Diálogo salvaje (5)

─ ¿Cuándo comienzan los Juegos?

─ ¿Qué?

─ Los Juegos Olímpicos…

Cara de no entender. ─ No sé qué me estás diciendo.

─ ¡Joder! Las Olimpiadas.

─ Perdona, pero sigo igual…

─ ¿No te gusta el deporte?

─ Lo practico cada día, no sé qué tiene que ver eso con lo que me estás diciendo…

─Parece mentira, ¿nunca los has visto por la tele?

─ Ahora que lo dices me suena, pero de eso hace tiempo, cuando era pequeño. ¿Y por qué me lo preguntas?

─ Entonces, no sabes nada de las Olimpiadas, sus orígenes, la Grecia clásica, su importancia y significado… Los juegos modernos, las intenciones de Pierre de Coubertin cuando los volvió a celebrar en París a finales del siglo XIX…

─ Cero… ¿los pondrán por la tele?

─ Claro.

─ Entonces haré por verlo…

─ No recuerdas “Barcelona 92”…

─ ¡Uf! me pilla muy lejos… La conversación no parecía tener mucho futuro. ─ Si dices que son tan importantes ¿quién organiza eso?

─ El Comité Olímpico Internacional.

─ ¿Deportistas?

Tras unos segundos y las correspondientes dudas. ─ Bueno… en principio no. Se trata de una especie de mafia internacional del deporte de competición que mueve muchísimo dinero, algunos fueron deportistas cuando jóvenes, creo, pero aquello más bien se parece a una banda de chorizos manejando millones de dólares que algunos países, las marcas deportivas y los dueños de los medios de comunicación de todo el mundo les entregan a cambio de suculentos contratos, favores, sobornos, trato preferente y otras lindezas por el estilo…

─ Lo pones muy atractivo…

─ Es lo que hay… Una cosa son los negocios de esa gentuza y otra las competiciones entre deportistas de todo el mundo.

─ Qué bonito.

─ No te cachondees… Si no te gustan ni te interesan mejor déjalo

─Ya, ¿a ti sí?

─ No es que me entusiasmen pero los orígenes aún me gustan, en su momento leí sobre ello y me pareció muy interesante, aunque en la actualidad nada tengan que ver con aquello; hoy en día solo son un enorme negocio entre, como te he dicho, el comité olímpico y empresas de todo tipo, negociantes internacionales, grandes constructoras, marcas deportivas y las multinacionales que controlan los medios de comunicación a nivel global, quienes movilizan infinidad de recursos y personas que dicen ser periodistas dispuestas a dejarse las cejas rebozando y envolviendo con babas cualquier intrascendencia con pinta de ser considerada como deporte, siempre a cambio de más y más dinero…

─ Por eso los ponen en la tele

─ Más o menos, es que sin la televisión no existirían, no existiría el deporte, bueno, si, excepto para tíos como tú que lo practicáis cada día, pero eso es otra cosa. Puede decirse que son otro programa más, para variar, gente compitiendo entre sí con objeto de alcanzar una audiencia que atraiga la suficiente publicidad como para que ganen todos, los deportistas supongo que también, aparte de engordar una vanidad en muchos casos autista y cateta que hace a bastantes de ellos creerse por encima del resto, en cierto modo son los gladiadores mediáticos del presente, pero no se matan entre sí. Pero bueno, tú ya lo sabes, en el mundo de hoy lo que no genera negocio simplemente no existe, y los juegos olímpicos parece que todavía tienen tirón. Además, en esta ocasión se celebrarán sin público…

─ Claro ¿no son un espectáculo televisivo?

─ No, qué va, pero es que si no hay público no sé qué cojones pintan… bueno, mejor lo dejamos.

Lo siento, no sabía que fueran tan importantes como para que, tal y como está el mundo, la gente acudiera a verlos.

─ Si.

─ Me parece que no es mi caso.

─ Ya

─ Prefiero, ahora que estamos en verano, nadar, leer y estar con los amigos, la televisión no es que me atraiga mucho…

─ También puedes apostar, ahora se puede apostar por todo.

Silencio más que embarazoso. ─ ¿Vas a comisión con eso de los juegos?

Risas. ─ No, hombre, lo decía por sí te animabas.

─ Déjalo, quédate con tus juegos olímpicos y tu televisión que yo me quedaré con mi verano, me parece más interesante, además de más sano.

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En la playa

Tumbado sobre la arena, donde el sol más picaba, se movía de la cabeza a los pies siguiendo supuestamente una música que solo él podía disfrutar. Bañistas, paseantes, aburridos y despistados le lanzaban alguna que otra ojeada entre curiosa e impertinente porque probablemente no alcanzaban al punto en el que un tipo cualquiera luce tumbado sobre la arena, sin toalla que le proteja, y sin parar de moverse.

Poco a poco fueron rodeándolo toallas, sillas y sombrillas, amén de bolsas con vituallas y ungüentos, sin que el joven aparentemente se apercibiera de ello. Su hilo musical parecía interminable y el ritmo no decaía, siempre a juzgar por sus movimientos, no habría parte lenta, como antaño, cuando los bailones aprovechaban para ir al servicio o intentar ligarse a las chicas.

Justo a su lado un grupo de jóvenes plantaba el tenderete, sin quitarle ojo, tan preocupadas por organizar bolsas y toallas sobre la arena como de los movimientos del decúbito bailón, sin dejar de hacer comentarios de todo tipo, tanto sarcásticos como de admiración; de un modo u otro el incesante movimiento también mostraba, y en cierto modo exhibía, el buen físico del joven, por lo que cabía todo a la hora de ir más allá de un simple vistazo que podía prolongarse más de lo debido.

Claro, alguna tenía que ser, la más atrevida o la más sincera, la que se arrodilló a su lado tocándole ligeramente el hombro intentando no alarmarlo. El muchacho, sin dejar de moverse, giró levemente la cabeza hacia quien requería su atención y sonrió interrogativo encogiéndose de hombros en solicitud de alguna pregunta; al “¿Me oyes?” de la muchacha asintió sin quitarse los auriculares de las orejas ni perder el ritmo, y el “¿Qué escuchas?” seguido de un “¿Puedo?” de lo más dulce tuvo como respuesta que separara uno de los inalámbricos de la oreja para ofrecérselo a la joven que, agradecida y sonriente, lo puso en una de las suyas.

La reacción fue tan inmediata como sorprendente porque la joven comenzó a moverse imitando el ritmo de su nuevo amigo, y la intrascendente curiosidad general pasó a convertirse en intriga, o ingente necesidad según quién fuera la interesada o posible interesado. Ahora eran dos moviéndose al unísono ante el pasmo de amigas y playistas en general, que comenzaban a arremolinarse en círculo con tal de no perder detalle de movimientos, gestos y rostros abducidos de los jóvenes; aquello no le importaba a nadie pero, ya se sabe, donde hay muchos juntos algo pasa. La situación no dejaba de tener su miga puesto que, siendo algo exclusivamente personal, empezaba a congregar en derredor más expectación y público del necesario; exceptuando tal vez a las amigas de la joven, por pura envida o idéntica curiosidad, los bailones en la arena no molestaban a nadie ya que la hipotética música, o lo que fuera que escucharan, apenas trascendía desde los pequeños dispositivos electrónicos. También algunos niños, sorprendentemente ajenos al agua, arena o familia, bailoteaban y se movían entre los adultos imitando a la pareja.

Como toda alteración, diferencia o suceso extraordinario, y al parecer éste lo era, sin cabida si por su causa la rutina diaria se trastoca o queda en suspenso, lo que sí ocurría en aquella playa en la que la voz corría más rápida que el viento, la atracción debía tener un final, sobre todo por el bien de la normalidad más decorosa. Tal vez por eso muy pocos se extrañaron cuando una pareja de policías locales se abrió paso entre el ya numeroso círculo de curiosos, probablemente avisada y advertida por algún probo ciudadano, plantándose ante los melómanos y ocultándoles el sol. El joven lo advirtió el primero y su reacción a los agentes de la ley fue mostrarles el pulgar de su mano derecha hacia arriba en señal de que todo iba bien, o estupendamente, sin cesar de moverse, la muchacha no estaba para otras cosas que para su placentero disfrute. Pero al parecer los agentes no habían acudido, bajo un sol de justicia, para entender sino para interrumpir, molestar o, llegado el caso, detener, o cualquiera sea la cosa que toca en una situación similar.

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Suma cero

Como en cualquier otro lugar el comedor bullía de clientes tan lentos como despreocupados, saludándose unos segundos antes de tropezar o deteniéndose in extremis cuando un empleado del servicio pasaba raudo a su lado absorto en sus ocupaciones. El mismo escenario se repetía de forma progresiva hasta alcanzar la totalidad de una sociedad que tampoco tenía prisa, sí tiempo, pero un tiempo que más bien era prolongación de un mismo presente repetido hasta la saciedad.

De cómo y por qué se había llegado a esta situación nadie hablaba, ni siquiera como curiosidad, era lo que era, fue una elección tomada en su momento, un momento ya pasado y por ello completamente cerrado. Decidieron quienes podían decidir, quienes disponían de los medios y su control; que hubieran tomado una decisión tan inmovilista y retrógrada y nada humanitaria no fue en su momento una cuestión negociable, mucho menos ahora. Tras una serie de desastres sanitarios a escala planetaria que dejaron a la población muy mermada y completamente desmoralizada se decidió que el futuro carecía de sentido. El progreso dejó de ser obligatorio puesto que no había hacía dónde ni para qué, la siguiente alarma podría ser definitiva y tampoco merecía la pena perpetrarse de ningún modo porque la imprevisibilidad y aleatoriedad de lo por venir no merecía ni un solo gasto, ni previsión, porque las previsiones pronto se quedaban obsoletas y, por supuesto, la experiencia previa había dejado de tener sentido; nadie en sus cabales se preparaba o abastecía porque lo más probable fuera que cuando llegara la siguiente los pertrechos no sirvieran para nada, un mero estorbo.

En cambio, sí se afinó a la hora de dejar las cosas tal y como estaban, las circunstancias decidieron, la vida como hasta entonces se vivía permanecería tal cual. Inmediatamente después de la última calamidad los dirigentes entonces al mando, mayores a los que la edad comenzaba a pasarles factura, decidieron por su cuenta y riesgo que mañana dejaba de existir y solo había que planificar en presente. Eliminado el futuro se mantiene lo que hay, es cierto que el escenario era el de una sociedad anciana, la de quienes mandaban, todo lo referente a las generaciones más jóvenes, previamente organizadas, adiestradas y convencidas en la negación y el absurdo de cualquier futuro, además de abstraídas en un hedonismo completamente vacío, no contaba en la suma final; éstas percibían sus propias vidas como una distracción continua con la única obligación de unos servicios hacia los mayores que les proporcionaban los ingresos necesarios para seguir divirtiéndose indefinidamente. O sea, unos permanecían vegetando sin tiempo y otros se divertían y trabajaban mientras el cuerpo aguantara; al no existir el futuro por decreto tampoco tenían sentido proyectos de vida o mañanas más o menos espléndidos.

En una sociedad tal, si puede llamarse de ese modo, la ciencia quedó limitada a una serie de líneas de trabajo cuyo único objetivo era la perpetuación de sus dirigentes, solución y cura de las enfermedades más comunes que tuvieran que ver con el envejecimiento y la reparación y renovación de órganos. El sexo se consideró prescindible, cuando no directamente peligroso, una actividad confinada exclusivamente a los jóvenes, porque al carecer de futuro no importaban las consecuencias que de su práctica pudieran derivarse. Un tipo de intercambios tan íntimos como placenteros podían dar lugar a resultados y secuelas no deseadas si uno no se preocupaba por testar de arriba abajo la salud y pertinencia del otro; así que, para no cometer errores de los que luego arrepentirse, se desvió todo lo que tenía que ver con el sexo, la reproducción y el nacimiento de las nuevas generaciones de jóvenes sirvientes a un concienzudo proceso bioquímico mecanizado y seriamente vigilado. Se aseguraba sine die la rutinaria producción de hornadas de jóvenes divertidos y trabajadores, eso sí, sin futuro, puesto que era algo que no les concernía, uno nace donde nace y se atiene a lo que le toca; nada del otro mundo porque en cierto modo siempre había sido así, aquello de la permeabilidad social fue un cuento que duró lo que duró, algo que en el fondo todos habían sabido desde siempre, desde mucho antes de que las condiciones sanitarias cambiaran de forma drástica, eso de los ascensores sociales era un camelo que solo unos pocos se creían, una zanahoria que ya no tenía sentido. Se producían nuevas generaciones de jóvenes guapos y sonrientes que trabajaban y se divertían felices, ajenos a todo lo que no fuera su propia vanidad; para cuando, por años, experiencia o probablemente consecuencia de algún imprevisto en la programación, pudieran adquirir la capacidad de preguntarse por su papel dejaban de existir. Las preguntas sobre los modos y motivos resultan embarazosas por lo que no eran pertinentes, primaba el mantenimiento de la especie sobre la temporalidad de los individuos.

Esta suma cero funcionaba, es cierto que mejor para unos que para otros, si puede decirse algo parecido de una sociedad que vivía pendiente en el alambre, a expensas de que cualquier error o suceso biológico, da igual el origen o procedencia, la enviara definitivamente al cajón de las especies extintas.

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Diálogo salvaje (4)

Habían vuelto a quedar sin que en el fondo a ninguno de ellos le apeteciera, pero era peor el desasosiego de la soledad, daba igual si acompañada, que soportar a los otros. Convivir con la pareja ya costaba lo suyo, costaba hasta hablar porque últimamente ya no sabías como caerían tus palabras en la otra parte, por lo que era mejor permanecer callado, a costa incluso de preguntas sin respuesta, porque no las había. Llega un momento en el que las relaciones se apoyan en la sola presencia, no hacen falta planes ni proyectos comunes, ni a largo ni a corto plazo, solo estar.

También es cierto que esa era su opinión, no sabía qué pensaba el resto pero, si creía conocerlos, no andarían muy lejos, a fin de cuentas no eran tan diferentes y después de tantos años, da igual si familia o no, lo que no se había dicho entre ellos estaba pensado y sabido. Que la prudencia sujetara la lengua no era ni bueno ni malo, en cualquier caso bueno, evitaba conflictos innecesarios cuando ya suele ser tarde o simplemente no interesa.

El restaurante era el mismo, por supuesto, en eso también estaban de acuerdo, coincidían en que los experimentos no merecen la pena, se trata de comer bien y pasar un rato juntos, no de hacer el capullo mirando de reojo la cuenta porque siempre será mucho; mejor si te invitan. Los Luises venían con conversación, y a juzgar por sus caras parecía importante. ─ Escuchad lo que dice este.

Miradas expectantes, sin palabras. ─ Que se ha follado a la mujer de su jefe.

Fin de la expectación y vuelta a una más bien indiferente normalidad. ─ ¿Qué os pasa? ¿Lo sabíais?

─ Luis, siempre llegas tarde a las noticias.

─ ¡No jodas! Eso es más que una noticia.

─ Como que tampoco sabes que se ha follado a nuestras mujeres, a todas, una a una.

Luis no contestó, ni le cambió el aspecto, no le dio tiempo; sí a pensar, había oído bien, lo que significaba que también a Inés. Pero eso no podía ser.

─ Si, también a Inés. Aunque también te diría que probablemente han sido nuestras mujeres las que se han follado a Luis.

Luis no articulaba palabra. ─ ¿De qué te extrañas? Es el que mejor aspecto tiene de nosotros. Siempre hemos dicho que se follaría a quien quisiera. Y quien teniendo a mano a alguien así no le pide un favor.

El resto permanecía callado, ni siquiera atento, observando de reojo a Luis, que a pesar de los años seguía sin bajar de la luna. ─ ¿En qué mundo vives Luis? Los años pasan y las oportunidades también, solo hay que aprovecharlas antes de que sea tarde. O es que ahora te vas a cabrear, todo queda entre amigos. No vamos a comportarnos como en esa película de Alex de la Iglesia en la que cuatro parejas de capullos casi se dan de hostias porque algunos se habían acostado con algunas.

─ Unos lo sabemos de primera mano y a otros les tocó cabrearse cuando lo supieron. Pero después del sofocón inicial nada; la cuestión quedo bien explicada, no había más, era lo que era y punto. Es cierto que las cosas ya no fueron igual con nuestras respectivas, supongo ¿o sí? -mirada general que no recibe respuesta- pero ya ves, aquí seguimos.

Luis miraba uno a uno a sus amigos sin todavía comprender, a Inés la dejaba para luego. La hipotética humillación por lo que vulgarmente se considera ser coronado por tu mujer aún no había cuajado en él, estaba en ello. ─ Me estáis tomando el pelo.

Sonrisa general, imposible tomarse a broma porque cuando Carlos permanecía callado y junto a los demás había lo que había. Carlos no solía bromear sobre ciertas cosas, quizás por eso confiaba en él más que en ninguno.

─ Ellas eligieron a este cabrón porque también les gusta. Y qué más da quién fue primero, quién tiró la primera piedra, una vez que aceptas ya está todo dicho. Luis es presa fácil y nuestras mujeres posiblemente ya están un poco hartas de nosotros, nos conocen casi como si nos hubieran parido. Fin de la historia

Ahora era Inés la que ocupaba su cabeza. No estaba enfadado con Luis, de momento, aunque no sabía sí debería estarlo, al parecer lo sucedido no tenía remedio. Demasiado complicado, demasiada información que procesar en tan poco tiempo. Aunque en el fondo intuía que aquella, no sabía si noticia, traición o tremenda revelación le costaría más de una noche de insomnio.

─ La mujer de su jefe ha hecho lo que todas, aprovechar su oportunidad, el problema es que su jefe no somos nosotros y probablemente no se lo tome del mismo modo. Hasta puede ponerlo de patitas en la calle.

Luis sonreía ante sus amigos. ─ Ya ¿Qué le voy a hacer?

─ No ser tan cabrón. Míralo, que mosquita muerta, pobrecito, los demás hartos de buscarnos la vida y sin saber dónde meter mano, ni atrevernos, y él sin tiempo para parar.

─ ¿Lo sabe Clara?

Luis dejó de sonreír. ─ Así que no lo sabe, eso sí que es una sorpresa. ¿Cuándo piensas decírselo? Espero que sea tan comprensiva como nosotros.

─ Venga, sentaos. No hay nada que solucionar. ¿Qué comemos hoy?

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Copas

Su nueva acompañante había tenido que ausentarse en dirección al servicio, definitivamente le gustaba, era una buena hora y le apetecía otra copa, así que buscó a la camarera con la mirada.

Pidió lo mismo y se entretuvo observando a un par de parejas de mediana edad consumiendo cubatas básicos, ellos, ellas refrescos sin azúcar ni alcohol, con pinta de maestros o profesores de secundaria, dedicación que sus integrantes suelen llevar marcada a fuego en la frente; los mismos gestos y coletillas a la hora de expresarse, idéntica forma de vestir -daba igual el lugar donde tropezaras con ellos-, con o sin niños, siempre pequeños, y esa especie de autocomplacencia por la pugna laboral al fin ganada que impregna todo lo que hacen, una especie de felicidad más bien simple, pero es lo que hay. Uno de los varones gestualizaba con manos y brazos completamente embebido en la música que estaba sonando, probablemente transportado a sus felices años de facultad, ese nostálgico comienzo de su ascenso al indefinible mundo de la intrascendencia.

Regresaba su compañera con una sonrisa de oreja a oreja y unos pequeños retoques en el rostro que en la semioscuridad del local la embellecían aún más. Sonrió. ─ ¿Has pedido otra? ─ Me apetecía, ¿quieres tú? ─ Vale. Y apuró de un trago lo que le quedaba. Él giró la cabeza buscando a la camarera.

En el mismo momento en el que los críos regresaban de la calle a toda pastilla, gritando y persiguiéndose entre las mesas, tal que estuvieran en un parque infantil en lugar de en un local de copas. Los papás -las parejas de funcionarios que había estado observando- felices y cómodos en sus pequeños poderes, no les hicieron ni caso, disfrutaban de su bien merecido ocio. No pudo evitar mirar de mal modo al capullo que con cara de bobo y los ojos cerrados seguía ensimismado en la música, los otros tres hablaban, bueno, hablaba él, ellas hacían como que escuchaban.

Los chavales siguieron a lo suyo a todo lo largo y ancho del local. Más les valía a sus padres cogerlos y largarse a un parque para que corrieran a gusto en vez de enclaustrarlos en un ambiente y una oscuridad que ni necesitan ni permite lo que ellos quieren; pensó. Jamás entendió ese desprecio, entre ignorante y cateto, por parte de quienes imponen al resto sus penosas limitaciones, gente a la que le cuesta entender que en cualquier establecimiento para adultos o donde se consuma alcohol, como sucede en muchos lugares fuera de este país, debería estar prohibido el acceso a los niños. Pero estos tipos se creen importantes, felices a su modo, y no entienden de respeto ni educación, más bien propensos a formas y comportamientos de nuevos ricos que cofunden la esquina del barrio con el centro del mundo.

Estos probablemente salían más bien poco, la hipoteca todavía reciente, e interpretaban que está bien desintoxicarse de vez en cuando y confraternizar con colegas para seguir hablando del trabajo, como adultos, y con ello descansar un poco de los hijos, cedidos sin consultar a la paciencia de los demás. Pero siguen sin entender que los chavales, los menos culpables, son su responsabilidad y un bar de copas no es Disneyland París, donde miles de adultos trabajan para que otros adultos se comporten y disfruten como críos mientras hacen creer a sus propios hijos que lo hacen por ellos; esa especie de reino de la inmadurez donde quienes más tienen que perder son precisamente los niños.

La camarera, que había vuelto con la copa para ella, tuvo que evitar a los chavales que habían hecho de su mesa un obstáculo que rodear y con el que protegerse en sus persecuciones. Uno de ellos, agarrado con las dos manos al respaldo de su silla gritaba y reía desafiando a sus perseguidores. La camarera los miró y siguió a lo suyo, sin decirles una palabra, los padres tampoco. Se removió inquieto y trató de girarse para advertir al niño, para lo que tuvo que extender una pierna con la que desgraciadamente tropezó la criatura en su rápida e inesperada huida. El niño saltó hacia adelante y fue a dar brutalmente con la boca en una de las sillas libres de la mesa de al lado, que a su vez se desplazó más de un metro hasta caer al suelo.

Sucedió tan rápido y fue tal la impresión que apenas hubo tiempo de ordenar reacciones o movimientos envueltos en una música que de pronto sonaba ensordecedora, tapando los gritos y el desesperado llanto del crío; algunos de sus dientes por el suelo y la sangre ocultándole parte de la cara y una boca difícil de adivinar tras el tremendo golpe. Fueron varios los clientes, él entre ellos, junto con la camarera, que tropezaron entre sí intentando atender a un niño que, con las manos extendidas, suplicaba ayuda sin parar de gritar y dolerse. El padre seguía abducido por los sonidos de sus años mozos, la madre, desaparecida; aquello no llegaba a dantesco pero sí hasta ese punto en el que alguien normal suele perder los papeles.

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La entrevista

A pesar de las ventanas cerradas seguían oyéndose las voces y gritos de los empleados en la calle -vestigios de otros tiempos-; eran pocos pero escandalosos, el resto aguardaba amedrentado en sus casas a que la situación se resolviera milagrosamente, como si no fuera con ellos. Ya no es como antes, viven acojonados, pensó sentado en su cómodo sillón, estos pollos con poca agua se pelan. Sin sindicatos ni organizaciones que los unan están muertos; hay que ser muy estúpido para no darse cuenta de cuál es tu posición.

La suya, sin embargo, estaba clara, meridiana, pretendía hacer subir, uno a uno, a los que realmente le interesaban, a los que podían hacerle más rico con su talento y trabajo, y eso simplemente era cuestión de dinero, de enseñarles la zanahoria para que abandonaran al resto; todos tenemos un precio. Hasta ahora le había funcionado, pero quedaba la pieza más cotizada, con un inconveniente, él lo sabía. Lo que no acababa de entender es cómo no dejaba a los demás, cómo todavía intentaba adherirse a una solidaridad laboral en horas bajas. Su empecinamiento probablemente solo podía ser fruto de su educación, de esas que ya no quedan, una familia con una idea clara del lugar que cada cual ocupa en este mundo y qué posibilidades de futuro puedes labrarte. Aunque en el fondo todos son iguales, el dinero aplaca voluntades, sobre todo las más necesitadas.

Se abrió la puerta y apareció un joven saludando con su cara de todos los días, sin mostrar ninguna alteración o nerviosismo. ¡Maldita educación! rumió para sí. Mejor dejarse de gilipolleces y cortesías e ir directamente al grano, hay cosas que no necesitan de tanto respeto y diplomacia. Y miró el sobre en la mesa, donde pudiera ser fácilmente visto, al alcance de la mano, admitido como uno de los posibles finales de aquella reunión, para él el único, no estaba dispuesto a ceder en la parte común; aunque podría avenirse a razones sin necesidad de tanta parafernalia. Tenía prisa, le aguardaban otros asuntos y no estaba dispuesto a desperdiciar el tiempo con un honrado legalista que además se creía indispensable; como si esta gente pudiera hacer algo por su propia voluntad, ingenuos arrogantes que piensan que su paso por este mundo sirve para algo más que para seguir la corriente.

Miró el reloj sin disimulo, haciendo un gesto que pretendía ser de fastidio cuando estuvo seguro de que el otro lo miraba mientras ocupaba una silla frente a él. ─ Dígame.

─ Tú mismo, sabes lo que voy a decirte, no me hagas repetírtelo. Tú no tienes nada que ver con los de ahí abajo.

─ Yo creo que sí, son mis compañeros. Trabajamos para usted.

─ Ya, pero las cosas van a cambiar y no los necesito a todos.

─ ¿Tan mal van?

─ No es una cuestión de mejor o peor, sino de cambiar, un cambio que no es negociable y para el que no todos me sirven.

─ Despídanos e indemnícenos.

─ No digas tonterías, la ley me permite otras opciones mucho más ventajosas y menos onerosas para mí. Yo solo las utilizo.

─ Le denunciaremos.

─ Perderéis porque no tengo prisa. A ver como aguantáis un proceso judicial que probablemente va a ser largo; además, no te he llamado para eso sino para decirte que tú no tienes por qué unirte al resto, puedes elegir… -y lanzó una ojeada al sobre encima de la mesa.

─ ¿Puedo? -dijo señalando el sobre y haciendo ademán de cogerlo.

─ Claro.

Una vez en sus manos levantó la solapa y miró el interior calculando la cantidad que contenía. ─ Quiero diez veces más.

Sorprendido por la respuesta los ojos se le abrieron como platos. ─ Tú estás tonto. Soy tu jefe no una ONG.

─ Ya, pero usted sabe tan bien como yo que sin mi participación el futuro no pinta tan brillante, ni tan estupendo. Solo quiero lo que creo que me corresponde, por dejar a mis compañeros en la estacada y porque usted me necesita más a mí que yo a usted.

El golpe en su orgullo le dolió, aquello se pasaba de castaño oscuro. Aquel engreído se creía con el derecho a despreciarlo, a tomarlo como segundo plato y encima soltárselo a la cara. De eso nada.

Adivinando el golpe y lo que en aquellos momentos pasaba por la cabeza del que hasta entonces era su jefe, hizo ademán de levantarse para marcharse. ─Usted mismo…

─ Tu eres gilipollas, ¿qué te has creído? Que vas a hablarme y tratarme de ese modo… como si fuera un pringado como los de abajo…

─ En el fondo sí, son todos iguales. Ellos quieren su trabajo y su dinero y usted más dinero a costa de su trabajo y su dinero. Yo ahora actúo por mi cuenta. Ellos son de los míos, aunque probablemente más de uno me dejaría tirado por una cuarta parte de lo que hay en ese sobre, pero ese no es mi problema. Hasta ahora estábamos juntos, sabe tan bien como yo que lo de abajo no va a durar; al final cada cual regresará a su casa con el rabo entre las piernas, maldiciendo su mala suerte, la puta vida y no sé cuántas cosas más. Siempre tarde, como si la cosa no fuera ni dependiera de ellos, allá cada cual. Pero ese no es mi caso, me educaron algo mejor; es perfectamente compatible mejorar y hacerte valer con no dejar tirados a tus compañeros, porque luego, cuando toca decidir ante circunstancias adversas, siempre es bueno tener un as bajo la manga. Si nos despide sabe que el juicio lo perderá, es cierto que más tarde que pronto; pero no conseguirá su brillante negocio, con lo que perderá aún más, bueno… no ganará; y yo podré irme donde me dé la gana porque a estas alturas conozco el negocio tanto como usted… es más, ya es tarde, haga lo que quiera con nosotros. Buenos días… Y se fue cerrando la puerta despacio.

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Soñaba

Había soñado que tenía un hermano gemelo, probablemente en otra dimensión, pero lo contrario a él, y de hallarse en su lugar, tal y como estaba en aquel momento, el otro miraría alrededor y vería orden y limpieza. Tendido en una cama similar, o en la misma, pero con la satisfacción añadida de comprobar que todo a su alrededor ocupaba el sitio correcto, incluso él.

Después pensó en cuál era la diferencia si, también como él, no tenía otra cosa que hacer que mirar en torno suyo en una mañana cualquiera, sin otra perspectiva que nada. En qué se diferenciaban orden y desorden cuando el que debe ordenar no tiene mucho más de lo que preocuparse, o nada más. Probablemente saborear la satisfacción de que cada cosa ocupe su lugar debe ser algo bueno, es cierto que no para él, no entraba en ese negocio, protagonista y causante de aquel desastre de habitación, quien soñaba o divagaba cuando no había otra cosa mejor que hacer que ocupar la cabeza con algo sencillo.

Sonó el timbre y sin inmutarse ni reaccionar decidió que aguardaría al siguiente toque, con lo que comprobaría que no se habían confundido ni se trataba de alguien que simplemente pretendía el acceso a los buzones. El timbre no volvió a sonar. Bien, se dijo, estaba harto de que le molestaran para nada, no es que tuviera otra cosa mejor de la que ocuparse, pero al menos que fuera algo útil, no facilitarle el paso a quien no se molesta en comprobar cuál es exactamente el vecino que ha de abrirle, dejando el nombre para cuando se sitúe ante los buzones y el deber le obligue a detenerse en el tipo al que va dirigido un sobre que lleva en la mano desde hace rato.

Miró el portátil abierto sobre la mesa, en negro, pero tampoco encontró qué le podía obligar a dejar la cama.

Tenía que mear, eso sí que era ineludible, luego al final tendría que levantarse; y no es que no quisiera o pudiera, pero prefería seguir no haciendo nada tumbado, eso sí, al tanto del teléfono por si alguien decía algo, aunque no fuera directamente con él, pero al menos tendría qué, quién, por qué o para qué; ya, una cuestión sin importancia, secundaria, la cantinela de sus padres, el repetido y anticuado punto de vista de quienes no acaban de entender el mundo en el que viven. Demasiado tarde, o nunca.

No aguantaba más y tuvo que levantarse, sin prisas, eso jamás, y fue precisamente al segundo paso, en la penumbra de la habitación, cuando notó cómo la afilada limpieza del filo abría en canal la carne de su pie.

No saltó, ni se quejó, tan solo un ¡hostia! que nadie oyó antes de caer, más por la sorpresa que por el dolor, era pronto, tanto como para, recuperada milagrosamente la percepción del lugar, en el suelo, sorprenderse y asustarse del modo en el que la sangre se extendía por la madera, una mancha oscura que avanzaba en contra de su voluntad. Buscó un qué y no tardó en dar con el largo filo del cúter encajado entre un zapato y una zapatilla de los que nada recordaba y sobre los que no pudo preguntar cómo y qué cojones hacían sosteniendo al aire la empuñadura de la larga y afilada cuchilla.

Intentó levantarse pero volvió a caer, el dolor aumentaba tanto como la sangre se abría camino por el suelo. Miró alrededor y no vio el teléfono, en qué lugar de la cama pararía; se arrastró como pudo y revolvió ropa y almohada hasta que dio con él; ¡mierda! sin batería, completamente muerto, y estaba manchando de sangre, además del suelo, los zapatos, la ropa tirada y… volvía a sonar el timbre. Tenía el estómago vacío, ¿cuándo fue la última vez que comió? ¡joder con el puto timbre! La vista se le nublaba, la penumbra comenzaba a convertirse en oscuridad y le fallaban las fuerzas, ¡que le den por el culo al del timbre…

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Diálogo salvaje (3)

─ ¡Precioso! ¡Más que precioso! ¡Que eres precioso!

El animal, acurrucado entre los brazos de la mujer, se dejaba gritar sin acabar de entenderla del todo, probablemente harto de tanto grito y un exceso de expresiones de cariño sobre las que no se le pedía opinión porque su voluntad no contaba. ─ Ya está otra vez, no se cansa; ¿no sé porque me dice esas cosas precisamente a mí y no a su maridito o a su niña, a los que ni mira?

─ ¡Cosa bonita! ¡Amor! Y volvía a besarle el morro con total deleite y una pasión algo más que ambigua.

─ Qué raros son estos humanos, qué poco expresivos son entre ellos y qué carencias arrastran, y que mal viven, peor que animales. Si tanto me quieres podías largar de la casa al hombre y a la niña, y quedarnos los dos juntos. Podría dormir en tu cama, bien juntitos. Pensaba o decía el animal entre miradas de soslayo a su dueña y olfateo general del ambiente callejero.

─ ¿Quién es quien más te quiere? ¿A quién quieres tú?

─ ¡No me digas que soy yo! ni me lo imaginaba. A estas alturas no me queda más remedio, y después de años de maltrato, de arrastrarme con una correa, de no dejarme olisquear donde me dé la gana y mear donde me apetezca no sabría comportarme ni buscarme la vida como uno de los de mi especie, ¡qué vergüenza! Además, ¿si tanto me quieres qué haces viviendo con esos, si no los aguantas? Aunque no sé qué es antes, si tú a ellos o ellos a ti. Porque para vivir contigo hay que tener un cerebro bien escaso;  igual es que no tienes quien te quiera y por eso me tienes a mí

Nueva sucesión de ósculos de carácter indefinido en el morro y caricia por la tripa en dirección a los cuartos traseros ─ ¿Qué va a querer de cena mi preciosidad?

─ Lo mismo de siempre, ¿Qué quieres que diga? Ni que fuera gilipollas. Y luego, cuando ya estén acostados, nos sentaremos en el sofá a dormirnos frente al televisor, para levantarnos justo cuando mejor me lo estoy pasando, cuando entre sueños me acaricias allí donde bien sabes que me gusta. Que entonces no te da vergüenza.

Era noche cerrada en la calle casi vacía, lo que no impedía que desde alguna terraza o ventana alguien pudiera oír o se asomara ante los gritos y alabanzas de la mujer a su perro, un amasijo de pelo entre sus brazos de difícil o imposible catalogación. El animal comenzaba a removerse inquieto. ─ ¡Uy! ¡Un pedete! ¿Quieres hacer caquita? Muy bien, antes de volver a casita. Enseguida te pongo.

─ Es una pena que no sepa pedírtelo de otro modo. Como pudiera hablar otro gallo nos cantaría.

─ Aquí mismo, junto a este arbolito. Y lo depositaba en el suelo con sumo cuidado, junto al delgado tronco de un fresno.

─ ¡Uf! ¡qué gusto! Un poquito más…

─ Un poquito más. Desahógate cariñín. Aquí está mamita para limpiarte.

─ Eso, eso, límpiame bien el ojete, déjamelo bien suave, también alrededor.

─ ¿No sale más? Que bien, y no te has manchado nada. Aguarda un poquito que te limpio. Entre la poca luz y el pelo del animal la mujer se arrodillaba sobre la acera para limpiarle con un toallita húmeda el ano. Sin embargo, y mirando de reojo a un lado y a otro, decidía dejar la mierda junto al árbol, sin recoger; quizás pensó que como abono le vendría bien.

─ Es humillante llegar a este extremo, ¿qué dirían mis semejantes si me vieran de esta guisa? Que te limpie el culo un humano ni siquiera sirve para enorgullecerse de haber llegado tan alto, porque en mi caso me ha tocado con lo más tonto de la especie. Es denigrante que alguien, aburrido de vivir y sin nadie que le haga caso, te tome como si fueras su muñeco, a mí, que soy más viejo que ella; eso sí que es una falta de respeto, además de una violación de mis derechos, hablarme y tratarme como si fuera un cachorro o directamente imbécil.

─ Te he dejado el culete como una patena. ¡Hala! a casita.

─ ¿Para qué? para oír como roncas, te pees y te equivocas. Aunque para castrarme no tuviste ninguna duda ni preocupación, no, para eso no, si tu no follabas yo tampoco, y las ganas me las como. Como tú no tienes quien te haga caso tengo que pagar yo las consecuencias; y si me apetece estar por ahí buscando juerga me tengo que joder y aguantarte todos los días. Si ni siquiera te equivocas y me das algún gustito de vez en cuando, ni para eso; vaya una mierda de vida que me ha tocado. Con lo grande que es el mundo y las perras que hay por ahí necesitando de un buen ejemplar que las haga felices.

NOTA. Ante la más que evidente imposibilidad de saber qué piensan los perros y la constatación de su instinto dócil y gregario hasta la estupidez; y a partir del meneo del rabo y otras manifestaciones como signos claramente visibles de sus intenciones amistosas -nada que ver con la inteligencia y exigente privacidad de los gatos- me he visto en la necesidad de imaginar y traducir al lenguaje humano tales demostraciones de afecto -además de añadir algunas licencias de mi propia cosecha-, quedándome, no obstante, la impresión de que tal vez no haya llegado a precisar con exactitud los pensamientos y/o intenciones del perro -algo, por otra parte, que absolutamente nadie conoce a ciencia cierta-, por lo que pido disculpas.

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A propósito de “Nomadland”

Nomadland puede verse como una película en la que se cuentan las precarias existencias de unos personajes obligados a vivir en los márgenes, mujeres y hombres expulsados de la sociedad por múltiples motivos a los que no les queda más remedio que encontrar un nuevo significado para sus propias vidas, llegando incluso a creer y asumir que esas nuevas opciones son interesantes y les gustan, a costa, incluso, de desechar u olvidar en última instancia la razón, y su posible solución, por la que fueron arrojados a sus actuales circunstancias.

Pero también se puede ir más allá y, a partir de lo visto y con la evidencia de que nada de lo que aparece en la pantalla es meramente casual o accidental, extrapolar una serie de valoraciones, conclusiones y afirmaciones más que explícitas que probablemente nada tendrían que ver con la hipotética poética y libertad que rezuman los personajes.

Nomadland muestra en primer plano el fracaso de una sociedad, hasta el punto de que las posibles opciones o soluciones de los personajes a sus vidas no dejan de ser sucedáneos que no se tienen en pie, ni siquiera apelando a los valores de independencia y libertad de unos pioneros que con tanto orgullo exhibe e intenta exportar el cine norteamericano. Hace ya tiempo que en el mundo en el que vivimos desaparecieron las opciones de independencia y libertad para sus habitantes, y los intentos por traerlas a primer plano por cualquier motivo de integridad o autenticidad, incluso ensalzándolas como unas de las más ancestrales y puras cualidades del ser humano, son una completa engañifa que pretenden vender quienes detentan el poder con tal de justificar sus desmanes y constantes atropellos de la población.

Tal vez por eso la película deja esa sensación de indiferencia que no llega a sabor amargo, en parte porque el espectador ya no se deja engatusar tan fácilmente y en parte por desconfianza ante unos posicionamientos políticos e ideologías tan básicas como baratas que, apoyándose en un inviolable derecho y la particular voluntad de cada individuo, buscan imponer unos nostálgicos y falsos ideales de libertad que, sin embargo, sitúan a las personas mirando hacia atrás, recelosas y desconfiadas hacia sus posibilidades y su propio presente, más solas y abandonadas.

Nomadland no solo trata de reflejar una nueva forma de vivir basada en la falsa libertad de una autocaravana y paisajes infinitos, que en parte también –pero dependiente de la existencia de carreteras que lleguen a todos sitios, del inevitable combustible, de talleres, de grandes superficies comerciales, de lugares de pago donde pernoctar, tener acceso a servicios y la seguridad que proporcionan, de los negocios bancarios que vampirizan el movimiento del obligado dinero, de la necesidad del teléfono y el negocio de las compañías telefónicas, etc.-, sino también del engañosamente aventurero, precario en su solidaridad de subsistencia y edulcorado lavado de cara de una auténtica marginación social en pleno siglo XXI. De la expulsión de cada vez más individuos por parte de una sociedad incapaz de preocuparse por los suyos, de reintegrarlos en lugar de convertirlos en inadaptados, personas a las que se desecha por molestar con sus problemas personales o porque se niegan a participar y/o colaborar con el régimen establecido y sin opciones para cambiarlo o simplemente modificarlo, como debería suceder en cualquier democracia o sistema político en el que sus ciudadanos fueran auténticamente libres para elegir su presente y futuro.

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Diálogo salvaje (Otro)

En una espléndida mañana de primavera caminaban de cháchara en dirección al bar… ─ ¡No jodas!

─ Era lo que había que hacer, qué más dan unos que otros si son todos iguales, y mi hijo dice lo mismo… la votó porque con ella puede ir a los bares, quedar con sus amigos y relacionarse… Eso es libertad…

─ Tu y tú hijo sois gilipollas, eso no es libertad, eso es ignorancia…

─ Tampoco te pases… ¿tú que has votado? ¿”al coleta”?

─ Y qué…

─ Ese tío da miedo, es como volver al hambre de después de la guerra, más restricciones… además, quería asfixiarnos a impuestos, no dejarnos trabajar; como si dependiera de nosotros que esto funcione… Quitarnos lo poco que ganamos, con él no tendríamos ni para el botellín…

─ No me digas. Tú de la guerra no tienes ni puñetera idea, lo que te cuenten y quien te lo cuente… Además, ¿has oído hablar alguna vez “al coleta”?

─ No hacía falta… me da igual… No me gusta la pinta que gasta, con esa coleta pringosa y ese chorreo de cuatro pelos haciendo de barba, como un demonio. No sabe ni ir bien vestido, menuda imagen… Aunque él y la parienta bien que se han asegurado la vida… ¡y que era un obrero! Un caradura es lo que es… que se vaya a la mierda.

─ Ya te vale… los fachas y la iglesia llevan viviendo toda la vida a nuestra costa… con el dinero de nuestros impuestos… ¿ellos sí tienen derecho?

─ Pero así ha sido siempre y contra eso nada puedes hacer… las cosas son como son, lo tomas o lo dejas, necesitamos un orden, no una dictadura. Y que uno que dice ser de los tuyos se coloque por la cara y se solucione la vida… eso sí que no…

─ Cochina envidia… Hazlo tú…

─ No digas tonterías… yo no meo tan alto… Con el trabajo y las chapuzas, el paro por si me faltan y poder tomarme mis botellines tranquilamente cada mañana tengo suficiente… no soy de grandes aspiraciones… Y menos mal que aquí nos los hemos podido tomar… Tú también, no te quejes….

─ Ya, pero, ¿y la gente que ha muerto…

─ Mala suerte… Dios lo ha querido así…

─ Ya… además de ignorante y envidioso, ingrato y egoísta…

─ ¡Eh! No te pases, nada de egoísta… se trata de que cada uno es libre de hacer lo que quiera…

─ Pero el bar no es ningún ejemplo de libertad… es el puto bar…

─ He tenido cuidado y no me he contagiado… A ver si ahora también voy a ser culpable por eso…

─ No, no va por ahí la cosa, se trataba de un problema que nos afectaba a todos, de ser más solidarios por una vez, no de que cada cual fuera a lo suyo buscándose la vida por su cuenta, vivimos en sociedad ¿sabes? A los que estabais en contra de cerrar la hostelería o el comercio, a favor de que todo siguiera igual y cada cual hiciera lo que pudiera o le viniera en gana os tenían que haber puesto un impuesto…

─ Qué tonterías estas diciendo…

─ ¿No queríais que todo permaneciera tal cual, como si no pasara nada? Pues os deberían haber preguntado cuántos muertos estabais dispuesto a poner sobre la mesa para que todo siguiera igual, para que no pagaran justos por pecadores…

─ ¿Qué estás diciendo?

─ Que por cada uno que haya muerto por culpa de la mala previsión, el egoísmo y la nula cooperación de la gente, por esa libertad que os gusta poner en un bar abierto y poder entrar y salir a vuestro antojo os deberían haber cobrado en muertos… Algo así como, ¿cuántos muertos de su propia familia está usted dispuesto a pagar por ir al bar, o de viaje, o por no llevar mascarilla? Eso sería lo justo, eso sería libertad, responsabilizarse de lo que uno hace cara a los demás…

─ Tú sí que eres gilipollas…

─ Nada de eso… o tal vez sí… lo que no puede ser es que como a mí no me ha pasado nada lo que sigue estando mal pase a ser bueno… No queríais ser libres para hacer e ir donde quisierais… pues a pagar.

─ ¡Eh! tonto de los cojones… que yo hablo del bar…

─ Ya… un bar en el que matas el tiempo porque estas hasta los cojones de tu casa y de aguantar a tu mujer…

─ ¡A que te suelto una hostia!

─ Ya, ya estamos otra vez con la libertad… tenéis una idea muy particular de la libertad…

─ A mi familia ni la mientes, ¡capullo! ¡Qué te has creído!

─ No, nada, que no tenéis ni puta idea de lo que es democracia y mucho menos la libertad… ni tú ni mucho menos el cateto de tu hijo, ese sí que da pena…

Y le soltó la hostia.

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