Profetas

Asistir al concierto de un artista que se mueve en las antípodas de la música que sueles escuchar y con el que no te identificas no deja de ser una curiosidad que no tiene por qué salir bien. Se trata de otra cosa. Y ver en el escenario a un paisano del que has oído más cosas malas que buenas, comentarios despectivos y denigrantes, acusaciones de estúpido y arrogante, además de todo tipo de desprecios no es como para echar cohetes. Pero, siempre hay un pero, ver un directo como el que este hombre es capaz de poner en juego te obliga a unos puntos suspensivos que necesariamente hay que llenar. Primero, dejando a un lado todo lo oído y admitiendo que alguien capaz de mostrarse tan sincero, directo y cercano con su público sobre un escenario es alguien que hace bien las cosas, y eso en los tiempos que corren ya es mucho; estamos cansados de soportar a supuestos artistas que cuando tienen que subirse a un escenario lo hacen temiéndolo tanto como despreciándolo, sobre toda a esa multitud que no deja de pedirte más y que, desgraciada o afortunadamente, es a quien debes lo que eres, o crees ser. Y como segundo, aunque no sea necesario y sí mucho más importante, congregar en dos días a más de quince mil personas con un espectáculo y una producción de primera línea en un pueblo de treinta mil habitantes son palabras mayores.

Es la música que es y son los tiempos que corren, y probablemente más de un “auténtico” dedicado a la música pagaría por llenar como este hombre lo hizo. Y no valen excusas de modas, redes sociales, apoyos de grandes multinacionales, negocios millonarios para otros, etc. Qué mala es la envidia, da igual si en el pueblo y entre los tuyos o cuando has sido capaz de hacerte un hueco entre los que, siempre según quienes lo ven y te ven con esa misma envidia, no daban un duro por ti. Se trata de la palmaria realidad de los hechos, luego podrá discutirse sobre lo que uno le apetezca o tenga tiempo, pero el sol volverá a salir al día siguiente y lo que sucedió sigue ahí, luciendo los mismos números. ¿Y el futuro? La obligada y tramposa pregunta por parte de aquellos que gustan predecir las caídas -de otros- porque se empecinan en no dar su brazo a torcer… Pero qué significa el futuro cuando los esfuerzos para lograr lo que ahora tienes y disfrutas han dado resultado; absolutamente nadie se dedica a llorar por lo que estás tocando con las manos, en todo caso de alegría.

Si este hombre cantara en inglés y se trasladara a vivir a “yanquilandia” -sería interesante e ilustrativo preguntarle, por ejemplo, a Rosalía el por qué- probablemente su carrera cambiaría sustancialmente; sus letras no difieren del personaje en cuanto a sinceridad e intenciones. Porque creo que a todos nos sorprendió la primera vez que traducimos al castellano las letras de nuestros artistas y canciones preferidas, muchas de auténtica vergüenza ajena en cuanto a simpleza y contenido, pero era la música lo que más nos interesaba, nos conformábamos. Como probablemente y de residir fuera aspiraría a los premios más prestigiosos de la música internacional, pero de momento él prefiere permanecer aquí, en su pueblo y entre su gente, algo que no deja de ser tan curioso como aventurado en el resbaladizo mundo en el que se mueve, además de contradecir de forma flagrante aquello de que nadie es profeta en su tierra. Pero así están las cosas, y es de justicia que de seguir mostrándose tal cual es y haciendo y cumpliendo lo que él mismo ha elegido, tanto para él como para los suyos, además de ser capaz de renovar los éxitos que ahora mismo lo encumbran, se convertiría en un ejemplo de eso que nos gusta llamar auténtico. Pero esa parte todavía está por ver.

Así que, puede ser que la próxima vez que me pregunten de donde soy y conteste tenga que oír, ¡anda! del pueblo de Dani Fernández.

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La fiesta

A juzgar por la decoración de la sala bien podría decirse que se trataba de una fiesta de cumpleaños infantil, globos, banderines, cuerdas colgantes, tiras de muñecos recortados y más colgaduras de colorines, además de adhesivos dorados y plateados con formas de campanas, lunas, soles y monigotes profusamente arrojados sobre cualquier superficie susceptible de soportar una banda adherente; quizás faltara una pancarta gigantesca con el nombre del homenajeado, pero los que sí estaban eran los inevitables y llamativos globos representando cada una de las cifras del aniversario, único detalle por el que cualquiera un poco avispado deduciría que, al contrario de lo pensado en un primer momento, aquello no se trataba de una fiesta infantil.

Lo que no impidió que, más bien facilitó una vez dispuso de un buen lugar donde ponerse cómodo, puesto que aún faltaba tiempo hasta la hora de comienzo del evento y no tenía ganas de censurarse por su, a juzgar por el vacío de la sala, precipitada aparición, se preguntara por la pertinencia, o necesidad, de aquella excelsa y profusa explosión de alegría infantil. Es cierto que no tenía nada que hacer hasta la hora que aparecía en el tarjetón y pensó que siempre habría alguien como él, sin prisas y sin nada mejor que hacer, con quien charlar mientras aquello cobraba ambiente. Desgraciadamente se había vuelto a equivocar y allí estaba, sentado en solitario y sin nada que llevarse a la boca para refrescar el gaznate.

Había comenzado a intrigarle el motivo por el que una fiesta de cumpleaños de un adulto ha de parecerse, como dos gotas de agua, a la de un niño. Aparte de una sonrisa sardónica e incrédula se le escapaba el significado de los globos, los adhesivos y las colgaduras de colores que al parecer no tenían otra función que dar color a aquello, pero un color un poco fuera de sitio y algo chabacano e insustancial, por no decir falsamente incontinente, un modo de celebración respecto a la cual el protagonista, si no se había equivocado y se trataba de quien conocía y le había invitado, era por carácter más bien contrario, sino ajeno e indiferente ante aquel frívolo espectáculo.

Pensaba que un adulto no es un niño, algo que no es ni mejor ni peor sino lo que toca, incluidas las muchas buenas cosas que tiene crecer y madurar, despojado al fin de rémoras y frustraciones infantiles que en la edad adulta dejan de tener sentido o justificación, claro, si es que el protagonista ha abandonado la infancia y madurado con un mínimo de fiabilidad tomando su vida como lo que es, y no la definitiva y desgraciada pérdida de una inconsciente felicidad infantil. A su juicio, un adulto que piensa y se comporta como adulto, incluido celebrar un cumpleaños, porque y por supuesto a todos nos gusta celebrarlos, independientemente de signos estúpidos de crecimiento y transcurso de años que inevitablemente son, debería de hacerlo de otro modo, de un modo más sabroso y alejado de toda aquella infantilizante parafernalia. Aunque a juzgar por lo que le rodeaba quienes habían organizado aquello no lo veían del mismo modo, y se preguntaba qué pensarían de una organización y decoración, por ejemplo, cuidada, escogida, delicada, elegante o detallista, que siempre puede ser, y de hecho lo es, mucho más acorde con lo que allí iba a celebrarse dentro de no mucho tiempo.

Y llegaba a perderse a la hora de intentar descifrar qué especie de temores o aprensiones atenazan a personas que se esfuerzan en cada uno de sus actos y gestos por manifestar y hacer extensivos comportamientos claramente infantiles; a qué le temen, qué pretenden o de qué se arrepienten -¿de crecer? Al parecer poseídos por una desesperada necesidad de hacer infantilmente visible que ellos también son alegres y se ríen, tienen imaginación, les gusta la fiesta, los colores y le jarana; y divertirse. Como si un adulto no pudiera hacerlo sin tener que, por obligación, disfrazarse y comportarse como un payaso fuera de sitio, con perdón de los payasos.

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La vuelta

Regresaba a casa, como de costumbre, sin expectativas, no es que no las tuviera, mejor dicho, no las tenía desde hacía ya muchos años, tantos que no recordaba cuando las perdió o si en alguna ocasión las tuvo -o qué eran las expectativas-; tal vez cuando joven, pero de eso hacía ya bastante, con el inconveniente que tienen algunas personas de adornar y recargar épocas de su vida que vistas con algo de detalle no dejan de repetir idéntica y corriente normalidad. Aunque desgraciadamente nada impide que muchos de estos se tengan en un concepto tan alto que les impide verse a sí mismos como lo que son, otro más, incluso peor.

Henchido de tal orgullo había regresado al pueblo dispuesto a impartir clases de vida entre aquellos paletos que nunca había salido de aquel agujero, él ya había hecho lo suyo, es decir, vivido, eso sí, sin dudas ni preguntas, porque jamás fue capaz de verse desde fuera, ni pensarlo, o pensarse, ese tipo de debilidades no iban con él, que siempre sabía lo que quería, y si no lo sabía la cuestión era no bajar la voz y afianzar cualquier cosa que dijera como si acabara de trasmitírselo una voz divina.

Pero resulta que sus coetáneos estaban un poco de vuelta, sobre todo de él y no por nada especial, no lo recordaban. Lo que sí era sabido y tampoco le contaron, o nadie le puso en antecedentes, es que la vuelta al redil en ocasiones significa que ya no hay quien te quiera o te soporte, que has sido incapaz de hacer amigos, de establecerte e integrarte allá donde hubieras acabado y, hastiado de pasearte, o directamente aislarte entre cuatro paredes, sin un alma caritativa con quien pegar la hebra o que te pregunte, o cuente contigo para cualquier cosa, decides regresar al lugar de nacimiento en parte para refugiarte y en parte, como último recurso, con la idea de mostrarles a aquellos fracasados que tú sí triunfaste, y contárselo dejándolos con la boca abierta y gestos de admiración.

Pasados los primeros meses, o semanas, en los que la novedad de su presencia alteró de algún modo la parsimonia local con reencuentros, reconocimientos, preguntas y sorpresas, también alguna que otra desgracia reciente o historia más o menos truculenta, como sucede en todos los pueblos en los que el tiempo sí transcurre -aunque no lo parezca desde fuera, como él también se ufanaba de comentar en tono entre despectivo y condescendiente-, la normalidad acabo finalmente imponiéndose y engullendo su figura entre las rutinas diarias. Así que, con la siempre tensa sombra de la repetición y el consiguiente tedio y cansancio, también fastidio, que provocan las historias repetidas, a lo que añadir que quizás no sean ciertas, estén contadas de aquella manera o simplemente sean más de lo mismo, pues hoy el que más y el que menos puede acceder a un viaje único y exclusivo con guía personal incluido al fin del mundo -si es que todavía existe-, fue quedándose cada vez más solo puesto que, muy suyo, seguía siendo incapaz de congeniar, escuchar o acceder a personas y costumbres que jamás supo ver ni entender, en primer lugar porque, como todos los jóvenes, él también salió huyendo de allí para ver mundo y hacerse un hombre. En el pueblo quedaban los fracasados y sin espíritu, precisamente aquellos a los que en su regreso venía a iluminar mostrándoles todo lo que es capaz de hacer uno del pueblo, allí donde lo ven.

Pero eso duró lo que duró, el tiempo pasó y tal y como siempre había sucedido con su propia vida, la falta de imaginación, el aburrimiento y la desidia más completa carcomieron sus días, y la poca expectación que llegó a despertar entre sus paisanos acabó recluyéndolo definitivamente en casa, renegando a los cuatro vientos ante quien, por pura compasión, se acercaba a saludarlo; porque aquellos incultos paletos fueran tan paletos, incapaces de reconocer en él a quien ha visto mundo y vivido lo que ellos serían incapaces de vivir en cien vidas.

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Otro concierto

Hubo un momento en el concierto en el que Manuel murmuraba o canturreaba en un tono perfectamente audible, en mi caso porque estaba muy cerca, a modo de soniquete o melodía y mirando hacia el suelo “Sin miseria… sin miseria…” La cosa quedó ahí porque no hubo más, ni tema ni referencia, tampoco dirigirse al público para compartir o mencionar lo que acababa de no sé si tararear o simplemente recitar en voz alta. Situación que de inmediato me llevó a su Cuba natal, haciendo extensivo ese “sin miseria” a lo que viene sucediendo allí durante tanto años, así como también trajo a mi memoria amigos y conocidos cubanos que llevan en España bastantes años y con los que no solemos comentar respecto a su país de origen.

He de decir que el concierto fue toda una sorpresa que removió y trajo a mi memoria a otros personajes y canciones que parecían las mismas porque el tono y la dulzura de la música cubana impregna cada una de sus composiciones, desde el longevo Raúl González, Ibrahim Ferrer o el mismísimo “Chan Chan” del gran Compay Segundo que versionó el músico cubano. Manuel Machado nos ofreció un concierto discreto y entrañable; es cierto que no hacía falta mucho más para ganarse a un variopinto público que aplaudió, tarareo y batió palmas a los requerimientos del artista; incluso con alguna espectadora que fue incapaz de resistirse y bailó en medio de la sala animada por la música, público y músicos. El cuarteto podría haber seguido tocado una hora más, incluida la intervención sorpresa de una voz femenina que puso letra a una de las melodías, a tenor de la disposición del respetable y a pesar de esa gente siempre extraña, al menos para mí, que asiste en primera fila a tales espectáculos, mal come dejándose la mayor parte del menú en el plato y se larga sin que la actuación haya finalizado, como si estuvieran de paso y les importara un pimiento lo que sucede alrededor. Supongo que tales comportamientos entran dentro del actual, y al parecer respetable, uno hace lo que le apetece cuando le apetece, independientemente del lugar en el que se halle. Pero creo que asistir a un concierto, no hacer caso ni detenerse en la música, ya no digo aplaudir, o permanece de cháchara la mayor parte del espectáculo es algo más que hacer lo que te venga en gana cuando te venga en gana, sobre todo y en primer lugar porque la asistencia es siempre voluntaria, nadie te ha obligado a aburrirte y/o molestar e importunar al resto de asistentes. Si no vas a ser capaz de permanecer atento y mínimamente respetuoso con los músicos y su trabajo puedes irte directamente a la mierda, porque allí no haces falta ni te echarán de menos, todo lo contrario, estarán muchísimo más felices y cómodos sin ti.

Pero ese no era el tema, tampoco el supuesto y al parecer definitivo cierre del local, aunque el propio músico no acabara de creérselo y así lo manifestara repetidamente, tanto como agradecimiento por estar allí tocando como movido por la lógica tristeza de su desaparición. No obstante, que un local como el Café Central cierre y con él la música en directo que solía ofrecer, tan cercana y dada a las improvisaciones, errores y momentos de virtuosismo, así como a las complicidades entre músicos y público, los bises y la compleja y felicísima atmósfera que se crea entre unos y otros cuando los vínculos, afinidades y un estado de ánimo compartido convierten aquello en una auténtica celebración religiosa mediante la completa comunión entre los dos lados del escenario, siempre será motivo de tristeza. Con la desaparición de estos lugares perdemos todos, siempre, y lo de menos son las malas actitudes o comportamientos inadecuados que más bien parecen desprecios y siempre hay que intentar ignorar, sino la progresiva eliminación de locales en los que prima una cálida cercanía, compartir y disfrutar juntos, casi en la intimidad, tal que humanos a los que la convivencia fortalece porque en definitiva eso es lo que somos, animales sociales, mucho más que individuos solitarios, aislados y egoístas.

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De viaje

-Mamá, ¿eso es el campo? -Si. Transcurren unos segundos en los que la niña ve desfilar campo, solo campo, por la ventanilla.

-Mamá, no me gusta el campo. -¿Por qué? -Es muy aburrido.

Sala de espera casi llena a hora tan temprana, algo extraordinario si no fuera porque estamos a primeros y hoy mucha gente comienza sus vacaciones de verano -al fin. Todavía con sueño en la cara los viajeros esperan a que se anuncie la llegada del tren por megafonía. Una pareja de veinteañeros vestidos de verano, es decir, pantalón corto, deportivas, camiseta y móvil en la mano, cada cual con el correspondiente mini bolso adherido en el que guardar lo indispensable, también aguardan sentados, pero no juntos, el asiento entre ellos está ocupado por un cajón para animales que probablemente oculta alguno, al parecer muy importante porque la conversación entre los jóvenes se centra en el ocupante del cajón, del que constantemente levantan una pequeña trampilla asomándose preocupados por el estado del inquilino. No hay más tema de conversación entre ellos, y ahora se inclinan para mirar por la pequeña reja que delimita uno de los laterales. ¡Uf! Todo bien.

Debido a la afluencia de viajeros toca esperar en el andén antes de ir subiendo, con el consiguiente acopio de bolsas, maletas y maletones. En un momento determinado la cola se detiene para dejar paso a una mamá empujando un carrito enorme con dos niñas, una delante de la otra. El papá era el que esperaba en la cola, y ahora han de subir maletas, bolsas, carrito y niñas, un proceso engorroso porque el número y el tamaño, además de los viajeros que dudan y aún permanecen en la plataforma del tren sin decidirse por la dirección a tomar, complican la tarea. Tropiezos, disculpas, alguna sorpresa, o mala cara, la lógica impaciencia de los que esperan abajo y la consiguiente precipitación que hace que todo cueste el doble o que simplemente no se haga como es debido. Finalmente, las maletas se quedan en cualquier sitio, el carrito en medio -lo más comprometedor- y se opta por dejar subir al resto para luego, cuando el tren ya esté en marcha, proceder con más tranquilidad.

Localizamos nuestros asientos y saludo a una pequeña que, sentada enfrente, nos mira curiosa. -Hola. -Hola. Me responde alto y claro. Poco después aparece su mamá y se la lleva a su correspondiente asiento.

Con el tren en movimiento llega la normalidad, las maletas y los bultos donde corresponde y los viajeros en sus butacas; el papá en un asiento junto al pasillo y al otro lado la mamá con una niñita de apenas un año encima y la otra pequeña, a la que saludé, de entre tres y cuatro, sentada junto a la ventanilla. Una observación, esta otra pareja va ataviada exactamente igual que la del perro -si es que era un perro lo que contenía el cajón-, y probablemente coinciden en edad.

Llevamos un rato de viaje y madre e hija no cesan de hablar, bueno, una preguntar y la otra responder. La niña juega y dibuja en un cuaderno sobre la correspondiente bandeja, la más pequeña protesta y lloriquea porque está cansada, el ajetreo del día no es el habitual y necesita recuperar sus rutinas; un poco más tarde, cuando el llanto sea irreprimible, un chupete y el arrullo tranquilizador de mamá la sumirán en un sueño reparador. Su hermana sigue en lo suyo, entre el cuaderno y la ventanilla -aquello del campo. Pero la sorpresa llegó cuando su madre decidió hablarle en inglés, a lo que la niña contestó con total normalidad. Y así prosiguieron, sin parar de hablar, mamá variando el idioma según su criterio y la niña siguiendo la conversación sin problema alguno. Llega un momento en el que mi sorpresa se convierte en admiración por algo más que evidente, la extraordinaria ductilidad y agilidad de un cerebro infantil capaz de absorber, resolver y poner en práctica con una solvencia admirable los procesos lingüísticos que le afectan y requieren su participación. La más pequeña se despierta momentáneamente para volver a dormirse y mamá la tranquiliza en inglés; a continuación se dirige a la otra en castellano. No hay teléfonos móviles entreteniendo a las niñas, ni los han pedido en ningún momento, solo mamá y una completa atención de las necesidades de sus hijas. El único teléfono lo tiene papá al otro lado del pasillo, e imagino que buscando algo de entretenimiento.

La primera pareja no tuvo más remedio que “abandonar” el cajón en la zona de equipajes, sentándose muy cerca y levantándose constante y alternativamente para comprobar el o la… del animal.

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Un concierto

A medida que transcurrían los minutos los jardines se llenaban de público aguardando la hora del concierto, o pasando la tarde, puesto que aún quedaba tiempo y el verde que nos rodeaba hacía mucho más agradable la estancia, un merecido refugio frente al implacable sol que sojuzgaba las calles y plazas de acceso al bonito y recogido recinto. Cierta animación se instalaba entre las mesas ocupadas, saludos entre conocidos, presentaciones, sillas aún vacías, las primeras conversaciones exploratorias y algunas bebidas con las que compensar el duro calor del día. Otros, sondeando previsibles o temporales ausencias, preguntaban por sillas y butacas para los suyos por venir, al tiempo que recién llegados aceleraban hacia los pocos espacios libres que quedaban.

Es cierto que no había nadie de pie, luego a pesar de las aparentes dificultades el espacio daba para todos; las planchas y cocinas se ponían en funcionamiento y el personal ya tenía con qué acompañar las solitarias bebidas. Unos tenían prisa por comer y otros preferían aguardar porque sus vasos todavía aparecían medio llenos, mejor pedir la comida con la siguiente consumición.

Tras los ajustes y ensayos de sonido por parte de los técnicos ahora ocupaba el escenario un DJ que, sin grandes alharacas, entretenía el público con una lista de relleno. Era lo que había y tampoco es cuestión de poner pegas cuando se está a gusto, en una mesa en primera línea y provisto de vituallas con las que entretener la espera. En estas comencé a barruntar que el espacio que nos separaba del escenario probablemente se llenaría de público en pie que preferiría disfrutar del concierto junto a los músicos que adivinarlos desde más atrás. Pero de momento era pronto, no había nadie por delante, casi había oscurecido y aquello parecía que no admitía más asistentes, aunque, entrevisto el paseo de acceso, la gente seguía acudiendo sin prisa ni pausa.

Llegó la hora del concierto y los músicos ocuparon sus lugares, el espacio entre nuestra mesa y el escenario se fue llenando de gente, tal y como supuse, y nosotros aguardamos a que al menos el sonido fuera decente para disfrutar de la música sin trasladarnos de lugar. Todo funcionó, la música se oía estupendamente y gracias a la distancia disponíamos de algunos huecos entre los aficionados por los que ver a los músicos. Pedimos algo de comer, era el momento.

Detrás de nosotros discurría un pequeño muro protegido por una línea de arbustos que impedían el acceso del exterior, aunque hay que hacer constar que al otro lado de muro y arbusto había una caída a plomo de unos siete u ocho metros hasta una vía con bastante tráfico, luego el acceso era completamente imposible. La zona se utilizada como pasillo para moverse entre el escenario y los puntos de venta de comida y bebida, evitando con ello un incómodo surfeo entre mesas que en última instancia te llevaba al mismo pasillo en su parte final.

Había de todo, grupos de jóvenes vestidos de jóvenes, mayores más pacientes y mucha gente de mediana edad en parejas y grupos que charlaban sin perder detalle de lo que sucedía alrededor. Hombres bien vestidos y mujeres elegantes, y muy elegantes, tal que imposible tocarlas sin estropear lo que tanto parecía haber costado. Mirarlas sí, y eso lo sabían.

Se levantaron de una fila de butacones bajo una pérgola que, con la noche, había perdido su función, lo que no impedía que diera un toque de intimidad a los grupos que se ubicaban bajo sus telas, una con un vestido amarillo de corte elegante y unos zapatos de tacón a juego, la otra embutida en un sugerente vestido-pantalón negro con tirantes que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel. No hace falta mencionar el aspecto y la impresión que causaban en todo aquel que tropezaba o se cruzaba con ellas, inconsciente o intencionadamente. Los teléfonos móviles en la mano.

Iniciaron la sesión cada una por su lado, separadas un par de metros, con unos primeros selfis que pretendían captar el ambiente de la ya noche, de frente o de espaldas al escenario, también con el bullicio de las mesas como fondo o la oscuridad de los arbustos contra la inevitable luz del flash como contraste. Gestos, labios, ojos, miradas, cabello, desde arriba, desde más abajo, sonriendo, lanzando un beso a la cámara, serias, con un mohín cómplice o a la espera de… Todos y cada uno de los gestos y posiciones posibles con un teléfono en la mano como referente desfilaron por sus rostros. Rondarían la cuarentena, o sea, unas mujeres.

Pero lo mejor comenzó cuando, al fin satisfechas de la primera e individual sesión, dio comienzo la segunda, en la que una hacía de modelo y la otra la enfocaba, situaba, recolocaba, le mostraba cómo, rectificaba, incidía en el cabello, ahora hacia atrás u ocultando una parte de la cara; o directamente de espaldas a la cámara. Le hacía modificar las posiciones de pies y piernas, experimentaba con los perfiles, o a contraluz, repetía porque algunas tomas podían mejorarse, obligaba a unos pasos o a pequeños movimientos secundarios que debían quedar grabados, correctamente, por supuesto; más sonrisas, ahora con más realce, más incisivas, o desafiantes, inclinando un poco la cabeza sin parecer altiva, o reflexionando con la mirada fija en alguna parte del suelo sin que el gesto denotara abatimiento o derrota, nada de eso. Se trataba de ensalzar e intrigar tras una belleza que se daba por supuesta, y supongo que deseable.

Primero una y luego otra, esta última, la de la prenda oscura, el doble de tiempo que su amiga. Más dócil y obediente ante los constantes requerimientos y rectificaciones de la mujer de amarillo, mucho más exigente con el resultado final, al menos si era ella la que tenía la última palabra. Sin olvidar la generosa colaboración de su amiga que, lejos de molestarse o protestar y sabedora de lo que se estaba jugando, se movía, subía o bajaba la cabeza, se adelantaba o retrocedía o hacía como que caminaba sin perder el temple y la sonrisa, sosteniendo un atractivo gesto de interés o mostrando intrigante indiferencia. Qué mejor que tener de tu lado a quien bien te quiere y desea que tu belleza resalte por encima de cualquier otra cosa.

El concierto está en todo su apogeo, la gente baila y aplaude y se lo pasa estupendamente.

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Violencia

Ver a jóvenes en una calle cualquiera vestidas como les apetece, sobre todo en verano, cuando debido al calor sobra la ropa y una desea volar dejándose acariciar por el viento sin preocuparse por normas o débitos de conducta, es algo tan libre como grato. El mero deseo de salir y moverse como venga en gana es suficiente para que el hecho de la elección de las prendas con las que cubrirse sea un mínimo formalismo en el que intervienen la comodidad y la coquetería a partes iguales, dicho sin perjuicio de ninguna de las dos, puesto que somos nosotros los que nos vestimos, en este caso ellas, y como sujetos autónomos tenemos todo el derecho a cubrirnos, adornarnos, frivolizar, reafirmarnos -en parte o al completo-, disfrazarnos, despreciarnos íntima y estéticamente -por otras cuestiones quizás más importantes que en este momento no vienen al caso- o taparnos con lo primero que tengamos a mano. Actividad diaria de algún modo obligada por la costumbre, la decencia (¿?), ciertos hábitos o las modas dominantes, tanto tribales como generales, además de los consiguientes imperativos en función de la edad. Esta libertad activa, es cierto que pequeña, para algunos meramente testimonial, sin embargo contiene en sí misma, en el caso las mujeres, un alegre y vital pronunciamiento contra siglos de opresión y represión que, al menos de momento, parece que al fin comienzan a resquebrajarse; eso sí, muy, muy despacio, con cada vez mayor perplejidad, incomodidad u oposición por parte del otro género, ya que se trata, según su habitual arrogancia y salvo contadas y marginales excepciones, de una cuestión secundaria respecto a su propio poder.

Esta frescura, desinhibición y descaro femenino necesariamente han de chocar contra las formas y comportamiento de un género masculino que parece seguir anclado en tradiciones, costumbres y cuestiones de principios nunca entendidas por completo. Las ropas, o la ausencia de ellas, provocan más perplejidad y confusión de lo que los hombres están dispuestos a reconocer, a saber, incluso. La primera cuestión es que ellos son incapaces de hacer algo similar, no porque no quieran sino porque no pueden ni se sienten capaces, ni siquiera lo contemplan. Resulta que en la magnificencia de su poder no logran hacerlo todo, ni les sale, si saben dónde buscar y eso entonces duele, y desorienta e intranquiliza porque, ¿dónde queda, pues, ese poder si respecto a algo tan trivial se muestran atados de pies y manos? ¿Son el desprecio y la indiferencia las únicas respuestas ante la íntima frustración de un deseo que ni siquiera llega a insatisfacción porque tampoco saben si es suyo? ¿Solo queda la violencia como opción y correlato del puro pavor?

Y qué parte de todo ello tiene que ver con una inconsciente y para la mayoría desconocida, y no menos dolorosa, autorrepresión masculina que impide ir un poco más allá de las, sus, propias normas, ¿no denota esto más carencias que dominio, incluso un profundo desconocimiento de sí mismos? Más preocupados por ejercer un poder socialmente omnímodo con cada vez más agujeros han olvidado que una de las opciones más visibles de ese poder es hacer lo que a uno le apetezca consigo mismo, en este caso con la vestimenta. Pero no, existe una especie de corse mental del que los hombres son incapaces de desembarazarse y que transforma de forma automática una apremiante autorrepresión, casi agónica, en violencia, única salida que el género masculino contempla como solución al siempre pendiente enfrentamiento y reconocimiento de sí mismos.

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Nápoles (y 3)

Hablar de Nápoles y olvidar el fútbol sería como ir y no estar, y no visitar calles y rincones dedicados a su redentor más celebrado, Diego Armando Maradona (D10S), casi un pecado mortal, y no entender qué significan para el acervo local las numerosas banderas italianas con un cuatro inscrito en el centro, da igual si en edificios privados, públicos u oficiales, es perderse la mitad de la misa, pues resulta que este año el Nápoles ha vuelto a ser el campeón de Italia de fútbol y eso por aquí son palabras mayores. Aún reciente el éxito futbolero de hace dos años, de los que todavía quedan rastros visibles en calles y edificios, tanto del conjunto como de cada uno de sus héroes, repetir una victoria que nos traslada en el tiempo a la época de Maradona al paso que vuelve a humillar a los presuntuosos del norte -¡merda Juve!-, como nos decían por la calle- es otro motivo de agradecimiento que se reinscribe sobre las conmemoraciones del pasado más reciente.

La trascendental importancia de Maradona en la ciudad, importancia que no sería ningún disparate calificar de histórica, tiene que ver con la redención de un sur deseoso de figurar allí donde los opulentos del norte hicieron su predio, el fútbol, deporte que en Italia viene a ser casi una declaración de principios. Nápoles apareció entonces, por méritos propios, tanto en el panorama futbolero nacional como internacional, todo un éxito para una región permanentemente humillada por la arrogancia de los adinerados poderosos bajo los Alpes. Y no acabo de imaginar lo que sucedería si el año que viene, que se cumplen cien años del club, el Nápoles volviera a ganar la liga italiana.

Como dije en la primera entrega de esta serie imagino que existirá un Nápoles más aséptico y anodino, parecido a cualquier otra ciudad europea, pero en el enorme área que va desde el barrio español hasta, por ejemplo, la plaza Garibaldi, incluyendo también toda la zona antigua de la ciudad, el fútbol, junto, como dije, un comercio tan ubicuo como extenuante, es el principal protagonista, y como visitante uno ha de aceptar e intentar entender lo que ve y tanto le sorprende, incluido el alto y reverenciado pedestal en el que se aúpa el Maradona redentor de los humildes y olvidados. 

En Nápoles casi puede decirse que parpadeas y te pierdes algo, desde el mayor crucero del mundo amarrado junto a una terminal marítima que a su lado parece de juguete, hasta el capo de la zona controlando sus dominios desde una mesa apartada, como el que toma un café pero sin café; sin despegarse del teléfono móvil y sonriendo a mujeres que pasan saludando o se sientan sin tomar nada, alguna de las cuales recibe un sobre blanco -con dinero, evidentemente- mientras el patrón ordena con la mirada a algún camarero que permita lo que en circunstancias normales y sin él allí de ningún modo estaría permitido. Esta especie de todo incluido en la misma ciudad también puede generar incomodidades entre gente más exigente, o pacífica, habituada a ritmos más lentos, en su lenguaje, normales, y algo de ansiedad cuando, una vez en la cama, se intenta asimilar el frenético ir y venir diario que mañana volverá a echársete encima nada más abrir la puerta de la calle. 

En definitiva, Nápoles es una ciudad regida por un pulso diario que al visitante se le antoja ingobernable, a pesar de lo cual parece que funciona porque a primera vista no advierte conflicto alguno -o será que, como decía más arriba, no sabe ver. Un ritmo en el fondo dirigido y controlado según unos patrones en los que el bien y el mal, lo bueno y lo malo, son más que relativos, o directamente discutibles. Donde infinidad de vehículos envejecidos permanecen incrustados en rincones imposibles, tal que una especie de mobiliario urbano, y entre, o a pesar de ellos, uno puede detenerse a charlar con buen ánimo con mujeres a la puerta de bajos asfixiantes, abiertos de par en par, mostrando un único habitáculo en el que se apretujan cocina, comedor y habitaciones. Y terminar el día en una trattoría semivacía, con solo otra mesa ocupada por una despedida de soltera tan cutre como en el resto de Europa, mientras un cantante local nos deleita con un repertorio en el que caben desde la obligada canción napolitana hasta una especie de remake que en algún momento me trae a la memoria a Vinicius de Moraes en La Fusa.

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Nápoles (2)

Estamos más que cansados de acudir a lugares minúsculos o recónditos, inexistentes en mapa alguno, atraídos por rincones, espacios o construcciones que se venden como excepcionales, únicas y encantadoras que, vistas, no dejan poso alguno, y si algo de frustración porque ya es la enésima a la que acudimos y en el fondo son el reclamo publicitario de una excepción únicamente para los locales, un desesperado intento por aparecer en algún sitio y con ello tener un hueco en este mundo. Pues bien, Nápoles dispone de rincones y edificaciones para dar a todo el que necesite, a curiosos con imperiosa necesidad de lugares únicos y peculiares, a desesperados buscadores de selfis, fotógrafos de momentos y situaciones y, sobre todo, para aficionados a los lugares históricos, con profusión de zonas, recintos y edificaciones diseminadas por toda su superficie. Todo ello aderezado con una curiosa y paradójica población que se mueve y circula de forma permanente, a tan solo un paso de caótica, por sus calles.

Porque moverse por la ciudad es otra historia que merece el apartado de tal. Teniendo en cuenta que el visitante, cualquiera con alguna experiencia adquirida fuera de su lugar habitual de residencia, sabe y entiende qué significa e implica desplazarse por una ciudad, una vez en Nápoles habrá de repasar y repensar su experiencia desde el principio porque lo aprendido aquí no sirve de mucho, y menos como referente. En Nápoles la relación en temas de circulación viaria, si es que puede decirse tal, entre personas y vehículos a motor -tanto de cuatro como de dos ruedas- es una cuestión de tú a tú, es decir, no existe preferencia alguna -aunque a tenor por algunas situaciones, digamos, clásicas, algo debe quedar en el subconsciente colectivo respecto a quién es quién y qué predomina según dónde. Pero si exceptuamos tales casos, aislados, los lugares de cruce entre vehículos y personas son una cuestión de poder más que de preferencia. Se trata de quien llega antes, aunque también pueden acercarse pidiéndote disculpas desde cincuenta metros atrás porque cuando coincidáis en el mismo punto, el paso de cebra, el vehículo no frenará y tendrás que detenerte, sí o sí, o ser atropellado. La mezcla entre vehículos y personas es completa, algo más ordenada, sin excesos, en las avenidas y calles más anchas e indistinguible en las más pequeñas o estrechas; aquí las motocicletas van y vienen en todas direcciones, surgiendo en cualquier esquina sin que importe la dirección o el sentido, eso sí, avisando contantemente con la bocina, ya sea un anciano con prisas, un repartidor, una familia de tres ejerciendo de sándwich con la criatura apretada entre sus progenitores o unos chavales de apenas doce años surfeando entre los peatones con profesional destreza. Circunstancias que, al contrario de lo que pudiera pensarse, no dejan como consecuencias inevitables discusiones, conflictos, encontronazos o directamente atropellos, sino que aquello fluye en una rara armonía de sometimiento y condescendencia sin interrupciones ni altercados, al menos durante los días en los que nos movimos por la ciudad.

 Y es fácil imaginar que como consecuencia, no sé decir si directa o indirecta, de semejante frenesí el mantenimiento y conservación de tanto patrimonio se antoja harto complicado o, simplificando, muy difícil entre una población más habituada a vivir que ha conservar lo construido y vivido por otros. Palacios, templos e iglesias se multiplican por calles y callejones, a la mayoría de las cuales puedes acceder y visitar sin ningún problema porque, por supuesto, son usadas diariamente, tanto en funciones, celebraciones y rituales que tienen que ver con el propósito de la construcción como reconvertidas en espacios de muestra o reunión de cualquier proyecto u objeto que el encargado de turno tenga a bien mostrar públicamente. Sin contar con que debe existir alguna determinación o decreto municipal que prohíba o haga desistir al más ufano de hurgar en el subsuelo, ya que ello conllevaría que el mismísimo Imperio Romano aflorara a la superficie ocupándolo todo.

Tal acumulación de edificios históricos, tal cual aguanten, remozados o reconvertidos no hace a la población, repito, gratamente cercana y amable, presumir por ello, sino que lo ha asumido e integrado en un presente propio que tan solo la presencia de turistas, curiosos o despistados aporta ese aire de lugar visitable que en otras poblaciones dispondría de alfombra roja y un precio por acceder que detendría al interesado pensando si merece la pena pagar lo que le piden por lo que va a ver.

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Nápoles (1)

Nos sorprendió e indudablemente nos tuvo pendientes de sus palabras, que aclaraba y ampliaba con gusto cada vez que se acercaba a la mesa para alguna labor de su trabajo, intentando no ser pesado ni inmiscuirse en nuestra charla, con tacto y sin olvidar en ningún momento cuál era su papel en aquella curiosa escena, él el camarero que nos atendía y nosotros sus clientes. El motivo de aquella simpática exposición fue que precisamente nosotros éramos españoles, y a nuestra respuesta a su pregunta de dónde, La Mancha, de inmediato nos identificó con Cervantes y el Quijote -y no es normal que quien te pregunta fuera del país los conozca, o sepa de ambos. En este caso sí, lo que dio pie a aquella especie de salpicada disertación en la que nos remarcó, casi al principio, que Nápoles fue quinientos años española frente a los ciento cincuenta que lleva como italiana -algo más o menos cierto-, y que mientras con España Nápoles era una entidad política del mismo nivel que la península -nada de colonia-, desde que es italiana ha sido despreciada y arrojada a la cola del país, tanto política como socialmente -y esto último sí es una realidad completamente cierta. Es decir, que con Italia los napolitanos han perdido más que ganar frente a los estirados del norte, lo que no deja de ser un punto de vista particular que no anda muy descaminado.

Todavía andábamos intentando cogerle el ritmo a la ciudad y aquel tipo, de algún modo, nos obligaba a reconsiderar nuestras opiniones, no de una forma directa pero sí a la hora de valorar y entender lo que veíamos en la calle, que era mucho, o todo. No hay que olvidar que, desde el principio, la ciudad había podido con nosotros, atrapándonos nada más abandonar la estación, aún sin saber hacia dónde dirigir la mirada y nuestros pasos, preocupados en primera instancia por encontrar una sombra que nos permitiera organizarnos. Estaba más que claro que aquella no era la Italia que conocíamos, y algunos de nosotros conocían mucha Italia, pero de más arriba.

Nápoles es puro sur, algo que tan bien conocemos por aquí, la calle, la gente, el saludo indispensable, vital, la intercambio más que obligado, la charla impenitente, detenidos si es necesario en medio de todo porque hay algo más que decirse; un incesante trajín de lo más variopinto en el que no existe criterio, mucho menos certeza, de quién o qué te puedes encontrar al doblar una esquina. Un inacabable mercado de puestos callejeros y establecimientos de todo tipo y puertas abiertas del que todos salimos y entramos con una familiaridad y confianza que de inmediato hace del extraño uno más, como si estuviéramos en nuestra propia casa. Da igual la calle, si ancha y recta o retorcida, estrecha y oscura, además de millones de rincones en los que se acumula de todo lo imaginable, y aun así creo que me quedo corto. Y si uno alza la vista el panorama se complica porque en miles de balcones ondean al viento coladas y coladas al sol, también en los callejones más oscuros y sombríos, que más que una obviedad parecen una tradicional decoración conmemorativa que dura todo el año. Costumbre que llega hasta la decoración de tiendas y establecimientos de hostelería en los que pueden verse colgadas del techo todo tipo de prendas, también íntimas.

Indudablemente debe existir un Nápoles rico, más normal e incluso anodino, y hasta pijo; altanero y desconfiado, con calles pulcras y desiertas bajo el mismo e implacable sol. Gente guapa, occidental, al uso en Europa, que detesta el incesante jaleo de esa otra ciudad tan bulliciosa, paradójica, inverosímil y gozosamente amable.

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