Abuelos (2)

Se había convertido, sin su consentimiento, en una imagen frecuente en las redes sociales debido a la manía de hijas e hijos de colgar fotografías suyas en celebraciones y cumpleaños, siempre de punta en blanco, siempre sonriente, lo que resultaba más que difícil llevando como llevaba la procesión por dentro. Y la parte más importante de la misma eran los años, muchos, muchos, tantos que todos lo celebraban cuando tocaba sumar; lo felicitaban y besaban, lo engalanaban y lo llevaban a cualquier restaurante o espacio más que decente concienzudamente decorado con ese toque infantil que tienen todas las celebraciones hoy, y una vez allí, rodeado de los suyos y de los que no lo eran, porque siempre había caras nuevas, algunas desaparecían sustituidas por otras exactamente iguales -primaba la regularidad, lo corriente, tal y como era su familia-, celebrarlo como merecía.

Él ponía al mal tiempo buena cara, que suele decirse, aunque su cara ya no estuviera para matices al margen del permanente cansancio que mostraban sus rasgos, nada importante, la misma edad que no perdona. Tampoco la sonrisa era la misma, más bien tiraba a mueca, aceptada a regañadientes con más desconsuelo que resignación; otra cosa era que, por lástima o respeto, tampoco nadie se atreviera a reconocer, todo lo contrario. El abuelo está como un camión, ¿no se le ve en la cara? Mentirosos.

Daba igual, siempre la misma historia que al abuelo había dejado de importarle hacía ya tiempo, cuando tuvo que asumir que los años son los años y es peor empeñarse en que no son, ni cuentan. Tampoco le preocupaba el trajín correspondiente a su edad, médicos, especialistas, ayudas, auxiliares, expertos, acompañantes y transportistas que, voluntariamente o previo pago, hacían todo lo posible porque su vida fuera lo más grata posible. Y el se dejaba porque, si exceptuamos la edad, vivía estupendamente, aunque la parte física hiciera tiempo que iba por su cuenta, bueno, o directamente no iba, sin que él pudiera hacer mucho por controlarla, o al menos responsabilizarse de sus propios gestos y movimientos. Se reconocía a su pesar en la máscara ante el espejo cada mañana, su rigidez, la incapacidad de variar el gesto a su antojo. No era él -se decía-, pero sí, era él repleto de años; cierto, muchos.

Pero, para variar, la cabecita le funcionaba estupendamente, y en lo que pudiera parecer un aspecto sin importancia, una manía, o una tontería, el evitaba mostrar su excelente estado al completo al exterior, en ocasiones por prudencia, otras porque le apetecía o por puro capricho. También y en parte porque no podía desprenderse de la sensación de que todo el que le hablaba o se dirigía a él dejaba ver un gesto de piedad y condescendencia que no le gustaba, redondeado con un ¡jo! ¡cómo está el abuelo! que consentía como si le estuviera hablando un imbécil, sonriendo sin querer saber.

Este año tampoco era diferente, y mientras todos comían, bebían, bailaban y se divertían, acercándose cuando correspondía para felicitarle o saludarle a voces, lo dicho, como si fuera imbécil -se repetía-, el se entretenía mirándolos tan satisfecho como desprendido, hasta indiferente ante tanta exhibición de una vitalidad que a él hacía tiempo se le había escapado. Pero sucedía que habiendo leído hacía poco sobre trasplantes e inteligencia artificial le había dado por pensar qué haría si pudiera cambiar las piezas gastadas o defectuosas de su propio cuerpo. La cabeza no porque de lo contrario no sería quien es, luego no tendría sentido el cambio, pero sí el resto del cuerpo, hasta donde pudiera, también el sexo. Qué haría entonces junto a aquellos primos que no dejaban de hacer el memo como si no hubiera mañana, bebiendo refrescos sin azúcar y alcohol sin alcohol, comiendo con las manos experimentos sintéticos derivados de infames pastas industriales y tarareando una música de primero de jardín de infancia; jóvenes y adultos sin distinción. En qué mundo se metería, si descontamos el sexo, que practicarían, aunque desconocía si follaban o se masturbaban utilizando al otro como herramienta, siempre con el móvil ensartado en las bragas, o en los calzones -y nada de a pelo porque no gastaban, les daba asco-, de que hablarían ¿habría alguien con seso entre aquellos ejemplares permanentemente insatisfechos? Por lo que oía por su cuenta y riesgo demostraban ser más bien básicos en la conversación, limitados y recurrentes, con poca imaginación y escasa curiosidad; eso sí, querían muchísimo a sus mascotas, más que cualquier otro familiar o persona (¿?). Qué difícil. Merecería la pena rejuvenecer entre tanta carne de cañón que cree que vivir es mostrarse permanentemente y hacer como que te diviertes sin desarreglarte.

¡Qué tal abuelo! ¿cómo lo lleva? ¡Qué fuerte! Por respeto decidió que no merecía la pena levantar la cabeza.

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