviedad, para todos tan natural y evidente, es difícil de plasmar en palabras, probablemente porque el lenguaje, siendo también otra invención nuestra, solo en ocasiones logra expresar la infinitud de sensaciones inconscientes y conscientes que significa estar vivo, o tal vez sea solo una.

Pero llega un momento en el que, por cualquier azar o circunstancia, esa vida física se interrumpe, sucede una ruptura que de pronto deja vivir en suspenso, se rompe una continuidad inconscientemente asumida que nos deja abandonados y sin saber qué, cómo, dónde o por qué, preguntas que de inmediato pueblan nuestra cabeza y que nada tienen que ver con vivir, son posteriores.

Una primera impresión, quizás la única, podría ser ¿esto? ¿qué sucede? porque en esos momentos se es más presente que nunca, físico e incomprensible; desconocemos cómo o qué preguntar por esa detención porque la sentimos como algo tan vital que incluso sentirlo llega a ser secundario.

No hay más porque es todo, también nada en su simple y radical presente, ni siquiera llega a interrupción; una ruptura fisiológica en la que no existe el segundo siguiente, ni futuro ni horizonte, una detención, ni siquiera un impasse.

La importancia de tal ruptura solo puede sentirse, el antes ha dejado de existir, incluso de tener valor, después se trata de una utopía. No es cuestión de pensamientos o reflexiones humanas, no hay más, se trata de la pura vida.

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COVID-19

COVID-19.

12 días de hospitalización.

Reiniciando…

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Este año que comienza aterrizamos en terreno desconocido después de una sorprendente travesía nunca antes imaginada, no hay referencias ni datos históricos de los que echar mano para comparar, todo está por hacer, incluso lo que no hemos hecho. Durante la última noche pusimos al mal tiempo buena cara porque tocaba, engullendo una uvas con un regusto amargo y sin saber en el fondo a qué carta quedarnos, qué teníamos que celebrar; probablemente los hubo que volvieron a lanzarse a la piscina hasta caer redondos, en esta ocasión en tiempo récord, incluso por despecho contra ese año de ceros y ante la extrañeza de una gran mayoría que seguíamos en el mismo lugar de siempre pero sin recordar muy bien dónde estuvimos y por donde pasamos, todavía confusos, aunque desgraciadamente conscientes de lo que dejamos o perdimos. Pero nada ha terminado porque nada realmente se fue, y no se trata de una figuración que no conduce a ningún lado, la vuelta de la esquina es hoy y la situación es exactamente la misma que ayer; hemos dejado atrás un año al que casi todo el mundo se ha dedicado a insultar y maldecir provistos de una razón más bien simple, otra bobería más con la que pretendemos sacar pecho y zanjar una cuestión que somos incapaces de resolver -¡cómo nos gusta engañarnos!-, como si con ello diéramos carpetazo y todo fuera a cambiar de un día para otro. Llega uno nuevo que en su primer día nos pilló expectantes, mirándonos con las palabras a medias y la mosca permanentemente detrás de la oreja ¿por qué brindamos? ¿en cuántos lugares se ha repetido el mismo brindis? Si no hubo fiestorros públicos y solo quedaba la televisión -¡horror!- ¿cuándo nos fuimos a la cama? Aunque a más de uno le hubiera parecido una buena idea, casi desesperada, y por eso buena, alguna de las innumerables fiestas prohibidas -¡cómo nos gusta!- en las que hacer como si no pasara nada a sabiendas de que lo más atractivo de la propia fiesta es que sí pasa, para luego jactarse y relamerse, cuando la cosa luzca más segura, porque si después no puedes presumir de haber estado para qué fuiste. ¡Ah! si, hay motivos de esperanza, aparte de cerrar los ojos como si la cosa no fuera conmigo y esperar, lo que sucede es que esa esperanza, habituados como estamos a comportarnos como incapacitados llevados de la mano, tampoco nos pertenece; otra cosa sería merecerla.

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El último del año

Un par de días antes de las fiestas vi bajar de un coche a dos mujeres y un hombre jóvenes adornados con motivos navideños, probablemente regresaban de alguna celebración o despedida en el lugar de trabajo; el año se aproximaba a su fin, las fiestas casi estaban aquí y había ganas por disfrutarlas, a pesar del escenario que padecemos y los nada favorables presagios con respecto a las primeras semanas del año que viene. Situaciones similares se habrán repetido en infinidad de lugares, también como una forma de olvidar el extraño año que termina, periodo de tiempo al que algunos, más aburridos que el resto, ya le andan colgando etiquetas a cual más nefasta, como si nuestro empeño por ordenar el tiempo tuviera algo que ver con lo que está sucediendo, y poner una cruz en rojo sobre un número y arrojarlo al fondo de la memoria tuviera alguna trascendencia, un ridículo exorcismo que no solucionará nuestra sempiterna imprevisión, nuestros miedos o la caprichosa superficialidad que nos gusta exhibir; como tampoco significará el destierro definitivo del recurrente e inmoral sálvese quien pueda que solemos guardar bajo la manga.

No, el fin de año nada que ver con los números, se trata del título que le hemos colgado a la periódica renovación de un ciclo que se repite con cada circunvalación del planeta alrededor del sol, otra cosa es que nos guste creer que marcándolo cerramos una etapa a la que sigue un nuevo inicio con el que llegará una más deseada que efectiva redención. Termina un año, nos decimos, y con ello recapitulamos sucesos, recuerdos, alegrías y proyectos no cumplidos, carne para hipocondriacos y agoreros, para derrotados y emprendedores, para los presagiadores y amantes del mal fario, para los gafes y, cómo no, también para los rectos y clarividentes hiperresponsables -en permanente cruzada contra la mala cabeza de la especie, y con razón-, siempre alerta ante la inconsciencia e irresponsabilidad de una población que nunca parece preparada -hasta que se ve con el agua al cuello-, reacciona con lentitud o se encasquilla ignorando o fingiendo, como si la cosa no fuera con ellos y hubieran de ser otros los que tuvieran que dar el primer paso.

Este mundo es lo que es y está como está en función de nuestra voluntad, tanto individual como colectiva, se acaba otro año que consideraremos peor, o aciago, pero en ningún lugar está escrito que esta vida haya de tener un solo color, y mucho menos obligatorio, regalo y atención exclusiva a nuestro infantil egoísmo y persistente desinterés por los juicios razonados y las perspectivas de largo alcance; si en condiciones normales apenas nos preocupamos de lo que hay y por qué, por los demás y sus vidas ¿por qué la vida ha de hacerlo por nosotros? Es tan solo un número, ¿sabemos qué es un número? Si nuestra cacareada posición en la cúspide de la vida en este planeta no nos sirve para hacer algo más y mejorar es que nuestra endémica gilipollez aún persiste y no tenemos remedio; aquí seguimos, tanto para llorarnos como para celebrarnos, pese a quien pese, aunque solo sea en círculos reducidos. El ciclo se renueva y para nosotros es otro año el que se va, como tantos otros se fueron antes -millones de ellos sin número- y tantos que vendrán -que no veremos pero felizmente numerados-, tan nuestro y vivido como el que más. Salud.

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Lo que hay

Hablaban en esa forma tan local en la que las conversaciones privadas acaban siendo públicas, sin mascarillas, bueno, adornados con sus correspondientes mascarillas pero en posición sostén de papadas, como es moda -una moda nada digna, por cierto-; hacía frío, pero menos que ayer, según los protocolos de todo bar que se precie, en el que las charlas entre parroquianos no parecen charlas sino que cada cual se dirige al ambiente y siempre hay alguien que recoge el guante y apuntilla con algo que, probablemente, quizás nada tenga que ver con lo que dijo el anterior. Llovería… lo dijo la tele… ¿cómo quedó el fútbol?… no lo sé… ─Buenas… -o no saludó al entrar, habituado al bar como al comedor de su casa, y tal vez menos transitado por su parte que aquellas paredes barnizadas de tiempos perdidos y pláticas intrascendentes que para la feligresía habitual vienen a ser como el aire que respiran, sus únicas referencias comunes o la vital evidencia de seguir todavía en este mundo y en pie. ─Ayer el coche se me paró… y tuvieron que ir a darme teta…

Observando a través de las cristaleras la oscuridad de la madrugada, en un mundo todavía sin gente, podía imaginarse a vehículo y conductor abandonados en un oscuro páramo por el que serpenteaba una carretera comarcal o local por la que no pasaban ni los aviones, yendo o viniendo de un trabajo miserable y mal pagado que, sin embargo, le permitía aquellos indispensables momentos de solaz de cada madrugada, entre otros como él, sangre de su sangre, almas gemelas tan expertas como resignadas a unas vidas que forman la argamasa que sustenta y da consistencia al edificio de este mundo, miles de vidas que rellenan las ranuras e intersticios que en última instancia conceden una absurda solidez a esa otra realidad que puebla las noticias, la televisión o, menos, todavía, las redes sociales. El apoyo es mutuo pero la representatividad no, como injusta sería la supuesta reciprocidad del intercambio, nada más lejos, los de abajo sostienen el escenario, las luces y el papel cuché mientras que las huecas vidas, vicisitudes y estrellas de este teatro, desde su altura impostada, ocupan las mentes y los sueños de aquellos proporcionando estímulos y significados a tan simples y golpeadas existencias.

No hubo un interés especial por averiguar la solución a la avería del día anterior, para quienes sobreviven entre dificultades, carencias y contrariedades permanentes otra significa más de lo mismo, la resignada desgracia de estar vivos. ─Esta tarde tengo que ir a la comisaría… -eso parecía nuevo, no todos los días va uno a la comisaría, a renovar el DNI o… detenido. Ahora las miradas sí tenían un objeto, expectantes, por eso nadie abrió la boca, aguardaban la continuación o una explicación desde el pico de la barra. ─Me han quitado el dinero de la cartilla… había 700 euros y ya no queda nada… Seguía faltando algo, no acababan de entender; la ausencia de preguntas y la prolongación del silencio apuntaban a la obligación de continuar. ─Lo han ido sacando poco a poco, por las noches… y ayer me dijo mi mujer que ya no quedaba nada… el día de antes había 280 euros y los sacaron de una vez… Dicen que ha sido un jáquer de esos, debieron copiar la tarjeta del banco y… No se trataba de una conversación pero había que contarlo, aunque tampoco alcanzó para alarma, algo más que añadir a la obligada resignación ante las siempre desafortunadas bazas del destino, o lo que toca, un qué le vamos a hacer pura derrota que no daba ni para enfadarse. En vidas tan persistentemente golpeadas no hay trascendencia por la que alarmarse, los imprevistos suelen ser sinónimo de desgracias; porque los imprevistos normales solo afecta a las personas normales, las que compaginan tanto lo bueno como lo malo en sus vidas, algo parecido a la buena o mala suerte. En este caso tampoco había necesidad de hablar de robo porque no era tal, eso solo sucede en las vidas normales, le habían quitado el dinero, sin más dramas, daba igual quién, otro golpe que, sin embargo, no impediría el café de cada mañana y el cuento para la escasa pero fiel parroquia.

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De fútbol

Comparar futbolísticamente a Maradona con Messi no deja de ser una pérdida de tiempo porque no es posible tal comparación, intervienen en ello factores de tiempo, momentos, memoria, fútbol o gustos personales que dificultarían cualquier posible entendimiento, bueno, también puede ser una forma de entretener cuando no hay nada más importante que hacer y hay que rellenar los espacios de deportes justificando dinero y trabajo. Donde no es posible tal comparación es en el simbolismo y la relevancia social, y si es menester en la importancia histórica, de uno y otro jugador, en este caso Messi se diluye como un azucarillo hasta la completa intrascendencia. La trascendencia social, el impacto del fenómeno sociológico Maradona, el mito -incluso-, aunque nace y se desarrolla a partir del fútbol, fue extendiéndose y ampliándose en el tiempo hasta engullir al jugador y a la persona, por eso se equivocan aquellos que con motivo de su muerte exigen luz y taquígrafos para los numerosos errores que el tipo cometió durante su vida, no es el caso. Las pasadas y multitudinarias manifestaciones de condolencia por su muerte transcienden el deporte de la pelota.

Maradona, además de un genial futbolista, fue lo más parecido a un mesías, el inesperado redentor de unos pueblos históricamente humillados y vencidos. Durante unos gloriosos años puso en el mapa social y representativo italiano, además de futbolísticamente, a una región que hasta entonces, al igual que sigue sucediendo hoy, simbolizaba lo peor del país, la pobreza, el subdesarrollo y la ignorancia de un sur que la religión más supersticiosa y la mafia habían convertido en su territorio. Hoy Nápoles, y el Nápoles, siguen donde estaban, pugnando por hacerse un lugar entre el orgulloso, rico y arrogante norte italiano, pero ya sin Maradona.

Simbolismo al que sumar, y en mayor importancia si cabe, lo que significó para el pueblo argentino la victoria contra Inglaterra en los cuartos de final del mundial de México -con dos goles del propio Maradona-, así como la posterior obtención del título. La venganza de un pueblo que hacía tan solo unos años había sido derrotado en una guerra absurda por un puñado de islas situadas junto al fin del mundo, una desigual contienda contra los restos de un Imperio Británico -auxiliado por judíos y norteamericanos- que vio en el estúpido órdago de aquella cuadrilla de generalotes argentinos, lanzado con el fin de distraer a la población de su flagrante incompetencia a la hora de dirigir el país, la oportunidad de revivir viejas glorias imperiales. Una lucha desigual en la que se enfrentaron la tecnología y el poder económico del momento contra un incapacitado y hambriento ejército de jóvenes tan engañados como desorientados.

Este último es el Maradona recientemente desaparecido, el otro, el futbolista, ha de aparecer forzosamente porque de lo contrario sería incomprensible y entendible para alguien sensato el revuelo que ha levantado, tanto en Argentina como en Nápoles, su reciente muerte.

Frente al fenómeno Maradona Messi vegeta de forma cada vez más anodina hacia el final de su carrera, viendo cómo se alejan sus mejores años y sin ser capaz de decir basta, despojado de toda épica, sin estímulos, temido y odiado por sus propios compañeros, incapaces jugar al fútbol -como si se tratara de meros aficionados- porque también son incapaces de desprenderse de la influencia y el peso de su sombra; convertido en un chupón cada vez más previsible al que solo le queda esforzarse por ganar todo el dinero que pueda, mientras le duren las piernas.

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Infancia

Todos hemos pasado por una infancia como etapa ineludible para llegar a ser los adultos que hoy somos, para bien o para mal, y cada cual la sitúa según en qué rincón de su memoria o corazón. Hasta aquí ningún problema, hoy sabemos, y mucho, de la gran importancia del periodo infantil para la correcta madurez del futuro adulto, y lo que cada uno haga o cómo se alimente con ese periodo es asunto propio, pero, en cualquier caso, la infancia es una época transitoria que alumbrará el adulto de mañana y la felicidad que pueda alcanzar. Conocí a una mujer que afirmaba, sin ningún género de duda, que la mejor época de su vida fue su infancia, enormemente feliz, guardada en un rincón de lo más querido y solo ofrecida al conocimiento de los demás cuando la conversación giraba hacia derroteros propicios para que ella lo hiciera notar con orgullo. Otros hemos tenido infancias aparentemente más normales, mejores o peores -tampoco elegimos a nuestros padres- y dependiendo de cómo las hayamos asumido, y en algunos casos superado, así somos ahora. No hay mucho más.

Viene esto a cuento porque el otro día escuchaba una entrevista a un cantante, no recuerdo ahora mismo su nombre ni el del grupo con el que cantaba, que también afirmaba que su infancia fue tremendamente feliz y, más aún, todavía se preocupaba, como contaba en tono más bien bobalicón y algo birria, por conservar una especie de pulsión, instinto o pureza infantil tan grato como importante para su vida de adulto, una supuesta autenticidad que se esforzaba porque fuera coparticipe de su presente, influyendo tanto en su vida como en su trabajo.

Estos dos casos no son únicos, he oído en muchas ocasiones valoraciones similares de la infancia, no como una etapa felizmente pasada sino como un presente más bien forzado y forzoso al que no se quería renunciar porque, según los implicados, sin ese componente infantil ellos no serían las auténticas y estupendas personas que a sí mismas se creían.

Qué decir. Pero la infancia es una etapa del desarrollo individual, todo lo crucial que ustedes quieran, como lo es para cualquier especie animal en el natural proceso hacia una plenitud y madurez adultas que son el objeto de nuestra presencia en este mundo. Si fuera posible preguntarles probablemente ningún ciervo querría ser permanentemente cervato, ni ningún león cachorro ni ningún chimpancé monito continuamente asido a la pelambrera de su madre, ni física ni mucho menos psicológicamente. Y si le preguntáramos a un niño se negaría en redondo a ser permanente niño, es más, nos preguntaría si es que somos tontos. Quizás sea por eso que me chirría tanta alabanza hacia esos esfuerzos por conservar vestigios, o aspectos -o lo que ustedes quieran- de una infancia única e ideal que se parece más a publicidad de Disney o Ikea que al sentido común del que deberían hacer gala las personas; niños grandes siempre sonrientes en la mayoría de los casos rozando la imbecilidad.

De qué o de donde provengan o qué significan tales loas infantiles y tanto esfuerzo por no perderlas me deja desorientado. Intento ser prudente, en otras circunstancias ya habría sacado los pies del tiesto y habría cerrado el asunto de un carpetazo más bien brusco, porque no tiene mucho sentido que algunos individuos se jacten de conservar un toque infantil que ellos mismos interpretan como originalidad o frescura, siendo más bien la expresión pública de un temor enfermizo al mundo adulto, que en definitiva es lo importante. Si después de pasar el correspondiente periodo infantil uno sigue pensando y doliéndose por su progresivo al alejamiento en el tiempo mal andamos. La inteligencia de un niño es egoísta porque es básica -¡ojo! jamás simple o estúpida-, el egoísmo infantil del adulto empeñado en no crecer es simpleza y estulticia, y sobre todo inmadurez.

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Noviembre

En este país hay cosas que parecen suceder porque no queda más remedio, ni siquiera por azar, sin que nadie sepa o le preocupe, no hay razón cuerda que en ocasiones entienda el proceder de sus gentes, sin que a primera vista pueda adivinarse una conducta mínimamente consecuente, lo que quiera que piensen o sea que rige u ordena sus comportamientos, tanto individuales como colectivos; flota en el ambiente un inextricable porque sí que lo mismo te quiere como te desprecia. Por ejemplo, el Estado está ahí para mandar y vigilarnos como para saltárnoslo a la torera, para obligarnos en contra de nuestro chulesco desinterés y endémica pereza como también para solucionarnos todos los problemas y, llegado el caso, proporcionarnos una subvención o un subsidio al que tenemos un inalienable derecho no escrito y que nada tiene que ver con nuestro comportamiento cívico; disponemos de barrenderos que se preocupan de recoger la mierda que tiramos al suelo porque de ese modo justificamos su puesto de trabajo. Tocan fiestas e independientemente de la situación que padecemos prima el derecho a divertirse, ya habrá tiempo, allá por febrero, de lamentarse por los inevitables muertos -esos, que siempre son de otros-, porque las hipotéticas consecuencias de lo que hagamos hoy nada tienen que ver conmigo y mi derecho a la jarana. Quizás por eso, desde ya, adultos de todo jaez atiborran bares y locales de copas cuando es de requerimiento público, y en última instancia obligado, mostrar prudencia debido a la actual situación, en algunos casos mostrándose pasados de copas a las tempranas diez de la noche de un sábado cualquiera -porque a las doce toca estar en casa- atizados por una incontenible perentoriedad que no deja opciones ni a la cordura ni a la razón. Luego, esos mismos se extrañarán y renegarán cuando toque hacer de padres supuestamente responsables de tanto joven adocenado apretujándose en botellones a los que la pandemia ha arrojado al limbo de lo indescifrable, tal y como surgieron y suele suceder por aquí.

Siempre es el Estado el que gusta tocar las narices más de lo que debiera, como en el caso de la aprobación en el Congreso de una ley de educación que solo provoca daños y perjuicios porque va en contra de la libertad, una libertad que por aquí suele ser sinónimo de mis santos atributos; y como eso son palabras mayores toca echarse a la calle como zombis disfrazados de lazos y bocinas y sin tener ni idea de lo escrito, no importa. Pero en este caso las cosas son más fáciles de entender y nada tienen de imprevisibles, ni interviene el azar o porque sí, la supuesta ofensa es contra una iglesia católica nacional habituada a amenazar y gritar contra todo lo que huela a pérdida de privilegios. La misma iglesia de siempre, esa cuasi secta criminal que adoctrina tanto como engaña parasitando unas supersticiones locales dirigidas por unos hechiceros que suelen permanecer a resguardo, escondiendo la mano pero comiendo y viviendo de esa otra mano a la que acusan y muerden por intermediación de unos fieles que siguen sin saber pensar al margen de la santa zanahoria, una feligresía que exhibe una extraña mezcolanza de privilegios, servilismo e ignorancia que nada tienen que ver con la religión y si con un fundamentalismo tan retrógrado e intransigente como arcaico. Otro noviembre más.

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Medievo

En un arriesgado ejercicio de comparación histórica que igual no es tal, esta época que nos ha tocado vivir se parece más al medievo que al siglo XXI de un futuro que ya es presente, da igual si utópico o distópico; la confusión del personal, a falta de proyectos o líderes más o menos sólidos o con capacidad de ilusionar mediante empresas, da igual el plazo, esperanzadoras, parece endémica, la desorientación se generaliza y la ignorancia se multiplica por doquier. Fracasadas las visionarias distopías de aquellos gurús de la economía, o directamente sinvergüenzas adocenados del dinero a los que les importaba un pimiento la vida de la plebe, como fueron Hayek y Friedman, que han dejado este mundo hecho unos zorros, con una gran mayoría de la población viviendo peor y sabiendo y confiando cada vez menos, amén de vigilados, explotados, exprimidos y expulsados de los salones de la aristocracia del dinero, carne digital de cañón, el panorama es desolador.

Las religiones, mejor, la superstición vuelve a regir las voluntades, se mira hacia atrás buscando en la sagrada ignorancia de padres y abuelos una seguridad que hoy no es tal, una forma de vencer el miedo al futuro de no tener futuro. Los líderes de la actualidad son cada vez más básicos y cafres, estúpidos o directamente maleantes que se dirigen a sus ciudadanos o votantes como si fueran imbéciles, mintiendo y engañando sin pudor porque en la desconfianza general, subrepticiamente impuesta, nadie es de fiar, tampoco los que, apelando a la razón, los hechos y el sentido común, intentan con los datos en la mano que alguien les preste atención y con ello intentar enderezar el rumbo.

Sin embargo, hoy no hay milenarismos ni milenaristas que vendrán a salvar a la humanidad de este caos impuesto, queda, en cambio, la ignorancia y la sumisión permanente a una realidad digital que ejemplariza este nuevo medievo, una sucesión de aplicaciones, enlaces, casi divinos, imágenes y vídeos que asesinan el tiempo a medida que vacían el cerebro. Hoy domina esa inmediatez medieval de buscarse la vida por uno mismo a costa de quien o lo que sea, la sangrienta seguridad de los míos, contra viento y marea si ese preciso, pero sin la rudimentaria candidez de entonces, embebidos en infinitas islas digitales que nos muestran en un interminable bucle un mundo mágico, casi sagrado, que no existe ni existirá, únicamente visible a través del dispositivo que expertamente manipulamos, una experiencia tan básica como inútil porque, llegado el caso de no poder disponer de esa imaginaria realidad, nos mataría de hambre porque no sabríamos cómo vivir y desenvolvernos sin él. El cielo y el infierno de entonces, contado y mostrado mediante historias, leyendas e imágenes que la aristocracia medieval se encargaba de distribuir entre los siervos con tal de tenerlos tan entretenidos como atemorizados, hoy se difunden vía digital, hasta el punto de que, como dijo un asesor de Obama allá por el año 2008: “sabemos a quién va a votar la gente antes incluso de que lo hayan decidido”.

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Papistas

Cuando el día de las elecciones el actual presidente de Estados Unidos, Sr. Trump, apareció en público para denunciar el supuesto fraude en los resultados electorales propiciado por los demócratas, los canales televisivos mayoritarios decidieron al unísono interrumpir la emisión en directo para que un comentarista de la cadena justificara ese hecho extraordinario, en esos momentos no existía ningún indicio de que tal fraude fuera cierto, sino que aquello más bien parecía una denuncia sin pruebas por parte del perdedor intentando justificar su frustración y enfado por lo que los resultados electorales mostraban entonces. El hecho era más que importante, posiblemente la primera ocasión en la que una aparición del presidente de la nación más poderosa del mundo era interrumpida por decisión de los medios, que de ese modo tomaban parte como ciudadanos de lo que hasta ese momento casi todo el mundo entendía como una pataleta de un tipo habituado a salirse con la suya, incluido mentir con la intención de crear confusión para beneficiarse. Viene a ser lo mismo que los negacionistas de la actual pandemia, tipos que sin pruebas de ningún tipo deciden manifestarse en contra en función de intuiciones personales o novelescas confabulaciones de dudosa credibilidad, como si no dispusiéramos de argumentos y datos suficientes para explicar una realidad más que corriente.

Está claro que un medio de comunicación ha de limitarse a informar permitiendo que cada lector o espectador saque sus propias conclusiones a partir de lo que ve, lee o escucha. Tal vez por eso hubo algunos tipos que en varios medios españoles denunciaron tal actuación como un modo de censura que en una democracia no debería existir, con ello se estaba actuando como en una dictadura; y en principio no les faltaba razón.

La razón, y el peligro, de la democracia reside en que cada cual puede decir lo que piense o le parezca sin que nadie se lo impida, el resto de los ciudadanos son los que en última instancia tienen la palabra, pero ¿y si quien proclama falsedades sin fundamento a la vez controla la mayoría de los resortes del poder, además de algunos medios de información, ahogando las voces contrarias y con razones para desenmascarar sus tretas? ¿Quién debería decir basta? ¡las cosas no son de ese modo! ¿Por qué los propietarios o trabajadores de los medios no pueden actuar como lo que también son, ciudadanos como el resto, y defender el sistema de quien valiéndose de su posición preponderante pretende crear confusión y sospecha para salirse con la suya?

Es cierto que la situación creaba un precedente peligroso, justificando en cierto modo actitudes futuras similares respecto de personas y proyectos que poco o nada tuvieran que ver con aquello. Pero si estamos de acuerdo en las obligaciones de una cadena informativa, limitarse a informar de forma veraz, también hemos de admitir que las personas que dirigen y trabajan en los medios son ciudadanos como cualquier otro, con voz y voto en todo lo referente a la convivencia y participación en cuestiones políticas y sociales. Estas personas se mueven en ocasiones en el filo de lo permisible, su trabajo es ofrecer un marco en el que cada cual exponga su opinión, pero como ciudadanos también tienen unos derechos y obligaciones, entre estas impedir que otro u otros intenten desprestigiar o destruir los mecanismos políticos o sociales con los que esa sociedad, su propia sociedad, se autogobierna.

Hay situaciones que, siendo iguales en apariencia, nada tienen que ver unas con otras, puede haber circunstancias específicas que las hacen diferentes, y en algunos casos únicas, luego los estándares habituales deberían aplicarse de forma distinta o permanecer en suspenso; por ejemplo, no puede tratarse del mismo modo el robo de una barra de pan por parte de quien no tiene para comer que un robo de millones por parte de un tipo que aprovechándose de su posición decide apropiarse con cualquier artimaña económica de lo que no es suyo. En ambos casos estamos de acuerdo de que se trata de un robo, pero cualquier juez con sentido común tendría en cuenta que las circunstancias de uno y otro son tan dispares que sus baremos, no olvidando en ningún momento que hablamos de lo que comúnmente se trata de robar, han de ser distintos a la hora de juzgarlos y condenarlos, porque de lo contrario la justicia no sería justa.

Por eso creo que en el caso norteamericano hay circunstancias importantes que pueden ser tomadas como atenuantes; sí, se pone un práctica un acto de censura más propio de dictaduras e impensable en cualquier sistema democrático, pero también es cierto que el presidente perdedor cuestionaba el sistema sin ninguna prueba sobre la mesa, probablemente movido por la ira y el fracaso de la derrota, inventando confusión y dudas sobre un método electoral que, como ciudadanos, también afectaba a los trabajadores del medio televisivo.

Llega un momento en el que un ciudadano no puede actuar como si fuera un extraño, como si se tratara de un extraterrestre observando las idas y venidas de la especie humana, sin mover un dedo porque ello significaría condicionar el medio, algo así como lo que un naturalista pone en práctica cuando estudia la vida animal, la no intervención en un mundo que le es ajeno. Pero los trabajadores de las cadenas televisivas no son naturalistas, aunque lo intenten con su trabajo, también son elementos integrantes y participativos de la sociedad que, en este caso, el perdedor cuestiona por pura soberbia y desprecio hacia los demás, que aceptan de buen grado las reglas que ellos mismos se han dado para gobernarse.

Por eso creo que estos papistas con tribuna en los medios de comunicación, sin pretender quitarles la razón, deberían pensárselo dos veces antes de situarse por encima del resto denunciando desde la pureza de su torre de marfil esas “malas actuaciones”, porque los demás también lo saben, pero si no hacemos nada ante gente de esta calaña, deberíamos asumir la posibilidad de que a estos disidentes libres no les importaría destruir lo que hemos construido entre todos, por el solo hecho de no conseguir lo que quieren; eso sí sería abrir la puerta a una dictadura. La democracia se construye entre todos, también por parte de la prensa, y hay ocasiones en las que el periodista, además de actuar como periodista, también ha de hacerlo como ciudadano y evaluar qué perdería si en aras de la pureza e imparcialidad de la información permitiera que desaprensivos insolidarios de cualquier calibre destruyeran una sociedad que también es su propia casa.

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