Infancia

Todos hemos pasado por una infancia como etapa ineludible para llegar a ser los adultos que hoy somos, para bien o para mal, y cada cual la sitúa según en qué rincón de su memoria o corazón. Hasta aquí ningún problema, hoy sabemos, y mucho, de la gran importancia del periodo infantil para la correcta madurez del futuro adulto, y lo que cada uno haga o cómo se alimente con ese periodo es asunto propio, pero, en cualquier caso, la infancia es una época transitoria que alumbrará el adulto de mañana y la felicidad que pueda alcanzar. Conocí a una mujer que afirmaba, sin ningún género de duda, que la mejor época de su vida fue su infancia, enormemente feliz, guardada en un rincón de lo más querido y solo ofrecida al conocimiento de los demás cuando la conversación giraba hacia derroteros propicios para que ella lo hiciera notar con orgullo. Otros hemos tenido infancias aparentemente más normales, mejores o peores -tampoco elegimos a nuestros padres- y dependiendo de cómo las hayamos asumido, y en algunos casos superado, así somos ahora. No hay mucho más.

Viene esto a cuento porque el otro día escuchaba una entrevista a un cantante, no recuerdo ahora mismo su nombre ni el del grupo con el que cantaba, que también afirmaba que su infancia fue tremendamente feliz y, más aún, todavía se preocupaba, como contaba en tono más bien bobalicón y algo birria, por conservar una especie de pulsión, instinto o pureza infantil tan grato como importante para su vida de adulto, una supuesta autenticidad que se esforzaba porque fuera coparticipe de su presente, influyendo tanto en su vida como en su trabajo.

Estos dos casos no son únicos, he oído en muchas ocasiones valoraciones similares de la infancia, no como una etapa felizmente pasada sino como un presente más bien forzado y forzoso al que no se quería renunciar porque, según los implicados, sin ese componente infantil ellos no serían las auténticas y estupendas personas que a sí mismas se creían.

Qué decir. Pero la infancia es una etapa del desarrollo individual, todo lo crucial que ustedes quieran, como lo es para cualquier especie animal en el natural proceso hacia una plenitud y madurez adultas que son el objeto de nuestra presencia en este mundo. Si fuera posible preguntarles probablemente ningún ciervo querría ser permanentemente cervato, ni ningún león cachorro ni ningún chimpancé monito continuamente asido a la pelambrera de su madre, ni física ni mucho menos psicológicamente. Y si le preguntáramos a un niño se negaría en redondo a ser permanente niño, es más, nos preguntaría si es que somos tontos. Quizás sea por eso que me chirría tanta alabanza hacia esos esfuerzos por conservar vestigios, o aspectos -o lo que ustedes quieran- de una infancia única e ideal que se parece más a publicidad de Disney o Ikea que al sentido común del que deberían hacer gala las personas; niños grandes siempre sonrientes en la mayoría de los casos rozando la imbecilidad.

De qué o de donde provengan o qué significan tales loas infantiles y tanto esfuerzo por no perderlas me deja desorientado. Intento ser prudente, en otras circunstancias ya habría sacado los pies del tiesto y habría cerrado el asunto de un carpetazo más bien brusco, porque no tiene mucho sentido que algunos individuos se jacten de conservar un toque infantil que ellos mismos interpretan como originalidad o frescura, siendo más bien la expresión pública de un temor enfermizo al mundo adulto, que en definitiva es lo importante. Si después de pasar el correspondiente periodo infantil uno sigue pensando y doliéndose por su progresivo al alejamiento en el tiempo mal andamos. La inteligencia de un niño es egoísta porque es básica -¡ojo! jamás simple o estúpida-, el egoísmo infantil del adulto empeñado en no crecer es simpleza y estulticia, y sobre todo inmadurez.

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Noviembre

En este país hay cosas que parecen suceder porque no queda más remedio, ni siquiera por azar, sin que nadie sepa o le preocupe, no hay razón cuerda que en ocasiones entienda el proceder de sus gentes, sin que a primera vista pueda adivinarse una conducta mínimamente consecuente, lo que quiera que piensen o sea que rige u ordena sus comportamientos, tanto individuales como colectivos; flota en el ambiente un inextricable porque sí que lo mismo te quiere como te desprecia. Por ejemplo, el Estado está ahí para mandar y vigilarnos como para saltárnoslo a la torera, para obligarnos en contra de nuestro chulesco desinterés y endémica pereza como también para solucionarnos todos los problemas y, llegado el caso, proporcionarnos una subvención o un subsidio al que tenemos un inalienable derecho no escrito y que nada tiene que ver con nuestro comportamiento cívico; disponemos de barrenderos que se preocupan de recoger la mierda que tiramos al suelo porque de ese modo justificamos su puesto de trabajo. Tocan fiestas e independientemente de la situación que padecemos prima el derecho a divertirse, ya habrá tiempo, allá por febrero, de lamentarse por los inevitables muertos -esos, que siempre son de otros-, porque las hipotéticas consecuencias de lo que hagamos hoy nada tienen que ver conmigo y mi derecho a la jarana. Quizás por eso, desde ya, adultos de todo jaez atiborran bares y locales de copas cuando es de requerimiento público, y en última instancia obligado, mostrar prudencia debido a la actual situación, en algunos casos mostrándose pasados de copas a las tempranas diez de la noche de un sábado cualquiera -porque a las doce toca estar en casa- atizados por una incontenible perentoriedad que no deja opciones ni a la cordura ni a la razón. Luego, esos mismos se extrañarán y renegarán cuando toque hacer de padres supuestamente responsables de tanto joven adocenado apretujándose en botellones a los que la pandemia ha arrojado al limbo de lo indescifrable, tal y como surgieron y suele suceder por aquí.

Siempre es el Estado el que gusta tocar las narices más de lo que debiera, como en el caso de la aprobación en el Congreso de una ley de educación que solo provoca daños y perjuicios porque va en contra de la libertad, una libertad que por aquí suele ser sinónimo de mis santos atributos; y como eso son palabras mayores toca echarse a la calle como zombis disfrazados de lazos y bocinas y sin tener ni idea de lo escrito, no importa. Pero en este caso las cosas son más fáciles de entender y nada tienen de imprevisibles, ni interviene el azar o porque sí, la supuesta ofensa es contra una iglesia católica nacional habituada a amenazar y gritar contra todo lo que huela a pérdida de privilegios. La misma iglesia de siempre, esa cuasi secta criminal que adoctrina tanto como engaña parasitando unas supersticiones locales dirigidas por unos hechiceros que suelen permanecer a resguardo, escondiendo la mano pero comiendo y viviendo de esa otra mano a la que acusan y muerden por intermediación de unos fieles que siguen sin saber pensar al margen de la santa zanahoria, una feligresía que exhibe una extraña mezcolanza de privilegios, servilismo e ignorancia que nada tienen que ver con la religión y si con un fundamentalismo tan retrógrado e intransigente como arcaico. Otro noviembre más.

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Medievo

En un arriesgado ejercicio de comparación histórica que igual no es tal, esta época que nos ha tocado vivir se parece más al medievo que al siglo XXI de un futuro que ya es presente, da igual si utópico o distópico; la confusión del personal, a falta de proyectos o líderes más o menos sólidos o con capacidad de ilusionar mediante empresas, da igual el plazo, esperanzadoras, parece endémica, la desorientación se generaliza y la ignorancia se multiplica por doquier. Fracasadas las visionarias distopías de aquellos gurús de la economía, o directamente sinvergüenzas adocenados del dinero a los que les importaba un pimiento la vida de la plebe, como fueron Hayek y Friedman, que han dejado este mundo hecho unos zorros, con una gran mayoría de la población viviendo peor y sabiendo y confiando cada vez menos, amén de vigilados, explotados, exprimidos y expulsados de los salones de la aristocracia del dinero, carne digital de cañón, el panorama es desolador.

Las religiones, mejor, la superstición vuelve a regir las voluntades, se mira hacia atrás buscando en la sagrada ignorancia de padres y abuelos una seguridad que hoy no es tal, una forma de vencer el miedo al futuro de no tener futuro. Los líderes de la actualidad son cada vez más básicos y cafres, estúpidos o directamente maleantes que se dirigen a sus ciudadanos o votantes como si fueran imbéciles, mintiendo y engañando sin pudor porque en la desconfianza general, subrepticiamente impuesta, nadie es de fiar, tampoco los que, apelando a la razón, los hechos y el sentido común, intentan con los datos en la mano que alguien les preste atención y con ello intentar enderezar el rumbo.

Sin embargo, hoy no hay milenarismos ni milenaristas que vendrán a salvar a la humanidad de este caos impuesto, queda, en cambio, la ignorancia y la sumisión permanente a una realidad digital que ejemplariza este nuevo medievo, una sucesión de aplicaciones, enlaces, casi divinos, imágenes y vídeos que asesinan el tiempo a medida que vacían el cerebro. Hoy domina esa inmediatez medieval de buscarse la vida por uno mismo a costa de quien o lo que sea, la sangrienta seguridad de los míos, contra viento y marea si ese preciso, pero sin la rudimentaria candidez de entonces, embebidos en infinitas islas digitales que nos muestran en un interminable bucle un mundo mágico, casi sagrado, que no existe ni existirá, únicamente visible a través del dispositivo que expertamente manipulamos, una experiencia tan básica como inútil porque, llegado el caso de no poder disponer de esa imaginaria realidad, nos mataría de hambre porque no sabríamos cómo vivir y desenvolvernos sin él. El cielo y el infierno de entonces, contado y mostrado mediante historias, leyendas e imágenes que la aristocracia medieval se encargaba de distribuir entre los siervos con tal de tenerlos tan entretenidos como atemorizados, hoy se difunden vía digital, hasta el punto de que, como dijo un asesor de Obama allá por el año 2008: “sabemos a quién va a votar la gente antes incluso de que lo hayan decidido”.

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Papistas

Cuando el día de las elecciones el actual presidente de Estados Unidos, Sr. Trump, apareció en público para denunciar el supuesto fraude en los resultados electorales propiciado por los demócratas, los canales televisivos mayoritarios decidieron al unísono interrumpir la emisión en directo para que un comentarista de la cadena justificara ese hecho extraordinario, en esos momentos no existía ningún indicio de que tal fraude fuera cierto, sino que aquello más bien parecía una denuncia sin pruebas por parte del perdedor intentando justificar su frustración y enfado por lo que los resultados electorales mostraban entonces. El hecho era más que importante, posiblemente la primera ocasión en la que una aparición del presidente de la nación más poderosa del mundo era interrumpida por decisión de los medios, que de ese modo tomaban parte como ciudadanos de lo que hasta ese momento casi todo el mundo entendía como una pataleta de un tipo habituado a salirse con la suya, incluido mentir con la intención de crear confusión para beneficiarse. Viene a ser lo mismo que los negacionistas de la actual pandemia, tipos que sin pruebas de ningún tipo deciden manifestarse en contra en función de intuiciones personales o novelescas confabulaciones de dudosa credibilidad, como si no dispusiéramos de argumentos y datos suficientes para explicar una realidad más que corriente.

Está claro que un medio de comunicación ha de limitarse a informar permitiendo que cada lector o espectador saque sus propias conclusiones a partir de lo que ve, lee o escucha. Tal vez por eso hubo algunos tipos que en varios medios españoles denunciaron tal actuación como un modo de censura que en una democracia no debería existir, con ello se estaba actuando como en una dictadura; y en principio no les faltaba razón.

La razón, y el peligro, de la democracia reside en que cada cual puede decir lo que piense o le parezca sin que nadie se lo impida, el resto de los ciudadanos son los que en última instancia tienen la palabra, pero ¿y si quien proclama falsedades sin fundamento a la vez controla la mayoría de los resortes del poder, además de algunos medios de información, ahogando las voces contrarias y con razones para desenmascarar sus tretas? ¿Quién debería decir basta? ¡las cosas no son de ese modo! ¿Por qué los propietarios o trabajadores de los medios no pueden actuar como lo que también son, ciudadanos como el resto, y defender el sistema de quien valiéndose de su posición preponderante pretende crear confusión y sospecha para salirse con la suya?

Es cierto que la situación creaba un precedente peligroso, justificando en cierto modo actitudes futuras similares respecto de personas y proyectos que poco o nada tuvieran que ver con aquello. Pero si estamos de acuerdo en las obligaciones de una cadena informativa, limitarse a informar de forma veraz, también hemos de admitir que las personas que dirigen y trabajan en los medios son ciudadanos como cualquier otro, con voz y voto en todo lo referente a la convivencia y participación en cuestiones políticas y sociales. Estas personas se mueven en ocasiones en el filo de lo permisible, su trabajo es ofrecer un marco en el que cada cual exponga su opinión, pero como ciudadanos también tienen unos derechos y obligaciones, entre estas impedir que otro u otros intenten desprestigiar o destruir los mecanismos políticos o sociales con los que esa sociedad, su propia sociedad, se autogobierna.

Hay situaciones que, siendo iguales en apariencia, nada tienen que ver unas con otras, puede haber circunstancias específicas que las hacen diferentes, y en algunos casos únicas, luego los estándares habituales deberían aplicarse de forma distinta o permanecer en suspenso; por ejemplo, no puede tratarse del mismo modo el robo de una barra de pan por parte de quien no tiene para comer que un robo de millones por parte de un tipo que aprovechándose de su posición decide apropiarse con cualquier artimaña económica de lo que no es suyo. En ambos casos estamos de acuerdo de que se trata de un robo, pero cualquier juez con sentido común tendría en cuenta que las circunstancias de uno y otro son tan dispares que sus baremos, no olvidando en ningún momento que hablamos de lo que comúnmente se trata de robar, han de ser distintos a la hora de juzgarlos y condenarlos, porque de lo contrario la justicia no sería justa.

Por eso creo que en el caso norteamericano hay circunstancias importantes que pueden ser tomadas como atenuantes; sí, se pone un práctica un acto de censura más propio de dictaduras e impensable en cualquier sistema democrático, pero también es cierto que el presidente perdedor cuestionaba el sistema sin ninguna prueba sobre la mesa, probablemente movido por la ira y el fracaso de la derrota, inventando confusión y dudas sobre un método electoral que, como ciudadanos, también afectaba a los trabajadores del medio televisivo.

Llega un momento en el que un ciudadano no puede actuar como si fuera un extraño, como si se tratara de un extraterrestre observando las idas y venidas de la especie humana, sin mover un dedo porque ello significaría condicionar el medio, algo así como lo que un naturalista pone en práctica cuando estudia la vida animal, la no intervención en un mundo que le es ajeno. Pero los trabajadores de las cadenas televisivas no son naturalistas, aunque lo intenten con su trabajo, también son elementos integrantes y participativos de la sociedad que, en este caso, el perdedor cuestiona por pura soberbia y desprecio hacia los demás, que aceptan de buen grado las reglas que ellos mismos se han dado para gobernarse.

Por eso creo que estos papistas con tribuna en los medios de comunicación, sin pretender quitarles la razón, deberían pensárselo dos veces antes de situarse por encima del resto denunciando desde la pureza de su torre de marfil esas “malas actuaciones”, porque los demás también lo saben, pero si no hacemos nada ante gente de esta calaña, deberíamos asumir la posibilidad de que a estos disidentes libres no les importaría destruir lo que hemos construido entre todos, por el solo hecho de no conseguir lo que quieren; eso sí sería abrir la puerta a una dictadura. La democracia se construye entre todos, también por parte de la prensa, y hay ocasiones en las que el periodista, además de actuar como periodista, también ha de hacerlo como ciudadano y evaluar qué perdería si en aras de la pureza e imparcialidad de la información permitiera que desaprensivos insolidarios de cualquier calibre destruyeran una sociedad que también es su propia casa.

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Un mundo extraño

A estas horas de la mañana una mujer rumana tan amable como eficiente sostiene a una parroquia que vegeta ante un café con el mismo desinterés con que atiende a cada nuevo cliente que empuja la puerta buscando una bebida caliente con la que despabilar otro día en el que el sol comienza a calentar ahuyentado un viento que deja una calma casi completa solo interrumpida por el canto de los pájaros y un horizonte limpio bajo un cielo azul que invita a demorarse o a caminar más de lo debido en un otoño que todavía permite momentos para disfrutar si es que uno es capaz de ir más allá y saborear lo que tiene de especial estar despierto y con los sentidos a punto aunque no todos sepan cómo o para qué mientras cada cual regresa a su respectivo vehículo y se reengancha a una radio adormecedora que no cesa de emitir noticias de contagios y porcentajes a los que les siguen más muertos resultado de una calamidad mundial que llevamos soportando más de lo imaginado sin necesidad de consentimiento o a nuestro pesar voluntariamente atados de pies y manos además de doblegados por una estupidez infinita que cada día nos aproxima al límite incapaces de hacernos con las riendas de nuestro propio mundo porque seguimos despistados y moviéndonos en contra de nosotros mismos sin todavía saber que esto nos pertenece y por ello nos corresponde estar aquí de la mejor forma posible sin tener que preguntar por qué o para qué pero esforzándonos por evitar o no llegar al desolador espectáculo de soportar noticia tras noticia de un resto del mundo igual de atribulado y sin nada de lo que congratularse tal que autómatas moviéndonos a un ritmo impuesto el cual jamás se nos ocurriría cuestionar al igual que no nos extrañamos cuando volvemos al camino y a nuestros pasos y oímos unos tiros cercanos provenientes de otros que no tienen nada mejor que hacer en esta preciosa mañana que dedicarse a matar como metáfora de un aburrimiento infinito que condena a tanta cabeza vacía a entretener su ausencia de sentido con el mal de otros animales que bien poco pueden hacer al margen de correr y refugiarse huyendo de unas botas que andarán caminos y veredas hasta que la brújula que encierran en el estómago les redirija haciéndoles cambiar de dirección hacia la misma barra de todos los días donde en estos momentos unos como ellos pero sin armas almuerzan en contra de todas las normas de prevención porque es como si estuvieran en su casa y por eso hablan tanto como gesticulan y gritan razones sin razón mirando de reojo una pantalla de televisión que emite imágenes de disturbios en cualquier lugar del país en los que jóvenes desprovistos de afectos y afinidades y reflectantes a cualquier acto de cordura o civismo queman después de destrozar y asaltar cualquier cristal a su alcance movidos por un vacío mental que causaría estupor a cualquier mínima mota de inteligencia viva que de inmediato correría hacia el lado contrario renegando de toda relación animal o humana con seres semejantes que quizás y no en el fondo tienen más de lo que parece en común con uno de los honrados simples de la barra que falto de tema de conversación o voluntad vuelve la vista hacia la pantalla asegurando que a él el Biden ese no le gusta porque le parece mejor el Trump que sabe más de economía y yo trato de no oír ni mirar y deseo que la tierra me trague porque sigo sin entender este mundo tan extraño en el que me ha tocado vivir.

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Inercias

Era una reunión familiar en el límite de lo permitido -aclaración obligada debido a los tiempos que corren-, otra celebración de aniversario convertida en algo más que una costumbre, un rito familiar, aposentándose año tras año, en el que se renuevan y consolidan unos saludables lazos personales que tienen tanto que ver con la zona como con sus gentes, probablemente causa, por otra parte, de algún repunte de contagios que ha empeorado la crisis sanitaria que seguimos padeciendo.

Hecha la salvedad voy a centrarme en lo que me interesa. Como en toda reunión familiar suelen mezclarse edades y formas de pensar que, según el día, pueden salir a relucir y dar ocasión a conversaciones o discusiones siempre interesantes, sobre todo porque entre humanos es mejor hablar e intercambiar pareceres que asistir como borregos a un indiferente e indiscriminado consumo de viandas y bebidas que en algunos casos suele desembocar en excesos y salidas de tono que, al menos y en ocasiones, sacan a relucir cuestiones pendientes que se han ido guardando y ensuciándose porque no había valor para ponerlas sobre la mesa. Pero alguna que otra vez salta la rana y sin saber por qué se acaba, no sé si conversando o discutiendo, a partir de opiniones y puntos de vista completamente opuestos, y eso siempre está bien. En este caso la parte más joven de la mesa se sentía ofendida, casi como un ultraje, porque con motivo de la situación sanitaria que estamos atravesando les prohibieran reunirse por la noche, dando con ello a entender que eran los únicos culpables; cuestión más que discutible o completamente inútil, sobre todo cuando había gente en tantos sitios -según la redes sociales- que se pasaban las prohibiciones por el arco del triunfo y además se jactaban de ello con videos y fotos que cualquiera podía ver. Oyéndolos, a veces daba la impresión de que, independientemente de las prohibiciones, la cuestión era o todos o ninguno, por lo que quedaba en el ambiente la sensación de que sí pero no, vale pero se ponen los medios para que cumpla todo dios, más vigilancia y multas a todo aquel que se salte las normas -con lo que volvíamos a nuestro querido palo.

La sección de mayor edad de la mesa escuchaba sus razones de forma condescendiente y sin palabras, o justificando unas medidas que consideraban justas porque los jóvenes están habituados a hacer lo que les da la gana, sobre todo en lo referente al consumo de alcohol. Se elevaban los tonos y se acusaba siempre a los demás esgrimiendo la confiscación de derechos -siempre derechos- como una medida abusiva; no era justo que unos jóvenes tuvieran que pagar por todos cuando en algunos lugares, o muchos, otros hacían con toda impunidad lo que les venía en gana, repetían. Los padres veían bien cualquier argumento que controlara el potencial desbarajuste que significan los hijos y sus ganas de vivir y los hijos se sentían maltratados en sus libertades fundamentales. Y así sucesivamente, en tono cada vez más alto y con las emociones a flor de piel.

Así, llega un momento en el que, si eres capaz de salirte de la conversación, adviertes que no hay ninguna conversación, sino una exhibición general de deseos y opiniones muy personales tomadas como supuestos derechos chocando unas contra otras, sin escucharse, un cacao de exigencias y voluntades que puede prolongarse indefinidamente sin llegar a nada en común; y me atrevería a decir que, si alguien fuera capaz de establecer una pausa y concretar las opiniones de ambos lados, sería posible hacerlas coincidir en una serie de puntos básicos en los que todos estarían de acuerdo, ¿entonces?

Esa es una de las evidencias más claras, la otra es que nadie de los presentes hablaba de convivencia, de obligaciones y responsabilidades, de una vida en común que nos identifica como especie y en la que unos parecen salir mejor parados que otros -siempre según el punto de vista propio-; en la que unos dan -también desinteresadamente- y otros reciben, en la que existen débitos y compensaciones, y necesaria cooperación. En la que los deseos personales son solo eso, deseos personales infinitos obligados a congeniar de la mano de una razón social que, de ser justa e inteligentemente llevada, solo traería beneficios para todos, a la corta y a la larga; pero…

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Trabajando

Las autovías y carreteras en buen estado van dando paso a otras de menor categoría en las que la señalización, junto con la calidad del firme, disminuye, persiste la oscuridad de la noche sobre el escaso tráfico, la conversación ha ido languideciendo y ahora cada cual se dedica a lo suyo, excepto el conductor, supongo, que atiende a la carretera resintonizando una radio que cada vez se oye peor. No consigo dormirme, será que he dormido suficiente y bien o que el madrugón me mantiene despejado, aumenta la frecuencia de las curvas y el paisaje comienza a despertar y colorearse con las primeras luces del alba, el relieve se va accidentando a medida que nos aproximamos a nuestro destino. Arbustos y matorrales, cada vez más altos, pueblan lomas, cerros y vaguadas más y más estrechas; robles, pinos y encinas salpicando grandes y onduladas superficies dedicadas a un cultivo extensivo ya recogido o a pasto de un ganado imposible aún de distinguir. Se suceden las pendientes y recovecos marcados por las numerosas rasgaduras de cauces secos, trazos caprichosos de otros días en los que el agua correteaba regalando un paisaje que comienza a latir con las claridades que anteceden a la inmediata salida de un sol dispuesto a cegarnos tras cualquier recodo del camino.

Me sorprende un frenazo inesperado, en ese momento no estaba prestando atención a la carretera; casi me paso -comenta para sí el conductor. Un giro de noventa grados nos sitúa ante unas puertas metálicas que me encargo de abrir, fuera del vehículo la fresca brisa del amanecer termina de despabilarme, otra hermosa mañana que el sol comenzará a alumbrar y caldear de un momento a otro, atajando por alguna de las cimas de los montes que nos quedan por delante, hiriéndonos en los ojos y haciéndonos más difícil distinguir las numerosas curvas del camino. Aguardo a que pase el coche y vuelvo a cerrar las puertas de la finca, dejándolas tal y como estaban. Las ovejas nos miran indiferentes o se reúnen en pequeños grupos que van apartándose del camino a nuestro paso, otras no, otras siguen comiendo mientras se alejan con calma de nuestro alcance, algunas siguen corriendo; ascendemos y es justo entonces cuando el sol no nos deja ver, pero no equivocamos el camino, tampoco erramos con los cruces y las divisiones. Si fuera yo el que condujera probablemente ya nos habríamos confundido de dirección, menos mal que solo me dedico a disfrutar de lo que nos va saliendo al paso, incluida la hermosa y cegadora luz de otra mañana de trabajo casi en el paraíso. Cruzamos el primer paso canadiense abierto en una valla que serpentea atada al relieve, más curvas, encinas y robles bajo los que se acomodan vacas paciendo tranquilamente, ajenas a nuestra interrupción; algunas alzan la cabeza sin dejar de rumiar y nos miran con indiferencia, nuestra mirada se cruza con la suya sin que sepamos qué pensar o decir, nadie sabe lo que pasa por la cabeza de una vaca, lo que cada cual desee imaginar de un animal que vive y siente bajo otros pulsos. Alguien comenta que hoy hará otro buen día y yo pienso que no hace falta irse tan lejos, ya es un precioso día tan solo por estar donde estamos, aunque sea el trabajo lo que nos ha traído hasta aquí. El segundo paso canadiense nos lleva a cambiar de vaguada, más cauces secos, más vacas pastando en otro día exactamente igual que el anterior. Casi a la altura de la cima siguiente, en la curva, pasamos el tercer paso y descendemos cuando vemos las primeras hembras acompañadas de crías de pocos años, algunas de esta misma primavera, no tan recelosos como pudiera parecer, se alejan prestos del camino para detenerse unos metros más allá y girar la cabeza observándonos atentos a cada uno de nuestros movimientos; parar el vehículo para intentar hacer alguna fotografía no sería problema, pero tenemos tarea por delante y no hay tiempo que perder. Otra ascensión y una nueva depresión por donde el camino se prolonga junto a otro cauce seco; volvemos a ascender hasta llegar a la vía, junto a al antiguo y medio derruido edificio de la estación. Detenemos el vehículo y saludamos al sol dibujando las primeras y alargadas sombras de la mañana prolongándose por lomas y caminos. Como he de aguardar a que mis compañeros hagan su tarea antes de comenzar la mía, desciendo hasta el borde de un camino desde donde puedo divisar el sinuoso sendero que nos ha traído hasta aquí y admirar en silencio cómo se suceden, hasta donde alcanza la vista, unos montes salpicados de robles y encinas, y empezar a distinguir algunos machos de enorme cornamenta. Me alejo algo más de mis compañeros hasta casi no oír su conversación y entonces puedo admirar en todo su esplendor el espectáculo del día, disfrutar del silencio de la mañana salpicado de los trinos y cantos de pájaros que desgraciadamente desconozco; algunos buitres trazan círculos ascendentes en el aire. Poco a poco comienza a imponerse la retadora llamada de numerosos animales marcando su territorio y solicitando a las hembras, hasta que llega un momento en el que estoy rodeado de los sonidos de una berrea que se prolongará poco más de una hora, hasta que el sol comience a calentar la tierra y nosotros tengamos que largarnos de allí, ya entrada la mañana, lo que aún me permitirá, durante varios kilómetros de una vía sinuosa, seguir disfrutando de una naturaleza tan serena como emocionante en la que no dejaré de ver más y más ciervos, machos orgullosos y desafiantes oteando su territorio, otros más jóvenes provistos de cornamentas recién estrenadas esperando su año descansando bajo antiguas encinas y numerosas hembras y crías entretenidas en un permanente y rutinario ramoneo por el que no parece pasar el tiempo. Me iré con la increíble sensación de haber disfrutado y saboreado de forma tan especial otro día de trabajo.

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Otoño

Sentado en esta especie de sólido banco de diseño, o tal vez no, contemplo el edificio que tengo enfrente esta bonita y soleada mañana de otoño; incomoda la mascarilla, que impide inspirar a todo trapo, pero es lo que hay, tampoco me voy a poner melindroso. Desaparecidos los andamios y señales de obra, al fin terminado, esquina y calle lucen como un traje a medida completamente nuevo, incluso viene bien que tampoco haya viandantes polucionando la vista. Estoy ante lo que algunos anunciaron como la nueva esquina del lujo, en Sevilla (Madrid), una zona tan pulcra y lujosa como perfecta en una ciudad que aquí, en estos momentos, parece casi vacía, a pesar del magnífico sol de otoño. El nombre sobre hierro forjado de una marca de lujo queda atrás cuando comienzo a caminar.

En la misma y amplísima acera, a mi derecha, un tipo bien vestido canta Amapola con una voz que obliga a detenerte y escuchar; junto a él, otros dos señores, igual de pulcros y aseados, aguardan su momento para sustituir en el canto a su compañero, los tres junto a un sombrero vuelto en el que los aficionados dejan caer sus monedas con tanta solicitud como entusiasmo. La caprichosa fortuna no sonríe a todos por igual, desgraciadamente. A medida que llego a la plaza las notas de la voz del aseado y precario melómano van perdiéndose escarnecidas por un desagradable ruido de latas, botes y cacerolas golpeadas sin orden ni concierto, ruido que llega a hacerse francamente molesto a medida que me aproximo a un grupo que, más bien disperso y ataviado de cualquier modo y manera, exige ante la sede de la Comunidad ayuda y trabajo de forma tan poco afortunada; petición que les resbalará a unos servidores públicos que entienden la política de un modo bien distinto.

Comparado con las hermosas notas tan bien moduladas de más arriba esta morralla escenifica, sin embargo y de forma bien distinta, el mismo modo de vida, el de la carencia. Desgracia que no entiende de matices, ayuda y trabajo que unos solicitan de forma armoniosa y educada a sus semejantes mientras que éstos otros lo hacen de forma ruidosa y vulgar a quienes controlan los dineros públicos. Frente a ellos varias furgonetas de la policía nacional, aparcadas en la misma acera, fingen proteger los derechos de unos políticos que probablemente ni siquiera están en el edificio.

Cruzo la plaza, casi vacía, y entro en la sombra de una calle comercial donde, en un primer vistazo, solo se adivinan más policías y jóvenes que van y vienen, provistos de carpetas y adornados con pegatinas, a la caza de transeúntes a los que concienciar de algún problema humanitario de dimensiones internacionales que precisamente necesita de su dinero; una aportación para apoyar a otros que tampoco tienen gobiernos que les ayuden, o a los que reclamar, quizás vía cacerolada, lo que sin ninguna duda se merecen. Los jóvenes acechan a los escasos viandantes sin mucho éxito, a nadie le apetece detenerse, el miedo al contagio acelera el paso o tal vez sea que uno elige dónde gasta su dinero, si lo tiene, en un país como el nuestro que lo distribuye tan mal. Entrevistan para una cadena de televisión a un tipo que, a juzgar por su tono y palabras, se muestra tremendamente sensato, el hombre razona cuerdamente su postura como si hablara a la misma pared que tiene detrás; es triste que las voces de tanto ciudadano responsable, que ven en un micrófono abierto la oportunidad de hacerse oír reafirmando sus razones, acaben en el cubo de basura porque no encajan en el prime time de cualquier cadena televisiva buscando materia prima que justifique la pobreza de sus propios programas.

Unas esquinas más adelante una pareja de caballeros, también correcta y formalmente vestidos, interpretan un dúo operístico, creo que de La Bohème; el más alto y fornido hace de él y el otro, más poquita cosa, de ella -interpretaciones al margen. Hay demasiados bares y cafeterías que permanecen cerrados, y las tiendas, que parecen abrir tarde, lucen casi vacías. Nos movemos según una inercia que no acabamos de comprender del todo, más bien una necesidad que no podemos abandonar so pena de abandonarnos a nosotros mismos.

Desayuno en la terraza de una cafetería, entre parejas heterosexuales de edad y hombres de negocios, además de un par de trabajadores eléctricos que suben y bajan de una escalera a lo largo de la fachada haciendo su trabajo. Consumido el desayuno aguardo durante unos instantes los cincuenta céntimos de la vuelta que un camarero tan estirado como maleducado considera su propina, propina por la que ni siquiera me da las gracias; tipos así deberían ser inmediatamente puestos de patitas en la calle, por pedantes, zalameros y caraduras, echan a perder el prestigio de cualquier local. De regreso, al pasar junto a una terraza, veo cómo una mujer mayor, vestida de cualquier modo y que probablemente vivirá en la calle, de las limosnas, moja con auténtico placer medio churro en una taza que todavía contiene un chocolate deliciosamente oscuro, desayuno tan inesperado como goloso que, al poco, es interrumpido por un diligente camarero que antes de retirar el servicio de la mesa le pide por favor que abandone su inesperado desayuno, advertencia a la que, dedicada a rebañar y masticar con auténtico placer hasta el último bocado, no hace mucho caso. Los dejo atrás cuando el joven termina de repasar con la bayeta la superficie de la mesa ya limpia y regresa con los restos de ese desayuno compartido al interior del local.

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Cansancio

Tal vez sea porque el otoño se ha presentado de pronto, lo que no es tal porque astronómicamente ya llevábamos algunos días en él -aunque meteorológicamente no lo pareciera-, o porque el cansancio, habitual en cualquier actividad humana, es ya excesivo; el caso es que parece como si no nos moviéramos, expectantes, siempre al principio, que el paso del tiempo no hubiera existido y siguiéramos detenidos en el punto de partida sin saber qué hacer. Falsa percepción, o no, el evidente embotamiento general no significa que los sucesos no prosigan su marcha independientemente de nuestra terca pasividad. De pronto desconocemos el significado de qué, cuándo y cómo, y en lo referente a qué es excesivo seguimos en las mismas. No hay baremos ni medidas, y las pocas referencias disponibles carecen de consistencia, o simplemente no interesan, algo así como sucede con el dolor, que dependiendo del sujeto que lo sufre en algunos casos le va la vida y en otros es como no decir nada, se dedican a soportarlo sin preguntas.

Hoy, las malditas obligaciones de cualquier adulto, de las que renegábamos por sistema, nos parecen importantes, las echamos de menos, eran nuestros guías, organizaban un programa personal de actividades que, sin embargo, siempre intentábamos, como niños incorregibles, trampear; licencias infantiles, cuando ni deberes ni obligaciones preocupan, remanecidas como ventanucos por los que respirar del agobio y la ansiedad añadidos a nuestras propias decisiones, también de los que nos procuraban nuestras mucho más numerosas indecisiones. Incluso presumíamos de reírnos de las ataduras que organizan la vida adulta porque nos gustaba creernos libres y con autoridad para decir que no, aunque en el fondo supiéramos que algunas de esas negaciones eran como dispararse en el propio pie, otra forma de evadirnos o sentirnos por encima de cuando simplemente se trataba de dar la espalda a lo que no nos atrevíamos a mirar de frente.

El cansancio que creemos padecer parecería desafección si no fuera porque se trata de ignorancia, deserción de nuestros propios actos y decisiones por pura incompetencia, incapaces de reconocer dónde tenemos la mano derecha. Porque tampoco se trata de echarle sistemáticamente la culpa a los políticos y quedarnos a resguardo, la misma excusa de siempre que no deja de ser eso, una ridícula excusa, los políticos que tenemos son los que hemos elegido, tipos exactamente iguales a la gente que los vota, así que, probablemente nos iría mejor si dejáramos de lanzar balones fuera y asumiéramos como tales nuestras miserias de país menor de edad aficionado a las zalamerías y las bravuconadas.

Quizás la cuestión del cansancio no sea tan evidente, o sí, pero lo cierto es que nos hemos -o nos han- habituado de tal modo a lo previsible que cuando aparece una nube en el horizonte, obligándonos a detenernos y calcular o prever, automáticamente nos bloqueamos, tal y como sucede ahora. Hace ya tanto que dejamos de servirnos de la propia iniciativa para organizar nuestros propios pasos que en algunos casos ni siquiera sabemos que existe, o para qué; hoy la iniciativa se circunscribe a incordiar, romper las reglas, joder al prójimo o hundirse uno mismo en la incompetencia más absoluta mientras se reniega del prójimo y de un mundo que nos mantiene con las manos atadas, cuando en el fondo nunca supimos qué hacer con ellas.

No es cansancio lo que padecemos, es incompetencia ciudadana, pereza social y política, echamos de menos la rudimentaria zanahoria que habitualmente nos obligaba a movernos, que no dirigirnos, aunque después nos gustara recostarnos plácidamente para así aprovechar la inercia; la cuestión era dónde poner el siguiente paso, paso que se limitaba exclusivamente al hecho físico, porque cualquier metáfora que pudiera aplicarse al mismo sería errónea, un acto baldío. Ni queremos ni podemos, y, lo que es peor, tampoco sabemos qué hacer, cómo comportarnos, cómo organizarnos, cómo hablarnos, sin manos ni pies, ni sentido común capaz de guiarnos a la hora de conseguir un mínimo del que disfrutar, para mirarnos a la cara, al menos para darnos ánimo con el que afrontar y sortear el cansancio de esta incompetencia general; e incluso solazarnos mínimamente en los breves y consistentes frutos de una actitud política y social mínimamente consecuente y racional.

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Una región

Región tiene un componente rústico que probablemente comienza y acaba en mis prejuicios, no hay nada significativamente relacionado en su acepción, según la Academia de la Lengua, que tenga que ver con ello, evidencia que, sin embargo, no impide que uno pueda considerar la zona en la que vive bajo esa variante campestre y más bien estática, dos calificativos que, supongo, aportan claridad a mi punto de vista.

Esta región es en su mayor parte campo que se extiende a sus anchas, no hay grandes montañas, ni grandes ríos, ni zonas muy boscosas; también está escasamente poblada, con una densidad de población que en algunas zonas es siberiana. La actividad industrial -mundialmente en horas bajas y encaminada a su casi desaparición- es escasa o prácticamente nula, y la parte de los servicios descuella mínimamente porque no hay mucho más en lo que invertir. Ocupada por una población muy dispersa y poco dada a la cohesión, todo lo contrario, cualquier local es capaz de subirse a la parra y enfrentarse a los demás por una virgen, un molino o cuatro piedras, lo del agua ya es más complicado. Aquí la conflictividad se reduce a mi pueblo es más guapo que el tuyo. Por estos lares el tiempo pasa porque tiene que pasar, ya que está inventado respetamos su función y gracias a ella existimos, ocupamos un lugar en él aunque solo sea como referencia para el resto; tiempo y espacio nos sitúan en el mundo, la importancia de sus habitantes y sus ocupaciones es otro cantar, por desgracia escasamente importante.

Superficie tan grande y con tan escasa actividad humana que pueda considerarse trascendente o de cierta importancia allende de nuestros límites puede ser consecuencia del poco espíritu de sus pobladores, aunque también podría pensarse que espíritu tan frugal es consecuencia de un vacío tan extenso -que cada cual elija la que más le apetezca; los tres países que forman el Benelux, con sus correspondientes habitantes, cabrían enteritos en la región y sobraría casi la mitad de la superficie. Tal cantidad de espacio es contagiosa, quizás sea por eso que el vacío también domina los cerebros de sus políticos, actores de una política casi inane limitada a la ocupación de un sillón desde el que administrar las cuatro perras con las que subsiste la región, aguardando plácidamente a que las zonas limítrofes necesiten de nuestra existencia, aunque solo sea para cruzarnos hacia otros destinos. Tanta superficie también da para pegar tiros, por eso, en el mejor ejemplo de la literatura de Miguel Delibes -ahora que estamos de aniversario-, mantenemos quietos a los locales prestos a servir a tanta escopeta de prestigio y menos que acude por aquí a soltar tensiones y aniquilar la fauna local; el resto es sol y pocas ganas de alzar la vista al cielo.

Desde que este país vive en democracia sus manifestaciones por aquí se han limitado fundamentalmente a un lavado de cara de accesos, cruces y poblaciones, pueblos y ciudades lucen mejor que antes pero como antes, igual de inmóviles y nada provocadores. Hubo un intento de la derecha de este país -todavía franquista- de hundir las pocas instituciones y servicios públicos que se mantenían dignamente en pie, pero cuatro años fue poco, no les dio tiempo, pero fue suficiente para que los siguientes gobiernos de la derecha socialista pudieran vivir aún mejor, porque no hicieron nada por recuperar lo perdido, ni mejorarlo; así hasta hoy, a un paso de la inexistencia.

Puede que todo esto suceda porque los naturales no damos más de sí, con lo nuestro tenemos bastante, quizás también. No hay más que ver a nuestro gobierno regional, encabezado por un tipo que, a juzgar por su verbo y aspecto, lo más lejos que ha llegado ha sido a la capital del país, un seminarista fallido, dócil y obediente, un afiliado de por vida que supo colocarse en todas las fotos a la espera del momento en el que el patrón de turno desviara la vista y exclamara: ¡Anda! ¡si todavía estás aquí! pues ahora, por portarte tan bien y dar tan pocos problemas, te vamos a hacer presidente. Y ahí está, ocupando al fin el sillón que tanto tiempo le ha costado, haciendo como que gobierna, cómodamente sentado y siempre a la espera mientras colecciona con avaricia sus infinitas apariciones televisivas .

Es lo que sucede cuando en una televisión regional -que también existe- escasea la inteligencia, además de los recursos, un medio que basa su funcionamiento en la copia de los nefastos modelos regionales vecinos. Un soporífero e inaguantable instrumento en el que se suceden, sin solución de continuidad, casposos programas de variedades, rancia canción española para despistados sin nada que hacer, ejercicios ocupacionales para jubilados, anacronismos como los toros y relleno, mucho relleno, y barato; la parte cinematográfica es como introducirse en el túnel del tiempo… o del terror. Un medio de comunicación -definición que le viene grande- que exhibe idéntico estatismo y planismo mental que sus dirigentes. A veces creo que en una región como esta es imposible que se dé una televisión viva, eso queda para otros lugares que sí viven en el siglo en el que ocupan tiempo y espacio.

Pero en el fondo aquí se vive muy bien, nunca pasa nada y lo que pasa sucede de paso porque no tenía más remedio que pasar por aquí, se respira aire limpio, nuestros horizontes lucen transparentes, sin agobios y con el único inconveniente de que, como ahora estamos con problemas nacionales de salud, vienen de otros lugares ansiosos porque tampoco les pase nada. Un buen lugar que igual se llena de nuevos que traen sus cosas de allí y nos obligan a movernos de aquí y hacer algo por nosotros mismos; aunque, no sé, demasiado esfuerzo para luego acabar cansado, es para pensárselo dos veces.

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