Apagón

Cuando ocurrió me encontraba en el hospital acompañando a mi madre. Fueron unos segundos de desconexión que se oyeron más que verse o sentirse -levanté la cabeza y miré alrededor, parece que ”se ha ido la luz”-; el sol del medio día entraba por la ventana iluminando la habitación. Inmediatamente después se pusieron en funcionamiento los generadores auxiliares y, a los pocos segundos, los testigos luminosos del sistema electrónico de la cama y el caudal de oxígeno volvieron a la normalidad. Todo igual. Seguí leyendo.

También podía haberse tratado de un apagón momentáneo, suceden muy de vez en cuando y estamos habituados a no darle mucha importancia. Un pensamiento que no me ocupó más. Regresé a la lectura.

Un poco más tarde oía comentar en el pasillo que no había luz en todo el pueblo, los teléfonos no tenían cobertura y así seguíamos, sin saber ni poder preguntar. Yo tampoco tenía cobertura. Luego la sensación de normalidad en el centro hospitalario justamente no era lo normal. Pacientes y acompañantes comenzaban a hablar sobre un apagón general en todo el país… también en Portugal, Francia, Alemania y, según el corrillo, aquello más bien comenzaba a parecerse a una serie distópica televisiva.

Para afianzar las peores sospechas los móviles habían dejado de funcionar, algo que sí parecía realmente importante, porque de pronto todo el mundo tenía necesidad de comunicarse con todo el mundo. Bueno, los dispositivos móviles funcionaban pero sin cobertura, luego exactamente servían para poco, que es para lo que sirve un teléfono móvil cuando no tienes una red a la que conectarte que te permita saber y respirar, o vivir, que en este caso viene a ser lo mismo.

Alguien conectó un aparato de televisión y al fin supimos que el apagón era general, es decir, en términos técnicos un “cero energético”, al parecer algo que jamás había ocurrido en un país desarrollado. Algunos expertos que, solícitos, se prestaban a una entrevista -el directo del canal nacional echaba mano de todo lo que podía con tal de mantener al personal pendiente y más o menos informado- no sabían ni entendían cómo, pero preocupados por la magnitud e intentando ser cautos evitando alarmas injustificadas, dejaban en el aire sus dudas y alguno incluso se atrevía, dada la sorprendente extensión del suceso, a hablar de sabotaje. ¿Y el gobierno? Se le espera.

¿El gobierno del país? Imagino que cada cual a lo suyo y, de pronto, tan sorprendido y pillado a contramano como el resto. Las mismas preguntas. Qué ha pasado… se ha ido la luz… por qué no vuelve… tampoco hay cobertura… miradas de no saber -ni idea-… dónde… en todo el país… ¡no jodas…! cómo puede ser eso… llama a tal a ver qué te dice… ha pasado alguna otra vez… pregunta a las eléctricas… también hay que informar a la población… pero exactamente de qué… no podemos salir en directo de cualquier modo… que alguien comience a recopilar información para intentar saber qué tenemos entre manos… no habrá sido un ataque terrorista… Y así indefinidamente (que cada cual lo extienda como le parezca), hasta que alguien con responsabilidad pidiera calma y ordenara un primer esbozo de un plan de actuación y los correspondientes límites a partir de los que dar la cara ante la población.

Es decir, aparecían reunidos todos los ingredientes para que las mentes más calenturientas, tanto a favor como en contra, aunque sin saber exactamente de qué, comenzaran a barruntar, imaginar, ordenar, a asustar y asustarse, además de asustarnos al resto con las peores distopías imaginables.

Casi de inmediato comencé a pensar en el alcance de la situación, comunicaciones, tráfico, transportes, comercio, finanzas, dinero en metálico etc. En las más que probables situaciones de miedo y ansiedad, sin luz ni modo de cocinar, o sin comida, sin saber de los míos -aunque los de uno habitualmente solo figuren sin llegar a estar, pero dadas las circunstancias…

Para ocupar el tiempo estaba metido en una obra de Manuel Chaves Nogales sobre “los diez días que conmovieron al mundo”, la revolución del 17 en Rusia, y a medida que leía los sucesos callejeros que tan bien relata el autor miraba de reojo hacia la ventana como si, dadas las circunstancias en las que al parecer nos hallábamos, aquello pudiera estar sucediendo aquí mismo ahora, en el exterior del hospital. No tuve más remedio que dejar de leer porque mi cabeza no paraba, necesitaba saber antes que enredarme en paranoias sin pies de cabeza; más o menos lo que a todos nos ocurre cuando desconocemos la realidad detrás de lo que está sucediendo.

Alguien comentaba haber oído que hasta dentro de seis o diez horas no comenzaría a restablecerse el fluido eléctrico, luego sí era algo importante, pero cómo, por qué, se trataba de una cadena de errores, un fallo humano, un sabotaje… Luego tocaba esperar, y a poco que uno pensara en el tiempo que requiere cualquier dispositivo electrónico para reiniciarse, toda una red eléctrica nacional e internacional…

De vuelta a casa para la comida el ambiente en la calle aparentaba normalidad, comentarios en los grupos por el más que evidente silencio informativo, algún que otro cabreo por ignorancia más que desconocimiento y la consiguiente paciencia colectiva a la expectativa del desarrollo de los acontecimientos.

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