La Creación

Hay un tema en la notable y descarnada película de Paul Schrader, First Reformed, al que le he seguido dando vueltas después de su, por mi parte, tardío visionado. Se trata de la escasa o nula incidencia y consiguiente preocupación que en las grandes religiones monoteístas vigentes tiene la destrucción por parte del hombre de la superficie del planeta donde habita. Desconozco si existen motivos que justifiquen tal insensibilidad, aunque también puede ser pura indiferencia, cuando no supina ignorancia. Es cierto que sus sagrados libros de referencia hacen una mención más bien breve, algo así como para salir del paso, de la realidad terrenal, nada extraño teniendo en cuenta que las principales religiones en vigencia actualmente son originarias de unas épocas en las que el planeta todavía era un desconocido inabarcable, el mero suelo sin límites ni horizontes por donde se movía la especie, nada preocupante o interesante porque simplemente estaba y había estado allí desde siempre, vulgar escenario sobre el que la humanidad desarrollaba lo que luego le gustaría llamar su epopeya, y poco más.

Aparece, en el caso de La Biblia, como el inevitable capítulo obligatorio que la racionalidad humana necesita para situarse, y situarnos, en su obsesión por fijar un principio; pero, como digo, es más una cuestión de razón y orden indispensable a la hora de organizar una historia que convertir en dogma, más o menos convincente y creíble, que una premisa ineludible. Es cierto que al tratarse de una especie de representación de la omnipotencia del Creador el resultado final ha de ser magnífico, una armónica, perfecta y bella Creación -en mayúsculas-, retórica obligada que de idea del enorme poder que atesora el Creador del hombre -lo realmente importante-, así, en obligado masculino, otra cuestión más bien sospechosa respecto de la catadura, linaje e intenciones que regían los proyectos de los primeros organizadores de la doctrina.

Si tal y como afirman las religiones monoteístas este planeta es también creación de Dios, Su Obra, aunque no la principal, deberían estar muy preocupados por el estado en el que lo estamos dejando para las generaciones venideras; qué mundo tendrán si seguimos comportándonos y actuando del modo en el que actualmente lo hacemos, expoliando y destruyendo sistemáticamente el hogar que nos ha permitido existir y evolucionar, como lo ha hecho y hace con la infinidad de seres vivos que pululan sobre su corteza.

Aunque creo que, desgraciadamente, para las grandes religiones monoteístas esta tierra está dejada de la mano de Dios, nunca mejor dicho, el flagrante y acelerado deterioro de la superficie terrestre es completamente indiferente a los respectivos pastores de los rebaños religiosos, ni les preocupa e ignoran cómo meterle mano al problema, ni siquiera para salir del paso; o que simplemente sea un problema. El caso es que, bien visto, no hay tal problema, las religiones siempre han apuntado hacia otro lado, le interesan las ovejas del rebaño, su respiración, sus devaneos y posibles descarríos, no el estado en el que dejan los pastos donde viven y prosperan, pura materia corrupta y corruptible, algo despreciable. ¿Qué significa esta minúscula bola de materia comparada con la inmensidad del paraíso celestial? Pero ¿es o no es pecado destruir la Obra del Creador? Pregunta errónea, porque, qué pinta el planeta si desde el principio el meollo de la cuestión, el objeto a perseguir, han sido las almas -el espíritu-, lo que quiera que sean o signifiquen. La tierra no deja de ser elemento corruptible y es más que probable que no entre dentro de los planes de Dios; entonces ¿solo la creo como un lugar en el que situar los cuerpos materiales, una especie de teatrillo o escenario en el que pudiera desarrollarse la tragedia material humana?

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Escuchar música

La nueva moda de los discos de vinilo, ese supuesto renacer -otro negocio con demasiados puntos oscuros-, no deja de ser precisamente eso, una moda que en el fondo no tiene mucho que ver con la música, que es de lo que va el invento.

Hubo un tiempo en el que no había nada como experimentar el placer de tener en las manos el estuche de un disco de vinilo, ojearlo, darle la vuelta para disfrutar de la contraportada, del diseño, los grafismos y textos, etc. Abrirlo -si era posible-, buscar las letras y asomarse al interior para comprobar si la funda del vinilo era de plástico o papel, y tal vez descubrir alguna hoja o cuaderno con más fotografías, textos, las letras -por fin. Eso antes de sacar el disco, con los dedos y sumo cuidado de no plantar la zarpa o dejar huellas en su superficie; comprobar el corte y la calidad del vinilo, así como su impresión, limpiarlo a conciencia con un antipolvo y a continuación depositarlo en el giradiscos, levantar el brazo y con tacto situar la aguja en el primer microsurco. Luego venía la escucha, cómodamente instalado y, a ser posible, en un equipo medianamente decente -desde la aguja hasta las pantallas acústicas-, además de correctamente dispuesto. La música, al fin, el motivo de la compra, lo que realmente tocaba disfrutar, o decepcionarse si el disco no era interesante o tan bueno como prometía. En última instancia quedaba escucharlo y disfrutarlo tantas veces como desearas.

También tuvieron su oportunidad los casetes, más económicos -no siempre-, austeros, espartanos o simples. Una cajita con información muy apretujada, o mínima, que también ofrecía la misma música envasada que podías escuchar y disfrutar en un buen equipo; lo realmente importante. Ni que decir tiene que el ceremonial previo a su audición era inexistente, sin encanto. Tocaba tirar con lo que en esos momentos y circunstancias uno disponía.

Luego vinieron los discos compactos, menos románticos pero con un sonido más limpio; los costes de fabricación eran muchísimos más bajos y los precios al público iguales, o superiores, a los vinilos; pero se trataba del futuro. Más fríos y menos espectaculares, con una grafismo e información demasiado comprimidos. Se acabaron los ceremoniales, pero se trataba de escuchar música y aquello la reproducía de una forma mucho más detallada; desaparecido el rozamiento del diamante en el microsurco el láser ofrecía un sonido sin roces ni polvo. Como en la mayor o menor pixelación de cualquier imagen y su consiguiente nitidez, la calidad digital del reproductor ofrecía detalles hasta más allá del límite del oído humano. Con la muy importante novedad de que en este caso no tenías que levantarte para darle la vuelta al disco y escuchar la cara b, todo un lujo que, con un mando a distancia, podía prolongar las escuchas y su disfrute sin interrupciones las veces que quisieras. El resultado final también tenía que ver con la calidad del equipo y era cuestión de bolsillo, pero si te gusta la música… Por entonces ya sonaban las absurdas discusiones entre, digamos, antiguos y modernos sobre qué soporte ofrecía más calidad y detalles de sonido, es decir, se oía mejor; una pugna que podía ser interminable porque dependía tanto de la grabación como de las virtudes del equipo tomado como referencia por los discutidores. Discusiones en las que solía olvidarse lo realmente importante, la música, porque se trataba de música, independientemente del mayor o menor romanticismo de soportes y envoltorios.

Hablo de escuchar música, escuchar y disfrutar, independientemente de detalles, placeres o ceremonias previas, igualmente atractivas pero que son otra cosa que escuchar música. Música que eliges, adquieres y disfrutas porque te gusta tal o cual tipo o artista y entiendes que un disco suele ser el soporte en el que ofrecer una obra concreta con principio y final. No hablo de emisoras, aplicaciones o portales informáticos que presumen de atracarte de la misma música las veinticuatro horas del día porque piensan que careces de discernimiento, presumiendo además de saber lo que prefieres -mejor incluso que tú mismo. Te gusta la música y eliges qué, cuándo y cómo, no hay otro modo, y desconfías de supuestos expertos que en muchos casos no desean otra cosa que ningunearte a costa de hacerte perder el criterio.

Y para escuchar y disfrutar la música también sirve, por ejemplo y al margen de nostalgias, romanticismos y discusiones estúpidas, una pequeña memoria USB que tú mismo te has encargado previamente de seleccionar y almacenar, en número casi ilimitado, decenas y decenas de discos y canciones que puedes escuchar cuando y de la forma y modo que desees. Es cierto que ha desaparecido toda estética y ceremonial porque nos hemos centrado en lo más importante, el motivo principal, la música, su escucha y el placer de su disfrute. Así que, olvidadas las aburridas discusiones respecto al mejor soporte, si las grabaciones son decentes y también la calidad del equipo reproductor estamos ante el mayor gozo, poder elegir desde el mismo lugar qué música deseas escuchar, cómo, o cuánta, porque el placer no puede tener fin, tanto como el cuerpo o el ánimo aguante.

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El lavavajillas

Recuerdo escenas de algunas películas americanas en las que los personajes encuentran esos momentos de sosiego, en los que suelen producirse conversaciones más íntimas o personales, después de comer, más concretamente mientras se limpia y seca la vajilla, una ocupación trivial e intrascendente que parece llevar a los implicados a una zona de confort en la que la mente se relaja y se atreve con esas cosas hasta entonces guardadas o que no pueden decirse en otros momentos, o ante otros. Particularmente y en algunos casos solía preguntarme por qué, dado el nivel económico que mostraban los personajes en la película, no disponían de un lavavajillas que les ahorrara tan ingrata tarea; pero, bueno, eso son otras cuestiones.

Se trata del lavavajillas, ese electrodoméstico con el que solemos tratar habitualmente y que no posee ninguna otra particularidad aparte de encargarse de una de las tareas más fastidiosas, al menos para mí, incluidas entre las rutinas diarias. Una máquina, u objeto, que soluciona, abrevia o evita esos trámites tan molestos pero que, sin embargo y sorprendentemente, parece ser de importancia vital para algunas personas. El aparato en sí no tiene mayor trascendencia que la de llevar a cabo correctamente su tarea, algo sobre el papel tremendamente simple y fácil pero que no a todos satisface por igual; hay espíritus muy exigentes capaces de poner mil peros al brillo y la limpieza de la vajilla y cristalería una vez pasadas por el programa de lavado más exigente, a lo que sumar, hecho comprobado por propia experiencia, que la publicidad de productos de limpieza para usar en lavavajillas es una solemne engañifa, ninguno limpia lo que dice limpiar. Si usted no se encarga de quitar previamente la suciedad de platos y fuentes corre el riesgo de que vuelvan a lucir igual de desagradables al sacarlos del aparato, solo que con una corteza limpia y brillante que protege la suciedad más persistente todavía pegada o incrustada incluso en las superficies más resistentes.

Pero tampoco es la utilidad y fiabilidad del aparato en cuestión el motivo de estas letras, sino el comportamiento de algunas personas respecto a su uso, más concretamente en lo referente a la capacidad y disposición de los sujetos de limpieza en su interior. He asistido a verdaderas discusiones, con gritos y enfados incluidos, a la hora de cómo colocar y disponer platos, fuentes, vasos, cubiertos o cualquier otro objeto susceptible de introducirse en un lavavajillas; hasta el punto de que llega un momento en el que tales, digamos, expertos se muestran visiblemente alterados si sus exigencias o modalidades de orden y disposición de cacharros no son las adecuadas o estrictamente cumplidas, sobre todo cuando alguien menos atento a tales menesteres o directamente indiferente a la disponibilidad y ocupación de huecos en las rejillas y, por tanto, a su mayor o menor capacidad su admisión de piezas, las sitúa de cualquier modo, sin preocuparse por ese mínimo espacio que al parecer puede obtenerse si previamente se recoloca toda la bandeja. Experiencia o situación que jamás permitirá un experto colocador de estar presente, porque apartará de forma casi furiosa al incauto que simplemente intentaba colaborar en la tarea, mostrándole a continuación sus habilidades mediante el resultado final, resultado que no deja de ser un montón de cacharros dispuestos para que la máquina les quite la mierda, perdón, los residuos de la comida. La perfecta realización de esa al parecer complicada y precisa tarea provocará una enorme satisfacción y evidente jactancia, yo diría que algo simple y bobalicona, en el ufano colocador de vajillas.

Son bastantes las ocasiones en las que una situación similar se ha repetido con amigos o conocidos, incluso he escuchado a otras personas en algunos medios de comunicación hablando de las mismas complejas y exigentes tareas, hasta el punto de reconocer que en algunos casos llegan a convertirse en manías imposibles de refrenar, lo que provoca más de una situación, digamos, inconveniente o problemática. Por lo dicho, y visto lo visto, creo que prefiero la placentera limpieza y secado de vajilla que de vez en cuando aparece en el cine, aparte de realizar diariamente millones de personas que no disponen de un práctico lavavajillas que les procure comodidad y tiempo libre que compartir con sus semejantes, pero que, sin embargo, puede dar lugar a intercambios personales mucho más sabrosos e interesantes, amén de racionales.

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Escenas de playa

Él se aproximaba con evidente desidia, tanto en los pasos como en el gesto, sin llegar a abatido pero sí aburrido, o hastiado, cansado de esas trivialidades que constituyen el día a día y que nada tienen que ver con los hechos excepcionales, con la juventud, con las heroicidades, con las aventuras que tantos hombres venden en las redes y medios sociales o dicen llevar a cabo sin que nadie sepa en el fondo para qué o con qué sentido; o simplemente no son ciertas y solo intentan mostrar un vulgar y zafio postureo tan hipócrita como vacío.Vestido de arriba abajo de un negro venido a menos, deslustrado, de cualquier modo, una especie de chándal demasiado ceñido en el que sobresalía una tripa que ya no tenía remedio, y probablemente iría a peor. Es lo que tiene para algunas personas haber dejado atrás la cuarentena, que hasta el alma se entristece y se es incapaz de mantener una sonrisa medianamente sana, o sincera, o simplemente un aquí estoy, es lo que hay. A pesar de las canas, que ya pintaban junto y sobre las orejas, sostenía el escaso vigor de su presencia en este mundo un perro blanco, bastante grande, que requería la mínima atención que era capaza de extraer de su apostura, la justa para llevarlo de la correa y acoplar al animal bajo la mesa antes de sentarse en la primera silla que tuvo a mano. Completaba el conjunto una mariconera colgada en bandolera, literalmente pegada, que se adhería a su cuerpo como si fuera una parte más de su generosa cintura. Todo ello si gestos ni palabras, tal que un autómata funcionando por control remoto.

Ella, algo más joven y ya a punto de caerse de la historia, venía detrás, ataviada con prendas de la marca “prácticas” indispensables para un día a día de tralla, como todos los días, arengando a una niñita de unas siete primaveras y empujando un carrito con un bebé que no llegaba al año, además de portar en su generoso vientre otro hermanito, o hermanita, que no tardaría de hacer su santa aparición en lo que a partir de entonces ya se denominaría una familia numerosa. Sin palabras, como era de esperar, la mujer sentó a la niña, hizo un hueco para el carrito y echó mano de esa socorrida bolsa para todo que ofrecen los cochecitos infantiles, estupendas para satisfacer las precauciones de los padres más previsores. Y sin solución de continuidad dispuso sobre la mesa la impedimenta necesaria para preparar un biberón en toda regla, ella sola, sin tiempo para desprenderse de ninguna prenda y ponerse cómoda, otra de esas heroicidades cotidianas que tan pocos seguidores tienen en las redes sociales. Con experta presteza dio carpetazo a lo más inmediato, la comida del bebé, mientras el varón echaba alguna lánguida ojeada al can e intercambiaba con el camarero unas palabras que probablemente tuvieran que ver con la comanda. Poco más. Miradas al vacío, mental más que existencial, de uno, e incesante brega rebosante de cautelas, atenciones y disposiciones respecto a su vástagos por parte de ella. Entre ellos, cero. Hasta que llegó la paella de rigor y ella, como no podía ser de otro modo, tuvo que levantarse para servir a cada uno su correspondiente ración, él, por supuesto, primero, y así sucesivamente.

Que todavía haya que soportar este tipo de espectáculos públicos no deja de llamarme la atención, también sé que en nada deberían de afectarme porque cada cual puede hacer y vivir como le salga de ahí mismo. Pero todo lo que uno cree saber, ha leído o se ha informado al respecto, aquello de los increíbles cambios en las relaciones de género en nuestras adelantadas sociedades occidentales, son solo eso, palabras vacías, propaganda verbenera y reaccionaria que llena páginas insustanciales ofreciendo falsedades que la realidad más prosaica desmiente una mañana cualquiera. Sigo preguntándome en qué piensan algunas mujeres.

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Repeticiones

Somos repetición, vivimos de repeticiones y repitiéndonos porque de ese modo aprendemos y, curiosa o sorprendentemente, mejoramos.

Viéndonos y conviviendo repetidos adquirimos conciencia de lo que somos, también de quiénes somos, aunque no siempre lo entendamos.

La repetición de la repetición solo tiene sentido, y algún significado, cuando el sujeto o sujetos también se repiten repetidos.

Para un extraterrestre solo seríamos una repetición infinita de ejemplares de la misma especie.

Nuestra repetición como organismos separados simplifica y a la vez focaliza, es decir, pone en su justa medida, la irrelevancia de nuestro valor, siempre hipotético.

Esta repetición, lo que somos, no nos hace mejores ni peores, solo nos individualiza, una ficción que nace muerta porque únicamente es eso, una ficción.

Nuestro valor como singularidades repetidas, de tenerlo, no reside en nuestro ombligo, sino en nuestra capacidad para olvidarnos de él.

Nadie recuerda los millones de ombligos que han vivido en esta tierra, como tampoco nadie recordará los que vengan; simplemente porque es imposible, además de no conducir a ningún sitio.

Pero nuestra supuesta relevancia, o excepcionalidad, tiene que ver con nuestra repetición, de no darse el caso simplemente no existiríamos, ni como excepcionalidad, ni como ejemplares ni como especie.

Sin embargo, semejante irrelevancia, o evidencia, no nos ha hecho ni nos hace comprender, todo lo contrario, todavía hay quienes consideran que su presencia, o existencia, es única y relevante, incluso excepcional.

Nuestra existencia, por darle un nombre, además de ser una fuente generadora de residuos, residuo en lo que finalmente quedamos, carece de cualquier otro sentido o significado.

Ni siquiera odiarnos, desafiarnos, enfrentarnos o destruirnos entre nosotros mismos, como ombligos airados y violentos, tiene algún sentido o significado, se trata de precipitar lo que tarde o temprano habrá de producirse, exactamente en su misma irrelevancia.

¿Entonces? ¿qué sentido tiene esta especie de derrota escrita? ¿otro ombligo más?

Por supuesto. Pero son estos intentos o relaciones entre repeticiones -proximidades, semejanzas, articulaciones, reciprocidades, vínculos, contactos, tratos, etc.-, que no ombligos que se creen tales, lo que únicamente tiene algún sentido, y valor.

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Marcianos

No es difícil imaginar el trajín de estas fechas, verlo, incluso, seguirlo sin llegar a entenderlo del todo -¡todavía!-, cada cual persiguiéndose a sí mismo con paso acelerado, buscando pistas, hitos o señales que, según el calendario, son necesarias y deberían ser fáciles de distinguir, pues todos disponemos de ellas; las vamos dejando atrás, más o menos a mano. Llega final de año y, dicen, toca hacer algo distinto -que siempre es lo mismo- además de sonreír, celebrar, recapitular, permanecer en actitud reflexiva, repasar, lo que en cualquier otra época no haríamos porque nunca nos apetece. La situación que vivimos, o sufrimos, ha dejado de ser una sorpresa, no sé si aún llega a alarma, y se ha convertido en una molestia que amenaza con hacerse permanente, es lo que hay; y como el tiempo sigue moviéndose, invariable, en la misma dirección significa que hemos de adaptarnos a las circunstancias, algo que, por otra parte, siempre hemos hecho, aunque nos guste creernos nuestras propias mentiras pensando que éramos nosotros quienes llevábamos, y seguimos llevando, las riendas, como de costumbre; un discurso útil por cuanto nos permite seguir enteros y en pie, y avanzar, hacia dónde no es la cuestión.

Estos días cobran la especial relevancia que tienen las sinopsis, sin llegar a epílogo, por lo que actuaremos en consecuencia, sin tratar de evitarlo -¡¿por qué habríamos de hacerlo?! Este momento es tan bueno como otro cualquiera si en algo ayuda para apercibirnos sobre el terreno que pisamos, tampoco nos va a llevar demasiado tiempo porque no merece la pena demorarse en lo que ya no tiene remedio, ha sucedido y no es que ahora sea tarde, lo que ocurre es que ahora no es entonces, y entonces, como todo pasado, es otro tiempo, aunque en ocasiones nos empeñemos en convertirlo en presente, una ilusión que, para nuestra propia decepción, insistimos en sostener y corregir en una lucha inútil que, en definitiva, no es más que una lucha contra nosotros mismos.

Cuando crucemos nuestras miradas en cualquier calle no recordaremos nada de esto que escribo, pasaremos uno al lado del otro como perfectos desconocidos, que es lo que somos, o al menos eso creemos, con prisa, pendientes de cosas realmente importantes -¡ya lo creo!-, las nuestras. Distintos, o muy distintos, nada más lejos de la realidad que pretendernos iguales, ni mucho menos parecidos, porque nuestra carga, o nuestra vida, que en algunos casos viene a ser lo mismo, es única, especial, con nombre y apellidos, una encrucijada en la que confluyen ascendientes y descendientes de forma casi mágica, así lo vemos y sentimos con orgullo, porque si no somos nosotros mismos quienes dibujamos los puntos de nuestras propias íes ¿quién va a hacerlo?

O puede que seamos capaces de detenernos y, en lugar de comparar o ignorar, sonreír ante tanta brega que nos trae de cabeza, incluso a la hora de felicitar sin medida, repitiéndonos hasta la saciedad, nada originales, entre precipitados y aburridos, o emocionados, si, a pesar de o después de tantas formalidades. Qué simples que somos, y qué crueles, no hay marciano que nos soporte.

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Adicciones

Situaciones similares a esta proliferan a lo largo del día, constantemente, todos los días; circunstancias, coincidencias o tropiezos que probablemente nos adelantan por ambos lados más a menudo de lo que llegamos a percibir, sin advertirlo y sin tiempo para que alcancen a interesarnos, y si da la casualidad de que nos detenemos accidentalmente en ellas lo hacemos de pasada o molestos porque nos hemos demorado en algo que no nos afecta y en algunas ocasiones no deja de ser una indiscreción. En mi caso estaba sentada a mi lado, hombro con hombro, y por mi parte no tenía otra cosa que hacer que aguardar a que el tren llegara a su destino y no me apetecía echar mano del teléfono móvil, tal vez porque todos los que me rodeaban ya lo hacían, por cualquier motivo o por ninguno. Es curioso que cuando una persona se sube a un tren o llega a una sala de espera, o tiene que aguardar su turno en una fila, su primera reacción sea mirar el teléfono con gesto de premura o preocupación, pocas veces porque lo requieran o necesiten con urgencia, tampoco por algo que traía a medias o debía ver de inmediato, aquello tan interesante que llevaba posponiéndose hacía demasiado tiempo. Si a usted le toca aguardar y observa a esa persona que acaba de llegar comprobará cómo en tan solo décimas de segundo, después de saludar, o directamente sin saludar -la educación está dejando de ser importante-, el nuevo o la nueva, entre ausente e indiferente o con cara de circunstancias, inmediatamente se pondrá a salvo encapsulándose en su pequeño dispositivo, dando la espalda al lugar y ambiente en el que en esos precisos momentos se halla.

He llegado a pensar que el motivo principal de estos comportamientos tal vez sea una incipiente reserva o temor hacia el contacto directo con los demás -en muchos casos simplemente presencial-, ni siquiera discreción o prudencia, como si el simple estar unos junto a otros, sea cual fuere el motivo -no digamos preguntar o verse en la obligación de responder-, o simplemente ninguno, conllevara un punto de desconfianza que nada tiene que ver con el desconocimiento, lo que provoca un primario estado de alerta que puede convertir un simple intercambio de frases casi en una afrenta. Una predisposición, actitud y conducta que, llegado el momento crucial, hace que nuestro propio cerebro colapse sobre una pequeña pantalla, en un gesto que se ha convertido en un acto reflejo que el recién llegado es incapaz de detener, o al menos corroborar con su voluntad. Más bien se trata de un movimiento de protección o salvaguarda tan instintivo e inmediato que cualquier intento de obviarlo, pensarlo o incluso dejarlo para después siempre llega tarde; algo tan inconsciente como el propio caminar.

Hecho el inciso y de regreso al tren, durante el tiempo en el que permanecimos uno al lado de la otra, como imaginarán, no hubo un solo segundo en el que mi acompañante ocasional dejara de mirar y actuar sobre el teléfono móvil; tampoco cuando, aburrida de marear las mismas páginas y pantallas accionándolas hacia arriba y abajo, desistía cansada levantando momentáneamente el pulgar de la pantalla. El pequeño espacio en negro duraba segundos, o menos, quizás porque aparentemente no había nada interesante que mirar en el mundo real, precisamente allí donde siempre hay algo llamativo o destacado que ver, como simple observadora o curiosa impenitente. Ese mínimo tiempo que permanecía in albis no daba para mucho más porque casi de inmediato y con incomprensible celeridad volvía a dibujar el patrón de acceso regresando a las mismas páginas que acaba de abandonar, concediéndose mínimas pausas, casi microscópicas, en las que escarbaba entre sus nerviosas neuronas -cuestión de décimas de segundo- tratando de atrapar alguna ocurrencia u obviedad que la reenganchara al dispositivo; no hacía falta motivo o persona, ya que todo el proceso era pura inconsciencia aderezada por la casualidad de quién o qué caía en ese momento ocasionalmente bajo su mirada. Y así ininterrumpidamente, sin descanso, abstraída del mundo real no por voluntad propia sino por el dispositivo mismo -el objeto-, de espaldas al tiempo real, el único que cuenta y carece de marcha atrás, poseída por un vértigo que no tiene dónde conducir.

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Hablaba

Hablaba como si le hubiera picado un bicho, sin medida, viniera a cuento o no, daba igual el tema, como esas personas que necesitan hacerse presentes oyéndose a sí mismas, probablemente porque de lo contrario nadie mostraría interés en ellas. En su inclemente perorata salpicaba su estridente tono, muy cercano al grito, con tacos, desprecios y groserías sin cuento a las que tampoco nadie hacía caso, por costumbre y porque en el fondo era una pérdida de tiempo. En todas las familias suele haber un bufón al que se tolera porque no merece el gesto de pararle los pies -aunque algunos juren que en ocasiones resulta ocurrente, hasta gracioso-, también porque el interesado o interesada, tan limitada en su dicharachera obsesión, no se daría por aludida, es decir, no se enteraría de qué era exactamente lo que le estaban diciendo. Ella hablaba porque le apetecía hablar, y al que le molestara o no estuviera de acuerdo que abriera la boca, allí estaba ella, permanentemente a la defensiva, dispuesta a responder a cualquiera, ¡o es que no iba a poder decir lo que le diera la gana! Hablar era una de sus habilidades, probablemente así lo creía, una de sus destrezas que surgían de una necesidad íntima por hacerse notar, tal vez una deuda consigo misma o un problema mucho más gordo, no sé, algo.

Es lo que tienen las reuniones entre parientes, que no familiares, la familia creo que es otra cosa en la que no es indispensable la sangre; por eso sucede que en más ocasiones de las deseadas la sangre lo pone todo perdido, pero no puedes quejarte ni decir nada al respecto porque siempre hay alguien a tu lado, con un cuajo curtido con el paso de los años, que te susurra al oído que las cosas son así y de ese modo hay que tomarlas, es lo normal. No obstante, se juntan grupos de lo más variopinto en los que afortunadamente y por principio suele primar la cordura y el respeto mutuo, como son incontables los “como esta vez me toquen los cojones se van a enterar” que se quedan en nada. ¡Para una vez que nos vemos! Se trata de verse las caras, preguntarse qué tal, pasar el rato, comer, beber -¡uf! ¡menos mal!-… que era lo que ya hacía una parte de la pequeña congregación, tal vez no tan participativa pero dispuesta a soportar el trago de la mejor forma posible, con más tragos, también porque cada año se lleva peor el invento y la incomodidad va siendo general -demasiados agregados. O quizás sean los bebedores los inaguantables, los que arrastran más morralla en forma de incomodidad permanente, problemas de indefinición o antiguas causas pendientes con dudosos y confusos nombres y fechas; los mismos que en un momento de lúcida sobriedad decidieron que las reuniones familiares no iban a aguarles la fiesta, no importaba, se quedarían, quedarse era su forma de rebelarse o hacerse valer -o tal vez es que no tienen quién los soporte o dónde caerse muertos. Además, siempre puedes pasártelo bien, antes que permanecer atornillados a las sillas mirándose unos a otros de reojo como zamujos mal follados.

Los de las copas iban perdiendo la vergüenza y ya canturreaban por lo bajini, y en sus caras comenzaba a dibujarse la salvadora liberación del baile, tan necesaria para mentes en permanente estado de ansiedad y una alegre e intrascendente alternativa -¡ojo! e inocente- ante el plomo general. Bebiendo, cantando y bailando puedo intimar con quien siempre me ha caído mal o creo que no es buena gente, incluso puede que luego, con el paso de los años, lo recuerde con… no sé cómo llamarlo. Y las cosas prosiguieron como no podía ser de otro modo, la habladora enganchada a su propia intrascendencia, o tal vez ya frustración, hablando y hablando, ajena al mundo y sin percatarse de que en el jaleo general su presencia, ahora completa invisibilidad, había sido engullida por esa relajada y permisiva alegría que promueven los excesos etílicos, la risa fácil y una condescendiente indulgencia general que, como ofrenda a los buenos momentos luego recordados con esa inocente media sonrisa de satisfacción, tolera lo que solo allí y entonces puede suceder. La cuestión era que aquello no doliera y pasara pronto, porque en el fondo todos estaban deseando que el tiempo corriera hasta esa hora prudencial -¿cuándo es esa hora prudencial?- en la que alguien o algo vendría para sacarles de allí… o no, ahora que el fastidio, las reservas y prevenciones se habían casi diluido y las cosas pintaban tan estupendamente -¡tampoco era para tanto! Hasta la próxima, ¡ha estado de puta madre! un placer.

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Nuestra historia

El documental de la cadena pública alemana ZDF sobre la dictadura franquista, La dura verdad de la dictadura de Franco, es un trabajo correcto a pesar de algunos errores de bulto e incorrecciones de importancia, con hipótesis más bien atrevidas y juicios que pueden ser cuestionables y que obedecen a criterios específicos por parte de los autores a la hora de la selección de los acontecimientos, y que no necesariamente han de ser compartidos por los espectadores. Puede achacársele la carencia de un mayor número de testigos y testimonios directos, así como también es criticable su austera realización o la poca variedad, o mayor calidad, de la documentación cinematográfica. El resultado final puede ser comparado con otras obras similares, con lo que en unos casos ganaría y en otros quedaría rezagada, pero, al margen de exactitudes y calidades, debería interesar sobre todo a las generaciones más jóvenes, los menos informados y a quienes desconocen esa parte de la historia de España, o se mueven entre opiniones y juicios de valor poco claros y en muchos casos falsos o claramente tendenciosos. Y es recomendable porque por encima del conjunto sobresalen tres puntos que son completamente ineludibles, nada debatibles y nunca justificables.

Primer punto. El fiel reflejo de la catadura moral del dictador, un tipo mediocre, resentido, taimado, oportunista y cruel habituado a maniobrar en la sombra, a la espera del momento en el que tomar el poder, su máxima ambición, y mantenerse en él a toda costa. Todo un ejemplo del mal en la tierra.

Segundo punto. La cruda realidad de una dictadura miserable, vengativa y en su fuero interno exterminadora que, desde su primer día, actuó en contra de toda reconciliación o convivencia entre la población del país, puesto que su único objetivo fue la completa extinción, tanto psíquica como física -hasta la muerte si era preciso- de quienes no pensaran como los vencedores de la guerra, es decir, no fueran fascistas y católicos por los cuatro costados. La puesta en práctica de un odio visceral y una voluntad de exterminio similar en muchos casos a la de los nazis con respecto a los judíos -el mejor español con un pensamiento diferente al suyo era el español muerto-; y que no tuvo ningún reparo en dejar al país entero en la más absoluta miseria con tal de lograr su objetivo.

Tercer punto. La sórdida inoperancia y la completa incapacidad del régimen para sobrevivir por sí mismo. Una dictadura que inició y ganó una guerra malviviendo después gracias y a expensas de la voluntad y la política interesada de los países occidentales, sobre todo de Estados Unidos. Un rincón del mundo civilizado en el que gobernaban la crueldad, la corrupción, la miseria y la ignorancia, y que solo cuando los intereses políticos de su vecinos consideraron oportuno, o estratégicamente necesario -frente a la amenaza soviética-, fue poco a poco saliendo de su interesado ostracismo internacional. Nada había más falso que la imagen de paz, convivencia y progreso que un régimen tan desesperado como fracasado se encargaba de propagar entre sus silenciosos, obedientes y maltratados ciudadanos. Ninguna persona con un dedo de frente podía tragársela.

El paso del tiempo pone las cosas en su sitio y hoy nadie sensato, justo y, también hay que decirlo, demócrata puede hablar bien del dictador y las crueles violencia y opresión de aquel régimen. Y si alguien lo hace es que no le interesa la democracia -un sistema político que precisamente le permite manifestar públicamente sus opiniones-, tratándose de un individuo sectario e intolerante, además de ignorante, de quien no deberíamos fiarnos y tener cuidado si llega al poder, porque de hacerlo cortaría de raíz toda libertad que no fueran las suyas, encarcelaría o expulsaría a aquellos que pensaran diferente y, probablemente, no le importaría pasar por las armas a cualquiera que intentara mantener y defender opiniones diferentes o contrarias, o simplemente plantarle cara. Otro fascista que ante cualquier pregunta directa o comprometedora se ocultaría en una libertad que en su caso es sinónimo de destierro o muerte para los demás.

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El volcán

Los expertos parecen estar de acuerdo en cuanto a la actividad del volcán que nos tiene entretenidos desde algo más de un par de meses, la intensidad de sus expulsiones tiende a disminuir, aunque no lo afirman con total seguridad, su profesionalidad les hace ser cautos a la hora de vaticinar unos comportamientos geológicos que nada tienen de humanos.

Profesionalidad y acierto que también son las cualidades de quienes tuvieron la brillante idea de instalar esa cámara fija frente al volcán que desde hace semanas nos pone, día tras día, en contacto con una naturaleza en su estado más primigenio, creando ese efecto hipnótico que en muchas ocasiones me hace permanecer durante unos minutos atento a un espectáculo al que un persistente rumor, tan sugestivo y emocionante como amenazador, da el toque indispensable para hacerlo sentir único.

Y como fondo de las imágenes el tenso y expectante silencio de una naturaleza que no tiene nada de muerta. Dejaron de oírse los ladridos de algún perro cercano, como tampoco pueden verse las luces de los coches de policía que durante los primeros días se movían de un sitio a otro supongo que vigilando, informando o ayudando a la población en unos momentos únicos en sus vidas que probablemente nunca olvidarán; o personas y vehículos recogiendo enseres y objetos de primera necesidad, también curiosos, junto a nativos evaluando la situación o su propia desgracia. En la actualidad únicamente puede oírse, junto al permanente rumor del volcán como fondo, algún que otro gallo mañanero saludando al nuevo día.

Durante estas semanas hemos podido disfrutar de un despliegue de luces, colores y contrastes que solo la naturaleza puede ofrecer, de amaneceres y atardeceres que incluso y a pesar de la persistente penumbra que imponían humos, cenizas y explosiones se mostraban en toda su pureza, la de una tierra como lo fue entonces, quizás más tierra de la que hoy nos hemos habituado a ver y habitar, sin domesticar, joven y vigorosa, algo más que corteza colonizada por, entre otros, millones de insectos de dos patas. Y junto a los contrastes diurnos un contrapunto nocturno de negros, rojos, naranjas y amarillos que te ataban a la pantalla, si cabe, mucho más que las imágenes diurnas, en muchos casos correlato real de catástrofes distópicas o estampas del infierno como cualquier infierno anteriormente concebido por la imaginación humana.

Una excepcional contemplación que, sin embargo, también es signo de impotencia, la de una especie que sobre el papel todo lo puede pero que en este caso se ha visto obligada a detenerse a causa de fuerzas mucho mayores que las que ella misma ha llegado a crear, ante las cuales nada o casi nada permanece. Solo queda observar atados en cierto modo de pies y manos, y ponerse a salvo, así como los pertrechos más necesarios; también calcular y predecir, provistos de nuestras herramientas matemáticas y físicas, sobre un futuro próximo que nunca es definitivo, quizás porque es simplemente natural, el propio planeta imponiéndose de forma más bien básica sobre todo lo parásito que transporta adherido a su corteza.

Quizás mi perspectiva no tenga mucho que ver con la de tantos curiosos que se han trasladado y trasladan al lugar, imagino que para contemplar algo único, amén de enviar selfis y fotografías a amigos y conocidos menos afortunados, demostrando con ello que ellos sí estuvieron allí. Quiero imaginar que la mayoría se sentirán impresionados y sobrecogidos por algo muy parecido a lo que también, aunque en menor medida, sentimos quienes, contemplando las imágenes de esa maravillosa cámara fija que nos traslada a otro mundo, nos admiramos ante una naturaleza que poco o nada tiene que ver con la vida y este planeta tal y como estamos habituados a vivirlo y entenderlo.

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