Tatuaje

Tenía que volver, pero sin dudas, los días corrían en su contra atropellado por una vacilación que no reconocía como suya, no podía quitársela de encima, lo que quería decir que a estas alturas tampoco podía fiarse de la seguridad de sus decisiones, bueno, de esta en particular, de su propio convencimiento, que ya no parecía tan definitivo, de su capacidad para asumir algo que le atraía aunque sin que supiera si le gustaba; es cierto que era un primer paso, pero de algún modo significaba ir más allá. Una decisión que únicamente le correspondía a él, como también era verdad que el objetivo final había momentos en los que le asustaba; no era como el resto, otro más, porque en este caso sonaba a definitivo. Lo quería así, era eso.

Poco importaba que no fuera el primero, tampoco se trataba de antiguas dudas pronto resueltas que jamás volvieron, todo lo contrario, siempre había estado orgulloso de sus tatuajes, y no porque le gustaran a la mayoría de la gente que los había visto, es cierto que las impresiones contrarias siempre le habían importado un bledo, pero en el fondo le satisfacía que sus decisiones a la hora de grabarse cada uno de los dibujos y leyendas que adornaban su piel gozaran de buena prensa entre amigos y conocidos. Aunque eso no significara nada. Pero estaba vez no sería así, se trataba del último, el también. Se estaba desviando, porque la cosa no iba por ahí.

Volvió a mirar el dibujo, los números, la frase, el arma y la apuesta definitiva que conllevaba su paso, porque en el momento que números, frase y arma pasaran a su piel ya no habría vuelta atrás. Precisamente ahora no dudaba. Cambió la dirección de su mirada y la detuvo en el arma de acero sobre la mesa, en su amenazante calma, allí a la vista, como si no le importara que alguien pudiera llegar y verla para preguntarle a continuación si era suya, por qué y para qué, qué pretendía con aquella pistola reluciente sin pies ni cabeza en alguien como él. Eso creen, pretenden saberlo todo olvidando que desconocen lo que hay más allá de una formalidad hipócrita. No todos nos damos a conocer, o lo hacemos con las consiguientes reservas, salvo algún error o precipitación. A nadie le importa lo que uno verdaderamente piensa, son problemas de otros, no de mi incumbencia, más cómodo y menos complicaciones, pasa todos los días.

La sensación de hartazgo no disminuía, de todo, del trabajo, de su chica, de los amigos, de los proyectos, del mundo… de todo, se repetía, incapaz de encontrar algo o alguien que viviera o le moviera por puro placer, sin necesidad de motivaciones u obligaciones, excusas trampa autoimpuestas que no dejan tiempo a la reflexión; ajenos e indiferentes a un soy y estoy aquí sin trampa ni cartón. Alargó el brazo y cogió el arma admirándola en su fría e irreversible determinación, impasible ante las consecuencias de su uso, da igual si malas o buenas, cuestiones siempre secundarias. Se introdujo el cañón en la boca y apretó el gatillo. Sonó un chasquido metálico y después nada, seguía allí, sin otra emoción que comprobar que aquello no dejaba de ser un objeto que de momento funcionaba, nada más. Cargarla y usarla era otro tema, precisamente el tema, también del tatuaje al que no se atrevía por su cariz definitivo, no tanto por su confección como por la obligación de cumplimiento que ello implicaba. Consistía en firmar tu propia sentencia de muerte con antelación y sin saber cuánta, cuántos, cada vez menos según transcurrieran los días y él se resistiera, se relajara o no se atreviera, se acobardara o, peor aún, debido a un desliz abriera la boca donde no debía o dejara aconsejarse en el abandono de tales tonterías y vivera la vida, él que podía.

Otra pérdida de tiempo, incluso puede que cediera para, tarde o temprano, volver a las andadas sintiéndose ahora un traidor; por eso la necesidad del tatuaje, para que no hubiera posibilidad de retroceso ni marcha atrás. Definitivamente no conocía a nadie a su alrededor capaz de insuflarle algo del anhelo necesario para vivir. Repetición tras repetición rememoraba una larga lista de razones absurdas que pretendían justificar su estar aquí e intentar irse lo más tarde posible. Fin de la historia. Otros vendrían dispuestos a reproducir las mismas tretas y con ello sentirse únicos e irrepetibles -pedantes, engreídos y estúpidos-; no le interesaban esos, ni los anteriores ni los siguientes, más de lo mismo, el enésimo ingenuo listo para disolverse en la nada más completa. Afortunadamente el olvido siempre es efectivo y hace pronto su trabajo. Cogió la hoja, la miró e imaginó. 2024. El año definitivo. Y la oscuridad del cañón del arma apuntándole sobre la blancura de su espalda.

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