Copas

Su nueva acompañante había tenido que ausentarse en dirección al servicio, definitivamente le gustaba, era una buena hora y le apetecía otra copa, así que buscó a la camarera con la mirada.

Pidió lo mismo y se entretuvo observando a un par de parejas de mediana edad consumiendo cubatas básicos, ellos, ellas refrescos sin azúcar ni alcohol, con pinta de maestros o profesores de secundaria, dedicación que sus integrantes suelen llevar marcada a fuego en la frente; los mismos gestos y coletillas a la hora de expresarse, idéntica forma de vestir -daba igual el lugar donde tropezaras con ellos-, con o sin niños, siempre pequeños, y esa especie de autocomplacencia por la pugna laboral al fin ganada que impregna todo lo que hacen, una especie de felicidad más bien simple, pero es lo que hay. Uno de los varones gestualizaba con manos y brazos completamente embebido en la música que estaba sonando, probablemente transportado a sus felices años de facultad, ese nostálgico comienzo de su ascenso al indefinible mundo de la intrascendencia.

Regresaba su compañera con una sonrisa de oreja a oreja y unos pequeños retoques en el rostro que en la semioscuridad del local la embellecían aún más. Sonrió. ─ ¿Has pedido otra? ─ Me apetecía, ¿quieres tú? ─ Vale. Y apuró de un trago lo que le quedaba. Él giró la cabeza buscando a la camarera.

En el mismo momento en el que los críos regresaban de la calle a toda pastilla, gritando y persiguiéndose entre las mesas, tal que estuvieran en un parque infantil en lugar de en un local de copas. Los papás -las parejas de funcionarios que había estado observando- felices y cómodos en sus pequeños poderes, no les hicieron ni caso, disfrutaban de su bien merecido ocio. No pudo evitar mirar de mal modo al capullo que con cara de bobo y los ojos cerrados seguía ensimismado en la música, los otros tres hablaban, bueno, hablaba él, ellas hacían como que escuchaban.

Los chavales siguieron a lo suyo a todo lo largo y ancho del local. Más les valía a sus padres cogerlos y largarse a un parque para que corrieran a gusto en vez de enclaustrarlos en un ambiente y una oscuridad que ni necesitan ni permite lo que ellos quieren; pensó. Jamás entendió ese desprecio, entre ignorante y cateto, por parte de quienes imponen al resto sus penosas limitaciones, gente a la que le cuesta entender que en cualquier establecimiento para adultos o donde se consuma alcohol, como sucede en muchos lugares fuera de este país, debería estar prohibido el acceso a los niños. Pero estos tipos se creen importantes, felices a su modo, y no entienden de respeto ni educación, más bien propensos a formas y comportamientos de nuevos ricos que cofunden la esquina del barrio con el centro del mundo.

Estos probablemente salían más bien poco, la hipoteca todavía reciente, e interpretaban que está bien desintoxicarse de vez en cuando y confraternizar con colegas para seguir hablando del trabajo, como adultos, y con ello descansar un poco de los hijos, cedidos sin consultar a la paciencia de los demás. Pero siguen sin entender que los chavales, los menos culpables, son su responsabilidad y un bar de copas no es Disneyland París, donde miles de adultos trabajan para que otros adultos se comporten y disfruten como críos mientras hacen creer a sus propios hijos que lo hacen por ellos; esa especie de reino de la inmadurez donde quienes más tienen que perder son precisamente los niños.

La camarera, que había vuelto con la copa para ella, tuvo que evitar a los chavales que habían hecho de su mesa un obstáculo que rodear y con el que protegerse en sus persecuciones. Uno de ellos, agarrado con las dos manos al respaldo de su silla gritaba y reía desafiando a sus perseguidores. La camarera los miró y siguió a lo suyo, sin decirles una palabra, los padres tampoco. Se removió inquieto y trató de girarse para advertir al niño, para lo que tuvo que extender una pierna con la que desgraciadamente tropezó la criatura en su rápida e inesperada huida. El niño saltó hacia adelante y fue a dar brutalmente con la boca en una de las sillas libres de la mesa de al lado, que a su vez se desplazó más de un metro hasta caer al suelo.

Sucedió tan rápido y fue tal la impresión que apenas hubo tiempo de ordenar reacciones o movimientos envueltos en una música que de pronto sonaba ensordecedora, tapando los gritos y el desesperado llanto del crío; algunos de sus dientes por el suelo y la sangre ocultándole parte de la cara y una boca difícil de adivinar tras el tremendo golpe. Fueron varios los clientes, él entre ellos, junto con la camarera, que tropezaron entre sí intentando atender a un niño que, con las manos extendidas, suplicaba ayuda sin parar de gritar y dolerse. El padre seguía abducido por los sonidos de sus años mozos, la madre, desaparecida; aquello no llegaba a dantesco pero sí hasta ese punto en el que alguien normal suele perder los papeles.

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La entrevista

A pesar de las ventanas cerradas seguían oyéndose las voces y gritos de los empleados en la calle -vestigios de otros tiempos-; eran pocos pero escandalosos, el resto aguardaba amedrentado en sus casas a que la situación se resolviera milagrosamente, como si no fuera con ellos. Ya no es como antes, viven acojonados, pensó sentado en su cómodo sillón, estos pollos con poca agua se pelan. Sin sindicatos ni organizaciones que los unan están muertos; hay que ser muy estúpido para no darse cuenta de cuál es tu posición.

La suya, sin embargo, estaba clara, meridiana, pretendía hacer subir, uno a uno, a los que realmente le interesaban, a los que podían hacerle más rico con su talento y trabajo, y eso simplemente era cuestión de dinero, de enseñarles la zanahoria para que abandonaran al resto; todos tenemos un precio. Hasta ahora le había funcionado, pero quedaba la pieza más cotizada, con un inconveniente, él lo sabía. Lo que no acababa de entender es cómo no dejaba a los demás, cómo todavía intentaba adherirse a una solidaridad laboral en horas bajas. Su empecinamiento probablemente solo podía ser fruto de su educación, de esas que ya no quedan, una familia con una idea clara del lugar que cada cual ocupa en este mundo y qué posibilidades de futuro puedes labrarte. Aunque en el fondo todos son iguales, el dinero aplaca voluntades, sobre todo las más necesitadas.

Se abrió la puerta y apareció un joven saludando con su cara de todos los días, sin mostrar ninguna alteración o nerviosismo. ¡Maldita educación! rumió para sí. Mejor dejarse de gilipolleces y cortesías e ir directamente al grano, hay cosas que no necesitan de tanto respeto y diplomacia. Y miró el sobre en la mesa, donde pudiera ser fácilmente visto, al alcance de la mano, admitido como uno de los posibles finales de aquella reunión, para él el único, no estaba dispuesto a ceder en la parte común; aunque podría avenirse a razones sin necesidad de tanta parafernalia. Tenía prisa, le aguardaban otros asuntos y no estaba dispuesto a desperdiciar el tiempo con un honrado legalista que además se creía indispensable; como si esta gente pudiera hacer algo por su propia voluntad, ingenuos arrogantes que piensan que su paso por este mundo sirve para algo más que para seguir la corriente.

Miró el reloj sin disimulo, haciendo un gesto que pretendía ser de fastidio cuando estuvo seguro de que el otro lo miraba mientras ocupaba una silla frente a él. ─ Dígame.

─ Tú mismo, sabes lo que voy a decirte, no me hagas repetírtelo. Tú no tienes nada que ver con los de ahí abajo.

─ Yo creo que sí, son mis compañeros. Trabajamos para usted.

─ Ya, pero las cosas van a cambiar y no los necesito a todos.

─ ¿Tan mal van?

─ No es una cuestión de mejor o peor, sino de cambiar, un cambio que no es negociable y para el que no todos me sirven.

─ Despídanos e indemnícenos.

─ No digas tonterías, la ley me permite otras opciones mucho más ventajosas y menos onerosas para mí. Yo solo las utilizo.

─ Le denunciaremos.

─ Perderéis porque no tengo prisa. A ver como aguantáis un proceso judicial que probablemente va a ser largo; además, no te he llamado para eso sino para decirte que tú no tienes por qué unirte al resto, puedes elegir… -y lanzó una ojeada al sobre encima de la mesa.

─ ¿Puedo? -dijo señalando el sobre y haciendo ademán de cogerlo.

─ Claro.

Una vez en sus manos levantó la solapa y miró el interior calculando la cantidad que contenía. ─ Quiero diez veces más.

Sorprendido por la respuesta los ojos se le abrieron como platos. ─ Tú estás tonto. Soy tu jefe no una ONG.

─ Ya, pero usted sabe tan bien como yo que sin mi participación el futuro no pinta tan brillante, ni tan estupendo. Solo quiero lo que creo que me corresponde, por dejar a mis compañeros en la estacada y porque usted me necesita más a mí que yo a usted.

El golpe en su orgullo le dolió, aquello se pasaba de castaño oscuro. Aquel engreído se creía con el derecho a despreciarlo, a tomarlo como segundo plato y encima soltárselo a la cara. De eso nada.

Adivinando el golpe y lo que en aquellos momentos pasaba por la cabeza del que hasta entonces era su jefe, hizo ademán de levantarse para marcharse. ─Usted mismo…

─ Tu eres gilipollas, ¿qué te has creído? Que vas a hablarme y tratarme de ese modo… como si fuera un pringado como los de abajo…

─ En el fondo sí, son todos iguales. Ellos quieren su trabajo y su dinero y usted más dinero a costa de su trabajo y su dinero. Yo ahora actúo por mi cuenta. Ellos son de los míos, aunque probablemente más de uno me dejaría tirado por una cuarta parte de lo que hay en ese sobre, pero ese no es mi problema. Hasta ahora estábamos juntos, sabe tan bien como yo que lo de abajo no va a durar; al final cada cual regresará a su casa con el rabo entre las piernas, maldiciendo su mala suerte, la puta vida y no sé cuántas cosas más. Siempre tarde, como si la cosa no fuera ni dependiera de ellos, allá cada cual. Pero ese no es mi caso, me educaron algo mejor; es perfectamente compatible mejorar y hacerte valer con no dejar tirados a tus compañeros, porque luego, cuando toca decidir ante circunstancias adversas, siempre es bueno tener un as bajo la manga. Si nos despide sabe que el juicio lo perderá, es cierto que más tarde que pronto; pero no conseguirá su brillante negocio, con lo que perderá aún más, bueno… no ganará; y yo podré irme donde me dé la gana porque a estas alturas conozco el negocio tanto como usted… es más, ya es tarde, haga lo que quiera con nosotros. Buenos días… Y se fue cerrando la puerta despacio.

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Soñaba

Había soñado que tenía un hermano gemelo, probablemente en otra dimensión, pero lo contrario a él, y de hallarse en su lugar, tal y como estaba en aquel momento, el otro miraría alrededor y vería orden y limpieza. Tendido en una cama similar, o en la misma, pero con la satisfacción añadida de comprobar que todo a su alrededor ocupaba el sitio correcto, incluso él.

Después pensó en cuál era la diferencia si, también como él, no tenía otra cosa que hacer que mirar en torno suyo en una mañana cualquiera, sin otra perspectiva que nada. En qué se diferenciaban orden y desorden cuando el que debe ordenar no tiene mucho más de lo que preocuparse, o nada más. Probablemente saborear la satisfacción de que cada cosa ocupe su lugar debe ser algo bueno, es cierto que no para él, no entraba en ese negocio, protagonista y causante de aquel desastre de habitación, quien soñaba o divagaba cuando no había otra cosa mejor que hacer que ocupar la cabeza con algo sencillo.

Sonó el timbre y sin inmutarse ni reaccionar decidió que aguardaría al siguiente toque, con lo que comprobaría que no se habían confundido ni se trataba de alguien que simplemente pretendía el acceso a los buzones. El timbre no volvió a sonar. Bien, se dijo, estaba harto de que le molestaran para nada, no es que tuviera otra cosa mejor de la que ocuparse, pero al menos que fuera algo útil, no facilitarle el paso a quien no se molesta en comprobar cuál es exactamente el vecino que ha de abrirle, dejando el nombre para cuando se sitúe ante los buzones y el deber le obligue a detenerse en el tipo al que va dirigido un sobre que lleva en la mano desde hace rato.

Miró el portátil abierto sobre la mesa, en negro, pero tampoco encontró qué le podía obligar a dejar la cama.

Tenía que mear, eso sí que era ineludible, luego al final tendría que levantarse; y no es que no quisiera o pudiera, pero prefería seguir no haciendo nada tumbado, eso sí, al tanto del teléfono por si alguien decía algo, aunque no fuera directamente con él, pero al menos tendría qué, quién, por qué o para qué; ya, una cuestión sin importancia, secundaria, la cantinela de sus padres, el repetido y anticuado punto de vista de quienes no acaban de entender el mundo en el que viven. Demasiado tarde, o nunca.

No aguantaba más y tuvo que levantarse, sin prisas, eso jamás, y fue precisamente al segundo paso, en la penumbra de la habitación, cuando notó cómo la afilada limpieza del filo abría en canal la carne de su pie.

No saltó, ni se quejó, tan solo un ¡hostia! que nadie oyó antes de caer, más por la sorpresa que por el dolor, era pronto, tanto como para, recuperada milagrosamente la percepción del lugar, en el suelo, sorprenderse y asustarse del modo en el que la sangre se extendía por la madera, una mancha oscura que avanzaba en contra de su voluntad. Buscó un qué y no tardó en dar con el largo filo del cúter encajado entre un zapato y una zapatilla de los que nada recordaba y sobre los que no pudo preguntar cómo y qué cojones hacían sosteniendo al aire la empuñadura de la larga y afilada cuchilla.

Intentó levantarse pero volvió a caer, el dolor aumentaba tanto como la sangre se abría camino por el suelo. Miró alrededor y no vio el teléfono, en qué lugar de la cama pararía; se arrastró como pudo y revolvió ropa y almohada hasta que dio con él; ¡mierda! sin batería, completamente muerto, y estaba manchando de sangre, además del suelo, los zapatos, la ropa tirada y… volvía a sonar el timbre. Tenía el estómago vacío, ¿cuándo fue la última vez que comió? ¡joder con el puto timbre! La vista se le nublaba, la penumbra comenzaba a convertirse en oscuridad y le fallaban las fuerzas, ¡que le den por el culo al del timbre…

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Diálogo salvaje (3)

─ ¡Precioso! ¡Más que precioso! ¡Que eres precioso!

El animal, acurrucado entre los brazos de la mujer, se dejaba gritar sin acabar de entenderla del todo, probablemente harto de tanto grito y un exceso de expresiones de cariño sobre las que no se le pedía opinión porque su voluntad no contaba. ─ Ya está otra vez, no se cansa; ¿no sé porque me dice esas cosas precisamente a mí y no a su maridito o a su niña, a los que ni mira?

─ ¡Cosa bonita! ¡Amor! Y volvía a besarle el morro con total deleite y una pasión algo más que ambigua.

─ Qué raros son estos humanos, qué poco expresivos son entre ellos y qué carencias arrastran, y que mal viven, peor que animales. Si tanto me quieres podías largar de la casa al hombre y a la niña, y quedarnos los dos juntos. Podría dormir en tu cama, bien juntitos. Pensaba o decía el animal entre miradas de soslayo a su dueña y olfateo general del ambiente callejero.

─ ¿Quién es quien más te quiere? ¿A quién quieres tú?

─ ¡No me digas que soy yo! ni me lo imaginaba. A estas alturas no me queda más remedio, y después de años de maltrato, de arrastrarme con una correa, de no dejarme olisquear donde me dé la gana y mear donde me apetezca no sabría comportarme ni buscarme la vida como uno de los de mi especie, ¡qué vergüenza! Además, ¿si tanto me quieres qué haces viviendo con esos, si no los aguantas? Aunque no sé qué es antes, si tú a ellos o ellos a ti. Porque para vivir contigo hay que tener un cerebro bien escaso;  igual es que no tienes quien te quiera y por eso me tienes a mí

Nueva sucesión de ósculos de carácter indefinido en el morro y caricia por la tripa en dirección a los cuartos traseros ─ ¿Qué va a querer de cena mi preciosidad?

─ Lo mismo de siempre, ¿Qué quieres que diga? Ni que fuera gilipollas. Y luego, cuando ya estén acostados, nos sentaremos en el sofá a dormirnos frente al televisor, para levantarnos justo cuando mejor me lo estoy pasando, cuando entre sueños me acaricias allí donde bien sabes que me gusta. Que entonces no te da vergüenza.

Era noche cerrada en la calle casi vacía, lo que no impedía que desde alguna terraza o ventana alguien pudiera oír o se asomara ante los gritos y alabanzas de la mujer a su perro, un amasijo de pelo entre sus brazos de difícil o imposible catalogación. El animal comenzaba a removerse inquieto. ─ ¡Uy! ¡Un pedete! ¿Quieres hacer caquita? Muy bien, antes de volver a casita. Enseguida te pongo.

─ Es una pena que no sepa pedírtelo de otro modo. Como pudiera hablar otro gallo nos cantaría.

─ Aquí mismo, junto a este arbolito. Y lo depositaba en el suelo con sumo cuidado, junto al delgado tronco de un fresno.

─ ¡Uf! ¡qué gusto! Un poquito más…

─ Un poquito más. Desahógate cariñín. Aquí está mamita para limpiarte.

─ Eso, eso, límpiame bien el ojete, déjamelo bien suave, también alrededor.

─ ¿No sale más? Que bien, y no te has manchado nada. Aguarda un poquito que te limpio. Entre la poca luz y el pelo del animal la mujer se arrodillaba sobre la acera para limpiarle con un toallita húmeda el ano. Sin embargo, y mirando de reojo a un lado y a otro, decidía dejar la mierda junto al árbol, sin recoger; quizás pensó que como abono le vendría bien.

─ Es humillante llegar a este extremo, ¿qué dirían mis semejantes si me vieran de esta guisa? Que te limpie el culo un humano ni siquiera sirve para enorgullecerse de haber llegado tan alto, porque en mi caso me ha tocado con lo más tonto de la especie. Es denigrante que alguien, aburrido de vivir y sin nadie que le haga caso, te tome como si fueras su muñeco, a mí, que soy más viejo que ella; eso sí que es una falta de respeto, además de una violación de mis derechos, hablarme y tratarme como si fuera un cachorro o directamente imbécil.

─ Te he dejado el culete como una patena. ¡Hala! a casita.

─ ¿Para qué? para oír como roncas, te pees y te equivocas. Aunque para castrarme no tuviste ninguna duda ni preocupación, no, para eso no, si tu no follabas yo tampoco, y las ganas me las como. Como tú no tienes quien te haga caso tengo que pagar yo las consecuencias; y si me apetece estar por ahí buscando juerga me tengo que joder y aguantarte todos los días. Si ni siquiera te equivocas y me das algún gustito de vez en cuando, ni para eso; vaya una mierda de vida que me ha tocado. Con lo grande que es el mundo y las perras que hay por ahí necesitando de un buen ejemplar que las haga felices.

NOTA. Ante la más que evidente imposibilidad de saber qué piensan los perros y la constatación de su instinto dócil y gregario hasta la estupidez; y a partir del meneo del rabo y otras manifestaciones como signos claramente visibles de sus intenciones amistosas -nada que ver con la inteligencia y exigente privacidad de los gatos- me he visto en la necesidad de imaginar y traducir al lenguaje humano tales demostraciones de afecto -además de añadir algunas licencias de mi propia cosecha-, quedándome, no obstante, la impresión de que tal vez no haya llegado a precisar con exactitud los pensamientos y/o intenciones del perro -algo, por otra parte, que absolutamente nadie conoce a ciencia cierta-, por lo que pido disculpas.

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A propósito de “Nomadland”

Nomadland puede verse como una película en la que se cuentan las precarias existencias de unos personajes obligados a vivir en los márgenes, mujeres y hombres expulsados de la sociedad por múltiples motivos a los que no les queda más remedio que encontrar un nuevo significado para sus propias vidas, llegando incluso a creer y asumir que esas nuevas opciones son interesantes y les gustan, a costa, incluso, de desechar u olvidar en última instancia la razón, y su posible solución, por la que fueron arrojados a sus actuales circunstancias.

Pero también se puede ir más allá y, a partir de lo visto y con la evidencia de que nada de lo que aparece en la pantalla es meramente casual o accidental, extrapolar una serie de valoraciones, conclusiones y afirmaciones más que explícitas que probablemente nada tendrían que ver con la hipotética poética y libertad que rezuman los personajes.

Nomadland muestra en primer plano el fracaso de una sociedad, hasta el punto de que las posibles opciones o soluciones de los personajes a sus vidas no dejan de ser sucedáneos que no se tienen en pie, ni siquiera apelando a los valores de independencia y libertad de unos pioneros que con tanto orgullo exhibe e intenta exportar el cine norteamericano. Hace ya tiempo que en el mundo en el que vivimos desaparecieron las opciones de independencia y libertad para sus habitantes, y los intentos por traerlas a primer plano por cualquier motivo de integridad o autenticidad, incluso ensalzándolas como unas de las más ancestrales y puras cualidades del ser humano, son una completa engañifa que pretenden vender quienes detentan el poder con tal de justificar sus desmanes y constantes atropellos de la población.

Tal vez por eso la película deja esa sensación de indiferencia que no llega a sabor amargo, en parte porque el espectador ya no se deja engatusar tan fácilmente y en parte por desconfianza ante unos posicionamientos políticos e ideologías tan básicas como baratas que, apoyándose en un inviolable derecho y la particular voluntad de cada individuo, buscan imponer unos nostálgicos y falsos ideales de libertad que, sin embargo, sitúan a las personas mirando hacia atrás, recelosas y desconfiadas hacia sus posibilidades y su propio presente, más solas y abandonadas.

Nomadland no solo trata de reflejar una nueva forma de vivir basada en la falsa libertad de una autocaravana y paisajes infinitos, que en parte también –pero dependiente de la existencia de carreteras que lleguen a todos sitios, del inevitable combustible, de talleres, de grandes superficies comerciales, de lugares de pago donde pernoctar, tener acceso a servicios y la seguridad que proporcionan, de los negocios bancarios que vampirizan el movimiento del obligado dinero, de la necesidad del teléfono y el negocio de las compañías telefónicas, etc.-, sino también del engañosamente aventurero, precario en su solidaridad de subsistencia y edulcorado lavado de cara de una auténtica marginación social en pleno siglo XXI. De la expulsión de cada vez más individuos por parte de una sociedad incapaz de preocuparse por los suyos, de reintegrarlos en lugar de convertirlos en inadaptados, personas a las que se desecha por molestar con sus problemas personales o porque se niegan a participar y/o colaborar con el régimen establecido y sin opciones para cambiarlo o simplemente modificarlo, como debería suceder en cualquier democracia o sistema político en el que sus ciudadanos fueran auténticamente libres para elegir su presente y futuro.

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Diálogo salvaje (Otro)

En una espléndida mañana de primavera caminaban de cháchara en dirección al bar… ─ ¡No jodas!

─ Era lo que había que hacer, qué más dan unos que otros si son todos iguales, y mi hijo dice lo mismo… la votó porque con ella puede ir a los bares, quedar con sus amigos y relacionarse… Eso es libertad…

─ Tu y tú hijo sois gilipollas, eso no es libertad, eso es ignorancia…

─ Tampoco te pases… ¿tú que has votado? ¿”al coleta”?

─ Y qué…

─ Ese tío da miedo, es como volver al hambre de después de la guerra, más restricciones… además, quería asfixiarnos a impuestos, no dejarnos trabajar; como si dependiera de nosotros que esto funcione… Quitarnos lo poco que ganamos, con él no tendríamos ni para el botellín…

─ No me digas. Tú de la guerra no tienes ni puñetera idea, lo que te cuenten y quien te lo cuente… Además, ¿has oído hablar alguna vez “al coleta”?

─ No hacía falta… me da igual… No me gusta la pinta que gasta, con esa coleta pringosa y ese chorreo de cuatro pelos haciendo de barba, como un demonio. No sabe ni ir bien vestido, menuda imagen… Aunque él y la parienta bien que se han asegurado la vida… ¡y que era un obrero! Un caradura es lo que es… que se vaya a la mierda.

─ Ya te vale… los fachas y la iglesia llevan viviendo toda la vida a nuestra costa… con el dinero de nuestros impuestos… ¿ellos sí tienen derecho?

─ Pero así ha sido siempre y contra eso nada puedes hacer… las cosas son como son, lo tomas o lo dejas, necesitamos un orden, no una dictadura. Y que uno que dice ser de los tuyos se coloque por la cara y se solucione la vida… eso sí que no…

─ Cochina envidia… Hazlo tú…

─ No digas tonterías… yo no meo tan alto… Con el trabajo y las chapuzas, el paro por si me faltan y poder tomarme mis botellines tranquilamente cada mañana tengo suficiente… no soy de grandes aspiraciones… Y menos mal que aquí nos los hemos podido tomar… Tú también, no te quejes….

─ Ya, pero, ¿y la gente que ha muerto…

─ Mala suerte… Dios lo ha querido así…

─ Ya… además de ignorante y envidioso, ingrato y egoísta…

─ ¡Eh! No te pases, nada de egoísta… se trata de que cada uno es libre de hacer lo que quiera…

─ Pero el bar no es ningún ejemplo de libertad… es el puto bar…

─ He tenido cuidado y no me he contagiado… A ver si ahora también voy a ser culpable por eso…

─ No, no va por ahí la cosa, se trataba de un problema que nos afectaba a todos, de ser más solidarios por una vez, no de que cada cual fuera a lo suyo buscándose la vida por su cuenta, vivimos en sociedad ¿sabes? A los que estabais en contra de cerrar la hostelería o el comercio, a favor de que todo siguiera igual y cada cual hiciera lo que pudiera o le viniera en gana os tenían que haber puesto un impuesto…

─ Qué tonterías estas diciendo…

─ ¿No queríais que todo permaneciera tal cual, como si no pasara nada? Pues os deberían haber preguntado cuántos muertos estabais dispuesto a poner sobre la mesa para que todo siguiera igual, para que no pagaran justos por pecadores…

─ ¿Qué estás diciendo?

─ Que por cada uno que haya muerto por culpa de la mala previsión, el egoísmo y la nula cooperación de la gente, por esa libertad que os gusta poner en un bar abierto y poder entrar y salir a vuestro antojo os deberían haber cobrado en muertos… Algo así como, ¿cuántos muertos de su propia familia está usted dispuesto a pagar por ir al bar, o de viaje, o por no llevar mascarilla? Eso sería lo justo, eso sería libertad, responsabilizarse de lo que uno hace cara a los demás…

─ Tú sí que eres gilipollas…

─ Nada de eso… o tal vez sí… lo que no puede ser es que como a mí no me ha pasado nada lo que sigue estando mal pase a ser bueno… No queríais ser libres para hacer e ir donde quisierais… pues a pagar.

─ ¡Eh! tonto de los cojones… que yo hablo del bar…

─ Ya… un bar en el que matas el tiempo porque estas hasta los cojones de tu casa y de aguantar a tu mujer…

─ ¡A que te suelto una hostia!

─ Ya, ya estamos otra vez con la libertad… tenéis una idea muy particular de la libertad…

─ A mi familia ni la mientes, ¡capullo! ¡Qué te has creído!

─ No, nada, que no tenéis ni puta idea de lo que es democracia y mucho menos la libertad… ni tú ni mucho menos el cateto de tu hijo, ese sí que da pena…

Y le soltó la hostia.

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Sobrevivientes

Tocó el timbre y aguardó, pero no hubo confirmación de su presencia al otro lado, ningún ruido, ni siquiera un voy tranquilizador. El rato se prolongó hasta unos pocos segundos antes de volver a pulsar el interruptor, justo cuando pudo distinguir un arrastrarse de pies aproximándose, quizás demasiado lento, de alguien con dificultades para desplazarse, sin ninguna voz de advertencia. Dejó de oírlo, como si estuvieran comprobando la evidencia o fiabilidad de la visita por alguna mirilla situada a propósito; pero no, la puerta no mostraba ningún orificio por el que mirar la calidad o cualidades del intruso, es más, nunca lo había tenido, luego la tardanza se debía a otra cosa, tal vez un atusarse rápido antes de abrir de cualquier modo.

Transcurrieron unos segundos más hasta que la puerta definitivamente se entreabrió sin que en un primer vistazo reconociera a quien, desde el otro lado, le miraba con rostro entre desconcertado e inquisidor, sin decir palabra, aguardando a que el visitante abriera la boca. Dudó porque llegó a pensar que se había confundido al no reconocer a quien tenía delante, una escueta y desaliñada figura que en el fondo de su memoria guardaba algún parecido con su amigo, que ni siquiera era antiguo o perdido en el tiempo, habían dejado de verse nada más comenzar la pandemia, hasta ahora. Fiándose de su intuición o ya certeza se atrevió a dar un paso adelante que obligó al otro a facilitarle el acceso. ─ Que tal, Luis… ¿cómo andamos? Y permaneció quieto, aguardando una respuesta o un movimiento de quien volvía a dudar que fuera quien sabía que era.

Más silencio, como si el otro estuviera buscando en su memoria dónde situar o a quien atribuir la figura que tenía delante, ahora apenas visible por haber cerrado impidiendo que la luz del rellano iluminara el pasillo, que quedó en una semipenumbra que más bien parecía oscuridad. Oscuridad que olía a cerrado y a algo más que no era ni sucio ni podrido, hasta el punto de dejar en el visitante una agobiante sensación de tiempo detenido que llegaba a restringir el oxígeno impidiendo que la cabeza funcionara con normalidad. Hasta que Luis levantó el brazo indicándole hacia donde él sabía, todo entre la misma negrura de la que no supo o pudo quejarse, tal vez porque si lo hubiera hecho él mismo lo habría considerado una intrusión.

Aquella no parecía la casa en la que tantas veces había estado, comido y dormido, o emborrachado, no era el olor a cerrado, ni la opresión de una oscuridad que iba semiaclarándose a medida que llegaban a un salón que comparativamente se abría iluminado pero sin luz, a tono con el resto, distinguiéndose un aire que casi podía cortarse aprisionando un mobiliario opaco y deslustrado pero no sucio, apagado, casi muerto, visto más como accidentes del terreno que como elemento utilitario o simplemente decorativo; pesado y macizo, tal que rocas de un paisaje que entraba dentro de lo desconocido. Miraba a su alrededor intentando confirmar alguna familiaridad cuando tropezaba con su amigo indicándole el sillón de siempre, él ya se había sentado donde habitualmente lo hacía. Sin ser todavía consciente del lugar en el que se hallaba no se le ocurrió otra cosa que volver a preguntar ─ ¿Y Elisa? ¿estás solo?

─ No está…

─ ¡Ah¡ vale… No dijo más por temor, porque era temor lo que empezaba a sentir, una sensación que los ojos de Luis no aliviaba, fijos en ninguna parte, más ausentes que perdidos, como si la poca luz que les iluminaba le resultase molesta; sin ganas ni predisposición a nada que no fuera permanecer sentado con la mirada desconectada.

─ Elisa se fue; decía que se estaba volviendo loca aquí encerrada… Se largó y no le pregunté… imagino que estará por ahí, pero no sé dónde…

─ ¿Pasó algo… ¿discutisteis…

─ No, pero ya sabes cómo es… ni piensa mal ni tiene cuidado, sigue diciendo que todo el mundo es bueno y… con los tiempos que corren no quiere ver lo que está sucediendo…

─ Y qué está sucediendo, aparte de esta maldita pandemia que nos trae de cabeza…

Su amigo le miraba ahora con cara de no entender… ─ Pues eso… la pandemia… y todavía falta lo peor… la gente se confía o directamente no le importa, sale, va a un sitio y a otro sin precauciones, como si todo fuera normal, sin dar importancia a las noticias, como si no estuviéramos en peligro de muerte con cada paso que damos fuera de nuestras casas… son unos inconscientes que han decidido ignorar el significado de esto…

─ Y qué significa…

 ─ ¿Tú también? Acaso no lo ves… no te das cuenta de que no hay solución para lo que está ocurriendo… que las vacunas tampoco sirven porque las mutaciones serán cada vez serán más dañinas, que son un camelo…. Hay que permanecer encerrados, y ni siquiera con eso podremos estar seguros… comer lo preciso… no tener ningún contacto con el exterior, tampoco contigo, a ti sí te lo puedo decir… Intentar enterarte de lo que pasa fuera pero desconfiando de todo, porque todos mienten, en una situación como esta nadie es de fiar, hay ocasiones en las que ver las noticias solo me causa desprecio por tanta inconsciencia y únicamente me queda creer que la gente ha decidido inmolarse sin que le importe el futuro. En el fondo son todos negacionistas, lo necesitan para sentirse algo, o alguien, pero la mayoría no se atreve a reconocerlo, se trata de justificar de algún modo sus de pronto miserables existencias, si no ¿qué? ¿ya está? ¿esto era todo? Llega una mierda de virus y jode de un plumazo tanta vida maravillosa, el santo proyecto de la humanidad… Nadie actúa con normalidad porque nadie sabe qué hacer, tampoco los que dicen saberlo, ni siquiera los más jóvenes, decir que a ellos no les afectaba como al resto fue lo peor que hicieron, si ya no tenían nada no están obligados a nada, a disfrutar todo lo que puedan hasta que les llegue la hora… ¿No te das cuenta? O también te haces ilusiones de que podremos superarlo…  ¿eres uno de ellos? Todos los días se lo decía a Elisa y ella no quería entender… cualquiera puede presentarse en tu casa y asesinarte… esto es el fin… solo espero y deseo que esté bien, allá donde pare…

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Placeres (Más)

Notaba cómo el alcohol comenzaba a asentarse en su cabeza, no de una forma alarmante o agresiva, ni siquiera preocupante, en ese punto en el que te sientes definitivamente bien y divisas allá a lo lejos la cumbre, justo cuando decides que ahí te quedas porque no te apetece estropear la sobremesa ni estropearte tú. Se acababa de quedar solo porque sus acompañantes habían decidido de pronto que tenían que largarse en busca de los aseos, sus motivos tendrían, tal vez los obligados en una sobremesa y tras una excelente comida. Miró su copa, más de media, diciéndose que la alargaría porque todavía no le apetecía irse, estaba estupendamente allí sentado.

Tenía justo delante, a unos metros y colgada en la pared, una pantalla de televisión en la que emitían lo que parecía la programación correspondiente a aquella hora de la tarde, de la que no tenía ni idea porque generalmente no veía televisión, y menos a esas horas, lo de hoy era algo excepcional, si es que puede llamarse de ese modo a una comida con amigos con los que habitualmente quedas cada cierto tiempo, reuniones que suele prolongarse conversación tras copa y viceversa.

Ignoraba cómo irían ellos de cargados, se lo preguntaría a su vuelta, aunque comer con agua no suele ser peligroso. En aquel momento la pantalla mostraba a una mujer escuetamente vestida haciendo de hembra en un programa que desconocía pero que no tenía que ver con el sexo; el aparato, por supuesto, tenía el volumen silenciado, por lo que los movimientos de la mujer resultaban más absurdos que curiosos, ni siquiera interesantes, en ocasiones a punto de la dislocación, y su mínimo y recortado atuendo tan incomprensible como ridículo. La pregunta surgió inevitable, siempre la misma, por qué tener que hacer de hembra para ganarse la vida, trabajar para un tipo, o tipos, que jamás te verán como mujer y te pagarán en función de un patriarcalismo tan reaccionario y degradante como machista… o si, en cambio, se trataba de una autohumillación voluntaria porque económicamente merecía la pena, los hay codiciosos a los que no les importa rebajarse y tampoco se plantean por qué… cada uno es cada uno. Pero, en definitiva, no puedes pretender que un energúmeno al que solo le interesas por tu cuerpo te trate a la hora de pagarte como persona, no es una cuestión de razón sino de poder, te humillas trabajando y te humillan cuando cobras. Se trata de sexo en una versión cruel, odiosa y vejatoria.

El sexo puede ser tan sencillo como retorcido, tan dulce como violento, tan excitante como repetitivo o fastidioso, o una cuestión de imaginación, aunque la imaginación también se puede usar para muchas otras cosas que nada tienen que ver con el sexo, el sexo es otra más, probablemente muchos de los que presumen de imaginación en lo referente al sexo se morirían de asco y aburrimiento ante el desafío de un lienzo en blanco, unas cosas por otras. O simple y excluyente autosatisfacción, con lo que cada cual se lo organiza y lo practica a su modo, solo o acompañado, a pelo o con muletas. Porque también en lo que se refiere al sexo la especie humana es limitada, mientras que cerebralmente parece no haber límites en cuanto a la parte física las cosas son como son y cada uno es un mundo. Esa doble experiencia nos permite poner, imaginar y hasta ayudarse allí donde no llega el cuerpo, con el inconveniente de que en más ocasiones de las reconocidas lo importante es poder contarlo después para envidia del auditorio; dónde y cómo se llegó y si se disfrutó, independientemente de las fantasías e invenciones posteriores que pueda forjar cualquier cabeza, es otro asunto que a nadie interesa.

Tampoco existía ningún inconveniente en reconocer que el sexo de los hombres no era para tirar cohetes, había lo que había y se disfrutaba lo que se disfrutaba, y personalmente prefería disfrutar hasta donde alcanzaba que perderse en aventuras que solo podría saborear en pasado, porque la parte física interesada y más interesante llegaba donde llegaba y tampoco le atraía eso de presumir o relamerse a posteriori de lo que pudo o no pudo ser o sucedió. Podía sentirse distinto, y hasta limitado, por gustar de un sexo que no necesitaba de tracas ni pólvoras, ya que se trataba principalmente de compartir, de llegar cien por cien a un único cerebro en lugar de andar persiguiendo dos o cinco y no alcanzar ninguno. No se consideraba egoísta ni partidario de utilizar al otro, u otros, como juguetes de carne y hueso para el propio placer, ni siquiera por el morbo de que están vivos y no se trata de recomendaciones u ofertas de cualquier sex shop o página web de moda; quizás sea debido a que procuran más satisfacción o una sensación de poder, por aquello del dominio y la posesión, en fin… Porque a la hora de cerrarse sobre uno mismo, sexo y disfrute particular en exclusiva, no había nada mejor que las muñecas, perfectas, con las medidas y volúmenes preferidos, con una suavísima piel sin arrugas, celulitis ni lunares, ni pelos, ni preguntas ni genios, ni problemas añadidos, sin esas horrorosas sorpresas o desagradables descubrimientos en el momento de desvestirse, ni tropiezos ni torpezas a la hora de lo que fuera, sin la aburrida reiteración del porno más vulgar, sin necesidad de precalentamiento ni conversación valorativa posterior, sexo cien por cien personalizado…

La mujer de la pantalla continuaba con sus simplezas pretendidamente sexuales de hembra que, también supuestamente, deberían despertar en los hombres del otro lado ignoraba qué deseos o apetencias que nada tenían que ver con el programa que mostraba gratuitamente aquella ridícula y patética exhibición. A saber qué… ¡uf! en menudo lío se estaba metiendo, eso sí que era hacerse una paja mental, menos mal que ya aparecían aquellos dos riéndose de regreso a la mesa.

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Casualidades

Tenía los zapatos manchados de aquella mierda de barro, o lo que fuera; joder con el fotógrafo, ya podría hacer los montajes en el estudio, no hacía falta que fuera tan auténtico; así nos clavará luego. Alzó la vista hacia las nubes y respiró tranquila, bueno, al menos parece que no lloverá. Una claridad esperanzadora dejaba una mañana apacible que la gente aprovechaba para estirar las piernas o, como en su caso, obtener instantáneas originales que enmarcaran esos días inolvidables que nunca tienen fin; papeles para unos recuerdos de los que luego se acaba renegando porque entonces no te enterabas de qué iba la cosa y porque ahora, pasados los años, se ve más que ridículo; igual que antes. Una bonanza primaveral que hacía la zona de las lagunas más concurrida que de costumbre, transitada por paseantes ataviados de todas las formas posibles, yendo y viniendo en parejas o en pequeños grupos que debían detenerse o dispersarse para dar paso a los amantes de la bicicleta, tipos concienzudos disfrazados de colorines pedaleando de allá para acá cumpliendo un horario lo suficientemente apretado como para sentirse deportivamente realizados. Cosas de estos tiempos.

Los niños, a unos metros de la madre y nada preocupados por la integridad de su atuendo, iban a lo suyo compartiendo unas bolsas de chuches que no les cabían en las manos, estaban de fiesta, de ahí la abundancia de lo que en un día normal suele ser un no detrás de otro. Mamá, incansable, repasaba ahora los bajos del floreado mono desmangado por si algún salpicazo de ese barro -¿o era cieno?- estropeaba un conjunto que nadie más que ella sabía admirar, porque su marido, igual de ido que siempre, estaba más por seguir con la vista a las paseantes que, a lo suyo, desfilaban por su lado, algunas saludando, por aquello de la educación, y otras, más embebidas en la tarea, sin hacer ni puñetero caso, concentradas en su particular tole tole, como si estuvieran saldando una cuenta pendiente. No, ninguna de las flores multicolores aparecía manchada, había tenido suerte, verificó a continuación sus espléndidas curvas con la mirada, tan personales que no necesitaban saber ni admitían espejos, y se relamió de gusto cerrando la revista satisfecha, estaba perfecta.

Míralo, ni caso, más pendiente de las otras que de su propia mujer, qué más le da mancharse o que le salpique, no sé ni cómo me preocupo; la próxima vez se va a vestir solo, a ver qué se pone, con esa tripa cervecera que parece que está preñado. Y esos pantalones tan estrechos, con ese tipo… ─ Buenos días… Interrumpía su reflexión respondiendo a un par de educados ciclistas que pasaban a su lado repartiendo cortesía. Qué culos más bien puestos, se dijo, no como éste que parece una tabla. Resopló resignada y regresó a su niña posando encaramada en el centro de la pasarela que daba acceso al punto de observación de aves locales, tan guapa como aburrida. Definitivamente ese color le gustaba, no era ni blanco ni gris ni marrón, un tono raro que le había convencido de inmediato, su niña no iría como el resto.

Solo faltaba que el tipo bajito de las fotos hiciera bien su trabajo, aunque viendo el despliegue de material que ponía en juego… pero también es verdad que esta gente monta el tenderete para aparentar y hacerte creer que son unos profesionales y luego hacen lo que les da la gana, ¡como tú no tienes ni idea! Mucho trípode, mucho foco, mucha cámara… ¡Laurita, amor! ¡Estate quieta! Laurita, resignada al fastidio de la pose, agitaba en ese momento un brazo intentando alejar algún insecto que empezaba a molestarle, algo por otra parte bastante común en zonas de agua estancada. Pero Laurita no hacía caso, el profesional de la cámara trabajaba como podía sin llegar a reconvenirla y, para colmo, el más que inoportuno insecto, sintiéndose probablemente amenazado y sin venir a cuento, optaba por dejar su aguijón incrustado en la tierna piel de la criatura; hecho más que desgraciado que tenía como consecuencia inmediata la desgarradora irrupción en la placidez de la mañana de un doloroso grito que espantaba a todo bicho viviente en muchos metros a la redonda. Una enérgica exclamación a la que siguió un sorprendente salto hacia un lado que llevó su cabecita contra uno de los travesaños que formaban la baranda de la pasarela, seguido del consiguiente traspiés que acabó con la infortunada víctima en el fondo de la laguna; un escaso medio metro que pareció más a juzgar por la altura y distancia que alcanzó el agua y el posterior revuelo que organizó. De tal modo que antes de que los respectivos pudieran reaccionar un par de ciclistas, abandonadas de cualquier modo sus máquinas, ya estaban salpicando en dirección a la niña, casi antes de oír el desesperado grito; samaritanos a los que se sumaban, con igual celeridad, un matrimonio mayor que pasaba en ese preciso momento junto al grupo. Como fue cuestión de segundos el tiempo que la criatura tardó en ser rodeada e izada fuera del escaso medio metro de agua, tan empapada como manchada de un barro que dejaba el pomposo vestido de comunión tal que una bayeta con la que se hubiera limpiado el suelo más mancillado.

Todo acompañado de un revoltijo de sonidos avícolas, gritos, exclamaciones, gestos más que estridentes, llantos, llamadas a la calma, preguntas estúpidas, advertencias, avisos urgentes, curiosos, acusaciones, evidencias, brazos y manos pendientes del cuerpo de Laurita de nuevo sobre la rampa en un estado más que lamentable, con el agravante de que faltaba un zapato que debería estar flotando o directamente enterrado en el fango. Y de remate comenzaba a llover.

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Diálogo salvaje

Franqueó la puerta abierta y se dirigió donde el propietario del despacho atendía a la pantalla de un ordenador. ─ Aquí tienes -dejando caer una gruesa carpeta sobre la mesa.

─ ¿Qué es esto?

─ Ideas y proyectos para confeccionar el programa para las elecciones.

─ Pero -mirándolo sin entender- ¿quién gobierna? ¿quién es actualmente el gobierno?

─ Nosotros.

─ ¿Entonces? -señalando la carpeta. Esto son cosas de la oposición.

─ ¿Cómo? -el tipo, todavía en pie, tampoco entendía.

─ A ver si nos enteramos. Nuestros votantes no necesitan proyectos ni programas, nos votan por lo que somos. Con lo que nos ha costado que la gente odie y desprecie la política y a los políticos y tú vienes ahora con estas -el de la carpeta seguía sin enterarse de qué iba aquello. ¿Qué tiempo llevas con nosotros? ¿un año? -ahora asentía sin palabras. La gente nos desprecia porque hacemos lo que nos da la gana y eso es cierto, y no nos importa porque nuestra única preocupación son nuestros propios intereses. La gente solo quiere dinero para poder ir al bar y malcomer fuera de vez en cuando, conseguir una tarjeta pirata para ver el fútbol de pago y pasar una semana en la playa en un hotel barato con spa, aunque tenga que trabajar dieciséis horas al día para ganar una mierda de sueldo, porque a la hora de cobrar nadie se acuerda del esfuerzo y el tiempo invertido, es más, son capaces de trabajar mucho más para obtener mucho menos. Es la oposición la que tiene que preocuparse por seguir todavía chupando rueda, por eso no le queda más remedio que inventarse programas y proyectos que nadie va a leer porque, aparte de que no saben leer, cada hijo de vecino viene con la lección aprendida: la política es una mierda y los políticos unos sinvergüenzas. No hay más. Tras años intentando alejar a la población de la política no vamos a estropearlo ahora con un programa que todo el mundo sabe que no vamos a cumplir. A la gente le gusta creer que tiene su propia opinión, aunque le sirva para limpiarse el culo, los políticos somos una panda de sinvergüenzas que nos metemos en política para enriquecernos y fabricarnos una salida bien remunerada para cuando nos llegue la hora. El resto no existe. Hemos dedicado cada vez menos dinero a inversiones públicas y conseguido con ello que una gran mayoría odie lo público porque cree que es un nido de víboras y un refugio para parásitos, mejor. Desprecian lo público porque significa impuestos que se dilapidan en mantener a unos vagos que no valen para nada, por eso prefieren pagar hasta por mear, porque con eso se creen que son libres, cuando lo que son es cada vez más imbéciles. ¿No los ves en cualquier oferta o en las rebajas, como se insultan y se pegan por las migajas? Pues eso es lo que hay que mantener, hacerlo cada vez peor, ir desmantelando con el enfebrecido consentimiento de la población -un consentimiento que curiosamente no sirve para nada porque, como te vengo diciendo, no pintan nada- y dárselo a quien más convenga o a quien mejor nos trate, y a otra cosa. A la hora de votar al populacho -esos desdentados, como los llamaba el gabacho Hollande- solo le importa tener más que el vecino, y si eso no es posible hacer lo necesario para que el vecino tenga menos que tú, y votará en contra de sus propios intereses con tal de conseguirlo; la envidia funciona a nuestro favor, son tan estúpidos que en algún momento de sus miserables existencias olvidaron que eso de la democracia es para todos y que con un poquito de organización, interés por la política y sentido común puedes conseguir lo que quieras. Y nosotros no vamos a estropearlo con una mierda de programa. Hoy el fracaso del otro es su victoria y el político vencedor el envidiado porque va a poder hacer lo que se salga de los cojones, que es lo que haría cualquiera si tuviera huevos y estuviera en su lugar. Su idea de igualdad se limita a poder meter la mano en provecho propio. Así que, repito, coge tu carpeta y la tiras a la basura, pero bien hondo, no sea que la encuentre otro, se le ocurra pensar por sí mismo y quiera hacer política. ¡Ah! y cierra la puerta al salir.

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