Una de esas personas que suele monopolizar la conversación en ciertos grupos, con el característico acento de la zona y que en este caso no puedo ver, habla de un viaje a Asturias, no sé si propio o de algún amigo, y cómo el tiempo, o el tráfico, tampoco puedo oírlo bien, le hizo la puñeta chafándole el trayecto. Luego cambia a un familiar o conocido, tengo el mismo problema auditivo, que las pasó canutas debido a un cáncer más que complicado, lo que me recuerda lo azaroso de la salud y la aleatoriedad de precaverse ante lo que no muestra pauta ni previsión. Todo ello durante esas primeras horas de la tarde en las que se mezclan el solaz, la conversación y la pereza con tal de entretener un tiempo que se antoja tan placentero como eterno.
Abro los ojos y contemplo el precioso pino bajo cuya sombra nos cobijamos en la hora de la siesta, tumbados sobre un césped silvestre tan fresco como grato, también con los inevitables insectos y su proceloso e ininteligible trajín. Agradezco la magnífica existencia de este discreto árbol, el elaborado proceso de su crecimiento y los beneficios, también estéticos, que nos aporta su nimia existencia; la importancia de cada ser vivo a la que sumar su correspondiente parcela de belleza sostenida allí donde también podría no haber nada y nadie lo echaría de menos.
Algunos salen del agua quejándose de lo fría y transparente que está, rezongando pero satisfechos, la costumbre, nada arrepentidos del breve chapuzón capaz de revitalizar hasta el corazón más apagado. Saludo y me saludan echándome en cara mi facilidad para dormirme en cualquier sitio, sobre todo después de una excelente comida y cuando la bondad del reposo se impone a la alegría del baño. Es pronto, aún queda y le quedan horas al día para una par, o tres, de buenos remojones.
Una mujer, tan normal como podemos mostrarnos cada uno de nosotros, camina hacia el aparcamiento en silencio, a medio vestir después del baño, o del sol, protegida por un sombrero de paja. Se detiene a un par de metros de donde me encuentro, bajo el mismo pino que me cobija -la sombre es bien grande-, y después de echar un vistazo a su alrededor se deja caer de espaldas sobre la hierba, boca arriba, doblando las rodillas y abriendo de par en par los brazos sobre el suelo, en un gesto tan desinhibido como feliz. Intento imaginar su felicidad, la relajada decisión de dejarse caer tal cual, protegida por la sombra y entonces no pensar, o pensar solo en cosas dulces o bonitas. Permanece en la misma posición unos minutos, hasta que la sobrepasan dos hombres y una mujer cubiertos de la misma guisa de camino hacia el vehículo aparcado. Sin palabras entre ellos y probablemente conocedora del plan del día, mi eventual compañera de sombra se levanta en silencio sin pereza y los sigue abandonando su liviano y excepcional paraíso. ¿Qué le habrá llevado a expresarse de tal modo, abandonándose de forma tan relajada sobre el suelo? Qué pequeña y recóndita parece la felicidad.
Vuelvo la cabeza y veo como una pareja de… iba a decir gordos pero me parecía un insulto, pero es que están muy gordos, ella en toples, caminan hacia el agua cogidos de la mano y haciendo equilibrios para sortear las innumerables y pequeñas piedras que cubren la playa, sin soltarse. Avanzan unos metros, hasta donde al agua les cubre poco más del pecho y se encogen hasta sumergirse enteros, sin aparentemente soltarse. Caminan, dan vueltas sin separarse, hablan muy juntos y se besan enamorados y felices. Nadie más lo hace, también porque no hay mucha gente en el agua -está fría-, pero muy pocas personas suelen mostrar tal cariño en sus caricias, como si estuvieran en la intimidad más dulce, completamente ajenos al lugar. Así permanecerán mientras estén en el agua, en apenas un par de metros cuadrados, como si el tiempo ni el lugar existieran, solamente ellos. No se me ocurren más comentarios porque su sola imagen lo dice todo.
Llega más gente y extiende el mobiliario de playa pertinente dispuestos a pasar unas horas de marino esparcimiento. Por los pequeños montes de la costa que rodea la isla comienza a aparecer una especie de niebla, o bruma -son las seis de la tarde-, curiosa para quienes, como nosotros, somos visitantes por estos lares. La vemos y señalamos con atenta curiosidad, y alguien comenta que también aparece por el final de la larga playa en la que nos encontramos. ¿Niebla? ¿ahora? ¿Y si llega hasta aquí? Lo cierto es que la temperatura ha comenzado a descender -¿o solo es una impresión?-, aunque el sol siga dominando un cielo sin nubes. Pero la niebla sigue ahí, no se va, todo lo contrario, avanzando por la playa hacia nosotros. Algunos bañistas, más de sol que de agua, comienzan a levantar sus correspondientes chiringuitos. Mira, parece que viene hacia aquí. La niebla está cada vez más cerca, ya no se ve el final de la playa, y en minutos estará donde nosotros.
Si, ya está aquí, envolviéndonos por completo, no hay por qué no bañarse pero la sensación térmica, como ahora se suele decir, es bastante menor. Solo podemos vernos los más cercanos, y apenas se dibujan las siluetas de los vehículos aparcados; la orilla cada vez menos, tampoco el final del puente. Vámonos que tengo frío, dice alguien, y los demás asentimos y recogemos las cuatro cosas que teníamos esparcidas sobre la playa.
Cuando abandonamos el lugar no se ve a más de cincuenta metros. Si queremos que la tarde y el baño continúen ha de ser en otro lugar, en este parece que ha llegado el invierno. Lo pensaremos durante el trayecto.