Tiempo

Era como si el tiempo, el mismo del que antes carecía, falta de la que siempre se había quejado, hubiera dejado de ser importante ahora que podía disponer de él a su antojo, sin horarios ni excusas, sin trabas ni obligaciones, días y días extendiéndose para su uso exclusivo, sin plazos ni cumplimientos de ningún tipo.

Y precisamente ahora se daba cuenta de que todo el tiempo era mucho tiempo, demasiado, tanto como nunca se había imaginado, ni siquiera cuando, abrumado de partida por cualquier obligación, circunstancia o proyecto, soñaba con no hacer nada por pura rebeldía. Amanecer con una tarea pendiente, de cualquier tipo, daba igual si ocio o trabajo, era asomarse a un día con trampa, ni mucho menos suyo, impuesto en contra de su voluntad. Aunque le faltaba reconocer que su voluntad valía bien poco, un leve empeño a contracorriente que desfallecía y perdía vigor, y entidad, a poco que alzara la vista para sentirse inmediatamente derrotado, en toda regla, por una larga perspectiva de horas que simplemente figuraban vacías, sin tareas u obligaciones próximas o lejanas que cicatearan su constante y defensiva expectativa. Toda una contradicción andante.

Ahora que disponía de todo el tiempo del mundo le parecía tan grande que no se atrevía a mirarlo de frente, como tampoco tenía valor para reconocer que le asustaba, se le venía encima como una losa imposible de mover, incapaz de echar mano de deseos o proyectos no cumplidos, daba igual si antiguos o nuevos. Cada nuevo día se revelaba como la prolongación de un inmenso vacío que no sabía cómo llenar, una desoladora línea de tiempo que de inmediato le abrumaba, asustado incluso por la misma posibilidad de tener que elegir, incapaz de ordenarse y ordenar lo que fuera que quisiera, por un mínimo de cordura a la hora de llevar a cabo cualquier actividad en la que decidiera embarcarse. Toda persona da de sí lo que da de sí y, como él mismo siempre había dicho, era mejor hacer una cosa bien que llevar dos o varias al retortero y no completar satisfactoriamente ninguna; esa racionalidad práctica tampoco le valía. Como no le gustaban las horas gastadas al teléfono o ante la pantalla del ordenador, daba igual en qué o para qué porque en el fondo sabía que también eran mentira; sumergirse con cualquier motivo, sin fin, en juegos, redes, búsquedas o aplicaciones no dejaba de ser otra forma de no reconocer que el tiempo le asustaba, ya que tarde o temprano tendría que volver al presente del mundo real y darse de bruces con una realidad que seguía sin gustarle, él mismo, y no era cuestión de perderse indefinidamente en un mundo virtual que nunca acababa ¿o sí?

Como tampoco le satisfacía lanzarse a la calle y deambular sin rumbo fijo, o gravarse con tareas que llevar a cabo de forma independiente, de una en una, separadas en proyectos y salidas sucediéndose ininterrumpidamente para, en mitad de la labor, detenerse y preguntarse qué narices estaba haciendo, por qué no ahorraba tiempo, aquello no conducía a ningún sitio, únicamente a saturar unas horas con las que no sabía cómo bregar. Como tampoco era cuestión de dejarlas pasar de un modo u otro con tal de no darte cuenta de que pasan, otro engaño para simples. ¿Qué hacía aquí entonces?

Tener ocupadas manos y cabeza podía ser una solución, de ese modo no pensaba, pero cualquier actividad necesitaba una planificación, un pequeño proyecto inicial que seguir hasta dar la actividad por concluida, en un mismo día o en varios, daba igual, el caso era levantarse y tener qué hacer antes que no tener nada; pero no. Tampoco conocía gente con la que departir, viajar o pasar el tiempo en comanda, era otra opción; bueno, si, si conocía, pero le incomodaba tanto como le aburría, tarde o temprano surgían problemas que luego resultaba difícil solucionar, más preocupaciones que no deseaba… así que, se quitó la vida.

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Fascismo casero

El título de estas letras me parece corto porque habría que resaltar, probablemente entre paréntesis, que esos fascismos son los peores, los más dañinos y crueles, tanto por su violencia institucional más que evidente -soterrada o no- como por la ignorancia e impotencia de muchos de quienes los ponen en práctica, incluso en contra de su propia voluntad y realidad social.

Imagine que su hija o hijo decide estudiar un grado o ciclo superior en una comunidad que no es en la que reside -en la suya no existe tal posibilidad-, es una de las opciones más cercana, la calidad del centro le precede y el lugar donde está situado también es de su agrado. Conviene hacer notar que es el propio centro el que se ofrece a todos los alumnos del país, a todo alumno/a que desee y pueda trasladarse, además de costearse la instancia. Lo que no deja de ser una excelente oportunidad para aprender aquello que te gusta mientras conoces otra ciudad, su zona, sus gentes y labrarte un futuro, y quién sabe si establecerte de forma más o menos definitiva. Estos ofrecimientos siempre son de agradecer por lo que dicen de quienes los practican, abrirse al mundo, a otras gentes, ofreciendo lo que se tiene y brindando la oportunidad para que nos conozcan y nos quieran.

Desgraciadamente se trata de una hipótesis en exceso buenista que, sobre el papel, sostiene esa parte más humana de las personas que piensa que estamos aquí para conocernos, entendernos y colaborar, y ayudarnos; para saborear nuestras pequeñas diferencias, siempre bienvenidas e interesantes para cualquier persona medianamente inteligente capaz de apreciar, aprender y disfrutar de y con ellas. La cruda realidad, en cambio, es completamente distinta. Usted acudirá al centro elegido, incluso se dará una paliza conduciendo porque se enteró de la admisión a última hora y todavía tiene que buscar un alojamiento para su hijo/a, lo/a dejará en la puerta puntualmente y aguardará su salida mientras curiosea lugares y alquileres para ir adelantando terreno. Y cuando al final de la mañana vuelven felizmente a verse el resultado no puede ser más desolador; la cara de su retoño es lo suficientemente explícita, seria, además de triste, con una rabia contenida que, dependiendo del carácter, se pasará tarde o temprano, cosa que no sucederá con la experiencia vivida, algo que probablemente no olvidará en toda su vida.

Resulta que las clases se imparten en una lengua local que su hijo/a desconoce por completo -exámenes incluidos-, por ley, como se encarga de afirmar, sin ningún género de duda, cualquiera preguntado en el centro. Ningún docente, visiblemente atados por un temor y violencia contenidos, ofrece ayuda de ningún tipo para facilitar la adaptación, como tampoco existe, por parte del centro, ninguna opción a la hora de ofrecer un periodo de conciliación, ya sea mediante clases de apoyo en la lengua local u otro tipo de facilidades, el tiempo suficiente para que los nuevos alumnos puedan adaptarse e integrarse como uno más. Todo eso es así, repito, por ley, cantinela con la que todos los preguntados se excusan lavándose las manos. Así que, después del mal trago y las oscuras perspectivas para un adolescente todavía menor de edad, se dan la vuelta y regresan por donde han venido. En primera instancia su hijo/a acaba de ser directamente expulsado del centro y la ciudad.

Luego pregúntese por qué, por qué en un país en el que algunas zonas poseen dos lenguas el ciudadano normal y corriente no puede elegir libremente la que desea hablar y sus hijos sean educados, por ley. Quizás sea porque, de ser así, de gozar el ciudadano de libertad para elegir, probablemente la lengua local perdería vigencia y valor, no por nada especial, sino por simples y evidentes cuestiones prácticas, de existencia y de relación con los demás. ¡Ah! y añada a su frustración que en su deambular matutino, tanto en la calle como en el interior del centro, solo ha oído hablar en castellano, desde la chavalería más variopinta hasta el jubilado más respetable.

Quizás sea apuntar demasiado alto -solo es cuestión de querer entender-, pero los nazis obligaban a cualquiera que no fuera como ellos a exilarse, si antes no lo detenían, lo deportaban o asesinaban, por ley, una especie de ley sagrada propugnada por cabecillas tan nacionalistas como provincianos, racistas, corporativistas y antidemocráticos, totalmente contraria a unos mínimos derechos de libertad. Probablemente habrán visitado países en los que los locales se han desecho en esfuerzos a la hora de facilitarle la estancia y el entendimiento, en este país no, en ciertas autonomías prima un fascismo de baja graduación inducido por unas instituciones en manos de una caciquería local que se alimenta y alimenta a los ciudadanos con un odio que nace de sus propias limitaciones e impotencia -a fin de cuentas fascismo puro y duro-; un fascismo que tiene como objetivo expulsar al que no es como ellos y que genera entre sus habitantes un desprecio indisimulado fruto del temor, temor que luego se transformará en odio y violencia; abono arrojado con evidente desprecio a la parte más ignorante de la población.

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Multitudes

Imaginen que llegan a una playa deseando darse un baño y cuando asoman por encima de las dunas que la rodean solo ven olas salpicadas de puntos negros ocupando la mayor parte del frente del mar, hombres y mujeres acicalados de neopreno caídos en tablas de todos los tamaños y colores listos para arrasar con lo que pillen a su paso, usted incluido, a la vez que aburriéndose porque el mar sea solo mar.

Vuelvan a imaginar que en los próximos días comienzan las representaciones de una obra de teatro a la que les gustaría asistir -programada durante todo un mes- y cuando intenta adquirir una entrada le informan que está todo completo, sí, todo el mes.

Y vuelvo a pedirles que se imaginen regresando a un pueblecito en el que siempre les ha gustado comer, desde hace la tira de años -en lo que ni siquiera era plaza se juntaban, a lo sumo, cuatro o cinco coches-, y cuando intenta acceder se encuentra con centenares de vehículos aparcados o intentando aparcar, probablemente queriendo lo mismo que usted, por lo que tiene que dar media vuelta y regresar por donde ha venido.

Desde que tengo memoria el acceso a lugares y espectáculos, públicos o privados, de cualquier tipo no fue un problema especialmente relevante, el personal se repartía diligentemente y sin aglomeraciones por aquí y por allá según gustos y preferencias, no a todos nos apetecía lo mismo, luego todos nos podíamos permitir frecuentar lugares y acontecimientos que nos resultaban particularmente queridos o cercanos sin muchos problemas. Es cierto que había momentos, situaciones y circunstancias que no dejaban de ser especiales y te ponían en guardia si aspirabas a acudir o participar en aquello, pero, repito, eran circunstancias, momentos o lugares excepcionales, tal y como siempre los ha habido. No sabría decir a partir de cuando comencé a notar un cambio, o el cambio, en el número y afluencia, probablemente fue produciéndose de manera imperceptible, poco a poco interiorizado y solo más tarde apreciado en su justa medida, aunque decir justa medida sería casi como decir niveles alarmantes. Ahora el acceso se ha vuelto tan complicado y difícil que las propias ganas desaparecen después de una cansada, enervante e infructuosa sucesión de intentos.

Tal vez sea porque estamos mucha más gente que entonces -no siendo entonces un momento o año preciso. Es cierto que el número de habitantes ha aumentado de forma apreciable, junto al nivel económico general y quiero suponer que también el cultural, a lo que sumar unos medios de comunicación, o cualquier aplicación de internet con una página de acceso, en la imperiosa obligación de rellenar huecos y más huecos con cualquier suceso, acontecimiento, espectáculo, concierto, lugar o exposición susceptible de generar ingresos publicitarios. Sin olvidar unas redes sociales que, con tal de atraer visitas potencialmente clientelares, se encargan de propagar a los cuatro vientos todo aquello que huela a negocio. Fruto de toda esta paranoia es la obligación de tachar cualquier lugar, suceso o acontecimiento de extraordinario, inolvidable o histórico, con lo que la materia prima con la que se elaboran los sueños es prácticamente todo. Y la víctima propiciatoria de todo este entramado es un tipo tan aburrido como desorientado permanentemente a la carrera con tal de salir en la foto, sujeto de negocio con solo disponer de unas pocas monedas, o billetes -mejor tarjeta de crédito- que puedan ser hábilmente exprimidos y embolsados para, paradójicamente, orgullo y engorde del burlado; da igual lo que le guste o importe y si lo vive como un auténtico coñazo.

No recuerdo si he dicho en algún otro momento que hoy los gustos y aficiones de la gente se fabrican en los departamentos de marketing de cualquier multinacional que se precie. Usted no siempre es o ha sido aficionado, o le ha gustado tal o cual cosa -como jamás imaginó que en algún momento lo sería o le gustaría; aquellos sí. Hoy las aficiones y los gustos simplemente se fabrican, bueno, esto viene sucediendo desde hace ya tiempo, para eso sirven los departamentos creativos, para ir instalando en el subconsciente del personal pequeñas piezas y sugerencias que darán consistencia a sus gustos y aficiones de mañana; eso sí, con todo respeto hacia el cliente a la hora de hacerle creer que en el fondo la idea ha sido suya en exclusividad o siempre fue aficionado, incluso que aquello va con sus gustos y carácter y, si ha de ser sincero, recuerda ese gusanillo que siempre ha estado ahí, en algún sitio de su cabeza. No hace falta decir que ese tipo de recuerdos y preferencias son unos argumentos tan caprichosos como cortos, fabricados in situ en función de unas necesidades y/o apetencias sobre las cuales jamás nos preguntamos, y de las que si es preciso hablamos y organizamos como si hubieran sido y estado ahí desde siempre; uno es así desde que era un mocoso, y puedo asegurarlo sin ningún género de duda. Fin de la historia.

PD. En este caso no se trata de qué fue antes, si el huevo o la gallina, porque hay trampa. La próxima vez que intente acudir o practicar alguna novedad piense antes por qué; si le gusta y disfruta felicidades, pero aun así nunca olvide que siempre hay alguien, o algún departamento o think tank económico, ocupándose de usted como potencial consumidor. En realidad usted es consumidor antes que persona.

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Reivindicándonos

Dormimos en paz cuando nos ignoramos alejándonos de quienes somos en la vida real, o creemos que somos, cuando huimos de un presente con o sin propósito o interés que probablemente nos traiga de cabeza con la excusa de tener que vivirlo porque sí, porque es lo que tenemos, recelosos a la hora de reconocer que hay ocasiones en las que no es necesario ocuparlo o llenarlo, podemos detenernos y dejarlo en suspenso por simple voluntad, aunque nuestro cerebro crea que lo necesita porque sin él no encuentra coartadas o demostraciones. Disfrutamos de paz cuando nos permitimos ausentarnos de los demás -seguro que podemos-, cuando dejamos de preocupamos en primer lugar de nosotros mismos, tampoco por ellos, pueden esperar. Dormimos en paz cuando abandonamos el lugar donde yacemos, nos vamos sin saber dónde y sin que nos preocupe, aunque nuestro cuerpo no pueda hacer otra cosa que permanecer, incluso en nuestra contra, ya volveremos saludando al presente como felices recién llegados. Soñamos alejándonos del ahora que somos, cuando menos nos importamos, dedicados a errar por donde jamás volveremos, esos lugares irrepetibles y sin embargo originarios de nuestra inconsciencia, precisamente porque es cuando más libres nos sentimos, aunque luego, recuperados presente e identidad, nos asedien las preguntas y la ausencia de significados, o su irrelevancia, aplicados en la sospechosa tarea de hacernos entendibles incluso en contra de nosotros mismos, bordeando la ansiedad de no saber y la discutible labor de tener que saber para acreditar lo que probablemente no precisa justificación.

Frente a la paz del sueño y los sueños la vigilia es deber, exigencia y competencia, actualidad ineludible que apenas deja tiempo para la mera estancia o el sosiego, también débito y representación ante esos otros quienes nos hacen como en el fondo no terminamos de creernos, forzados a entendernos o a que jamás nos entendamos y hayamos de vivir y convivir en una contradicción permanente de la que nadie nos va a sacar. Esa vigilia también puede ser nuestro lado feliz contrario a la obscura indeterminación de los sueños, a su inaprensible existencia, o a su inexplicable y sorprendente irrelevancia -o sospechosa- por simple incapacidad para ir más allá por parte de una voluntad en muchos momentos cansada de dudas e interrogantes.

No hallarnos o reconocernos en la brevedad de un sentido, o en una descripción a la postre forzada, no es signo de nada, seguimos siendo mera existencia, ni mejores ni peores, tan capaces de soñar y vivir como hasta ese momento, porque no tener respuestas no es principio ni final de nada, como tampoco tienen principio ni final los sueños, sin que nos preocupe, simplemente los ocupamos, los vivimos, los soñamos como recién llegados sin responsabilidades, tan solo estar ahí, que no es poco, todo lo contrario.

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Otro verano

Otro verano, para mucha gente que pasa o se va, para otros simplemente sucede, no hay cuenta ni medida. Puede que transitado incluso con esfuerzo, con la mismas dudas y perezas de siempre, o más, si cabe, hasta llegar a este respiro de alivio final o intersección que no significa nada importante, tan solo una costumbre adquirida no importa dónde ni cuándo, el intento de un somero balance o reflexión proveniente tal vez de otros veranos, otros momentos, ahora sí lo sabemos, que vistos desde la perspectiva actual ¡se parecen tanto! El mismo tiempo que, sin embargo, para otros tantos no cuenta porque para ellos el tiempo entra dentro de esas circunstancias secundarias que meramente regulan o parcelan lo que es realmente importante, el estar aquí, también el verano, aunque tampoco se sepa muy bien en qué consiste, ni importe, esa famosa vida que hay que vivir porque es lo que toca, el modo y las formas son otra cosa, nunca iguales -eso creemos-; en el fondo un mera repetición de la que no podemos escapar.

Pero aunque nos parezcan repetidos ese tiempo y esa vida nunca son los mismos, sobre todo y también para quienes vivir es fundamentalmente sentir, cuestiones bien diferentes, poseedores de un cuerpo sin trabas ni rigideces consideradas importantes en el que los días se acumulan como huecos que ir rellenando, o no, porque tampoco es necesario cumplir u ocupar, simplemente vuelves a levantarte y haces lo que te apetece, o lo que te dejan dentro de lo que te apetece, o lo que toca, o lo que no te queda más remedio en función de unas reglas y conductas de las que dependes de forma vital, también a tu pesar, tal que rutinas que exigen estricto cumplimiento so pena de caer en una detención sin pasado al que acudir, presente que doblegar o futuro al que aspirar, un estar sin horizonte aparente en el que siempre te ves obligado a echar mano de lo primero que encuentras, que, casualmente, siempre es uno mismo, lo que en algunos casos resulta realmente difícil.

Probablemente también para nosotros el verano habrá sido distinto, da igual el lado en el que nos hallemos o el lugar que ocupemos, aunque las miradas de los otros nos sigan pareciendo las mismas, no nos preocupen o las volvamos a echar de menos. Pero tal vez no sea momento para balances o más precauciones de las que venimos disfrutando, nos gusta creernos más avisados pero no prevenidos, la cuestión es si esta mínima experiencia de meses nos ha sido grata o continuamos atrapados en unas circunstancias que nunca nos gustaron del todo porque nos limitaban o se limitaban a moverse e ir acumulando de cualquier modo tanto lo bueno como lo malo que nos iba sucediendo. Otro verano distinto, seguro que sí, a poco que intentemos abarcarlo con el pensamiento, en algunos casos probablemente sin nada que ver con el resto, de eso se trataba, y a pesar de algunas tormentas de última hora intentando borrar todo vestigio conocido con la vana pretensión de hacerlo diferente. Pero no, no hay que darle más importancia de la que tiene, otro verano, el mismo prolegómeno de otra época presumiblemente más oscura o, por qué no, más feliz, de la que también habremos de despedirnos a su tiempo, pero eso es otra cuestión.

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Diálogo salvaje (7)

─ Acabo de tragarme un aburrido capítulo de una serie sobre narcotraficantes y me estaba preguntando por qué persiguen a los traficantes cuando los culpables son los consumidores.

Mirada de incredulidad. ─ ¿Lo estás diciendo en serio? Esos pobres diablos se están cargando sus propias vidas sin poder hacer nada por evitarlo.

─ Ya sé lo que me vas a decir, pero ¿no sabían dónde se estaban metiendo? ¿O es que son tan estúpidos que pensaban que precisamente ellos no eran como el resto, que controlaban? ¿Todavía hoy se lo cree alguien?

─ Eso no se puede saber. Tuvieron mala suerte.

─ Seguro. Cuando uno compra porque piensa pasárselo ‘de puta madre’ sí sabe lo que está haciendo; y a la primera oportunidad te lo restregará por la cara como si tú fueras un pringado. Por eso sigo preguntándome por qué a los drogadictos hay que ayudarles y perseguir a quienes, a su costa, solo se dedican a un negocio que les renta pingües beneficios. ¿No vivimos en una sociedad de mercado?

─ ¡Hombre! No puedes decir eso.

─ ¿Qué no? Admito que la especie humana pueda tener, no sé, una especie de gen o instinto autodestructivo que según el estado de ánimo induce a algunos individuos dejarse caer por sendas más y más peligrosas, pues los traficantes de drogas solo hacen lo mismo que, por ejemplo, los fabricantes de alcohol o los propietarios de los negocios de apuestas, apostar al alza contra esas debilidades. Como también hay empresas farmacéuticas a las que les gustaría convertir a los consumidores en inválidos permanentemente medicados, como si no dispusiéramos de un organismo perfectamente autosuficiente; o existen otras empresas que se dedican a engordarlos a base de compuestos químicos y papillas hechas con desperdicios a los que les añaden texturas y sabor. ¿Por qué no los persiguen también a ellos.

─ Es la sociedad que tenemos…

─ ¿De veras? ¿Una sociedad de gilipollas o una sociedad de minusválidos?

─ También nos afecta a nosotros…

 ─ ¡Qué listo! Ya, pero de eso no me quejo, si yo mismo me dedico a joderme la vida es mi problema. Hoy las drogas no dejan de ser un objeto de consumo más. Si cualquier empresario de tres al cuarto trata a los consumidores -perdón, a las personas- como conejillos de indias con los que experimentar aprovechándose de sus debilidades, ¿por qué no puede hacerse con cualquier producto o sustancias?

─ Me parece excesivo lo que estás diciendo…

─ No le des más vueltas, si eres tan capullo como para acabar tirado o medio muerto por meterte lo que nadie sabe es que tienes un problema y aún no te has dado cuenta; admito que el tipo no sea capaz de dar con él y mucho menos con la solución. Aunque también es cierto que vivimos en tal grado de aburrimiento que pretendemos salir de nuestra indigencia mental experimentando con cualquier memez que nos vendan, solo hay que adornarla con la palabra libertad para que hasta el más simple se crea con acceso directo a la cima del mundo; no sé dónde leí que hay quien prefiere despeñarse por un barranco haciendo deportes anfetamínicos que dejarse caer por los huecos de su propia cabeza. Sería mucho más sencillo eliminar cualquier negocio que se base y aproveche descaradamente de las debilidades de las personas, perseguir a los culpables y meterlos en la cárcel, exactamente igual que dicen que hacen con la gente que mueve la droga.

─ Pero prohibir es un mal principio.

─ Llevas razón, pero permanecer quietos mientras ves a cada vez más gente caer derrotada por sus debilidades, de la mano de engaños y de su propia ignorancia, ¿de qué tipo de sociedad estamos hablando? Si somos adultos para unas cosas lo somos también para otras. ¿Por qué no puedo ir a una farmacia comprar un kilo de heroína y morirme de gusto? Otros se compran un coche o una moto y juegan a partirse la crisma, si es que no se llevan a nadie por delante. ¿Quién fuma hoy, cuando todo el mundo sabe que un cigarrillo lo que menos contiene es tabaco? Cuando el pobre tipo acuda a la sanidad pública y descubran que su problema es debido al tabaco deberían decirle, lo siento, no podemos atenderle. Si el dinero no llega para una asistencia digna para todos habrá que distribuirlo en función de ciertas necesidades realmente importantes; mejor cobrarles o que se vayan a una clínica privada y gasten allí el dinero que les dé la gana.

─ Qué disparates estás diciendo. No puede hacerse eso.

─ ¿Por qué? ¿En función de qué?

─ No puedes dejar a la gente abandonada.

─ Abandonada es cuando, como ahora con la pandemia, no la atiendes y cuidas porque, en principio, no puedes perder tiempo buscando causas poco claras o culpables con nombre y apellidos -eso suponiendo que se trate de un accidente, aunque eso no viene a cuento ahora-; pero cuando estás harto de decir que esto o aquello es perjudicial porque hay mil evidencias que lo demuestran, entonces no. Si somos tan libres para decidir qué nos apetece deberíamos asumir las consecuencias de nuestra libertad; eres libre para consumir y hacer lo que te dé la gana como también eres libre para morirte como te apetezca, no para luego acudir con el rabo entre las piernas suplicando ayuda.

─ La gente comete errores…

─ ¡Toma! y yo también. Pero cuando sabes, porque estás harto de verlo y oírlo, que si te tiras de cabeza desde cien metros de altura es probable que te mates la cosa es más sencilla. Claro, el capullo de turno piensa que a él no le va a pasar, él no es como el resto, otro capullo. Al menos debería de tener la decencia de no hacer a los demás culpables de su estupidez; asumo las consecuencias y me jodo si no llego o no puedo.

─ Eres un exagerado…

─ Ya, y medio tonto por no aprovecharme dedicándome exclusivamente a lo mío, como se suele hacer. Pero vuelvo al principio, sigo sin entender porque persiguen a los traficantes cuando ellos solo hacen su negocio; allá el consumidor con su querida libertad, y si en algunos o muchos casos se trata de estupidez y no de libertad allá ellos. Claro, que si legalizaran las drogas habría países que no existirían, ni organizaciones policiales especializadas, ni cruzadas contra la droga, ni paraísos fiscales, ni ricos que entretuvieran y embelesaran a los pobres haciendo ostentación de su dinero, ni series ni documentales ‘serios’ de televisión… Si, ya sé lo que me vas a decir, es el sistema, pero un sistema que sobrevive explotando las debilidades de sus integrantes o machacándoles como pobres diablos capaces de engancharse a cualquier cosa por puro aburrimiento no merece la pena. A no ser que pertenezcas al grupo de los espabilados haciendo permanentemente caja a costa de millones de desgraciados con dificultades para medio organizar sus propias vidas… bueno, si, también puedes trabajar ‘de forma legal’ para los mismos, lucirás más decente pero igual de gilipollas.

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Repitiéndome

En casi todos los medios de comunicación, serios y menos, también en los más cínicos, conservadores y reaccionarios, se viene cociendo una especie de solidaridad o estado de alarma por el difícil presente y futuro de las mujeres afganas, ahora que los anacrónicos talibanes se han vuelto a hacer con el poder en el país. Una situación que en principio puede significar para las mujeres la vuelta a unos mandamientos, tanto políticos como sociales, que las volverían a arrojar a una humillante existencia en la más completa oscuridad; si tomamos como referencia el anterior y nefasto paso de estos tipos de aspecto siniestro por el poder.

Pero eso sucede en Afganistán, que no es aquí mismo, por lo que nuestra perspectiva nos permite observar más o menos tranquilos y relativamente a salvo el mal de otras; eso no pasa por aquí porque nosotros estamos de vuelta, no hay más que ver nuestra moderna sociedad. ¿Seguro? Escribe la periodista norteamericana, Lynsey Addario, en un artículo reciente cómo, perdido el poder, el pensamiento reaccionario talibán fue diluyéndose en las capas más profundas de la sociedad afgana, agarrado a costumbres y tradiciones que, tan inalterables como indestructibles, se encargarían de minar en el futuro cualquier intento de progreso y justicia de género y/o social.

Esa parte me interesa más, no quiero decir con ello que lo que está sucediendo en Afganistán no sea preocupante, probablemente sabemos poco porque las noticias llegan sesgadas o directamente no llegan, pero por aquí no estamos tan a salvo como creemos -solo hay que ver el auge de una extrema derecha, igualmente apoyada en costumbres y tradiciones tan hueras como anacrónicas, instalándose entre la parte más simple y reaccionaria de la población, sin inconvenientes de género o edad. No descubro nada nuevo si afirmo que por aquí sigue predominando un pensamiento patriarcal y paternalista al que no solemos dar importancia porque, como hemos crecido con él, no le concedemos otra influencia que la de unas pocas e insustanciales costumbres; pero jamás desaparece, todo lo contrario, persiste, trata de influir y condiciona todo proyecto de mejora social, o directamente lo impide.

Todos conocemos a hombres, más de los que imaginamos, que amparados en una mendaz cultura de la tolerancia todavía cultivan y subrepticiamente intentan imponer una serie de posicionamientos, nunca dirían prejuicios, a los que solemos responder con un ridículo encogerse de hombros y una estúpida sonrisa porque en el fondo nos gusta creer que no son importantes, aquí y hoy no, pero nos equivocamos. Les ofrecemos la mano en señal de comprensión y tolerancia pero ellos jamás la aceptan con sinceridad porque en el fondo no pueden ni saben hacer otra cosa, asumir críticas y admitir cambios les dejarían completamente desnudos; son esa gran mayoría de hombres con un complejo de inferioridad insuperable que les hace cautos y recelosos -o desesperadamente violentos-, supuestamente comprensivos pero en el fondo distantes, también secretamente beligerantes, evitando controversias o indiferentes y en el fondo totalmente contrarios a un cambio o modificación de valores que consideran de partida intolerable; sus leyes/tradiciones son sagradas -al igual que sucede con los talibanes.

Ellos están en el lugar que les corresponde por designio divino, esta es su sociedad y sus costumbres, a las que les gusta llamar naturales -habría que dedicar algunas letras aparte al calificativo ‘natural’ y las improntas de obligado e inevitable que implica, casi sagrado. Todavía existe por aquí un venerable machismo con base y tradición religiosa que se pretende y finge tolerante pero que, si de él dependiera, arrojaría a nuestras propias mujeres al mismo baúl en el que lo hacen los talibanes -eso sí, con profusión de luces, glamur, ropa interior atractiva y bocas pintadas pero cerradas. Repito que no hablo de formas, sino de fondo. Curioseen en costumbres y tradiciones, da igual el lugar, y comprueben qué papel ocupan las mujeres en todas ellas; que prefieren sonreír, encogerse de hombros y no darle importancia, de acuerdo, pero sin darse cuenta habrán vuelto a perder otra batalla.

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Diálogo salvaje (6)

─ ¿Es por aquí?

─ Adelante

─ Así que esto es El Cielo… El Paraíso ¿Dónde está Dios? ¿Dónde está su derecha? Debe estar pobladísima. ¿Por qué no puedo verlo? Aunque me parece todo igual. ¿Cómo es que me ha tocado a mí?

─ ¿Seguro que usted tiene que estar aquí? Porque oyéndolo parece que le falta lo principal para poder ver a Dios, la fe, si tuviera y hubiera tenido fe podría ver a Dios, porque Dios lo llena todo.

─ ¿Y respondería a todas mis preguntas?

─ Usted no acaba de entender, aquí no existen preguntas porque ni tienen sentido ni son necesarias y, por supuesto, tampoco hay respuestas. La única respuesta es Dios.

─ Ya, pero ¿sabe? allá en la tierra solía preguntarme por todo, la ciencia física me apasionaba… además de las preguntas básicas, quiénes éramos, de dónde veníamos, cuál fue el origen…

─ Aquí no hacen falta porque, como ya le he dicho, Dios lo llena todo, Dios también es usted, o debería, eso aún no está claro, luego no necesita respuestas porque no tiene necesidad de preguntas.

─ Y ¿qué hacen? ¿cómo entretienen el tiempo?

─ El tiempo es un invento humano que aquí carece de toda utilidad… es la eternidad.

─ Ya, pero la eternidad es muy larga.

─ La eternidad es Dios y, como le he dicho, también es usted, puro, sin carencias ni necesidades, ni físicas ni, por supuesto, intelectuales. Ya acabó todo, bueno, eso tampoco sería correcto, porque si no hay principio tampoco existe un final.

─ Pero… parece un poco aburrido.

─ Para quien ha amado y anhelado a Dios no, todo lo contrario, Dios nos llena.

─ Va a decirme que ya está, punto final.

─ Acabo de decirle que no hay necesidad de fin porque los conceptos humanos de principio y fin aquí no existen. Esto es la eternidad, es Dios ¿qué más necesita?

Se miraban sin acabar de entenderse. ─ Pero…

─ Ya le he dicho cuál es el problema, y le estoy dando demasiadas explicaciones. Es cierto que allá en la tierra usted fue una buena persona, justa en sus juicios y decisiones, honrada en su trabajo, sincera en todo y con todos, amiga de amigos y enemigos, solícita a la hora de colaborar o compartir… pero únicamente hay un problema que ha dado lugar a este pequeño error, usted no debería estar aquí porque nunca tuvo fe.

─ No lo consideraba importante porque significaba dedicar a mí mismo un tiempo que era necesario en muchos otros sitios; bastante teníamos con lo que teníamos, habría sido un inconveniente a la hora de estar y ayudar a los demás.

─ Ya, aquí entendemos todo, pero no podemos obviar lo que para nosotros siempre ha sido la cuestión principal: la fe. Tendrá que ir al purgatorio.

─ ¿Me está diciendo que quien haya vivido como un cabrón redomado, pero con fe, o se arrepienta en el momento de su muerte después de una vida de sinvergonzonerías tiene el paso franco?

─ En principio sí, pero ahí Dios tiene la última palabra.

─ Entonces Dios tiene tarea. ¿Y por qué no me envía a arder en el fuego del infierno?

─ No me tome el pelo, debería saber que el infierno no existe, si su curiosidad le hubiera llevado por el camino indicado se habría enterado en su momento de que el Papa Benedicto XVI -que, como representante de Dios en la tierra, habla por boca de Dios- dijo que el infierno consistía en no ver a Dios; como ustedes dicen, es una metáfora. El infierno es no poder ver a Dios, otra cosa es lo que al vulgo le guste o quiera creer.

─ ¿Y Satán y toda su cohorte? ¿Y el fuego del infierno?

─ Son cuentos e historias que tuvimos que inventar para atraer a simples e ignorantes -más metáforas. Si ya los cuerdos tenían dificultades para entender a Dios, su sagrado y misterioso significado, hasta el punto de que la mayoría muere sin lograrlo, de ahí la obligada necesidad de la fe, imagínese quienes no sabían ni comprendían las cuestiones más elementales, quienes por el azar de la naturaleza nacieron y nacen con unas condiciones intelectuales y una inteligencia más bien limitadas. Todos son hijos de Dios y no podíamos permitir que se extraviaran, también ellos tienen derecho a ver a Dios, luego hicimos lo que creímos conveniente, atemorizarlos para que, sin hacerse preguntas, tuvieran la posibilidad de llegar también ellos a Dios. El infierno era y es lo que es, una buena historia que ha funcionado; una vez en el cielo entenderían, mejor dicho, no les haría falta porque Dios les llenaría y ya no necesitarían respuestas ni justificaciones.

─ ¿Y hasta cuando dura esto?

─ No le estoy diciendo que se trata de la eternidad.

Con cara de fastidio el aspirante seguía sin entender. ─ Pero…

─ No hay pero que valga. Lo siento por usted, su vida, he de reconocerlo fue ejemplar, pero en esto Dios es inflexible y debe ir al purgatorio.

─ ¿Cuánto tiempo?

─ No se preocupe, Dios no deja de observarle. Reflexione, piense en su vida y en lo que desea y, tal vez, si desea a Dios con todo su corazón, la fe le iluminará disipando sus dudas.

─ Y si no dejo de preguntarme, si mi curiosidad me impide permanecer quieto… No me parece tan mal querer comprender.

─ De seguir así me parece que usted siempre va a tener problemas. Olvídese de sí mismo y entréguese a Dios; deje que le ilumine y entonces hablaremos.

─ No, todo lo contrario, porque entonces, según usted, lo entenderé todo y no necesitaré respuestas porque mi curiosidad quedará satisfecha, y así por los siglos de los siglos. ¿No me negará que pinta un poco soso?

─ La fe, la fe, sin fe no puede comprender, sigue siendo un ser imperfecto, jamás alcanzará a ver y sentir la grandiosidad y magnificencia de Dios Todopoderoso. Debe dar la vuelta.

El aspirante dio media vuelta aceptando su destino sin quitarse la mosca de la oreja. ¿Por qué tenía que ser aquello? Para acceder a un lugar aparentemente tan aburrido; casi que, como buen humano, prefería las preguntas.

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Qué casualidad

Hay infinidad de buenos momentos que pasan delante de nuestras narices y nosotros simplemente no estamos, atendemos a otras cosas -no necesariamente el teléfono móvil- o no disponemos nuestra atención como merece, por lo que dejamos pasar algo irrecuperable que no tiene por qué ser definitivo, habrá otras ocasiones, la cuestión es en qué estaremos entonces si no somos capaces de advertir y saborear esos instantes tan hermosos como únicos.

Esas circunstancias pueden darse a cualquier hora y lugar, inesperadamente, y solo es necesario estar allí, como suele decirse, en cuerpo y alma, permitiendo que los segundos vayan resbalando dulcemente sobre nuestra piel al tiempo que nos van proporcionando ese placer único sentido como el mejor lugar del mundo en el que precisamente en esos momentos uno puede estar. Algo así volvió a sucederme hace unos días, el lugar era el pueblo gallego de Noia y el momento los minutos previos a la puesta del sol; coincidían la ausencia de cansancio después de un viaje largo y las ganas de reposar paseando las primeras horas de una estancia que recién comenzaba, respirando la templanza del final del día a la par que observando. Intentando adivinar el pulso de un lugar en celebraciones, bajo un cielo completamente azul en un lugar en el que el azul se vende muy caro, y como fondo una iglesia de planta románica y un pórtico poblado con figuras en piedra que probablemente no entenderían ni pizca de lo que allí estaba sucediendo. Completaba el conjunto un escenario que centraba la atención de la pequeña plaza en el que comenzaba a oficiar un grupo de rock vasco -Shinova, creo que se llamaba, se llama- que sonaba mucho mejor de lo que, no sé por qué, cabría esperarse. Tocaba, pues, buscar asiento a medida que la última claridad del día daba paso a una noche tan limpia como oscura, sin perder detalle de los tipos sobre el escenario, que poco a poco iban desgranando un muy buen hacer en el que sobresalían tanto la experiencia como las canciones, letras incluidas. Entonces pensé que todos los que estábamos allí reunidos, en aquella pequeña plaza, tanto arriba como abajo del escenario, sabíamos de las dificultades y la excepcionalidad de lo que en aquellos momentos estábamos viviendo, un concierto, en los tiempos que corren, tal vez por eso el disfrute era mayor, como así mostraba una nutrida platea de seguidores que coreaban y aplaudían cada una de las canciones. Como también lo hacíamos nosotros, o la gente de fiesta yendo y viniendo de forma más bien tímida, todavía acosada por precauciones, tanto públicas como privadas, aún cauta y algo recelosa pero necesitada de esas pequeñas alegrías que proporciona el estar donde toca porque en ese momento y lugar es lo que toca. Tal y como ha sucedido desde siempre, ese siempre en el que nunca nos detenemos pero que se echa de menos cuando una interrupción como la de esta pandemia rompe una rutina festiva anual de la que jamás nos habíamos preocupado.

Van sucediéndose los minutos y el concierto sube de tono, la gente del escenario lo sabe y se esmera pidiendo colaboración e invitando a tararear unas letras que nos alientan a vivir y sentirnos felices, tan a gusto por escucharlas por primera vez como por conectar con ellas, con sus intenciones, en esta especie de comunión de años de vacas flacas que, si cabe, nos proporciona mucha más alegría. Las luces iluminan tanto la fachada de la iglesia como la noche, también a nosotros, gustosos de estar allí y disfrutar con aquella gente un tiempo que a pesar de no ser el nuestro mágicamente nos ha convertido en uno más a la hora de compartir el mismo aliento. Nos sumamos al resto para que este tiempo compartido no se detenga; van sonando las últimas canciones, entre ellas ese “Qué casualidad” que da nombre a estas letras; qué casualidad estar allí, qué casualidad coincidir en la misma alegría, qué casualidad ese cielo inmenso sin nubes; qué casualidad, ya es mañana y seguimos tal que ayer.

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Superricos

Llevaba tiempo dándole vueltas a estas letras pero sucedía que cuando me ponía a la tarea encontraba otras cosas que en ese momento consideraba más importantes, así que las iba dejando a un lado pero no olvidando puesto que esa mala prensa que ya no sabe dónde buscar para rellenar tanto hueco que deja la propia incompetencia -a este respecto me parece que se escapan muy pocos- no cesaba de situarlos en primera página con patético servilismo, simple falta de profesionalidad o el más absoluto vacío a la hora de completar y mostrar al público una noticia mínimamente decente. Aunque he de reconocer que mis quejas no tienen dónde caer porque hoy la mayoría de lo que se dice información, así como lo que se pretende como tal y no deja de ser un batiburrillo de zafiedad y analfabetismo gritón y maleducado, se dedica a lamer el suelo por donde pisan una serie de vulgares y sonrientes machitos, ya entrados en años, que curiosamente coinciden en que están podridos de dinero, un dinero sobre el que nadie pregunta -¡ni se le ocurra!-, porque sería algo así como deslustrar las primeras páginas de tanto noticiario vendiendo una especie de capitalismo de ganadores con trampa, porque sepa que ni usted ni yo lo somos, ni lo seremos jamás, nuestra menesterosa existencia se limita a envidiar y babear permanentemente por quienes sí han triunfado; siempre según los cánones establecidos, es lo que hay.

Estos Bezos, Branson y Musk se han convertido en los relucientes faros que iluminan a una humanidad embarrada en cuestiones tan prosaicas como su propia subsistencia o la del planeta que le da cobijo. Con su constante aparición en cualquier medio de comunicación pretenden decirnos que no cesemos en nuestro esfuerzo de perdedores normales y corrientes, que la verdad existe y se llama éxito, y qué mejores ejemplos queremos. Por todo ello es tan necesario como obligado pregonar a los cuatro vientos la incesante actividad de unos tipos que, ociosos y nunca hartos de ganar dinero -o piratearlo, pero que nadie ose preguntar o cuestionar el origen de sus respectivas bolsas, repito- no tienen más remedio que gastarlo de forma tan ociosa como sus propias vidas. Como avanzadilla destacada de una brillante humanidad con tan resplandeciente futuro, ahora también aeroespacial, su única preocupación es el aumento de su corte de aduladores y envidiosos, que no cesan de proporcionarles más y más dinero, arrastrándose tras sus proezas al tiempo que se automaldicen por su descarada y endémica incompetencia a la hora de alcanzar y tocar el tan preciado éxito.

No hay más mucho más, tal vez porque esos tipos no se lo merecen, sería darles un bombo que no necesitan, y menos por mi parte, sucio y miserable mortal. Lo que debo hacer es sacrificarme, trabajar diez veces más y empezar a ahorrar, en esta y las otras vidas que seguramente vendrán -también vale invertir en bitcoin-, para en algún momento reunir el dinero suficiente para darme el placer de un paseo espacial como dios manda. Mientras tanto ajo y agua.

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