A propósito de “Nomadland”

Nomadland puede verse como una película en la que se cuentan las precarias existencias de unos personajes obligados a vivir en los márgenes, mujeres y hombres expulsados de la sociedad por múltiples motivos a los que no les queda más remedio que encontrar un nuevo significado para sus propias vidas, llegando incluso a creer y asumir que esas nuevas opciones son interesantes y les gustan, a costa, incluso, de desechar u olvidar en última instancia la razón, y su posible solución, por la que fueron arrojados a sus actuales circunstancias.

Pero también se puede ir más allá y, a partir de lo visto y con la evidencia de que nada de lo que aparece en la pantalla es meramente casual o accidental, extrapolar una serie de valoraciones, conclusiones y afirmaciones más que explícitas que probablemente nada tendrían que ver con la hipotética poética y libertad que rezuman los personajes.

Nomadland muestra en primer plano el fracaso de una sociedad, hasta el punto de que las posibles opciones o soluciones de los personajes a sus vidas no dejan de ser sucedáneos que no se tienen en pie, ni siquiera apelando a los valores de independencia y libertad de unos pioneros que con tanto orgullo exhibe e intenta exportar el cine norteamericano. Hace ya tiempo que en el mundo en el que vivimos desaparecieron las opciones de independencia y libertad para sus habitantes, y los intentos por traerlas a primer plano por cualquier motivo de integridad o autenticidad, incluso ensalzándolas como unas de las más ancestrales y puras cualidades del ser humano, son una completa engañifa que pretenden vender quienes detentan el poder con tal de justificar sus desmanes y constantes atropellos de la población.

Tal vez por eso la película deja esa sensación de indiferencia que no llega a sabor amargo, en parte porque el espectador ya no se deja engatusar tan fácilmente y en parte por desconfianza ante unos posicionamientos políticos e ideologías tan básicas como baratas que, apoyándose en un inviolable derecho y la particular voluntad de cada individuo, buscan imponer unos nostálgicos y falsos ideales de libertad que, sin embargo, sitúan a las personas mirando hacia atrás, recelosas y desconfiadas hacia sus posibilidades y su propio presente, más solas y abandonadas.

Nomadland no solo trata de reflejar una nueva forma de vivir basada en la falsa libertad de una autocaravana y paisajes infinitos, que en parte también –pero dependiente de la existencia de carreteras que lleguen a todos sitios, del inevitable combustible, de talleres, de grandes superficies comerciales, de lugares de pago donde pernoctar, tener acceso a servicios y la seguridad que proporcionan, de los negocios bancarios que vampirizan el movimiento del obligado dinero, de la necesidad del teléfono y el negocio de las compañías telefónicas, etc.-, sino también del engañosamente aventurero, precario en su solidaridad de subsistencia y edulcorado lavado de cara de una auténtica marginación social en pleno siglo XXI. De la expulsión de cada vez más individuos por parte de una sociedad incapaz de preocuparse por los suyos, de reintegrarlos en lugar de convertirlos en inadaptados, personas a las que se desecha por molestar con sus problemas personales o porque se niegan a participar y/o colaborar con el régimen establecido y sin opciones para cambiarlo o simplemente modificarlo, como debería suceder en cualquier democracia o sistema político en el que sus ciudadanos fueran auténticamente libres para elegir su presente y futuro.

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Diálogo salvaje (Otro)

En una espléndida mañana de primavera caminaban de cháchara en dirección al bar… ─ ¡No jodas!

─ Era lo que había que hacer, qué más dan unos que otros si son todos iguales, y mi hijo dice lo mismo… la votó porque con ella puede ir a los bares, quedar con sus amigos y relacionarse… Eso es libertad…

─ Tu y tú hijo sois gilipollas, eso no es libertad, eso es ignorancia…

─ Tampoco te pases… ¿tú que has votado? ¿”al coleta”?

─ Y qué…

─ Ese tío da miedo, es como volver al hambre de después de la guerra, más restricciones… además, quería asfixiarnos a impuestos, no dejarnos trabajar; como si dependiera de nosotros que esto funcione… Quitarnos lo poco que ganamos, con él no tendríamos ni para el botellín…

─ No me digas. Tú de la guerra no tienes ni puñetera idea, lo que te cuenten y quien te lo cuente… Además, ¿has oído hablar alguna vez “al coleta”?

─ No hacía falta… me da igual… No me gusta la pinta que gasta, con esa coleta pringosa y ese chorreo de cuatro pelos haciendo de barba, como un demonio. No sabe ni ir bien vestido, menuda imagen… Aunque él y la parienta bien que se han asegurado la vida… ¡y que era un obrero! Un caradura es lo que es… que se vaya a la mierda.

─ Ya te vale… los fachas y la iglesia llevan viviendo toda la vida a nuestra costa… con el dinero de nuestros impuestos… ¿ellos sí tienen derecho?

─ Pero así ha sido siempre y contra eso nada puedes hacer… las cosas son como son, lo tomas o lo dejas, necesitamos un orden, no una dictadura. Y que uno que dice ser de los tuyos se coloque por la cara y se solucione la vida… eso sí que no…

─ Cochina envidia… Hazlo tú…

─ No digas tonterías… yo no meo tan alto… Con el trabajo y las chapuzas, el paro por si me faltan y poder tomarme mis botellines tranquilamente cada mañana tengo suficiente… no soy de grandes aspiraciones… Y menos mal que aquí nos los hemos podido tomar… Tú también, no te quejes….

─ Ya, pero, ¿y la gente que ha muerto…

─ Mala suerte… Dios lo ha querido así…

─ Ya… además de ignorante y envidioso, ingrato y egoísta…

─ ¡Eh! No te pases, nada de egoísta… se trata de que cada uno es libre de hacer lo que quiera…

─ Pero el bar no es ningún ejemplo de libertad… es el puto bar…

─ He tenido cuidado y no me he contagiado… A ver si ahora también voy a ser culpable por eso…

─ No, no va por ahí la cosa, se trataba de un problema que nos afectaba a todos, de ser más solidarios por una vez, no de que cada cual fuera a lo suyo buscándose la vida por su cuenta, vivimos en sociedad ¿sabes? A los que estabais en contra de cerrar la hostelería o el comercio, a favor de que todo siguiera igual y cada cual hiciera lo que pudiera o le viniera en gana os tenían que haber puesto un impuesto…

─ Qué tonterías estas diciendo…

─ ¿No queríais que todo permaneciera tal cual, como si no pasara nada? Pues os deberían haber preguntado cuántos muertos estabais dispuesto a poner sobre la mesa para que todo siguiera igual, para que no pagaran justos por pecadores…

─ ¿Qué estás diciendo?

─ Que por cada uno que haya muerto por culpa de la mala previsión, el egoísmo y la nula cooperación de la gente, por esa libertad que os gusta poner en un bar abierto y poder entrar y salir a vuestro antojo os deberían haber cobrado en muertos… Algo así como, ¿cuántos muertos de su propia familia está usted dispuesto a pagar por ir al bar, o de viaje, o por no llevar mascarilla? Eso sería lo justo, eso sería libertad, responsabilizarse de lo que uno hace cara a los demás…

─ Tú sí que eres gilipollas…

─ Nada de eso… o tal vez sí… lo que no puede ser es que como a mí no me ha pasado nada lo que sigue estando mal pase a ser bueno… No queríais ser libres para hacer e ir donde quisierais… pues a pagar.

─ ¡Eh! tonto de los cojones… que yo hablo del bar…

─ Ya… un bar en el que matas el tiempo porque estas hasta los cojones de tu casa y de aguantar a tu mujer…

─ ¡A que te suelto una hostia!

─ Ya, ya estamos otra vez con la libertad… tenéis una idea muy particular de la libertad…

─ A mi familia ni la mientes, ¡capullo! ¡Qué te has creído!

─ No, nada, que no tenéis ni puta idea de lo que es democracia y mucho menos la libertad… ni tú ni mucho menos el cateto de tu hijo, ese sí que da pena…

Y le soltó la hostia.

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Sobrevivientes

Tocó el timbre y aguardó, pero no hubo confirmación de su presencia al otro lado, ningún ruido, ni siquiera un voy tranquilizador. El rato se prolongó hasta unos pocos segundos antes de volver a pulsar el interruptor, justo cuando pudo distinguir un arrastrarse de pies aproximándose, quizás demasiado lento, de alguien con dificultades para desplazarse, sin ninguna voz de advertencia. Dejó de oírlo, como si estuvieran comprobando la evidencia o fiabilidad de la visita por alguna mirilla situada a propósito; pero no, la puerta no mostraba ningún orificio por el que mirar la calidad o cualidades del intruso, es más, nunca lo había tenido, luego la tardanza se debía a otra cosa, tal vez un atusarse rápido antes de abrir de cualquier modo.

Transcurrieron unos segundos más hasta que la puerta definitivamente se entreabrió sin que en un primer vistazo reconociera a quien, desde el otro lado, le miraba con rostro entre desconcertado e inquisidor, sin decir palabra, aguardando a que el visitante abriera la boca. Dudó porque llegó a pensar que se había confundido al no reconocer a quien tenía delante, una escueta y desaliñada figura que en el fondo de su memoria guardaba algún parecido con su amigo, que ni siquiera era antiguo o perdido en el tiempo, habían dejado de verse nada más comenzar la pandemia, hasta ahora. Fiándose de su intuición o ya certeza se atrevió a dar un paso adelante que obligó al otro a facilitarle el acceso. ─ Que tal, Luis… ¿cómo andamos? Y permaneció quieto, aguardando una respuesta o un movimiento de quien volvía a dudar que fuera quien sabía que era.

Más silencio, como si el otro estuviera buscando en su memoria dónde situar o a quien atribuir la figura que tenía delante, ahora apenas visible por haber cerrado impidiendo que la luz del rellano iluminara el pasillo, que quedó en una semipenumbra que más bien parecía oscuridad. Oscuridad que olía a cerrado y a algo más que no era ni sucio ni podrido, hasta el punto de dejar en el visitante una agobiante sensación de tiempo detenido que llegaba a restringir el oxígeno impidiendo que la cabeza funcionara con normalidad. Hasta que Luis levantó el brazo indicándole hacia donde él sabía, todo entre la misma negrura de la que no supo o pudo quejarse, tal vez porque si lo hubiera hecho él mismo lo habría considerado una intrusión.

Aquella no parecía la casa en la que tantas veces había estado, comido y dormido, o emborrachado, no era el olor a cerrado, ni la opresión de una oscuridad que iba semiaclarándose a medida que llegaban a un salón que comparativamente se abría iluminado pero sin luz, a tono con el resto, distinguiéndose un aire que casi podía cortarse aprisionando un mobiliario opaco y deslustrado pero no sucio, apagado, casi muerto, visto más como accidentes del terreno que como elemento utilitario o simplemente decorativo; pesado y macizo, tal que rocas de un paisaje que entraba dentro de lo desconocido. Miraba a su alrededor intentando confirmar alguna familiaridad cuando tropezaba con su amigo indicándole el sillón de siempre, él ya se había sentado donde habitualmente lo hacía. Sin ser todavía consciente del lugar en el que se hallaba no se le ocurrió otra cosa que volver a preguntar ─ ¿Y Elisa? ¿estás solo?

─ No está…

─ ¡Ah¡ vale… No dijo más por temor, porque era temor lo que empezaba a sentir, una sensación que los ojos de Luis no aliviaba, fijos en ninguna parte, más ausentes que perdidos, como si la poca luz que les iluminaba le resultase molesta; sin ganas ni predisposición a nada que no fuera permanecer sentado con la mirada desconectada.

─ Elisa se fue; decía que se estaba volviendo loca aquí encerrada… Se largó y no le pregunté… imagino que estará por ahí, pero no sé dónde…

─ ¿Pasó algo… ¿discutisteis…

─ No, pero ya sabes cómo es… ni piensa mal ni tiene cuidado, sigue diciendo que todo el mundo es bueno y… con los tiempos que corren no quiere ver lo que está sucediendo…

─ Y qué está sucediendo, aparte de esta maldita pandemia que nos trae de cabeza…

Su amigo le miraba ahora con cara de no entender… ─ Pues eso… la pandemia… y todavía falta lo peor… la gente se confía o directamente no le importa, sale, va a un sitio y a otro sin precauciones, como si todo fuera normal, sin dar importancia a las noticias, como si no estuviéramos en peligro de muerte con cada paso que damos fuera de nuestras casas… son unos inconscientes que han decidido ignorar el significado de esto…

─ Y qué significa…

 ─ ¿Tú también? Acaso no lo ves… no te das cuenta de que no hay solución para lo que está ocurriendo… que las vacunas tampoco sirven porque las mutaciones serán cada vez serán más dañinas, que son un camelo…. Hay que permanecer encerrados, y ni siquiera con eso podremos estar seguros… comer lo preciso… no tener ningún contacto con el exterior, tampoco contigo, a ti sí te lo puedo decir… Intentar enterarte de lo que pasa fuera pero desconfiando de todo, porque todos mienten, en una situación como esta nadie es de fiar, hay ocasiones en las que ver las noticias solo me causa desprecio por tanta inconsciencia y únicamente me queda creer que la gente ha decidido inmolarse sin que le importe el futuro. En el fondo son todos negacionistas, lo necesitan para sentirse algo, o alguien, pero la mayoría no se atreve a reconocerlo, se trata de justificar de algún modo sus de pronto miserables existencias, si no ¿qué? ¿ya está? ¿esto era todo? Llega una mierda de virus y jode de un plumazo tanta vida maravillosa, el santo proyecto de la humanidad… Nadie actúa con normalidad porque nadie sabe qué hacer, tampoco los que dicen saberlo, ni siquiera los más jóvenes, decir que a ellos no les afectaba como al resto fue lo peor que hicieron, si ya no tenían nada no están obligados a nada, a disfrutar todo lo que puedan hasta que les llegue la hora… ¿No te das cuenta? O también te haces ilusiones de que podremos superarlo…  ¿eres uno de ellos? Todos los días se lo decía a Elisa y ella no quería entender… cualquiera puede presentarse en tu casa y asesinarte… esto es el fin… solo espero y deseo que esté bien, allá donde pare…

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Placeres (Más)

Notaba cómo el alcohol comenzaba a asentarse en su cabeza, no de una forma alarmante o agresiva, ni siquiera preocupante, en ese punto en el que te sientes definitivamente bien y divisas allá a lo lejos la cumbre, justo cuando decides que ahí te quedas porque no te apetece estropear la sobremesa ni estropearte tú. Se acababa de quedar solo porque sus acompañantes habían decidido de pronto que tenían que largarse en busca de los aseos, sus motivos tendrían, tal vez los obligados en una sobremesa y tras una excelente comida. Miró su copa, más de media, diciéndose que la alargaría porque todavía no le apetecía irse, estaba estupendamente allí sentado.

Tenía justo delante, a unos metros y colgada en la pared, una pantalla de televisión en la que emitían lo que parecía la programación correspondiente a aquella hora de la tarde, de la que no tenía ni idea porque generalmente no veía televisión, y menos a esas horas, lo de hoy era algo excepcional, si es que puede llamarse de ese modo a una comida con amigos con los que habitualmente quedas cada cierto tiempo, reuniones que suele prolongarse conversación tras copa y viceversa.

Ignoraba cómo irían ellos de cargados, se lo preguntaría a su vuelta, aunque comer con agua no suele ser peligroso. En aquel momento la pantalla mostraba a una mujer escuetamente vestida haciendo de hembra en un programa que desconocía pero que no tenía que ver con el sexo; el aparato, por supuesto, tenía el volumen silenciado, por lo que los movimientos de la mujer resultaban más absurdos que curiosos, ni siquiera interesantes, en ocasiones a punto de la dislocación, y su mínimo y recortado atuendo tan incomprensible como ridículo. La pregunta surgió inevitable, siempre la misma, por qué tener que hacer de hembra para ganarse la vida, trabajar para un tipo, o tipos, que jamás te verán como mujer y te pagarán en función de un patriarcalismo tan reaccionario y degradante como machista… o si, en cambio, se trataba de una autohumillación voluntaria porque económicamente merecía la pena, los hay codiciosos a los que no les importa rebajarse y tampoco se plantean por qué… cada uno es cada uno. Pero, en definitiva, no puedes pretender que un energúmeno al que solo le interesas por tu cuerpo te trate a la hora de pagarte como persona, no es una cuestión de razón sino de poder, te humillas trabajando y te humillan cuando cobras. Se trata de sexo en una versión cruel, odiosa y vejatoria.

El sexo puede ser tan sencillo como retorcido, tan dulce como violento, tan excitante como repetitivo o fastidioso, o una cuestión de imaginación, aunque la imaginación también se puede usar para muchas otras cosas que nada tienen que ver con el sexo, el sexo es otra más, probablemente muchos de los que presumen de imaginación en lo referente al sexo se morirían de asco y aburrimiento ante el desafío de un lienzo en blanco, unas cosas por otras. O simple y excluyente autosatisfacción, con lo que cada cual se lo organiza y lo practica a su modo, solo o acompañado, a pelo o con muletas. Porque también en lo que se refiere al sexo la especie humana es limitada, mientras que cerebralmente parece no haber límites en cuanto a la parte física las cosas son como son y cada uno es un mundo. Esa doble experiencia nos permite poner, imaginar y hasta ayudarse allí donde no llega el cuerpo, con el inconveniente de que en más ocasiones de las reconocidas lo importante es poder contarlo después para envidia del auditorio; dónde y cómo se llegó y si se disfrutó, independientemente de las fantasías e invenciones posteriores que pueda forjar cualquier cabeza, es otro asunto que a nadie interesa.

Tampoco existía ningún inconveniente en reconocer que el sexo de los hombres no era para tirar cohetes, había lo que había y se disfrutaba lo que se disfrutaba, y personalmente prefería disfrutar hasta donde alcanzaba que perderse en aventuras que solo podría saborear en pasado, porque la parte física interesada y más interesante llegaba donde llegaba y tampoco le atraía eso de presumir o relamerse a posteriori de lo que pudo o no pudo ser o sucedió. Podía sentirse distinto, y hasta limitado, por gustar de un sexo que no necesitaba de tracas ni pólvoras, ya que se trataba principalmente de compartir, de llegar cien por cien a un único cerebro en lugar de andar persiguiendo dos o cinco y no alcanzar ninguno. No se consideraba egoísta ni partidario de utilizar al otro, u otros, como juguetes de carne y hueso para el propio placer, ni siquiera por el morbo de que están vivos y no se trata de recomendaciones u ofertas de cualquier sex shop o página web de moda; quizás sea debido a que procuran más satisfacción o una sensación de poder, por aquello del dominio y la posesión, en fin… Porque a la hora de cerrarse sobre uno mismo, sexo y disfrute particular en exclusiva, no había nada mejor que las muñecas, perfectas, con las medidas y volúmenes preferidos, con una suavísima piel sin arrugas, celulitis ni lunares, ni pelos, ni preguntas ni genios, ni problemas añadidos, sin esas horrorosas sorpresas o desagradables descubrimientos en el momento de desvestirse, ni tropiezos ni torpezas a la hora de lo que fuera, sin la aburrida reiteración del porno más vulgar, sin necesidad de precalentamiento ni conversación valorativa posterior, sexo cien por cien personalizado…

La mujer de la pantalla continuaba con sus simplezas pretendidamente sexuales de hembra que, también supuestamente, deberían despertar en los hombres del otro lado ignoraba qué deseos o apetencias que nada tenían que ver con el programa que mostraba gratuitamente aquella ridícula y patética exhibición. A saber qué… ¡uf! en menudo lío se estaba metiendo, eso sí que era hacerse una paja mental, menos mal que ya aparecían aquellos dos riéndose de regreso a la mesa.

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Casualidades

Tenía los zapatos manchados de aquella mierda de barro, o lo que fuera; joder con el fotógrafo, ya podría hacer los montajes en el estudio, no hacía falta que fuera tan auténtico; así nos clavará luego. Alzó la vista hacia las nubes y respiró tranquila, bueno, al menos parece que no lloverá. Una claridad esperanzadora dejaba una mañana apacible que la gente aprovechaba para estirar las piernas o, como en su caso, obtener instantáneas originales que enmarcaran esos días inolvidables que nunca tienen fin; papeles para unos recuerdos de los que luego se acaba renegando porque entonces no te enterabas de qué iba la cosa y porque ahora, pasados los años, se ve más que ridículo; igual que antes. Una bonanza primaveral que hacía la zona de las lagunas más concurrida que de costumbre, transitada por paseantes ataviados de todas las formas posibles, yendo y viniendo en parejas o en pequeños grupos que debían detenerse o dispersarse para dar paso a los amantes de la bicicleta, tipos concienzudos disfrazados de colorines pedaleando de allá para acá cumpliendo un horario lo suficientemente apretado como para sentirse deportivamente realizados. Cosas de estos tiempos.

Los niños, a unos metros de la madre y nada preocupados por la integridad de su atuendo, iban a lo suyo compartiendo unas bolsas de chuches que no les cabían en las manos, estaban de fiesta, de ahí la abundancia de lo que en un día normal suele ser un no detrás de otro. Mamá, incansable, repasaba ahora los bajos del floreado mono desmangado por si algún salpicazo de ese barro -¿o era cieno?- estropeaba un conjunto que nadie más que ella sabía admirar, porque su marido, igual de ido que siempre, estaba más por seguir con la vista a las paseantes que, a lo suyo, desfilaban por su lado, algunas saludando, por aquello de la educación, y otras, más embebidas en la tarea, sin hacer ni puñetero caso, concentradas en su particular tole tole, como si estuvieran saldando una cuenta pendiente. No, ninguna de las flores multicolores aparecía manchada, había tenido suerte, verificó a continuación sus espléndidas curvas con la mirada, tan personales que no necesitaban saber ni admitían espejos, y se relamió de gusto cerrando la revista satisfecha, estaba perfecta.

Míralo, ni caso, más pendiente de las otras que de su propia mujer, qué más le da mancharse o que le salpique, no sé ni cómo me preocupo; la próxima vez se va a vestir solo, a ver qué se pone, con esa tripa cervecera que parece que está preñado. Y esos pantalones tan estrechos, con ese tipo… ─ Buenos días… Interrumpía su reflexión respondiendo a un par de educados ciclistas que pasaban a su lado repartiendo cortesía. Qué culos más bien puestos, se dijo, no como éste que parece una tabla. Resopló resignada y regresó a su niña posando encaramada en el centro de la pasarela que daba acceso al punto de observación de aves locales, tan guapa como aburrida. Definitivamente ese color le gustaba, no era ni blanco ni gris ni marrón, un tono raro que le había convencido de inmediato, su niña no iría como el resto.

Solo faltaba que el tipo bajito de las fotos hiciera bien su trabajo, aunque viendo el despliegue de material que ponía en juego… pero también es verdad que esta gente monta el tenderete para aparentar y hacerte creer que son unos profesionales y luego hacen lo que les da la gana, ¡como tú no tienes ni idea! Mucho trípode, mucho foco, mucha cámara… ¡Laurita, amor! ¡Estate quieta! Laurita, resignada al fastidio de la pose, agitaba en ese momento un brazo intentando alejar algún insecto que empezaba a molestarle, algo por otra parte bastante común en zonas de agua estancada. Pero Laurita no hacía caso, el profesional de la cámara trabajaba como podía sin llegar a reconvenirla y, para colmo, el más que inoportuno insecto, sintiéndose probablemente amenazado y sin venir a cuento, optaba por dejar su aguijón incrustado en la tierna piel de la criatura; hecho más que desgraciado que tenía como consecuencia inmediata la desgarradora irrupción en la placidez de la mañana de un doloroso grito que espantaba a todo bicho viviente en muchos metros a la redonda. Una enérgica exclamación a la que siguió un sorprendente salto hacia un lado que llevó su cabecita contra uno de los travesaños que formaban la baranda de la pasarela, seguido del consiguiente traspiés que acabó con la infortunada víctima en el fondo de la laguna; un escaso medio metro que pareció más a juzgar por la altura y distancia que alcanzó el agua y el posterior revuelo que organizó. De tal modo que antes de que los respectivos pudieran reaccionar un par de ciclistas, abandonadas de cualquier modo sus máquinas, ya estaban salpicando en dirección a la niña, casi antes de oír el desesperado grito; samaritanos a los que se sumaban, con igual celeridad, un matrimonio mayor que pasaba en ese preciso momento junto al grupo. Como fue cuestión de segundos el tiempo que la criatura tardó en ser rodeada e izada fuera del escaso medio metro de agua, tan empapada como manchada de un barro que dejaba el pomposo vestido de comunión tal que una bayeta con la que se hubiera limpiado el suelo más mancillado.

Todo acompañado de un revoltijo de sonidos avícolas, gritos, exclamaciones, gestos más que estridentes, llantos, llamadas a la calma, preguntas estúpidas, advertencias, avisos urgentes, curiosos, acusaciones, evidencias, brazos y manos pendientes del cuerpo de Laurita de nuevo sobre la rampa en un estado más que lamentable, con el agravante de que faltaba un zapato que debería estar flotando o directamente enterrado en el fango. Y de remate comenzaba a llover.

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Diálogo salvaje

Franqueó la puerta abierta y se dirigió donde el propietario del despacho atendía a la pantalla de un ordenador. ─ Aquí tienes -dejando caer una gruesa carpeta sobre la mesa.

─ ¿Qué es esto?

─ Ideas y proyectos para confeccionar el programa para las elecciones.

─ Pero -mirándolo sin entender- ¿quién gobierna? ¿quién es actualmente el gobierno?

─ Nosotros.

─ ¿Entonces? -señalando la carpeta. Esto son cosas de la oposición.

─ ¿Cómo? -el tipo, todavía en pie, tampoco entendía.

─ A ver si nos enteramos. Nuestros votantes no necesitan proyectos ni programas, nos votan por lo que somos. Con lo que nos ha costado que la gente odie y desprecie la política y a los políticos y tú vienes ahora con estas -el de la carpeta seguía sin enterarse de qué iba aquello. ¿Qué tiempo llevas con nosotros? ¿un año? -ahora asentía sin palabras. La gente nos desprecia porque hacemos lo que nos da la gana y eso es cierto, y no nos importa porque nuestra única preocupación son nuestros propios intereses. La gente solo quiere dinero para poder ir al bar y malcomer fuera de vez en cuando, conseguir una tarjeta pirata para ver el fútbol de pago y pasar una semana en la playa en un hotel barato con spa, aunque tenga que trabajar dieciséis horas al día para ganar una mierda de sueldo, porque a la hora de cobrar nadie se acuerda del esfuerzo y el tiempo invertido, es más, son capaces de trabajar mucho más para obtener mucho menos. Es la oposición la que tiene que preocuparse por seguir todavía chupando rueda, por eso no le queda más remedio que inventarse programas y proyectos que nadie va a leer porque, aparte de que no saben leer, cada hijo de vecino viene con la lección aprendida: la política es una mierda y los políticos unos sinvergüenzas. No hay más. Tras años intentando alejar a la población de la política no vamos a estropearlo ahora con un programa que todo el mundo sabe que no vamos a cumplir. A la gente le gusta creer que tiene su propia opinión, aunque le sirva para limpiarse el culo, los políticos somos una panda de sinvergüenzas que nos metemos en política para enriquecernos y fabricarnos una salida bien remunerada para cuando nos llegue la hora. El resto no existe. Hemos dedicado cada vez menos dinero a inversiones públicas y conseguido con ello que una gran mayoría odie lo público porque cree que es un nido de víboras y un refugio para parásitos, mejor. Desprecian lo público porque significa impuestos que se dilapidan en mantener a unos vagos que no valen para nada, por eso prefieren pagar hasta por mear, porque con eso se creen que son libres, cuando lo que son es cada vez más imbéciles. ¿No los ves en cualquier oferta o en las rebajas, como se insultan y se pegan por las migajas? Pues eso es lo que hay que mantener, hacerlo cada vez peor, ir desmantelando con el enfebrecido consentimiento de la población -un consentimiento que curiosamente no sirve para nada porque, como te vengo diciendo, no pintan nada- y dárselo a quien más convenga o a quien mejor nos trate, y a otra cosa. A la hora de votar al populacho -esos desdentados, como los llamaba el gabacho Hollande- solo le importa tener más que el vecino, y si eso no es posible hacer lo necesario para que el vecino tenga menos que tú, y votará en contra de sus propios intereses con tal de conseguirlo; la envidia funciona a nuestro favor, son tan estúpidos que en algún momento de sus miserables existencias olvidaron que eso de la democracia es para todos y que con un poquito de organización, interés por la política y sentido común puedes conseguir lo que quieras. Y nosotros no vamos a estropearlo con una mierda de programa. Hoy el fracaso del otro es su victoria y el político vencedor el envidiado porque va a poder hacer lo que se salga de los cojones, que es lo que haría cualquiera si tuviera huevos y estuviera en su lugar. Su idea de igualdad se limita a poder meter la mano en provecho propio. Así que, repito, coge tu carpeta y la tiras a la basura, pero bien hondo, no sea que la encuentre otro, se le ocurra pensar por sí mismo y quiera hacer política. ¡Ah! y cierra la puerta al salir.

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Placeres

Tumbada en el sofá tocaba no preocuparse por qué hacer, dormir, dejarse llevar o directamente aburrirse hasta que se le ocurriera algo provechoso, cualquier cosa sensatamente atribuible a una mujer adulta en sus cabales, aunque, por otra parte, las ganas de no hacer nada, ni siquiera dormir, prevalecían ajenas tanto al interés como a la intención. Se movió buscando una mejor posición cuando su vista tropezó con su jersey, en el mismo lugar donde lo olvidó. ¡Uf! tendría que devolvérselo y no le apetecía, pero si lo dejaba ahí la puerta seguiría abierta y no tenía ganas de volver a verlo, con una vez había sido suficiente.

Lanzó un cojín sobre la prenda olvidada con intención de ocultarla y solo lo consiguió a medias. ¡Bah! alargó el brazo y sacó del cajón su osito, lo miró con placer y comprobó que la batería estaba cargada; él nunca le fallaba, siempre dispuesto y a estas alturas sin necesidad de enseñarle ni rezar para que acertara, ni casi dirigirlo, o apartarlo porque su torpeza amenazara con convertir lo que debería ser placentero en un progresivo nerviosismo que lo mismo acababa en hartazgo como se convertía en pura violencia por flagrante incompetencia. Su osito siempre sabía qué hacer, si es que podía afirmarse algo parecido de esa pequeña y sonriente mascota que nunca le defraudaba, estuviera de mejor o peor humor, necesitada de descanso o con ganas de batalla; en más de una ocasión había preferido la comodidad de lo que funciona a la incertidumbre de un encuentro, ese aventurado ojalá esta vez tenga suerte. Los hombres son lo que son, cada cual con sus limitaciones, salidos en exceso, engreídos sin tacto ni delicadeza, pura brutalidad y torpeza, o todo lo contrario, tan tímidos e inexpertos que en más de una ocasión daba pereza llevarles de la mano. También los había normales, pero llega un momento en el que no sabes qué es normal tratándose de sexo, qué prima o de qué depende. Aunque si desconoces el terreno no te metas, es así de sencillo, los experimentos mejor dejarlos para casa, en el sexo, da igual si ocasional o más en serio -¿qué quería decir con en serio?-, no puedes andar a ver qué sale porque puede ser que el resultado sea tan malo que no halla otra vez debido al vergonzoso fracaso de la primera y única. Y aquello de aprender a conocerse como que no, había que invertir tiempo y una no siempre anda con ganas para averiguaciones, como tampoco había caído subyugada por el hombre de sus sueños, al que le perdonas todo, de momento no, y las expectativas o su falta ni le atraían ni le preocupaban, lo que hay es lo que hay, y en más de una ocasión no lo arreglas ni con ganas ni con imaginación, mucho montón y un exceso de babas, y tiempo perdido.

Envolvió con las manos su querido osito y lo besó, lo miró con detenimiento mientras pensaba que también podía hacerse mayor, o cambiar de aspecto, de tamaño y forma, incluso multiplicarse, a voluntad, eran opciones completamente válidas que de pronto se abrían interminables… podía relamerse de gusto con solo pensarlo. Se le había pasado el sueño y darle vueltas al sexo la había alterado para bien, así que no había por qué demorarse, la ocasión pintaba excelente, volvió a comprobar su funcionamiento y abrió las piernas despacio, lista para disfrutar, tanto como estuviera dispuesta… hasta el infinito y más allá.

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Decidirse

Abrió los ojos cuando entornaba la puerta en dirección a no sabía dónde, se esforzó por no regresar al sueño aguardando, por pura curiosidad, qué vendría después; no es que le preocupara especialmente, pero solía ser ella la que se levantaba primero, sobre todo porque era su casa y porque cuando duermes en casa ajena te mueves en un entorno desconocido y careces de referencias. No tuvo que esperar mucho porque al poco asomó tímidamente la cabeza husmeando el panorama. ─ Buenos días. ¿Ya te vas? ─ Si, lo siento. Tengo que hacer. ─ ¿No desayunas? ─ No me da tiempo, comeré algo a lo largo de la mañana. ¿Me llamas? ─ Mejor tú, que siempre estás ocupado. ─ Vale. Hasta luego. Y desapareció volviendo a dejar la puerta de la alcoba entornada. No le dio tiempo a reaccionar o molestarse porque la puerta volvía a abrirse, esta vez de par en par, y el mismo rostro se abalanzaba sobre la cama para mirarla directamente a los ojos y besarla. ─ Disculpa, mi cabeza. Hasta luego otra vez. Te llamaré. Esta vez sí parecía definitiva porque oyó cerrarse la puerta del piso y correr escaleras abajo.

No le apetecía levantarse, volvería a dormirse. Pero no podía, no en esta ocasión porque, sin saber cómo o por qué, se puso a rememorar satisfecha la noche anterior repasando, detalle a detalle, la vuelta a casa y lo que sucedió después, hasta que se durmió. La satisfacción fue en aumento, hasta el punto de que cuanto más se demoraba en su memoria más cálido y acogedor se hacía el capullo en el que estaba envuelta. Supo que definitivamente no se iba a dormir, ya no, también tenía cosas que hacer, y lo primero era darse una ducha.

Bajo la calidez del agua regresó a sus recuerdos de la noche pasada. Le gustaba, lo sentía de otro modo, con él olvidaba sus precauciones dejándose llevar como no solía hacerlo. En su compañía se sentía bien consigo misma, tampoco le importaba cederle el protagonismo o actuar como una simple acompañante, cándida y confiada; y por qué le sucedía eso no lo sabía, como tampoco se atrevía a pensar que esa mujer no fuera ella, tan diferente a la que en circunstancias normales vivía atada a sus propias obsesiones, nada desconfiada, todo ingenuidad. Lo que hace ya unas semanas había comenzado como un desafío innecesario, a partir de una de esas conversaciones sobrantes a horas ya intempestivas y cuando todo el mundo empieza a estar de vuelta, se había convertido en… ¿una relación en toda regla? ¿al margen, o además, de dormir juntos cada pocos días? De pronto se le vino encima toda la carga significativa de UNA RELACIÓN y estuvo a punto de gritarse que estaba loca, volviendo a preguntarse si sabía dónde se estaba metiendo. Tampoco tenía ni idea de lo que pensaba él, contando con que coincidiera en lo que ella creía que mantenían, no habían tenido necesidad de hablar de ello porque no hacía falta, bastaba con olfatearlo. Pero era lo que sentía y eso la atraía tanto como la inquietaba, porque en esta ocasión no era su cabeza sino su corazón quien hablaba más alto y con serias intenciones de hacerse valer, ¡a estas alturas!

El agua caía sobre su cuerpo convertido en una figura inmóvil por la que resbalaban hilos y gotas perfilando el relieve de sus curvas hasta perderse por el desagüe. Esta vez sí -insistía-, le apetecía, a la mierda los recelos y las precauciones, siempre con el freno echado, pensando de más, obligándose a cada vez menos por si… Seguían presentes el temor a volver a equivocarse y el pavor a cerrar la puerta definitivamente sin darse cuenta siquiera de ello; en su cabeza se mezclaban no reconocer cuándo es demasiado tarde ni olvidar lo que no debe volver a repetirse. Tampoco sabía cuál era su tiempo, si es que todavía disponía de alguno, pero… ¡qué estaba haciendo! Con el agua de fondo de pronto sonó la puerta de la calle al cerrarse, dio un respingo y cerró el grifo de inmediato, expectante, nerviosa ¿era él? Pero eso no, aquello no valía ni como otra puta sorpresa, acababa de decidirse… El pomo de la puerta del baño giró… ─ Buenos días mamá, te he traído el desayuno ¿qué haces todavía en la ducha? ¿te acuerdas de que hoy te acompañaba médico…?

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Certezas

Había pasado tantos días asomado a la ventana como último recurso, sometido por unos grises que sumían el corazón más resuelto en una tristeza de la que costaba recuperarse, que el primer día en el que las precauciones sanitarias aflojaron se echó a la calle buscando a partes iguales luz y gente, otros a los que mirar bajo un sol que poco a poco iba arañando minutos a las sombras. Esa mañana no tuvo necesidad de asomarse previamente porque nada más levantarse supo que afuera resplandecía un día ideal, al fin, la oportunidad para abandonarse a un sol de invierno que ya olía primavera; más adelante habría tiempo de quejarse de su luz abrasadora, ahora no, ahora se trataba de pura necesidad, mucho más que el astro que da vida a la tierra y sus pobladores, la luz que alimenta a espíritus necesitados de tanto calor como amor.

Una vez en la calle se puso a caminar hacia cualquier lado, no importaba, como tampoco hubo elección previa cuando se decidió por la primera mesa vacía con la que tropezó del primer bar por el que pasó, el único requisito era que estuviera al sol, sin sombra de edificio próximo ni parasol de urgencia con el que evitar los sofocos de última hora. Se sentó y aguardó a que el camarero le atendiera, tampoco tenía prisa, podía estarse allí toda la mañana, y toda la tarde, hasta que el sol se pusiera y llegara la rutina de las obligaciones, que hoy también podían esperar. No tuvo que aguardar mucho porque una sonriente muchacha le sorprendió por detrás, saludándole mientras daba un bayetazo rápido a la mesa; lo siguiente fue qué le apetecía tomar. Un vino blanco, respondió sin pensárselo dos veces, algo lento y fresco que le compensara por los largos días de espera.

Justo al lado de la terraza en la que se hallaba sentado un grupo de jóvenes, probablemente de algún centro de enseñanza cercano en hora de recreo, charlaban en voz alta mientras daban cuenta de aperitivos y lo que parecía comida rápida o precocinada empaquetada en bolsas chillonas. Sin dejar de observarlos se puso a pensar que ya nadie comía bocadillos, ¿eran de otra época? ¿quién le prepara a un chaval un buen bocadillo que zamparse a media mañana? Mejor darle dinero y que él mismo se busque la vida, tampoco se trata de que haga el ridículo entre sus amigos y compañeros masticando un bocadillo antiguo que huele a madre de otro siglo.

En sus tiempos de instituto el bocadillo era algo casi sagrado, pero eso era antes, probablemente hoy quedaban pocas cosas que pudieran considerarse sagradas, y el bocadillo no iba a ser una de ellas cuando otras mucho más importantes habían pasado a mejor vida. Preguntarles a aquellos chavales por lo sagrado, al margen de supersticiones  disfrazadas de tradiciones familiares o pseudoreligiosas o adquiridas sin juicio, sería como hablarles en chino; no sé, sería lo primero que dirían, lo único que podrían considerar sagrado serían sus propias vidas y el tiempo del que disponían para disfrutar y divertirse, una realidad tangible y al margen de los futuros a los que pudieran aspirar o que les tocaran en suerte en función de esa “ley de vida” que inventaron quienes hacen las leyes. Vivir, disfrutar y después ver qué queda, qué dejan unos adultos permanentemente irritados que malviven como si fueran la última generación sobre el planeta.

Gritaban, reían y hablaban en tono desafiante, con la arrogancia propia de sus años, sin preocuparse por dejar caer las bosas al suelo a medida que se iban vaciando, ya vendrían los barrenderos para dejar aquello limpio para el día siguiente; y así sucesivamente.

Que lo aprovechen, ahora que pueden, en unos años tendrán que buscarse la vida escarbando en la miseria, a dos o tres les lavarán el cerebro convenciéndoles para encadenarse a un trabajo que los irá exprimiendo poco a poco hasta dejarlos resecos, los demás se dedicarán a vegetar gorroneando a papá y mamá o no tendrán otra opción que dejarse explotar por jefes que nunca tienen suficiente. Era la camarera, quien puntualizaba sus pensamientos al mismo tiempo que dejaba sobre la mesa una brillante copa de vino blanco junto con un pequeño cuenco con aceitunas. Es lo que hay, divertirse hasta que te echen, o se te agoten las oportunidades; se acabaron las certezas de otros tiempos, tampoco los estudios sirven ni son ciertos porque valen bien poco, depende del dinero que tengas, el resto es mentira, cinco años machacándote los sesos y malviviendo para acabar limpiando mesas catorce horas al día, no hay más.

Ahora si le vio bien la cara, algo mayor que los chavales pero no mucho más, lo suficiente para intuir lo que pensaba aquel cliente mientras los miraba y saber de lo que estaba hablando. Prosiguió. Aquellas verdades de carne y hueso de mis padres o mis abuelos han desaparecido, ¡puf! da igual quién o por qué, cero, ni siquiera existe un vuelta a empezar porque no hay punto o lugar desde donde empezar, ya no, y si les pregunta por el futuro le dirán que a la mierda el futuro. No dijo más porque no era necesario, aquella joven sabía tanto o más que él del funcionamiento de una cabecita bien colocada, aunque, por otra parte, fuera prisionera de unas necesidades tan básicas como vergonzosas de comentar. Tampoco cabían preguntas, hay realidades que caen por su propio peso y cualquier intento por explicarlas o justificarlas, pero sin la voluntad ni el valor para eliminarlas, solo es otra muestra más de un reputado y miserable cinismo. Es criminal no asumir de partida lo que se ha hecho mal y reconocer que no puedes pedir, y mucho menos exigir, a quienes han de sortear un camino lleno de trampas y obstáculos que tú mismo te has encargado de crear y colocar.

Le dio las gracias y la siguió alejándose hacia otra mesa al sol, un sol que de pronto picaba.

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Caras simplezas

Uno no deja de sorprenderse ante ciertas insustancialidades de nivel mundial, aunque lo que probablemente sucede es que uno todavía no sabe en qué mundo vive. Uno se preocupa por estar al tanto de lo que ocurre a su alrededor, interesándose por los problemas comunes e intentando cooperar, en la medida de sus posibilidades, en hacer de este planeta un lugar más justo y mejor, tanto a nivel político como medioambiental, y lo que probablemente sucede es que uno no se entera de por dónde van los tiros, tanta solidaridad global solo le preocupa a cuatro gatos que no tienen otra cosa mejor que hacer que dedicarse a molestar a los demás con proyectos y cantinelas salvadoras, cuando a la mayoría no les inquieta ni les interesa que les salven, solo quieren pan y circo que rellene su ancestral aburrimiento. Esta especie de aclaración viene a cuento porque desde hace ya algunos días se repiten en las paginas on line de cualquier medio informativo, presuntamente serio o en cualquier paginilla de simple cotilleo, las imágenes de uno de los hijos del príncipe Carlos de Inglaterra y señora; pero no se trata de ningún drama o tragedia irreparable o de algún suceso político de nivel mundial, sino que la pareja no sabe qué hacer con sus vidas y, ante la falta de ingresos o la natural y bien vista codicia por obtenerlos, han decidido adquirirlos pregonando a los cuatro vientos las boberías de su aburrida vida conyugal, además de airear con gran pompa los trapos sucios de su conocida, esperpéntica y británica familia; también se podían haber dedicado a trabajar, como el resto de los mortales, pero el trabajo cansa. Lo cierto es que aunque sus vulgaridades probablemente no se diferencian en nada de las del resto de los mortales, sucede que el resto de los mortales no pueden ganar millones ventilándolas. Mala suerte.

Claro, semejante bicoca ha hecho relamerse a cualquier medio que se mueva en internet, da igual la ralea del mismo, que ha visto en las simplezas de la pareja un modo de ganar dinero vía publicidad, que es de lo que viven, o a lo que se dedican, la mayoría de las web que pueblan la red. Así, cualquier incauto o despistado que visite una página por el motivo que fuere corre el peligro de tropezarse con los caretos de la bendita pareja y, a poco que se descuide, se hallará pinchando en los correspondientes enlaces movido por una mezcla de aburrimiento y desidia que le terminará atando a una pantalla que cada vez proporciona menos cosas de interés.

El negocio es el negocio, el santo motor de esta sociedad, y cualquier trapo, sucio o no, es bueno si lo facilita sin apenas esfuerzo. Estos negocios son una actividad normal para quienes se dedican a ello, a ganar dinero del modo que sea, lo que no acabo de entender es qué interés tienen para el resto de los mortales los problemas de una extraña pareja que vive de no hacer nada, como tantas otras, qué deseos o anhelos frustrados despiertan esos tipos en la gente corriente, qué íntimo morbo remueven y con qué provecho para el público de andar por casa.

No digo nada nuevo si afirmo que en los tiempos que corren resultan anacrónicas las familias reales, especie de diosecillos en la tierra avalados por espíritus despistados dolidos en su irrelevancia que se autoproclaman monárquicos, curiosa etiqueta que justifica un anacrónico servilismo que mantiene la necesidad de una simbología cuasi divina que contenga al populacho. Solo se entiende su persistencia por la devoción al poder de una aristocracia política y económica que ve en esos ridículos clanes el medio para callar y adormecer a unos súbditos, como suele decirse, más bien ignorantes y con escasa voluntad. Una fuente de ingresos -tanto para los propios reyezuelos como para sus valedores históricos, políticos y económicos- nada despreciable dedicada a perpetuarse en función de una apatía popular que no deja de ser tanto resignación como derrota.

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