Placeres

Tumbada en el sofá tocaba no preocuparse por qué hacer, dormir, dejarse llevar o directamente aburrirse hasta que se le ocurriera algo provechoso, cualquier cosa sensatamente atribuible a una mujer adulta en sus cabales, aunque, por otra parte, las ganas de no hacer nada, ni siquiera dormir, prevalecían ajenas tanto al interés como a la intención. Se movió buscando una mejor posición cuando su vista tropezó con su jersey, en el mismo lugar donde lo olvidó. ¡Uf! tendría que devolvérselo y no le apetecía, pero si lo dejaba ahí la puerta seguiría abierta y no tenía ganas de volver a verlo, con una vez había sido suficiente.

Lanzó un cojín sobre la prenda olvidada con intención de ocultarla y solo lo consiguió a medias. ¡Bah! alargó el brazo y sacó del cajón su osito, lo miró con placer y comprobó que la batería estaba cargada; él nunca le fallaba, siempre dispuesto y a estas alturas sin necesidad de enseñarle ni rezar para que acertara, ni casi dirigirlo, o apartarlo porque su torpeza amenazara con convertir lo que debería ser placentero en un progresivo nerviosismo que lo mismo acababa en hartazgo como se convertía en pura violencia por flagrante incompetencia. Su osito siempre sabía qué hacer, si es que podía afirmarse algo parecido de esa pequeña y sonriente mascota que nunca le defraudaba, estuviera de mejor o peor humor, necesitada de descanso o con ganas de batalla; en más de una ocasión había preferido la comodidad de lo que funciona a la incertidumbre de un encuentro, ese aventurado ojalá esta vez tenga suerte. Los hombres son lo que son, cada cual con sus limitaciones, salidos en exceso, engreídos sin tacto ni delicadeza, pura brutalidad y torpeza, o todo lo contrario, tan tímidos e inexpertos que en más de una ocasión daba pereza llevarles de la mano. También los había normales, pero llega un momento en el que no sabes qué es normal tratándose de sexo, qué prima o de qué depende. Aunque si desconoces el terreno no te metas, es así de sencillo, los experimentos mejor dejarlos para casa, en el sexo, da igual si ocasional o más en serio -¿qué quería decir con en serio?-, no puedes andar a ver qué sale porque puede ser que el resultado sea tan malo que no halla otra vez debido al vergonzoso fracaso de la primera y única. Y aquello de aprender a conocerse como que no, había que invertir tiempo y una no siempre anda con ganas para averiguaciones, como tampoco había caído subyugada por el hombre de sus sueños, al que le perdonas todo, de momento no, y las expectativas o su falta ni le atraían ni le preocupaban, lo que hay es lo que hay, y en más de una ocasión no lo arreglas ni con ganas ni con imaginación, mucho montón y un exceso de babas, y tiempo perdido.

Envolvió con las manos su querido osito y lo besó, lo miró con detenimiento mientras pensaba que también podía hacerse mayor, o cambiar de aspecto, de tamaño y forma, incluso multiplicarse, a voluntad, eran opciones completamente válidas que de pronto se abrían interminables… podía relamerse de gusto con solo pensarlo. Se le había pasado el sueño y darle vueltas al sexo la había alterado para bien, así que no había por qué demorarse, la ocasión pintaba excelente, volvió a comprobar su funcionamiento y abrió las piernas despacio, lista para disfrutar, tanto como estuviera dispuesta… hasta el infinito y más allá.

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Decidirse

Abrió los ojos cuando entornaba la puerta en dirección a no sabía dónde, se esforzó por no regresar al sueño aguardando, por pura curiosidad, qué vendría después; no es que le preocupara especialmente, pero solía ser ella la que se levantaba primero, sobre todo porque era su casa y porque cuando duermes en casa ajena te mueves en un entorno desconocido y careces de referencias. No tuvo que esperar mucho porque al poco asomó tímidamente la cabeza husmeando el panorama. ─ Buenos días. ¿Ya te vas? ─ Si, lo siento. Tengo que hacer. ─ ¿No desayunas? ─ No me da tiempo, comeré algo a lo largo de la mañana. ¿Me llamas? ─ Mejor tú, que siempre estás ocupado. ─ Vale. Hasta luego. Y desapareció volviendo a dejar la puerta de la alcoba entornada. No le dio tiempo a reaccionar o molestarse porque la puerta volvía a abrirse, esta vez de par en par, y el mismo rostro se abalanzaba sobre la cama para mirarla directamente a los ojos y besarla. ─ Disculpa, mi cabeza. Hasta luego otra vez. Te llamaré. Esta vez sí parecía definitiva porque oyó cerrarse la puerta del piso y correr escaleras abajo.

No le apetecía levantarse, volvería a dormirse. Pero no podía, no en esta ocasión porque, sin saber cómo o por qué, se puso a rememorar satisfecha la noche anterior repasando, detalle a detalle, la vuelta a casa y lo que sucedió después, hasta que se durmió. La satisfacción fue en aumento, hasta el punto de que cuanto más se demoraba en su memoria más cálido y acogedor se hacía el capullo en el que estaba envuelta. Supo que definitivamente no se iba a dormir, ya no, también tenía cosas que hacer, y lo primero era darse una ducha.

Bajo la calidez del agua regresó a sus recuerdos de la noche pasada. Le gustaba, lo sentía de otro modo, con él olvidaba sus precauciones dejándose llevar como no solía hacerlo. En su compañía se sentía bien consigo misma, tampoco le importaba cederle el protagonismo o actuar como una simple acompañante, cándida y confiada; y por qué le sucedía eso no lo sabía, como tampoco se atrevía a pensar que esa mujer no fuera ella, tan diferente a la que en circunstancias normales vivía atada a sus propias obsesiones, nada desconfiada, todo ingenuidad. Lo que hace ya unas semanas había comenzado como un desafío innecesario, a partir de una de esas conversaciones sobrantes a horas ya intempestivas y cuando todo el mundo empieza a estar de vuelta, se había convertido en… ¿una relación en toda regla? ¿al margen, o además, de dormir juntos cada pocos días? De pronto se le vino encima toda la carga significativa de UNA RELACIÓN y estuvo a punto de gritarse que estaba loca, volviendo a preguntarse si sabía dónde se estaba metiendo. Tampoco tenía ni idea de lo que pensaba él, contando con que coincidiera en lo que ella creía que mantenían, no habían tenido necesidad de hablar de ello porque no hacía falta, bastaba con olfatearlo. Pero era lo que sentía y eso la atraía tanto como la inquietaba, porque en esta ocasión no era su cabeza sino su corazón quien hablaba más alto y con serias intenciones de hacerse valer, ¡a estas alturas!

El agua caía sobre su cuerpo convertido en una figura inmóvil por la que resbalaban hilos y gotas perfilando el relieve de sus curvas hasta perderse por el desagüe. Esta vez sí -insistía-, le apetecía, a la mierda los recelos y las precauciones, siempre con el freno echado, pensando de más, obligándose a cada vez menos por si… Seguían presentes el temor a volver a equivocarse y el pavor a cerrar la puerta definitivamente sin darse cuenta siquiera de ello; en su cabeza se mezclaban no reconocer cuándo es demasiado tarde ni olvidar lo que no debe volver a repetirse. Tampoco sabía cuál era su tiempo, si es que todavía disponía de alguno, pero… ¡qué estaba haciendo! Con el agua de fondo de pronto sonó la puerta de la calle al cerrarse, dio un respingo y cerró el grifo de inmediato, expectante, nerviosa ¿era él? Pero eso no, aquello no valía ni como otra puta sorpresa, acababa de decidirse… El pomo de la puerta del baño giró… ─ Buenos días mamá, te he traído el desayuno ¿qué haces todavía en la ducha? ¿te acuerdas de que hoy te acompañaba médico…?

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Certezas

Había pasado tantos días asomado a la ventana como último recurso, sometido por unos grises que sumían el corazón más resuelto en una tristeza de la que costaba recuperarse, que el primer día en el que las precauciones sanitarias aflojaron se echó a la calle buscando a partes iguales luz y gente, otros a los que mirar bajo un sol que poco a poco iba arañando minutos a las sombras. Esa mañana no tuvo necesidad de asomarse previamente porque nada más levantarse supo que afuera resplandecía un día ideal, al fin, la oportunidad para abandonarse a un sol de invierno que ya olía primavera; más adelante habría tiempo de quejarse de su luz abrasadora, ahora no, ahora se trataba de pura necesidad, mucho más que el astro que da vida a la tierra y sus pobladores, la luz que alimenta a espíritus necesitados de tanto calor como amor.

Una vez en la calle se puso a caminar hacia cualquier lado, no importaba, como tampoco hubo elección previa cuando se decidió por la primera mesa vacía con la que tropezó del primer bar por el que pasó, el único requisito era que estuviera al sol, sin sombra de edificio próximo ni parasol de urgencia con el que evitar los sofocos de última hora. Se sentó y aguardó a que el camarero le atendiera, tampoco tenía prisa, podía estarse allí toda la mañana, y toda la tarde, hasta que el sol se pusiera y llegara la rutina de las obligaciones, que hoy también podían esperar. No tuvo que aguardar mucho porque una sonriente muchacha le sorprendió por detrás, saludándole mientras daba un bayetazo rápido a la mesa; lo siguiente fue qué le apetecía tomar. Un vino blanco, respondió sin pensárselo dos veces, algo lento y fresco que le compensara por los largos días de espera.

Justo al lado de la terraza en la que se hallaba sentado un grupo de jóvenes, probablemente de algún centro de enseñanza cercano en hora de recreo, charlaban en voz alta mientras daban cuenta de aperitivos y lo que parecía comida rápida o precocinada empaquetada en bolsas chillonas. Sin dejar de observarlos se puso a pensar que ya nadie comía bocadillos, ¿eran de otra época? ¿quién le prepara a un chaval un buen bocadillo que zamparse a media mañana? Mejor darle dinero y que él mismo se busque la vida, tampoco se trata de que haga el ridículo entre sus amigos y compañeros masticando un bocadillo antiguo que huele a madre de otro siglo.

En sus tiempos de instituto el bocadillo era algo casi sagrado, pero eso era antes, probablemente hoy quedaban pocas cosas que pudieran considerarse sagradas, y el bocadillo no iba a ser una de ellas cuando otras mucho más importantes habían pasado a mejor vida. Preguntarles a aquellos chavales por lo sagrado, al margen de supersticiones  disfrazadas de tradiciones familiares o pseudoreligiosas o adquiridas sin juicio, sería como hablarles en chino; no sé, sería lo primero que dirían, lo único que podrían considerar sagrado serían sus propias vidas y el tiempo del que disponían para disfrutar y divertirse, una realidad tangible y al margen de los futuros a los que pudieran aspirar o que les tocaran en suerte en función de esa “ley de vida” que inventaron quienes hacen las leyes. Vivir, disfrutar y después ver qué queda, qué dejan unos adultos permanentemente irritados que malviven como si fueran la última generación sobre el planeta.

Gritaban, reían y hablaban en tono desafiante, con la arrogancia propia de sus años, sin preocuparse por dejar caer las bosas al suelo a medida que se iban vaciando, ya vendrían los barrenderos para dejar aquello limpio para el día siguiente; y así sucesivamente.

Que lo aprovechen, ahora que pueden, en unos años tendrán que buscarse la vida escarbando en la miseria, a dos o tres les lavarán el cerebro convenciéndoles para encadenarse a un trabajo que los irá exprimiendo poco a poco hasta dejarlos resecos, los demás se dedicarán a vegetar gorroneando a papá y mamá o no tendrán otra opción que dejarse explotar por jefes que nunca tienen suficiente. Era la camarera, quien puntualizaba sus pensamientos al mismo tiempo que dejaba sobre la mesa una brillante copa de vino blanco junto con un pequeño cuenco con aceitunas. Es lo que hay, divertirse hasta que te echen, o se te agoten las oportunidades; se acabaron las certezas de otros tiempos, tampoco los estudios sirven ni son ciertos porque valen bien poco, depende del dinero que tengas, el resto es mentira, cinco años machacándote los sesos y malviviendo para acabar limpiando mesas catorce horas al día, no hay más.

Ahora si le vio bien la cara, algo mayor que los chavales pero no mucho más, lo suficiente para intuir lo que pensaba aquel cliente mientras los miraba y saber de lo que estaba hablando. Prosiguió. Aquellas verdades de carne y hueso de mis padres o mis abuelos han desaparecido, ¡puf! da igual quién o por qué, cero, ni siquiera existe un vuelta a empezar porque no hay punto o lugar desde donde empezar, ya no, y si les pregunta por el futuro le dirán que a la mierda el futuro. No dijo más porque no era necesario, aquella joven sabía tanto o más que él del funcionamiento de una cabecita bien colocada, aunque, por otra parte, fuera prisionera de unas necesidades tan básicas como vergonzosas de comentar. Tampoco cabían preguntas, hay realidades que caen por su propio peso y cualquier intento por explicarlas o justificarlas, pero sin la voluntad ni el valor para eliminarlas, solo es otra muestra más de un reputado y miserable cinismo. Es criminal no asumir de partida lo que se ha hecho mal y reconocer que no puedes pedir, y mucho menos exigir, a quienes han de sortear un camino lleno de trampas y obstáculos que tú mismo te has encargado de crear y colocar.

Le dio las gracias y la siguió alejándose hacia otra mesa al sol, un sol que de pronto picaba.

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Caras simplezas

Uno no deja de sorprenderse ante ciertas insustancialidades de nivel mundial, aunque lo que probablemente sucede es que uno todavía no sabe en qué mundo vive. Uno se preocupa por estar al tanto de lo que ocurre a su alrededor, interesándose por los problemas comunes e intentando cooperar, en la medida de sus posibilidades, en hacer de este planeta un lugar más justo y mejor, tanto a nivel político como medioambiental, y lo que probablemente sucede es que uno no se entera de por dónde van los tiros, tanta solidaridad global solo le preocupa a cuatro gatos que no tienen otra cosa mejor que hacer que dedicarse a molestar a los demás con proyectos y cantinelas salvadoras, cuando a la mayoría no les inquieta ni les interesa que les salven, solo quieren pan y circo que rellene su ancestral aburrimiento. Esta especie de aclaración viene a cuento porque desde hace ya algunos días se repiten en las paginas on line de cualquier medio informativo, presuntamente serio o en cualquier paginilla de simple cotilleo, las imágenes de uno de los hijos del príncipe Carlos de Inglaterra y señora; pero no se trata de ningún drama o tragedia irreparable o de algún suceso político de nivel mundial, sino que la pareja no sabe qué hacer con sus vidas y, ante la falta de ingresos o la natural y bien vista codicia por obtenerlos, han decidido adquirirlos pregonando a los cuatro vientos las boberías de su aburrida vida conyugal, además de airear con gran pompa los trapos sucios de su conocida, esperpéntica y británica familia; también se podían haber dedicado a trabajar, como el resto de los mortales, pero el trabajo cansa. Lo cierto es que aunque sus vulgaridades probablemente no se diferencian en nada de las del resto de los mortales, sucede que el resto de los mortales no pueden ganar millones ventilándolas. Mala suerte.

Claro, semejante bicoca ha hecho relamerse a cualquier medio que se mueva en internet, da igual la ralea del mismo, que ha visto en las simplezas de la pareja un modo de ganar dinero vía publicidad, que es de lo que viven, o a lo que se dedican, la mayoría de las web que pueblan la red. Así, cualquier incauto o despistado que visite una página por el motivo que fuere corre el peligro de tropezarse con los caretos de la bendita pareja y, a poco que se descuide, se hallará pinchando en los correspondientes enlaces movido por una mezcla de aburrimiento y desidia que le terminará atando a una pantalla que cada vez proporciona menos cosas de interés.

El negocio es el negocio, el santo motor de esta sociedad, y cualquier trapo, sucio o no, es bueno si lo facilita sin apenas esfuerzo. Estos negocios son una actividad normal para quienes se dedican a ello, a ganar dinero del modo que sea, lo que no acabo de entender es qué interés tienen para el resto de los mortales los problemas de una extraña pareja que vive de no hacer nada, como tantas otras, qué deseos o anhelos frustrados despiertan esos tipos en la gente corriente, qué íntimo morbo remueven y con qué provecho para el público de andar por casa.

No digo nada nuevo si afirmo que en los tiempos que corren resultan anacrónicas las familias reales, especie de diosecillos en la tierra avalados por espíritus despistados dolidos en su irrelevancia que se autoproclaman monárquicos, curiosa etiqueta que justifica un anacrónico servilismo que mantiene la necesidad de una simbología cuasi divina que contenga al populacho. Solo se entiende su persistencia por la devoción al poder de una aristocracia política y económica que ve en esos ridículos clanes el medio para callar y adormecer a unos súbditos, como suele decirse, más bien ignorantes y con escasa voluntad. Una fuente de ingresos -tanto para los propios reyezuelos como para sus valedores históricos, políticos y económicos- nada despreciable dedicada a perpetuarse en función de una apatía popular que no deja de ser tanto resignación como derrota.

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Quedar

Sentado sin ganas, permanecer de pie le apetecía aún menos, se entretenía con las terrazas de enfrente, sin una mesa libre que tomar con tal de garantizarse la tarde, la mayoría ocupadas por gente de su edad, probablemente con menos miedos y más pasta, al menos para pagarse un par de copas o algunas cervezas, y después lo que viniera. De pronto todo el mundo disponía de dinero, habían pasado de las estrecheces del botellón a la ocupación masiva de terrazas por horas, el tiempo que les dejaran a condición de consumir, intercambio para el que no había medida estipulada, unos y otros, propietarios y clientes, entendían que debía darse una reciprocidad que justificara la permanencia prolongada, no había otro lugar donde ir, los antiguos puntos de reunión, ese cualquier sitio convertido de inmediato en referencia, eran patrullados con frecuencia tanto por locales como por nacionales. Si querían reunirse y seguir bebiendo solo quedaban las terrazas de los bares, lugares inesperadamente bendecidos para los que ya no había temporadas, era todo el año, consecuencia del pacto socio-comercial establecido entre hosteleros y jóvenes con necesidades imperiosas de relacionarse, y mientras las cosas siguieran como estaban aquello era mucho más que nada.

Buscaba inconscientemente conocidos por si se les ocurría sentarse, no había planes para aquella tarde, aunque también podrían permanecer en el banco mientras el sol lo permitiera. La vio venir a lo largo de la acera, más próxima a los vehículos aparcados que a los árboles, igual de precisa, sin titubeos, sin pasos al azar, la mirada al frente ajena al mundo que la rodeaba; probablemente lo habría visto antes que él a ella, como de costumbre, y vendría preguntándose por su cabeza, o adivinando que andaba pendiente de las mesas de enfrente como posible opción, un lugar en el que gastar el resto de la tarde y lo que alcanzara de noche.

Se olvidó de las terrazas y se colgó de sus pasos, de su ropa, de su pelo y por qué ella siempre lo veía primero. Llegó junto a él, le beso, antes incluso de que pudiera reaccionar, y se sentó a su lado ¡Qué bien olía! ese olor era suficiente para cambiar la tarde, lo que unos segundos antes se mostraba más bien anodino y confuso de pronto se iluminaba y lucía espléndido, daba igual dónde y qué planes hubiera previstos; como le decía Inés, estaba gilipollas con ella, luego se reían y cambiaban de tema, sabedores ambos de la verdad de una afirmación tan sencilla como evidente.

Me voy, dijo sin mediar preámbulo, estoy cansada de esto, del pueblo, del tiempo, de esta espera que no conduce a ningún sitio, necesito sentirme viva, en un lugar que se mueva, no atrapada en esta permanente incertidumbre, apartada, viendo cómo pasa el tiempo, sometida a unas condiciones que ni son mías ni me parecen adecuadas; no puedo hacer mucho más, solo moverme, cambiar de lugar, de gente, de perspectivas, hacer otras cosas, o inventármelas, no puedo soportar este paso de días entre padres, hermanos, libros y exámenes que no son exámenes porque no llegan a examen, además de que a mí nunca me gustaron los exámenes. Lo siento por ti, no quiero dejarte pero tampoco puedo permanecer quieta, aunque me lo pidieras, que sería pedir mucho; si me conoces lo suficiente lo entenderás, no te pido que vengas conmigo sino que lo entiendas. Irme no cambia para nada lo nuestro, pero no aguanto más… volvió a besarle y se le quedó mirando; ahora le tocaba a él.

Qué lejos quedaban las mesas, y las copas y las cervezas, y los amigos que por fin había localizado y con ellos la posibilidad de sentarse y hablar de qué hacer en aquella tarde de un invierno que no parecía invierno. Su primer pensamiento o reacción fue que no sabía, cambiada la silla de sitio de pronto había olvidado cómo sentarse, el cuadro se movía, ella lo movía, también a él, descolocándolo, obligándole a pensar, comparar, dudar, decidir… ¡moverse! ¡uf! ¡qué pereza!

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Los fantasmas del tiempo

Había decidido utilizar su tiempo de modo que no tuviera que arrepentirse del mal uso, o su desperdicio, y para ello debía comenzar estableciendo una planificación racional y a ser posible inflexible. De momento el tiempo que debía invertir para reorganizar el tiempo era tiempo bien empleado que contaba como inversión necesaria alejada de las precipitaciones y las ideas preconcebidas, y unas disposiciones de tal calado tal vez necesitaran más tiempo del que estaba habituado a usar en cuestiones de orden, más bien poco, pero la empresa merecía la pena si con el resultado final en sus manos podía sentirse satisfecho y optimista de lo hecho, de la puesta en limpio de un plan que pretendía sobresaliente. Estaba seguro de que, más pronto que tarde, saldrían a la luz las propuestas, las que sin ningún género de dudas reflejarían sus aspiraciones y deseos más personales convertidos al fin en objetivos al alcance de la mano; su posterior puesta en práctica era tan importante como la teoría, porque no podía dedicar ni un minuto de su nuevo tiempo a concebir proyectos que no pudieran llevarse a cabo o para los que no dispusiera de los materiales y conocimientos necesarios. No iba a crearse necesidades ni obligaciones imposibles de alcanzar, ya no.

Con tal plan de acción quedaba lista la primera parte, ahora comenzaba el desglose, ¿qué hacer? Se le erizó el vello, su tiempo empezaba a estar ocupado por asuntos de envergadura. Y el tiempo comenzó a contar, es cierto que ya venía contando desde antes, pero era tiempo pasado necesario porque, como suele suceder, siempre hay un momento en la vida de toda persona del que luego gusta alardear con tal de amenizar y sorprender a futuros oyentes con esas fechas importantes -tal día a tal hora comenzó una nueva etapa, ese otro yo… en un esfuerzo supremo fui capaz de darle la vuelta como a un calcetín a mi propia vida… entonces nació el que ahora soy, ese que tienes delante y que nada tiene que ver con el de entonces…

Pasaron los minutos pero el esfuerzo planificador no daba resultados, no había ideas originales y su cabeza no encontraba qué proyectar. Para empezar, no hallaba ningún propósito destacable que le entusiasmara o deseara llevar a cabo de corazón, no había ninguna ilusión pendiente que necesitara materializar imperiosamente y tampoco ninguna afición o deseo oculto que le rondara desde siempre y que por fin podía llevar a la práctica, ahora que tenía tiempo. Todo lo que se le ocurría era una pérdida de tiempo. Hacer deporte ¿para qué? El deporte nunca había sido una de sus grandes aficiones, además de no disponer de dinero para equiparse como es debido, para practicar los que, llegado el caso, realmente le gustaban. Pintar o esculpir, dar sus primeros pasos como artista, necesitaba mucho material y tampoco disponía de tiempo ni ganas para tomar clases, aunque en el fondo no las creía necesarias porque el arte es sobre todo una cuestión de inspiración. Estudiar, no tenía tiempo para perderlo en aprender, ya sabía suficiente, precisamente por eso estaba haciendo aquello. Viajar, tonterías, pensar en eso ya era una pérdida de tiempo, algo que no se podía permitir; tenía que ir al grano.

Se levantó y dio unos pasos hasta la ventana, justo para atisbar un último rayo de sol; el día se iba, otro más, no otro más, este era el primer día de su nueva vida, el que pasaría a la historia como el golpe de timón que descubrió al mundo un nuevo yo, más vivo, más real, más concienciado, más preocupado por sí mismo y por todo lo que le rodeaba. Dio media vuelta y se encontró con su imagen en el espejeo. Ahí estaba, de pie derecho y dispuesto a cambiarlo todo, pero no se le ocurría nada. De momento. Regresó al sillón. Dentro de poco sería noche cerrada y comenzaba a tener hambre, una cerveza le sentaría de maravilla. No, no debía de perder el tiempo comiendo, ya lo haría más tarde, cuando hubiera completado su tarea más importante.

De pronto sintió toda la responsabilidad de la empresa, las vidas de las numerosas personas que inesperadamente dependían de él y que si no lo hacía bien correrían serio peligro. No estaba nervioso ni sudaba, jamás había dudado ante las decisiones importantes, era su carácter, pero esta vez podía ser cierto que el tiempo se movía en su contra, porque aquello no tenía buen aspecto; una noche oscura se cernía sobre su conciencia sin una esperanza que llevarse a la boca, para cualquier otro sería terrible, un momento insuperable que requería un valor y una decisión a la que solo pueden enfrentarse los espíritus fuertes y bien formados, una garantía ante el futuro que tenía en sus manos, manos fiables que no desdeñaban la responsabilidad, por eso tampoco ahora iba a fallar, no había lugar para la decepción y esta vez no sería la primera, nunca habría primera vez, endureció el gesto y con férrea determinación alzó su brazo listo para dar el golpe… ¡Pum! ¡el jarrón! ¡¡la leche!! Cómo me he puesto. Intentó mirarse pero no pudo verse porque la oscuridad era completa. La ventana. Es de noche; la luz. ¡Joder! el suelo… los cristales. ¿Qué hora es? ¡¡Las cuatro!! Me he dormido. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué día es hoy? Sábado, menos mal. Tengo que limpiar todo esto… ¿Dónde está? Tampoco vino anoche. En su nueva y recién estrenada etapa no tardó en convencerse de que esta vez ella no iba a volver, luego siempre fue tarde, pero seguía teniendo todo el tiempo del mundo.

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Los tiempos que corren

Sentado en la silla indicada, entre las correspondientes vacías, dos a cada lado, como parecía ser norma, miraba con más indiferencia que curiosidad a la pareja de chinos intentando hacerse entender con el tipo del otro lado del mostrador, panel transparente por medio, repitiendo una y otra vez preguntas y respuestas en una especie de aproximación dialéctica que al final convergía en una única palabra clave que abría la puerta al entendimiento, hasta la siguiente pregunta o requerimiento. Ahora el hombre mostraba, apoyándola contra el plástico o lo que quiera que fuera el material que los separaba, una tarjeta que parecía de identificación y de la cual tomaba nota el tipo sentado frente a ellos. Dos filas más allá de la suya, hacia la izquierda, una muchacha de ojos y pelo negro muy rizado le explicaba a la que debía ser su madre, cubierta de la cabeza a los pies con un pañuelo blanco de flores y una prenda larga azul claro que apenas dejaba a la vista unas zapatillas deportivas, también de color blanco, el procedimiento para acceder a la consulta, señalándole la pantalla informativa situada justo delante de ellas, donde aparecería el turno, el número de la consulta y la clave que las identificaba, la misma inscrita en el papelito que la muchacha sujetaba en su mano; era más el esfuerzo e interés de la joven que la atención de la mujer, entre despistada y aburrida, fiada al criterio de su hija a la hora de saber cuándo y hacia dónde deberían caminar en el momento en el que apareciera su clave en la pantalla. Apenas se les oía, pero no dejaban de cuchichear. Un poco más allá un par de africanos enormes en ropa de faena aguardaban embobados en sus teléfonos móviles, uno de ellos mostraba en un brazo una escayola que en algún momento lució blanca, ahora pintarrajeada sobre un fondo entre gris y marrón que mostraban el paso del tiempo y algo de descuido, probablemente aguardaban para al fin liberarle la extremidad dañada; no le gustaban como no le gustaron cuando casi le atropellan al entrar, más pendientes de sus pantallas, sobre las que no dejaban de comentar igual que autómatas, que de fijarse por donde iban, en fin, nada de lo que no sucediera en otro lugar con cualquiera de los miles que viven abducidos por el teléfono.

Se sentía desubicado y no era la primera vez que le ocurría algo similar, ya le había pasado en el autobús o en alguna tienda, estar rodeado de extranjeros y sentirse extraño, como si él también lo fuera, con la diferencia de que él estaba en su país, era de aquí y ellos no. Incómodo hasta la desconfianza, un intruso entre aquellos que, cada vez lo pensaba con más frecuencia, en el fondo no eran como él, procedentes de otros lugares que a su pobre imaginación se le antojaban tan desconocidos como oscuros, gobernados por unas costumbres tan ajenas y extrañas como amenazantes. Y helos aquí, como si esta fuera su propia casa, sintiéndose con derecho a todo lo que hasta hace nada era nuestro. Se hallaba solo entre desconocidos, alterado por una desazón que le resultaba tan familiar como embarazosa, irritación que le provocaba un temor muy básico y la imperiosa necesidad de salir cuanto antes de allí para correr a casa y refugiarse entre los suyos.

Su cabeza no estaba preparada para aquello, de hecho nunca lo estuvo, durante toda su vida se había dedicado a trabajar, sin apenas tiempo para otras cosas que no fueran sus propias prioridades, integrado por nacimiento en un mundo y unos acontecimientos políticos que siempre fueron por otro lado, una especie de imposición que ahora le resultaba desconocida, tampoco es que antes le hubiera sido más cercana, era lo que había; a pocos años de su jubilación, cuando debería sentirse seguro y confiado sucedía justamente lo contrario, incluso llegaba a dudar si llegaría a tiempo a jubilarse, si habría dinero para que pudiera disfrutar de una pensión los años que le quedaran de vida. Para qué servía votar si el dinero se iba para aquella gente, para todo aquel que viniera exigiendo derechos, entre unos y otros estaban arruinando un país que ya no creía suyo, si es que alguna vez lo creyó o se preocupó por sentirse ciudadano en él, saber qué necesitaba de su persona. La próxima vez que hubiera votaciones lo pensaría mejor, o directamente no votaría… o lo haría al partido que ofreciera seguridad y protegiera y fomentara lo nuestro, pero… ¿qué era lo suyo?

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Normalidad

Esta especie de tránsito anodino que venimos padeciendo, este prolongado periodo de días grises en los que hasta al sol le cuesta sacar la cabeza de entre las nubes, esta espera inane justificada con pinzas y difícilmente explicada si no es a costa de una aquiescencia general fruto de la desconfianza, el temor y el cansancio a partes iguales, se parece a una pesada losa que poco a poco fuera deslizándose sobre nuestras cabezas amenazándonos con sellar nuestra voluntad, por lo que recuperar la normalidad, y qué normalidad, se antoja una tarea complicada. Rehecha por cada hijo de vecino la tarea de vivir como si nada sucediera, o al menos intentado, a sabiendas de que esa otra normalidad jamás puede ser consistente o tener aspecto de cierta, día tras día en pie con más empeño que convencimiento, o resultados, mirar hacia adelante cuesta lo indecible, incluso si con anterioridad nos hemos provisto de lo necesario para apuntalar nuestra perspectiva situando hitos y plazos a los que agarrarnos, felicitándonos por lo conseguido y sintiéndonos con ello medianamente útiles.

Se nota cuando sales a la calle, buscando algo más que aire y compañía, y deambulas sin un rumbo fijo porque no hay lugar al que ir, ni se te ocurre, está cerrado o ya no existe; o llegas a la puerta y no apetece porque, sin venir a cuento, te preguntas para qué. O si eres de los que se marcan objetivos para justificar tus movimientos, rápidos, precisos y con un porqué tan estrecho y concreto como tranquilizador, sales dispuesto a cumplir el camino fijado de antemano, solucionas la salida en un plis plas y regresas de inmediato convencido de que lo has vuelto a hacer, te sientes en posesión de tu tiempo y las circunstancias no dejan de ser eso, circunstancias que no te condicionan, a ti no. Los recursos son infinitos, todos válidos si logran que el sujeto en cuestión conserve la razón en su sitio, crea que aún puede sobreponerse a la realidad que nos domina y sigue siendo dueño de sus pasos, ¡bravo!

Todo lo demás finge permanecer igual, el fútbol sigue funcionando, los estadios vacíos ya no nos extrañan, el relleno digital de las gradas cumple su papel -no vamos a ser delicados- y el ruido ambiente de fondo que acompaña a las imágenes se asemeja al de un campo con espectadores. Los programas de entretenimiento son igual de escandalosos y huecos y aburren tanto como antes, todo normal; las series, tan abundantes y de moda, no dejan de repetir una y otra vez los mismos cuatro guiones que ya tenemos grabados a fuego en nuestro subconsciente, buscando picar en esos placeres más básicos y primitivos que tienen que ver con nuestra más elemental fisiología mientras dejan a un lado la razón, lo que es un éxito para los diseñadores de un repetido hasta la saciedad engrudo reflejo/emocional dirigido al animal antes que a la persona, sin pasar por el cerebro, como debe ser.

La política también continua por donde acostumbra, la misma incompetencia y corrupción -¡qué mejor signo de normalidad!-, idéntica indiferencia y desprecio por parte de nuestros representantes hacia la población, las mismas mentiras o medias verdades de siempre y un mayor muestrario de la endémica y siempre sospechada falta de honradez de los muchos cargos y empleos públicos que vegetan y se enriquecen a costa del dinero de todos; hasta la iglesia ha perdido el norte moral por parte de algunos de sus representantes. ¿Qué nos va a quedar?

El caso es que probablemente nuestro cerebro no sigue bien, en el fondo no dejamos de sospecharlo y quizás es pronto para advertirlo, y si esto dura no sería nada raro que acabáramos tan tocados que nos fuera imposible volver hacia atrás, aunque quizás no mereciera la pena, pero no seríamos capaces de establecer una mínima comparación, un antes y después que nos permitiera recapitular y resumir en un balance ilustrativo de en qué y cómo vamos a cambiar, o hemos cambiado, de eso sí que no hay ninguna duda.

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Los demás, los otros, la gente

Quienes siempre estuvieron y están, quienes nos ven y nombran y con ello nos hacen vivos, por quienes somos, quienes nos conceden todo lo que nos creemos y tenemos, frente a los que nos mostramos, o nos erigimos, los demás, semejantes que tampoco son nada por sí solos.

En ningún momento dejaron de hacer lo que venían haciendo, ocupar los lugares habituales a sus actividades, ejercerlas con un rutinario convencimiento que nada tiene de heroico y sin embargo resulta vital para que esto que hemos construido funcione, o creamos que funciona. A medida que pasaban las horas, tras esa ruptura y el después nada fue excepcional, al menos para ellos, nuestra importancia se resuelve en nuestra propia pequeñez, no hay otro modo, no somos especiales ni diferentes, pero esa consciencia tan personal y necesaria, esa singularización interiorizada para convencernos de que somos y estamos no deja de ser una más entre tantas exactamente iguales.

Nunca faltaron, sin cesar de moverse y trabajar alrededor, una, dos, algunos, saliendo y entrando, hablándome, preguntando, mirándome, sin palabras, comentando entre sí, dando ánimo, con frases de alivio, esperanza; de todo tipo y condición, y carácter, protegidos y sin protección, altos y bajas, con más o menos educación, delicadeza, profesionalidad, da igual la tarea, haciendo lo que saben o deben, mejor o peor. Una atención y constante apoyo que es honrado y justo agradecer e imposible olvidar, de esto no me cabe la menor duda.

En tal estado de sensibilidad hacia lo que te está ocurriendo y quienes te rodean no parece haber actividad más o menos importante, tal vez mejor o peor hecha, sentida en ocasiones como una falta o un exceso, quizás un error, una disputa, una carrera, un ahora vengo, un buenos días, una cara de preocupación, una no tan buena noticia, alguien con quien conversar, aunque la conversación no pueda fluir por cuestiones que no vienen a cuento, cada cual es como es y las circunstancias se imponen al resto, pero siguen ahí. Poco a poco el ámbito se amplía a otros puestos y lugares, incluyendo más y más gente que no ves ni te ven, ni te imaginan, eres parte de su trabajo, allá donde estén y lo ejerzan, o tan solo estás en su tráfico diario. De dentro afuera todo sigue funcionando con normalidad, por esa parte ninguna novedad, la propia irrelevancia queda patente en que nadie ha reparado en ti como algo excepcional, exceptuando los obligados, los que te quieren, los que siempre han estado cerca, o eso nos gusta suponer.

También llega el momento en el que no puede evitarse focalizar y valorar la importancia de uno y otro trabajo, de arriba abajo, el conocimiento, la profesionalidad, la pericia, rapidez, el acierto en la toma de decisiones y, aunque todos cumplen con su objetivo, no todos nos parecen iguales porque no lo son, pero tampoco tiene porque ser mejor o peor. La organización y distribución de la sociedad y de por qué cada cual ocupa el lugar que ocupa nunca puede ser el tema, sería perderse en disquisiciones que no conducirían a ningún lugar. Como también fue importante aquella decisión, cuando dije voy, esto no puede seguir así, la ocasión, la oportunidad, el tiempo, la casualidad, la suerte, sí, la suerte de ser precisamente ese momento y no otro, y que a partir de entonces todo se desarrollara con la mayor celeridad alcanzando los resultados hasta ahora conseguidos.

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Después

Si afortunadamente hay un después sucede que de pronto te sientes atropellado por el inicio de una actividad tan incesante como desordenada, como si tu propia cabeza, en ese preciso instante consciente de su estado y papel y en posesión de un tiempo que parece abrirse intentando prolongarse, o tan solo abrirse, necesitara lanzarse a formular cualquier cosa a la que pueda aplicarse un significado o sentido, o que tan solo pueda organizarse, configurarse como un enunciado, una idea o un juicio, da igual si proyecto o no, alguna explicación, breves preguntas que no necesitan respuestas porque con su sola constitución ya son algo de lo que echar mano, aunque solo sea hasta la siguiente, y hablar de siguiente es moverse entre segundos, pero da igual, lo importante es una actividad llenando ese tiempo que sigue extendiéndose sin límite aparente.

La mucha o poca energía para ello sigue ahí, fluyendo, la sientes a medida que conjeturas, reformulas o vuelves a demandar, cuando pasas de un instante al siguiente sin preocuparte si lo que acabas de dejar o perder, no hay diferencia, tenía respuesta, venía a cuento o significaba algo que pudiera, si no ser importante, al menos coherente, tampoco sabes muy bien para qué. Te mueves indistintamente hacia atrás y hacia adelante, sin muchas ganas ni recursos para profundizar en un pasado que ya no importa, es pasado y no es el momento de ponerse a descerrajarlo y buscar causas o errores que ya no tienen remedio porque es tarde, eso sí es indiscutible; en cambio, el lado contrario no llega a futuro, eso también está claro, no tan lejos. Cauto y prudente aventuras con más precauciones que ilusión cualquier cosa que pueda concretarse en una posibilidad, dadas las circunstancias, de aparecer como real en plazos más bien breves, mañana, algo que hacer, una cuestión pendiente que no sabes a cuenta de qué ha aparecido por allí.

Ha transcurrido otro día y apenas te has dado cuenta, la luz del sol ha vuelto a desaparecer y las sombras de la noche lo ocupan todo, el tiempo sigue, imperturbable, tirando de ti sin que apenas sientas su presión porque necesitas ocuparlo en un permanente ir y venir de una realidad tan viva y liviana como prosaica a una actividad cerebral que se permite cualquier licencia sin averiguar porque no viene a cuento, ni ahora ni después, ¡después! ¡qué lejos!

La precariedad todavía se siente de tal modo que no hay necesidad ni siquiera de pensar en ella o considerarla como una opción, se manifiesta mediante tiempos vacíos que son pura estancia, y paz, nada más, que se suceden y prolongan sin orden y criterio, llegando sin saber o por otro lado; los permites y vives en y con una especie de calma que sí es de este mundo, de eso estás completamente seguro. Eres consentimiento sin otra opción que continuar resolviendo el tiempo en una especie de tibieza que no llega a nervio instándote permanentemente hacia adelante porque no hay otra cosa mejor que hacer, aquello y tú, o tú y aquello, da igual, minutos, horas, días, sí, días, esperas, temores, dudas, algún que otro pequeño proyecto que luego, en otro momento, considerarás estúpido o carente de todo sentido. Pero es lo que hay porque sigues aquí, embarcado en un movimiento visceral que concreta tu existencia en una sucesión de pequeños pasos a los que prefieres, ni sabes, cómo calificar o nombrar.

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