Sobrevivientes

Tocó el timbre y aguardó, pero no hubo confirmación de su presencia al otro lado, ningún ruido, ni siquiera un voy tranquilizador. El rato se prolongó hasta unos pocos segundos antes de volver a pulsar el interruptor, justo cuando pudo distinguir un arrastrarse de pies aproximándose, quizás demasiado lento, de alguien con dificultades para desplazarse, sin ninguna voz de advertencia. Dejó de oírlo, como si estuvieran comprobando la evidencia o fiabilidad de la visita por alguna mirilla situada a propósito; pero no, la puerta no mostraba ningún orificio por el que mirar la calidad o cualidades del intruso, es más, nunca lo había tenido, luego la tardanza se debía a otra cosa, tal vez un atusarse rápido antes de abrir de cualquier modo.

Transcurrieron unos segundos más hasta que la puerta definitivamente se entreabrió sin que en un primer vistazo reconociera a quien, desde el otro lado, le miraba con rostro entre desconcertado e inquisidor, sin decir palabra, aguardando a que el visitante abriera la boca. Dudó porque llegó a pensar que se había confundido al no reconocer a quien tenía delante, una escueta y desaliñada figura que en el fondo de su memoria guardaba algún parecido con su amigo, que ni siquiera era antiguo o perdido en el tiempo, habían dejado de verse nada más comenzar la pandemia, hasta ahora. Fiándose de su intuición o ya certeza se atrevió a dar un paso adelante que obligó al otro a facilitarle el acceso. ─ Que tal, Luis… ¿cómo andamos? Y permaneció quieto, aguardando una respuesta o un movimiento de quien volvía a dudar que fuera quien sabía que era.

Más silencio, como si el otro estuviera buscando en su memoria dónde situar o a quien atribuir la figura que tenía delante, ahora apenas visible por haber cerrado impidiendo que la luz del rellano iluminara el pasillo, que quedó en una semipenumbra que más bien parecía oscuridad. Oscuridad que olía a cerrado y a algo más que no era ni sucio ni podrido, hasta el punto de dejar en el visitante una agobiante sensación de tiempo detenido que llegaba a restringir el oxígeno impidiendo que la cabeza funcionara con normalidad. Hasta que Luis levantó el brazo indicándole hacia donde él sabía, todo entre la misma negrura de la que no supo o pudo quejarse, tal vez porque si lo hubiera hecho él mismo lo habría considerado una intrusión.

Aquella no parecía la casa en la que tantas veces había estado, comido y dormido, o emborrachado, no era el olor a cerrado, ni la opresión de una oscuridad que iba semiaclarándose a medida que llegaban a un salón que comparativamente se abría iluminado pero sin luz, a tono con el resto, distinguiéndose un aire que casi podía cortarse aprisionando un mobiliario opaco y deslustrado pero no sucio, apagado, casi muerto, visto más como accidentes del terreno que como elemento utilitario o simplemente decorativo; pesado y macizo, tal que rocas de un paisaje que entraba dentro de lo desconocido. Miraba a su alrededor intentando confirmar alguna familiaridad cuando tropezaba con su amigo indicándole el sillón de siempre, él ya se había sentado donde habitualmente lo hacía. Sin ser todavía consciente del lugar en el que se hallaba no se le ocurrió otra cosa que volver a preguntar ─ ¿Y Elisa? ¿estás solo?

─ No está…

─ ¡Ah¡ vale… No dijo más por temor, porque era temor lo que empezaba a sentir, una sensación que los ojos de Luis no aliviaba, fijos en ninguna parte, más ausentes que perdidos, como si la poca luz que les iluminaba le resultase molesta; sin ganas ni predisposición a nada que no fuera permanecer sentado con la mirada desconectada.

─ Elisa se fue; decía que se estaba volviendo loca aquí encerrada… Se largó y no le pregunté… imagino que estará por ahí, pero no sé dónde…

─ ¿Pasó algo… ¿discutisteis…

─ No, pero ya sabes cómo es… ni piensa mal ni tiene cuidado, sigue diciendo que todo el mundo es bueno y… con los tiempos que corren no quiere ver lo que está sucediendo…

─ Y qué está sucediendo, aparte de esta maldita pandemia que nos trae de cabeza…

Su amigo le miraba ahora con cara de no entender… ─ Pues eso… la pandemia… y todavía falta lo peor… la gente se confía o directamente no le importa, sale, va a un sitio y a otro sin precauciones, como si todo fuera normal, sin dar importancia a las noticias, como si no estuviéramos en peligro de muerte con cada paso que damos fuera de nuestras casas… son unos inconscientes que han decidido ignorar el significado de esto…

─ Y qué significa…

 ─ ¿Tú también? Acaso no lo ves… no te das cuenta de que no hay solución para lo que está ocurriendo… que las vacunas tampoco sirven porque las mutaciones serán cada vez serán más dañinas, que son un camelo…. Hay que permanecer encerrados, y ni siquiera con eso podremos estar seguros… comer lo preciso… no tener ningún contacto con el exterior, tampoco contigo, a ti sí te lo puedo decir… Intentar enterarte de lo que pasa fuera pero desconfiando de todo, porque todos mienten, en una situación como esta nadie es de fiar, hay ocasiones en las que ver las noticias solo me causa desprecio por tanta inconsciencia y únicamente me queda creer que la gente ha decidido inmolarse sin que le importe el futuro. En el fondo son todos negacionistas, lo necesitan para sentirse algo, o alguien, pero la mayoría no se atreve a reconocerlo, se trata de justificar de algún modo sus de pronto miserables existencias, si no ¿qué? ¿ya está? ¿esto era todo? Llega una mierda de virus y jode de un plumazo tanta vida maravillosa, el santo proyecto de la humanidad… Nadie actúa con normalidad porque nadie sabe qué hacer, tampoco los que dicen saberlo, ni siquiera los más jóvenes, decir que a ellos no les afectaba como al resto fue lo peor que hicieron, si ya no tenían nada no están obligados a nada, a disfrutar todo lo que puedan hasta que les llegue la hora… ¿No te das cuenta? O también te haces ilusiones de que podremos superarlo…  ¿eres uno de ellos? Todos los días se lo decía a Elisa y ella no quería entender… cualquiera puede presentarse en tu casa y asesinarte… esto es el fin… solo espero y deseo que esté bien, allá donde pare…

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Placeres (Más)

Notaba cómo el alcohol comenzaba a asentarse en su cabeza, no de una forma alarmante o agresiva, ni siquiera preocupante, en ese punto en el que te sientes definitivamente bien y divisas allá a lo lejos la cumbre, justo cuando decides que ahí te quedas porque no te apetece estropear la sobremesa ni estropearte tú. Se acababa de quedar solo porque sus acompañantes habían decidido de pronto que tenían que largarse en busca de los aseos, sus motivos tendrían, tal vez los obligados en una sobremesa y tras una excelente comida. Miró su copa, más de media, diciéndose que la alargaría porque todavía no le apetecía irse, estaba estupendamente allí sentado.

Tenía justo delante, a unos metros y colgada en la pared, una pantalla de televisión en la que emitían lo que parecía la programación correspondiente a aquella hora de la tarde, de la que no tenía ni idea porque generalmente no veía televisión, y menos a esas horas, lo de hoy era algo excepcional, si es que puede llamarse de ese modo a una comida con amigos con los que habitualmente quedas cada cierto tiempo, reuniones que suele prolongarse conversación tras copa y viceversa.

Ignoraba cómo irían ellos de cargados, se lo preguntaría a su vuelta, aunque comer con agua no suele ser peligroso. En aquel momento la pantalla mostraba a una mujer escuetamente vestida haciendo de hembra en un programa que desconocía pero que no tenía que ver con el sexo; el aparato, por supuesto, tenía el volumen silenciado, por lo que los movimientos de la mujer resultaban más absurdos que curiosos, ni siquiera interesantes, en ocasiones a punto de la dislocación, y su mínimo y recortado atuendo tan incomprensible como ridículo. La pregunta surgió inevitable, siempre la misma, por qué tener que hacer de hembra para ganarse la vida, trabajar para un tipo, o tipos, que jamás te verán como mujer y te pagarán en función de un patriarcalismo tan reaccionario y degradante como machista… o si, en cambio, se trataba de una autohumillación voluntaria porque económicamente merecía la pena, los hay codiciosos a los que no les importa rebajarse y tampoco se plantean por qué… cada uno es cada uno. Pero, en definitiva, no puedes pretender que un energúmeno al que solo le interesas por tu cuerpo te trate a la hora de pagarte como persona, no es una cuestión de razón sino de poder, te humillas trabajando y te humillan cuando cobras. Se trata de sexo en una versión cruel, odiosa y vejatoria.

El sexo puede ser tan sencillo como retorcido, tan dulce como violento, tan excitante como repetitivo o fastidioso, o una cuestión de imaginación, aunque la imaginación también se puede usar para muchas otras cosas que nada tienen que ver con el sexo, el sexo es otra más, probablemente muchos de los que presumen de imaginación en lo referente al sexo se morirían de asco y aburrimiento ante el desafío de un lienzo en blanco, unas cosas por otras. O simple y excluyente autosatisfacción, con lo que cada cual se lo organiza y lo practica a su modo, solo o acompañado, a pelo o con muletas. Porque también en lo que se refiere al sexo la especie humana es limitada, mientras que cerebralmente parece no haber límites en cuanto a la parte física las cosas son como son y cada uno es un mundo. Esa doble experiencia nos permite poner, imaginar y hasta ayudarse allí donde no llega el cuerpo, con el inconveniente de que en más ocasiones de las reconocidas lo importante es poder contarlo después para envidia del auditorio; dónde y cómo se llegó y si se disfrutó, independientemente de las fantasías e invenciones posteriores que pueda forjar cualquier cabeza, es otro asunto que a nadie interesa.

Tampoco existía ningún inconveniente en reconocer que el sexo de los hombres no era para tirar cohetes, había lo que había y se disfrutaba lo que se disfrutaba, y personalmente prefería disfrutar hasta donde alcanzaba que perderse en aventuras que solo podría saborear en pasado, porque la parte física interesada y más interesante llegaba donde llegaba y tampoco le atraía eso de presumir o relamerse a posteriori de lo que pudo o no pudo ser o sucedió. Podía sentirse distinto, y hasta limitado, por gustar de un sexo que no necesitaba de tracas ni pólvoras, ya que se trataba principalmente de compartir, de llegar cien por cien a un único cerebro en lugar de andar persiguiendo dos o cinco y no alcanzar ninguno. No se consideraba egoísta ni partidario de utilizar al otro, u otros, como juguetes de carne y hueso para el propio placer, ni siquiera por el morbo de que están vivos y no se trata de recomendaciones u ofertas de cualquier sex shop o página web de moda; quizás sea debido a que procuran más satisfacción o una sensación de poder, por aquello del dominio y la posesión, en fin… Porque a la hora de cerrarse sobre uno mismo, sexo y disfrute particular en exclusiva, no había nada mejor que las muñecas, perfectas, con las medidas y volúmenes preferidos, con una suavísima piel sin arrugas, celulitis ni lunares, ni pelos, ni preguntas ni genios, ni problemas añadidos, sin esas horrorosas sorpresas o desagradables descubrimientos en el momento de desvestirse, ni tropiezos ni torpezas a la hora de lo que fuera, sin la aburrida reiteración del porno más vulgar, sin necesidad de precalentamiento ni conversación valorativa posterior, sexo cien por cien personalizado…

La mujer de la pantalla continuaba con sus simplezas pretendidamente sexuales de hembra que, también supuestamente, deberían despertar en los hombres del otro lado ignoraba qué deseos o apetencias que nada tenían que ver con el programa que mostraba gratuitamente aquella ridícula y patética exhibición. A saber qué… ¡uf! en menudo lío se estaba metiendo, eso sí que era hacerse una paja mental, menos mal que ya aparecían aquellos dos riéndose de regreso a la mesa.

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Casualidades

Tenía los zapatos manchados de aquella mierda de barro, o lo que fuera; joder con el fotógrafo, ya podría hacer los montajes en el estudio, no hacía falta que fuera tan auténtico; así nos clavará luego. Alzó la vista hacia las nubes y respiró tranquila, bueno, al menos parece que no lloverá. Una claridad esperanzadora dejaba una mañana apacible que la gente aprovechaba para estirar las piernas o, como en su caso, obtener instantáneas originales que enmarcaran esos días inolvidables que nunca tienen fin; papeles para unos recuerdos de los que luego se acaba renegando porque entonces no te enterabas de qué iba la cosa y porque ahora, pasados los años, se ve más que ridículo; igual que antes. Una bonanza primaveral que hacía la zona de las lagunas más concurrida que de costumbre, transitada por paseantes ataviados de todas las formas posibles, yendo y viniendo en parejas o en pequeños grupos que debían detenerse o dispersarse para dar paso a los amantes de la bicicleta, tipos concienzudos disfrazados de colorines pedaleando de allá para acá cumpliendo un horario lo suficientemente apretado como para sentirse deportivamente realizados. Cosas de estos tiempos.

Los niños, a unos metros de la madre y nada preocupados por la integridad de su atuendo, iban a lo suyo compartiendo unas bolsas de chuches que no les cabían en las manos, estaban de fiesta, de ahí la abundancia de lo que en un día normal suele ser un no detrás de otro. Mamá, incansable, repasaba ahora los bajos del floreado mono desmangado por si algún salpicazo de ese barro -¿o era cieno?- estropeaba un conjunto que nadie más que ella sabía admirar, porque su marido, igual de ido que siempre, estaba más por seguir con la vista a las paseantes que, a lo suyo, desfilaban por su lado, algunas saludando, por aquello de la educación, y otras, más embebidas en la tarea, sin hacer ni puñetero caso, concentradas en su particular tole tole, como si estuvieran saldando una cuenta pendiente. No, ninguna de las flores multicolores aparecía manchada, había tenido suerte, verificó a continuación sus espléndidas curvas con la mirada, tan personales que no necesitaban saber ni admitían espejos, y se relamió de gusto cerrando la revista satisfecha, estaba perfecta.

Míralo, ni caso, más pendiente de las otras que de su propia mujer, qué más le da mancharse o que le salpique, no sé ni cómo me preocupo; la próxima vez se va a vestir solo, a ver qué se pone, con esa tripa cervecera que parece que está preñado. Y esos pantalones tan estrechos, con ese tipo… ─ Buenos días… Interrumpía su reflexión respondiendo a un par de educados ciclistas que pasaban a su lado repartiendo cortesía. Qué culos más bien puestos, se dijo, no como éste que parece una tabla. Resopló resignada y regresó a su niña posando encaramada en el centro de la pasarela que daba acceso al punto de observación de aves locales, tan guapa como aburrida. Definitivamente ese color le gustaba, no era ni blanco ni gris ni marrón, un tono raro que le había convencido de inmediato, su niña no iría como el resto.

Solo faltaba que el tipo bajito de las fotos hiciera bien su trabajo, aunque viendo el despliegue de material que ponía en juego… pero también es verdad que esta gente monta el tenderete para aparentar y hacerte creer que son unos profesionales y luego hacen lo que les da la gana, ¡como tú no tienes ni idea! Mucho trípode, mucho foco, mucha cámara… ¡Laurita, amor! ¡Estate quieta! Laurita, resignada al fastidio de la pose, agitaba en ese momento un brazo intentando alejar algún insecto que empezaba a molestarle, algo por otra parte bastante común en zonas de agua estancada. Pero Laurita no hacía caso, el profesional de la cámara trabajaba como podía sin llegar a reconvenirla y, para colmo, el más que inoportuno insecto, sintiéndose probablemente amenazado y sin venir a cuento, optaba por dejar su aguijón incrustado en la tierna piel de la criatura; hecho más que desgraciado que tenía como consecuencia inmediata la desgarradora irrupción en la placidez de la mañana de un doloroso grito que espantaba a todo bicho viviente en muchos metros a la redonda. Una enérgica exclamación a la que siguió un sorprendente salto hacia un lado que llevó su cabecita contra uno de los travesaños que formaban la baranda de la pasarela, seguido del consiguiente traspiés que acabó con la infortunada víctima en el fondo de la laguna; un escaso medio metro que pareció más a juzgar por la altura y distancia que alcanzó el agua y el posterior revuelo que organizó. De tal modo que antes de que los respectivos pudieran reaccionar un par de ciclistas, abandonadas de cualquier modo sus máquinas, ya estaban salpicando en dirección a la niña, casi antes de oír el desesperado grito; samaritanos a los que se sumaban, con igual celeridad, un matrimonio mayor que pasaba en ese preciso momento junto al grupo. Como fue cuestión de segundos el tiempo que la criatura tardó en ser rodeada e izada fuera del escaso medio metro de agua, tan empapada como manchada de un barro que dejaba el pomposo vestido de comunión tal que una bayeta con la que se hubiera limpiado el suelo más mancillado.

Todo acompañado de un revoltijo de sonidos avícolas, gritos, exclamaciones, gestos más que estridentes, llantos, llamadas a la calma, preguntas estúpidas, advertencias, avisos urgentes, curiosos, acusaciones, evidencias, brazos y manos pendientes del cuerpo de Laurita de nuevo sobre la rampa en un estado más que lamentable, con el agravante de que faltaba un zapato que debería estar flotando o directamente enterrado en el fango. Y de remate comenzaba a llover.

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Diálogo salvaje

Franqueó la puerta abierta y se dirigió donde el propietario del despacho atendía a la pantalla de un ordenador. ─ Aquí tienes -dejando caer una gruesa carpeta sobre la mesa.

─ ¿Qué es esto?

─ Ideas y proyectos para confeccionar el programa para las elecciones.

─ Pero -mirándolo sin entender- ¿quién gobierna? ¿quién es actualmente el gobierno?

─ Nosotros.

─ ¿Entonces? -señalando la carpeta. Esto son cosas de la oposición.

─ ¿Cómo? -el tipo, todavía en pie, tampoco entendía.

─ A ver si nos enteramos. Nuestros votantes no necesitan proyectos ni programas, nos votan por lo que somos. Con lo que nos ha costado que la gente odie y desprecie la política y a los políticos y tú vienes ahora con estas -el de la carpeta seguía sin enterarse de qué iba aquello. ¿Qué tiempo llevas con nosotros? ¿un año? -ahora asentía sin palabras. La gente nos desprecia porque hacemos lo que nos da la gana y eso es cierto, y no nos importa porque nuestra única preocupación son nuestros propios intereses. La gente solo quiere dinero para poder ir al bar y malcomer fuera de vez en cuando, conseguir una tarjeta pirata para ver el fútbol de pago y pasar una semana en la playa en un hotel barato con spa, aunque tenga que trabajar dieciséis horas al día para ganar una mierda de sueldo, porque a la hora de cobrar nadie se acuerda del esfuerzo y el tiempo invertido, es más, son capaces de trabajar mucho más para obtener mucho menos. Es la oposición la que tiene que preocuparse por seguir todavía chupando rueda, por eso no le queda más remedio que inventarse programas y proyectos que nadie va a leer porque, aparte de que no saben leer, cada hijo de vecino viene con la lección aprendida: la política es una mierda y los políticos unos sinvergüenzas. No hay más. Tras años intentando alejar a la población de la política no vamos a estropearlo ahora con un programa que todo el mundo sabe que no vamos a cumplir. A la gente le gusta creer que tiene su propia opinión, aunque le sirva para limpiarse el culo, los políticos somos una panda de sinvergüenzas que nos metemos en política para enriquecernos y fabricarnos una salida bien remunerada para cuando nos llegue la hora. El resto no existe. Hemos dedicado cada vez menos dinero a inversiones públicas y conseguido con ello que una gran mayoría odie lo público porque cree que es un nido de víboras y un refugio para parásitos, mejor. Desprecian lo público porque significa impuestos que se dilapidan en mantener a unos vagos que no valen para nada, por eso prefieren pagar hasta por mear, porque con eso se creen que son libres, cuando lo que son es cada vez más imbéciles. ¿No los ves en cualquier oferta o en las rebajas, como se insultan y se pegan por las migajas? Pues eso es lo que hay que mantener, hacerlo cada vez peor, ir desmantelando con el enfebrecido consentimiento de la población -un consentimiento que curiosamente no sirve para nada porque, como te vengo diciendo, no pintan nada- y dárselo a quien más convenga o a quien mejor nos trate, y a otra cosa. A la hora de votar al populacho -esos desdentados, como los llamaba el gabacho Hollande- solo le importa tener más que el vecino, y si eso no es posible hacer lo necesario para que el vecino tenga menos que tú, y votará en contra de sus propios intereses con tal de conseguirlo; la envidia funciona a nuestro favor, son tan estúpidos que en algún momento de sus miserables existencias olvidaron que eso de la democracia es para todos y que con un poquito de organización, interés por la política y sentido común puedes conseguir lo que quieras. Y nosotros no vamos a estropearlo con una mierda de programa. Hoy el fracaso del otro es su victoria y el político vencedor el envidiado porque va a poder hacer lo que se salga de los cojones, que es lo que haría cualquiera si tuviera huevos y estuviera en su lugar. Su idea de igualdad se limita a poder meter la mano en provecho propio. Así que, repito, coge tu carpeta y la tiras a la basura, pero bien hondo, no sea que la encuentre otro, se le ocurra pensar por sí mismo y quiera hacer política. ¡Ah! y cierra la puerta al salir.

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Placeres

Tumbada en el sofá tocaba no preocuparse por qué hacer, dormir, dejarse llevar o directamente aburrirse hasta que se le ocurriera algo provechoso, cualquier cosa sensatamente atribuible a una mujer adulta en sus cabales, aunque, por otra parte, las ganas de no hacer nada, ni siquiera dormir, prevalecían ajenas tanto al interés como a la intención. Se movió buscando una mejor posición cuando su vista tropezó con su jersey, en el mismo lugar donde lo olvidó. ¡Uf! tendría que devolvérselo y no le apetecía, pero si lo dejaba ahí la puerta seguiría abierta y no tenía ganas de volver a verlo, con una vez había sido suficiente.

Lanzó un cojín sobre la prenda olvidada con intención de ocultarla y solo lo consiguió a medias. ¡Bah! alargó el brazo y sacó del cajón su osito, lo miró con placer y comprobó que la batería estaba cargada; él nunca le fallaba, siempre dispuesto y a estas alturas sin necesidad de enseñarle ni rezar para que acertara, ni casi dirigirlo, o apartarlo porque su torpeza amenazara con convertir lo que debería ser placentero en un progresivo nerviosismo que lo mismo acababa en hartazgo como se convertía en pura violencia por flagrante incompetencia. Su osito siempre sabía qué hacer, si es que podía afirmarse algo parecido de esa pequeña y sonriente mascota que nunca le defraudaba, estuviera de mejor o peor humor, necesitada de descanso o con ganas de batalla; en más de una ocasión había preferido la comodidad de lo que funciona a la incertidumbre de un encuentro, ese aventurado ojalá esta vez tenga suerte. Los hombres son lo que son, cada cual con sus limitaciones, salidos en exceso, engreídos sin tacto ni delicadeza, pura brutalidad y torpeza, o todo lo contrario, tan tímidos e inexpertos que en más de una ocasión daba pereza llevarles de la mano. También los había normales, pero llega un momento en el que no sabes qué es normal tratándose de sexo, qué prima o de qué depende. Aunque si desconoces el terreno no te metas, es así de sencillo, los experimentos mejor dejarlos para casa, en el sexo, da igual si ocasional o más en serio -¿qué quería decir con en serio?-, no puedes andar a ver qué sale porque puede ser que el resultado sea tan malo que no halla otra vez debido al vergonzoso fracaso de la primera y única. Y aquello de aprender a conocerse como que no, había que invertir tiempo y una no siempre anda con ganas para averiguaciones, como tampoco había caído subyugada por el hombre de sus sueños, al que le perdonas todo, de momento no, y las expectativas o su falta ni le atraían ni le preocupaban, lo que hay es lo que hay, y en más de una ocasión no lo arreglas ni con ganas ni con imaginación, mucho montón y un exceso de babas, y tiempo perdido.

Envolvió con las manos su querido osito y lo besó, lo miró con detenimiento mientras pensaba que también podía hacerse mayor, o cambiar de aspecto, de tamaño y forma, incluso multiplicarse, a voluntad, eran opciones completamente válidas que de pronto se abrían interminables… podía relamerse de gusto con solo pensarlo. Se le había pasado el sueño y darle vueltas al sexo la había alterado para bien, así que no había por qué demorarse, la ocasión pintaba excelente, volvió a comprobar su funcionamiento y abrió las piernas despacio, lista para disfrutar, tanto como estuviera dispuesta… hasta el infinito y más allá.

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Decidirse

Abrió los ojos cuando entornaba la puerta en dirección a no sabía dónde, se esforzó por no regresar al sueño aguardando, por pura curiosidad, qué vendría después; no es que le preocupara especialmente, pero solía ser ella la que se levantaba primero, sobre todo porque era su casa y porque cuando duermes en casa ajena te mueves en un entorno desconocido y careces de referencias. No tuvo que esperar mucho porque al poco asomó tímidamente la cabeza husmeando el panorama. ─ Buenos días. ¿Ya te vas? ─ Si, lo siento. Tengo que hacer. ─ ¿No desayunas? ─ No me da tiempo, comeré algo a lo largo de la mañana. ¿Me llamas? ─ Mejor tú, que siempre estás ocupado. ─ Vale. Hasta luego. Y desapareció volviendo a dejar la puerta de la alcoba entornada. No le dio tiempo a reaccionar o molestarse porque la puerta volvía a abrirse, esta vez de par en par, y el mismo rostro se abalanzaba sobre la cama para mirarla directamente a los ojos y besarla. ─ Disculpa, mi cabeza. Hasta luego otra vez. Te llamaré. Esta vez sí parecía definitiva porque oyó cerrarse la puerta del piso y correr escaleras abajo.

No le apetecía levantarse, volvería a dormirse. Pero no podía, no en esta ocasión porque, sin saber cómo o por qué, se puso a rememorar satisfecha la noche anterior repasando, detalle a detalle, la vuelta a casa y lo que sucedió después, hasta que se durmió. La satisfacción fue en aumento, hasta el punto de que cuanto más se demoraba en su memoria más cálido y acogedor se hacía el capullo en el que estaba envuelta. Supo que definitivamente no se iba a dormir, ya no, también tenía cosas que hacer, y lo primero era darse una ducha.

Bajo la calidez del agua regresó a sus recuerdos de la noche pasada. Le gustaba, lo sentía de otro modo, con él olvidaba sus precauciones dejándose llevar como no solía hacerlo. En su compañía se sentía bien consigo misma, tampoco le importaba cederle el protagonismo o actuar como una simple acompañante, cándida y confiada; y por qué le sucedía eso no lo sabía, como tampoco se atrevía a pensar que esa mujer no fuera ella, tan diferente a la que en circunstancias normales vivía atada a sus propias obsesiones, nada desconfiada, todo ingenuidad. Lo que hace ya unas semanas había comenzado como un desafío innecesario, a partir de una de esas conversaciones sobrantes a horas ya intempestivas y cuando todo el mundo empieza a estar de vuelta, se había convertido en… ¿una relación en toda regla? ¿al margen, o además, de dormir juntos cada pocos días? De pronto se le vino encima toda la carga significativa de UNA RELACIÓN y estuvo a punto de gritarse que estaba loca, volviendo a preguntarse si sabía dónde se estaba metiendo. Tampoco tenía ni idea de lo que pensaba él, contando con que coincidiera en lo que ella creía que mantenían, no habían tenido necesidad de hablar de ello porque no hacía falta, bastaba con olfatearlo. Pero era lo que sentía y eso la atraía tanto como la inquietaba, porque en esta ocasión no era su cabeza sino su corazón quien hablaba más alto y con serias intenciones de hacerse valer, ¡a estas alturas!

El agua caía sobre su cuerpo convertido en una figura inmóvil por la que resbalaban hilos y gotas perfilando el relieve de sus curvas hasta perderse por el desagüe. Esta vez sí -insistía-, le apetecía, a la mierda los recelos y las precauciones, siempre con el freno echado, pensando de más, obligándose a cada vez menos por si… Seguían presentes el temor a volver a equivocarse y el pavor a cerrar la puerta definitivamente sin darse cuenta siquiera de ello; en su cabeza se mezclaban no reconocer cuándo es demasiado tarde ni olvidar lo que no debe volver a repetirse. Tampoco sabía cuál era su tiempo, si es que todavía disponía de alguno, pero… ¡qué estaba haciendo! Con el agua de fondo de pronto sonó la puerta de la calle al cerrarse, dio un respingo y cerró el grifo de inmediato, expectante, nerviosa ¿era él? Pero eso no, aquello no valía ni como otra puta sorpresa, acababa de decidirse… El pomo de la puerta del baño giró… ─ Buenos días mamá, te he traído el desayuno ¿qué haces todavía en la ducha? ¿te acuerdas de que hoy te acompañaba médico…?

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Certezas

Había pasado tantos días asomado a la ventana como último recurso, sometido por unos grises que sumían el corazón más resuelto en una tristeza de la que costaba recuperarse, que el primer día en el que las precauciones sanitarias aflojaron se echó a la calle buscando a partes iguales luz y gente, otros a los que mirar bajo un sol que poco a poco iba arañando minutos a las sombras. Esa mañana no tuvo necesidad de asomarse previamente porque nada más levantarse supo que afuera resplandecía un día ideal, al fin, la oportunidad para abandonarse a un sol de invierno que ya olía primavera; más adelante habría tiempo de quejarse de su luz abrasadora, ahora no, ahora se trataba de pura necesidad, mucho más que el astro que da vida a la tierra y sus pobladores, la luz que alimenta a espíritus necesitados de tanto calor como amor.

Una vez en la calle se puso a caminar hacia cualquier lado, no importaba, como tampoco hubo elección previa cuando se decidió por la primera mesa vacía con la que tropezó del primer bar por el que pasó, el único requisito era que estuviera al sol, sin sombra de edificio próximo ni parasol de urgencia con el que evitar los sofocos de última hora. Se sentó y aguardó a que el camarero le atendiera, tampoco tenía prisa, podía estarse allí toda la mañana, y toda la tarde, hasta que el sol se pusiera y llegara la rutina de las obligaciones, que hoy también podían esperar. No tuvo que aguardar mucho porque una sonriente muchacha le sorprendió por detrás, saludándole mientras daba un bayetazo rápido a la mesa; lo siguiente fue qué le apetecía tomar. Un vino blanco, respondió sin pensárselo dos veces, algo lento y fresco que le compensara por los largos días de espera.

Justo al lado de la terraza en la que se hallaba sentado un grupo de jóvenes, probablemente de algún centro de enseñanza cercano en hora de recreo, charlaban en voz alta mientras daban cuenta de aperitivos y lo que parecía comida rápida o precocinada empaquetada en bolsas chillonas. Sin dejar de observarlos se puso a pensar que ya nadie comía bocadillos, ¿eran de otra época? ¿quién le prepara a un chaval un buen bocadillo que zamparse a media mañana? Mejor darle dinero y que él mismo se busque la vida, tampoco se trata de que haga el ridículo entre sus amigos y compañeros masticando un bocadillo antiguo que huele a madre de otro siglo.

En sus tiempos de instituto el bocadillo era algo casi sagrado, pero eso era antes, probablemente hoy quedaban pocas cosas que pudieran considerarse sagradas, y el bocadillo no iba a ser una de ellas cuando otras mucho más importantes habían pasado a mejor vida. Preguntarles a aquellos chavales por lo sagrado, al margen de supersticiones  disfrazadas de tradiciones familiares o pseudoreligiosas o adquiridas sin juicio, sería como hablarles en chino; no sé, sería lo primero que dirían, lo único que podrían considerar sagrado serían sus propias vidas y el tiempo del que disponían para disfrutar y divertirse, una realidad tangible y al margen de los futuros a los que pudieran aspirar o que les tocaran en suerte en función de esa “ley de vida” que inventaron quienes hacen las leyes. Vivir, disfrutar y después ver qué queda, qué dejan unos adultos permanentemente irritados que malviven como si fueran la última generación sobre el planeta.

Gritaban, reían y hablaban en tono desafiante, con la arrogancia propia de sus años, sin preocuparse por dejar caer las bosas al suelo a medida que se iban vaciando, ya vendrían los barrenderos para dejar aquello limpio para el día siguiente; y así sucesivamente.

Que lo aprovechen, ahora que pueden, en unos años tendrán que buscarse la vida escarbando en la miseria, a dos o tres les lavarán el cerebro convenciéndoles para encadenarse a un trabajo que los irá exprimiendo poco a poco hasta dejarlos resecos, los demás se dedicarán a vegetar gorroneando a papá y mamá o no tendrán otra opción que dejarse explotar por jefes que nunca tienen suficiente. Era la camarera, quien puntualizaba sus pensamientos al mismo tiempo que dejaba sobre la mesa una brillante copa de vino blanco junto con un pequeño cuenco con aceitunas. Es lo que hay, divertirse hasta que te echen, o se te agoten las oportunidades; se acabaron las certezas de otros tiempos, tampoco los estudios sirven ni son ciertos porque valen bien poco, depende del dinero que tengas, el resto es mentira, cinco años machacándote los sesos y malviviendo para acabar limpiando mesas catorce horas al día, no hay más.

Ahora si le vio bien la cara, algo mayor que los chavales pero no mucho más, lo suficiente para intuir lo que pensaba aquel cliente mientras los miraba y saber de lo que estaba hablando. Prosiguió. Aquellas verdades de carne y hueso de mis padres o mis abuelos han desaparecido, ¡puf! da igual quién o por qué, cero, ni siquiera existe un vuelta a empezar porque no hay punto o lugar desde donde empezar, ya no, y si les pregunta por el futuro le dirán que a la mierda el futuro. No dijo más porque no era necesario, aquella joven sabía tanto o más que él del funcionamiento de una cabecita bien colocada, aunque, por otra parte, fuera prisionera de unas necesidades tan básicas como vergonzosas de comentar. Tampoco cabían preguntas, hay realidades que caen por su propio peso y cualquier intento por explicarlas o justificarlas, pero sin la voluntad ni el valor para eliminarlas, solo es otra muestra más de un reputado y miserable cinismo. Es criminal no asumir de partida lo que se ha hecho mal y reconocer que no puedes pedir, y mucho menos exigir, a quienes han de sortear un camino lleno de trampas y obstáculos que tú mismo te has encargado de crear y colocar.

Le dio las gracias y la siguió alejándose hacia otra mesa al sol, un sol que de pronto picaba.

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Caras simplezas

Uno no deja de sorprenderse ante ciertas insustancialidades de nivel mundial, aunque lo que probablemente sucede es que uno todavía no sabe en qué mundo vive. Uno se preocupa por estar al tanto de lo que ocurre a su alrededor, interesándose por los problemas comunes e intentando cooperar, en la medida de sus posibilidades, en hacer de este planeta un lugar más justo y mejor, tanto a nivel político como medioambiental, y lo que probablemente sucede es que uno no se entera de por dónde van los tiros, tanta solidaridad global solo le preocupa a cuatro gatos que no tienen otra cosa mejor que hacer que dedicarse a molestar a los demás con proyectos y cantinelas salvadoras, cuando a la mayoría no les inquieta ni les interesa que les salven, solo quieren pan y circo que rellene su ancestral aburrimiento. Esta especie de aclaración viene a cuento porque desde hace ya algunos días se repiten en las paginas on line de cualquier medio informativo, presuntamente serio o en cualquier paginilla de simple cotilleo, las imágenes de uno de los hijos del príncipe Carlos de Inglaterra y señora; pero no se trata de ningún drama o tragedia irreparable o de algún suceso político de nivel mundial, sino que la pareja no sabe qué hacer con sus vidas y, ante la falta de ingresos o la natural y bien vista codicia por obtenerlos, han decidido adquirirlos pregonando a los cuatro vientos las boberías de su aburrida vida conyugal, además de airear con gran pompa los trapos sucios de su conocida, esperpéntica y británica familia; también se podían haber dedicado a trabajar, como el resto de los mortales, pero el trabajo cansa. Lo cierto es que aunque sus vulgaridades probablemente no se diferencian en nada de las del resto de los mortales, sucede que el resto de los mortales no pueden ganar millones ventilándolas. Mala suerte.

Claro, semejante bicoca ha hecho relamerse a cualquier medio que se mueva en internet, da igual la ralea del mismo, que ha visto en las simplezas de la pareja un modo de ganar dinero vía publicidad, que es de lo que viven, o a lo que se dedican, la mayoría de las web que pueblan la red. Así, cualquier incauto o despistado que visite una página por el motivo que fuere corre el peligro de tropezarse con los caretos de la bendita pareja y, a poco que se descuide, se hallará pinchando en los correspondientes enlaces movido por una mezcla de aburrimiento y desidia que le terminará atando a una pantalla que cada vez proporciona menos cosas de interés.

El negocio es el negocio, el santo motor de esta sociedad, y cualquier trapo, sucio o no, es bueno si lo facilita sin apenas esfuerzo. Estos negocios son una actividad normal para quienes se dedican a ello, a ganar dinero del modo que sea, lo que no acabo de entender es qué interés tienen para el resto de los mortales los problemas de una extraña pareja que vive de no hacer nada, como tantas otras, qué deseos o anhelos frustrados despiertan esos tipos en la gente corriente, qué íntimo morbo remueven y con qué provecho para el público de andar por casa.

No digo nada nuevo si afirmo que en los tiempos que corren resultan anacrónicas las familias reales, especie de diosecillos en la tierra avalados por espíritus despistados dolidos en su irrelevancia que se autoproclaman monárquicos, curiosa etiqueta que justifica un anacrónico servilismo que mantiene la necesidad de una simbología cuasi divina que contenga al populacho. Solo se entiende su persistencia por la devoción al poder de una aristocracia política y económica que ve en esos ridículos clanes el medio para callar y adormecer a unos súbditos, como suele decirse, más bien ignorantes y con escasa voluntad. Una fuente de ingresos -tanto para los propios reyezuelos como para sus valedores históricos, políticos y económicos- nada despreciable dedicada a perpetuarse en función de una apatía popular que no deja de ser tanto resignación como derrota.

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Quedar

Sentado sin ganas, permanecer de pie le apetecía aún menos, se entretenía con las terrazas de enfrente, sin una mesa libre que tomar con tal de garantizarse la tarde, la mayoría ocupadas por gente de su edad, probablemente con menos miedos y más pasta, al menos para pagarse un par de copas o algunas cervezas, y después lo que viniera. De pronto todo el mundo disponía de dinero, habían pasado de las estrecheces del botellón a la ocupación masiva de terrazas por horas, el tiempo que les dejaran a condición de consumir, intercambio para el que no había medida estipulada, unos y otros, propietarios y clientes, entendían que debía darse una reciprocidad que justificara la permanencia prolongada, no había otro lugar donde ir, los antiguos puntos de reunión, ese cualquier sitio convertido de inmediato en referencia, eran patrullados con frecuencia tanto por locales como por nacionales. Si querían reunirse y seguir bebiendo solo quedaban las terrazas de los bares, lugares inesperadamente bendecidos para los que ya no había temporadas, era todo el año, consecuencia del pacto socio-comercial establecido entre hosteleros y jóvenes con necesidades imperiosas de relacionarse, y mientras las cosas siguieran como estaban aquello era mucho más que nada.

Buscaba inconscientemente conocidos por si se les ocurría sentarse, no había planes para aquella tarde, aunque también podrían permanecer en el banco mientras el sol lo permitiera. La vio venir a lo largo de la acera, más próxima a los vehículos aparcados que a los árboles, igual de precisa, sin titubeos, sin pasos al azar, la mirada al frente ajena al mundo que la rodeaba; probablemente lo habría visto antes que él a ella, como de costumbre, y vendría preguntándose por su cabeza, o adivinando que andaba pendiente de las mesas de enfrente como posible opción, un lugar en el que gastar el resto de la tarde y lo que alcanzara de noche.

Se olvidó de las terrazas y se colgó de sus pasos, de su ropa, de su pelo y por qué ella siempre lo veía primero. Llegó junto a él, le beso, antes incluso de que pudiera reaccionar, y se sentó a su lado ¡Qué bien olía! ese olor era suficiente para cambiar la tarde, lo que unos segundos antes se mostraba más bien anodino y confuso de pronto se iluminaba y lucía espléndido, daba igual dónde y qué planes hubiera previstos; como le decía Inés, estaba gilipollas con ella, luego se reían y cambiaban de tema, sabedores ambos de la verdad de una afirmación tan sencilla como evidente.

Me voy, dijo sin mediar preámbulo, estoy cansada de esto, del pueblo, del tiempo, de esta espera que no conduce a ningún sitio, necesito sentirme viva, en un lugar que se mueva, no atrapada en esta permanente incertidumbre, apartada, viendo cómo pasa el tiempo, sometida a unas condiciones que ni son mías ni me parecen adecuadas; no puedo hacer mucho más, solo moverme, cambiar de lugar, de gente, de perspectivas, hacer otras cosas, o inventármelas, no puedo soportar este paso de días entre padres, hermanos, libros y exámenes que no son exámenes porque no llegan a examen, además de que a mí nunca me gustaron los exámenes. Lo siento por ti, no quiero dejarte pero tampoco puedo permanecer quieta, aunque me lo pidieras, que sería pedir mucho; si me conoces lo suficiente lo entenderás, no te pido que vengas conmigo sino que lo entiendas. Irme no cambia para nada lo nuestro, pero no aguanto más… volvió a besarle y se le quedó mirando; ahora le tocaba a él.

Qué lejos quedaban las mesas, y las copas y las cervezas, y los amigos que por fin había localizado y con ellos la posibilidad de sentarse y hablar de qué hacer en aquella tarde de un invierno que no parecía invierno. Su primer pensamiento o reacción fue que no sabía, cambiada la silla de sitio de pronto había olvidado cómo sentarse, el cuadro se movía, ella lo movía, también a él, descolocándolo, obligándole a pensar, comparar, dudar, decidir… ¡moverse! ¡uf! ¡qué pereza!

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Los fantasmas del tiempo

Había decidido utilizar su tiempo de modo que no tuviera que arrepentirse del mal uso, o su desperdicio, y para ello debía comenzar estableciendo una planificación racional y a ser posible inflexible. De momento el tiempo que debía invertir para reorganizar el tiempo era tiempo bien empleado que contaba como inversión necesaria alejada de las precipitaciones y las ideas preconcebidas, y unas disposiciones de tal calado tal vez necesitaran más tiempo del que estaba habituado a usar en cuestiones de orden, más bien poco, pero la empresa merecía la pena si con el resultado final en sus manos podía sentirse satisfecho y optimista de lo hecho, de la puesta en limpio de un plan que pretendía sobresaliente. Estaba seguro de que, más pronto que tarde, saldrían a la luz las propuestas, las que sin ningún género de dudas reflejarían sus aspiraciones y deseos más personales convertidos al fin en objetivos al alcance de la mano; su posterior puesta en práctica era tan importante como la teoría, porque no podía dedicar ni un minuto de su nuevo tiempo a concebir proyectos que no pudieran llevarse a cabo o para los que no dispusiera de los materiales y conocimientos necesarios. No iba a crearse necesidades ni obligaciones imposibles de alcanzar, ya no.

Con tal plan de acción quedaba lista la primera parte, ahora comenzaba el desglose, ¿qué hacer? Se le erizó el vello, su tiempo empezaba a estar ocupado por asuntos de envergadura. Y el tiempo comenzó a contar, es cierto que ya venía contando desde antes, pero era tiempo pasado necesario porque, como suele suceder, siempre hay un momento en la vida de toda persona del que luego gusta alardear con tal de amenizar y sorprender a futuros oyentes con esas fechas importantes -tal día a tal hora comenzó una nueva etapa, ese otro yo… en un esfuerzo supremo fui capaz de darle la vuelta como a un calcetín a mi propia vida… entonces nació el que ahora soy, ese que tienes delante y que nada tiene que ver con el de entonces…

Pasaron los minutos pero el esfuerzo planificador no daba resultados, no había ideas originales y su cabeza no encontraba qué proyectar. Para empezar, no hallaba ningún propósito destacable que le entusiasmara o deseara llevar a cabo de corazón, no había ninguna ilusión pendiente que necesitara materializar imperiosamente y tampoco ninguna afición o deseo oculto que le rondara desde siempre y que por fin podía llevar a la práctica, ahora que tenía tiempo. Todo lo que se le ocurría era una pérdida de tiempo. Hacer deporte ¿para qué? El deporte nunca había sido una de sus grandes aficiones, además de no disponer de dinero para equiparse como es debido, para practicar los que, llegado el caso, realmente le gustaban. Pintar o esculpir, dar sus primeros pasos como artista, necesitaba mucho material y tampoco disponía de tiempo ni ganas para tomar clases, aunque en el fondo no las creía necesarias porque el arte es sobre todo una cuestión de inspiración. Estudiar, no tenía tiempo para perderlo en aprender, ya sabía suficiente, precisamente por eso estaba haciendo aquello. Viajar, tonterías, pensar en eso ya era una pérdida de tiempo, algo que no se podía permitir; tenía que ir al grano.

Se levantó y dio unos pasos hasta la ventana, justo para atisbar un último rayo de sol; el día se iba, otro más, no otro más, este era el primer día de su nueva vida, el que pasaría a la historia como el golpe de timón que descubrió al mundo un nuevo yo, más vivo, más real, más concienciado, más preocupado por sí mismo y por todo lo que le rodeaba. Dio media vuelta y se encontró con su imagen en el espejeo. Ahí estaba, de pie derecho y dispuesto a cambiarlo todo, pero no se le ocurría nada. De momento. Regresó al sillón. Dentro de poco sería noche cerrada y comenzaba a tener hambre, una cerveza le sentaría de maravilla. No, no debía de perder el tiempo comiendo, ya lo haría más tarde, cuando hubiera completado su tarea más importante.

De pronto sintió toda la responsabilidad de la empresa, las vidas de las numerosas personas que inesperadamente dependían de él y que si no lo hacía bien correrían serio peligro. No estaba nervioso ni sudaba, jamás había dudado ante las decisiones importantes, era su carácter, pero esta vez podía ser cierto que el tiempo se movía en su contra, porque aquello no tenía buen aspecto; una noche oscura se cernía sobre su conciencia sin una esperanza que llevarse a la boca, para cualquier otro sería terrible, un momento insuperable que requería un valor y una decisión a la que solo pueden enfrentarse los espíritus fuertes y bien formados, una garantía ante el futuro que tenía en sus manos, manos fiables que no desdeñaban la responsabilidad, por eso tampoco ahora iba a fallar, no había lugar para la decepción y esta vez no sería la primera, nunca habría primera vez, endureció el gesto y con férrea determinación alzó su brazo listo para dar el golpe… ¡Pum! ¡el jarrón! ¡¡la leche!! Cómo me he puesto. Intentó mirarse pero no pudo verse porque la oscuridad era completa. La ventana. Es de noche; la luz. ¡Joder! el suelo… los cristales. ¿Qué hora es? ¡¡Las cuatro!! Me he dormido. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué día es hoy? Sábado, menos mal. Tengo que limpiar todo esto… ¿Dónde está? Tampoco vino anoche. En su nueva y recién estrenada etapa no tardó en convencerse de que esta vez ella no iba a volver, luego siempre fue tarde, pero seguía teniendo todo el tiempo del mundo.

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