Otra cosa

El motivo que iba a justificar estas letras era el nuevo fracaso, con el correspondiente y gigantesco desperdicio de dinero que ello ha supuesto, del dueño de Tesla en su megalómana intención de llegar a Marte, que en estos momentos y al saber de la explosión del amenazador cohete volverá a respirar tranquilo por dejarle temporalmente en paz. Aunque realmente no sé si se trata de una noticia. Pero antes he tenido que lidiar con la IA de turno que, en el colmo de la impertinencia, ahora se atreve a sugerirme posibles temas para el nuevo documento que acababa de abrir. Hace tiempo que deje de enfadarme por estas intromisiones depredadoras, ahora estoy intentando controlarlo con las decenas de llamadas telefónicas de números de todo el país a la caza de cualquier consumidor/víctima que responda creyendo que acaba de dar con la oferta de su vida. Porque, pensándolo bien, es más divertido cerrarle constantemente puertas a esta IA tan desvergonzada, aunque también es cierto que podría desactivarla de forma definitiva, cuestión que desconozco y que probablemente me llevaría un tiempo que no estoy dispuesto a invertir en tales menesteres; ya me lo advirtieron cuando intenté hacerlo con la IA del wasap, imposible. Es más reconfortante y satisfactorio comprobar cómo acumula información por su cuenta que yo descarto una y otra vez de forma inapelable; porque lo que tengo claro, y creo que en el fondo nadie lo sabe, únicamente los propietarios del engendro, es que nunca sabremos hasta qué punto supervisa nuestra actividad. Mejor no olvidar que, aunque no la vea, siempre estará ahí. Pero esto último he de reconocer que tampoco es posible, basta con hacer dos o tres búsquedas similares en el buscador, en la siguiente te aparecerá como primera opción el consiguiente enlace que la IA ha organizado par “facilitarte” la búsqueda. Viene a ser como el constante archivo y mapeo de nuestra actividad que el propio teléfono móvil lleva a cabo sea cual sea su estado, porque lo creeremos y aparecerá apagado, pero jamás inactivo.

Y volviendo a las llamadas, me gusta imaginar que habrá quién haya conseguido librarse de las persistentes y acosadoras molestias telefónicas que hemos de sortear diariamente, negociantes y mafiosos intentando atraparnos con sus redes siempre falsas, da igual el ámbito de ese comercio depredador; porque también hemos perdido la benévola etiqueta de consumidor, la algo más respetable de cliente la perdimos ya hace mucho, ahora somos simplemente víctimas, cualquiera que sea la esfera comercial en la que finalmente nos cacen. Como también me gustaría saber qué cantidad de su tiempo ha invertido en librarse de semejante acosos, y probablemente el dinero que le ha llevado lograrlo. Sin la completa seguridad de haberlo conseguido de forma permanente, porque siempre dejamos un rastro y existen infinidad de IA anotándolo prácticamente todo, para luego filtrarlo, empaquetarlo y venderlo.

Solo queda la resignación como sinónimo de derrota. Porque deberíamos haber comenzado denunciando a cualquiera que nos llamara a nuestro teléfono particular sin nosotros haberle dado el número. Algo que siempre olvidamos y en lo que nunca caímos, porque, de cumplirse la ley, solo deberían tener nuestro número de teléfono aquellos a quienes voluntariamente se lo hallamos dado, luego todo aquel que lo guarda y después vende podría ser el sujeto de un buen pleito. Denunciar y reclamar, en primer lugar al operador u operadora que nos molesta, también si se trata de un bot, y después a la compañía a quien representa, lo abala y le paga. Pero nadie se molesta en hacerlo, sino que asumimos como inevitable la molestia, como hemos hecho con otras tantas. Hemos dejado de hacer lo que nos apetece para hacer lo que nos apetece previo aprendizaje y adaptación al medio en el que a partir de entonces haremos lo que nos apetece. Aceptando e interiorizando aplicaciones, métodos y registros que nos obligan a una especie de membresía que en realidad no es tal, sino simple y dura abducción. Porque la IA no olvida, de eso podemos estar seguros.

Al final me he liado y me he olvidado del fantasma de Tesla. Lo dejo para otra ocasión.

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Reencuentros

Hay circunstancias desgraciadas que convocan a quienes desde no saben cuánto dejaron de verse y tratarse, familiares y amigos entre los que el tiempo suele hacer de las suyas, como por otra parte es normal y sin que necesariamente haya por medio ninguna situación problemática o directamente conflictiva. Y en esos reencuentros toca bregar con una extraña distancia entre quienes en otros momentos, siempre pasados, convivieron y compartieron edades, situaciones y emociones que en muchos casos acaban alojadas allí donde la memoria suele encontrarlas cuando menos se espera, provocando una sonrisa, cierta añoranza o tristeza -también indiferencia, desprecio e incluso alivio- por lo que en apariencia se ha perdido con el paso del tiempo y tal vez no hubiera debido ocurrir. Pero ahora es tarde, siempre es tarde y esas personas que hoy se miran a la cara probablemente no sean las mismas, o tal vez nada tienen nada que ver con aquellas que tanto compartían o se lo prometían tan felices.

Tampoco se trata de mejor o peor, ocurre habitualmente, y quizás haya que añadir que afortunadamente, puesto que la vida pone a cada cual ante situaciones en las que la decisión personal es la primera, y puede que única, opción. Toca decidir y decidimos, y como en toda decisión sobrevienen unas consecuencias que en algunos casos no eran deseadas, aunque sí inevitables. Los caminos comienzan a separarse, intentando mantenerse más o menos unidos o en contacto durante los primeros momentos, días, meses, años; hasta que otras ocupaciones, otras coyunturas igual o más decisivas si cabe, además de la aparición de nuevas personas, van complicando lo que en primera instancia parecía, si no fácil, si aparentemente no muy complicado de llevar. Siempre se trató de caminos distintos, aunque en el fondo nadie quisiera mencionarlo o tenerlo en cuenta, y en esos casos los proyectos y planes a largo plazo no siempre son convenientes -además de que casi nunca importan-; se vive en presente.

Entonces, ¿qué se dicen estos que ahora se miran a la cara cuando, frente a frente, inconscientemente buscan en el rostro que tienen delante rasgos, gestos y lugares de entonces en los que acomodarse mientras la conversación balbucea sin saber muy bien hacia dónde encaminarse? ¿o prefieren no mirarse? En estos casos siempre se juega con cierta incomodidad, o inexperiencia –por otra parte bienvenida por lo que extrae de nosotros sin premeditación ni alevosía-; la charla sale adelante no sin cierto embarazo, con silencios más bien inexplicables, o salvadores, errores de bulto y las novedades apoyadas por gestos reconocibles, algún recuerdo común y la buena marcha de lo que fue o parece importante. Y la conversación logra mantenerse en pie aunque inconscientemente sigue prevaleciendo un pasado que por momentos parece enturbiarla, quizás demasiado, o en exceso.

¿Quiénes son estos que ahora se miran? ¿de qué pueden hablar que no sea pasado? ¿les sigue interesando? ¿Se siguen interesando si es que queda algo aprovechable entre los recuerdos? Creo que no hay respuesta posible. Ni hace falta. Estos nuevos desconocidos, cara a cara, son y no son, que es de lo que se trata; se sostendrán mutuamente el tiempo indispensable y volverán a cerrar nuevamente la puerta.

Obligados por estos tropiezos tan embarazosos como inevitables generalmente se intenta hacerlos pasar rápido y sin heridos para regresar a la senda propia, por pura comodidad, también por apatía, desinterés, caminos y vidas opuestas o por cobardía; maniatados por una serie de rigideces que quizás tengan que ver con la edad pero que no deberían hacer presa en el cerebro, sin embargo lo más difícil. Se trata de oportunidades perdidas para las que no es necesario introducción, siempre y cuando se salve el primer obstáculo, que suele ser uno mismo. Porque siempre es mejor tener a alguien a quien pedir o ayudar que regresar a las lagunas de la memoria.

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Cosas de adultos

En el cuento del traje nuevo del emperador es un niño el que hace la pregunta correcta poniendo el dedo en la llaga al afirmar lo que es obvio, que el emperador va desnudo, realidad que pone en evidencia la flagrante ignorancia colectiva o el temor a quedar como un estúpido que los adultos inventan admitiendo como verdad lo que no deja de ser una situación absurda o una simple mentira.

Y que sea un niño quien hace la pregunta tiene su importancia porque son precisamente los niños quienes ven el mundo tal y como es, sin subterfugios, falsedades, miedos y cinismos que los adultos levantan como forma de convivencia con la intención de ocultar las preguntas siempre pertinentes que ellos ya no se atreven a responder sin quedar como estúpidos. Como también es curioso que la propia sociedad exija una sobreprotección de la infancia frente a presuntos dogmatismos e influencias consideraras como “no adecuadas”, sin tener en cuenta otras, tal vez muchos peores, que inculcarán y obligarán a admitir a los chavales lo que en muchos casos no tiene admisión posible, sin explicaciones ni razonamientos, porque sí, sin que importe quedar como otro estúpido más.

Entonces, qué afirmaría o preguntaría un niño ante la exposición pública de los presuntos restos del cadáver de Teresa de Ávila, situación extraña y casi inverosímil en los tiempos que corren -un escenario que admitiría muchos más adjetivos. Qué diría o preguntaría un niño ante la procesión de adultos junto a unos restos apergaminados que probablemente le provocarían un extraño pavor. ¿De qué van los adultos? Aunque también es probable que no fuéramos capaces de ponerlo en tal brete porque, afirmaríamos con total seriedad, es demasiado pequeño e incapaz de entenderlo, pero ¿lo entienden los adultos que procesionan ante la supuesta reliquia o simplemente lo admiten sin rechistas por no quedar como estúpidos?

No deja de ser paradójico, o directamente chocante, que quienes tienen La Biblia como libro de referencia actúen de tal modo, exponiendo públicamente los restos de un cuerpo que fue hace ya cientos de años, deudor en cambio de un más que merecido descanso. Con qué intención. ¿La persona de entonces hubiera permitido tal espectáculo con su cadáver? Con el añadido de que hoy seguimos teniendo datos suficientes para saber cómo actuaba y qué pensaba la propietaria del cuerpo, y es más que probable que no le gustara nada de nada lo que se está haciendo con él. Qué tipo o especie de adoración se le dedica a los residuos troceados y separados de un cadáver, qué clase de respeto se pretende mostrar que no tenga que ver con dejarlo descansar en paz, sin necesidad de semejantes celebraciones o exhibiciones cuasi circenses.

Así mismo, desconozco cómo interpretan esas personas cuestiones tan importantes para su fe como el cuerpo y el alma, sobre todo quienes más fieles y religiosos se consideran; si alguna vez han entendido, y al parecer no comprendido por completo, volviendo al libro de referencia, las sustanciales diferencias entre cuerpo y alma, aquel corrupto y despreciable y la otra única realidad concedida por Dios, con la que después de la muerte pretenden ascender a los cielos o acabar en las ardientes calderas de Pedro Botero. En el fondo todo este montaje resulta de mal gusto, o incluso grotesco. Un enorme absurdo sobre el que probablemente sería mejor no hacer preguntas, so pena de recoger, además de un más que expresivo encogimiento de hombros, más silencios que palabras.

Qué piensan esas personas y qué especie de devociones o dudas arrastran, qué desasosiego les mueve para llegar a tales extremos. Han leído, entendido y comprendido a la mujer a la que dicen adorar. Si, por simple respeto, están desapareciendo de los museos momias y restos de cadáveres con siglos de antigüedad, qué sentido tiene mostrar públicamente unos restos que estarían infinitamente mejor descansando en la tumba. ¿Qué se pretende con ello? Entre todo ello intento dar con la pregunta o las palabras que un niño, similar al “emperador va desnudo”, pondría sobre la mesa ante semejante espectáculo.

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TLOU

Parece inevitable que, ya sea por haber visto bastante cine o por una elemental cuestión de años, los guiones cinematográficos, o de las numerosas series que en la actualidad pueblan los canales televisivos, acaben pareciéndose. Los mismos argumentos y las mismas aventuras, situaciones y emociones en busca de un espectador que quizás puede ser nuevo porque siempre hay alguien que se incorpora al medio; al fin y al cabo no hay mucho más de lo que echar mano a la hora de organizar un argumento con humanos como protagonistas. Luego, el resultado final podrá tener el carácter y la intención que los creadores pretendan, ámbito este en el que cabe todo, desde una obra directa y explícita, fuertemente realista, hasta un producto más o menos ambiguo, metafórico o incomprensible, también discutible o con objetivos que van más allá del visionado de la obra en sí, siendo el medio lo realmente importante. Y aunque la esfera de la creación sea enorme y los autores innumerables todavía existen tan sospechosos como peligrosos dogmatismos y formas de manipular que acaban con el ingenuo espectador postrado a los pies de unos intereses que nada tienen de cinematográficos o simple entretenimiento.

Lo que comenzó como una serie a partir de un videojuego (The Last of Us) se ha convertido, sobre todo en esta segunda temporada, en otra adaptación del cine del oeste de toda la vida, con una salvedad importante, más violento, mucho más cruel y tremendamente básico. En el fondo la serie viene a ser como una copia en papel cuché cinematográfico de los motivos y las intenciones que mueven la política imperante actualmente en el país del salvaje oeste. Atrás quedan las discusiones entre amigos y conocidos sobre si la serie pretendía criticar el modo de vida norteamericano, con unos actores protagonistas y unos roles más bien atípicos respecto a los modelos clásicos; una intensa historia de amor en el, si no recuerdo mal, tercer capítulo de la primera temporada, enterrada rápidamente por la tónica general de la serie, o la aparición de la palabra comunismo a la hora de describir la administración de uno de los poblados de la resistencia, también diluida con rapidez en un discurso “más democrático”. El caso es que lo que uno puede ver en la pantalla es más de lo mismo, pero supurando un sadismo, un odio y una sed de venganza que van más allá de los temas del viejo oeste, quedando cualquier otro tipo de soluciones, alternativas, o sensibilidades, menos agresivas y virulentas, o hasta colaborativas, como las opciones de los débiles y pusilánimes, la despreciada y despreciable carne de cañón de la historia.

Están los buenos, siempre solitarios o en busca de la permanente redención, los malos -incluso peores-, los simples e incautos religiosos, los forajidos sin escrúpulos y los indios (los zombis), todos ellos deambulando por un enorme y salvaje territorio mezcla de distopía y escenarios de postal. Conjunto aderezado con un exacerbado y simplista individualismo adorador de las armas como única herramienta con la que relacionarse con los demás -si solo conoces el martillo como herramienta todo lo que te rodean son clavos. Un monólogo feroz y vengativo, escasamente imaginativo, movido por una brutalidad y una saña guiando a unos personajes en los que no caben la dulzura ni la humanidad, y que, como novedad, ha dejado subir -¡al fin!- a las mujeres al mismo carro que los hombres, pero no como mujeres y su forma diferente de ver el mundo, sino como protagonistas comportándose como hombretones, más poderosas y crueles, sin piedad ni conmiseración. Al fin iguales. Es curioso comprobar cómo la cámara se empeña en obtener del rostro más débil, sereno, dulce o anodino toda la maldad y fiereza posibles, desfigurándolo hasta convertirlo en una cruel máscara sedienta de venganza. Y me atrevo a aventurar que lo que resta de la segunda temporada sólo será el detallado desarrollo de una persistente sed de venganza adobada con más violencia por parte de las futuras víctimas, ingrediente necesario para atar emocionalmente a un espectador que demandará la obligada satisfacción finalmente pagada con más sangre y crueldad. Y ojalá me equivoque.

Ya sé, se trata de otra serie más y es fácil pasar de sus paranoias, pero también es cierto que cabe la posibilidad de que algún que otro despistado acabe entendiendo su propio mundo únicamente por sus emociones -algo que sucede ya en las redes sociales-, siendo lo único que le llena. Su propio martillo, con el que sin duda se habituará a vivir y juzgar a sus semejantes.

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Apagón

Cuando ocurrió me encontraba en el hospital acompañando a mi madre. Fueron unos segundos de desconexión que se oyeron más que verse o sentirse -levanté la cabeza y miré alrededor, parece que ”se ha ido la luz”-; el sol del medio día entraba por la ventana iluminando la habitación. Inmediatamente después se pusieron en funcionamiento los generadores auxiliares y, a los pocos segundos, los testigos luminosos del sistema electrónico de la cama y el caudal de oxígeno volvieron a la normalidad. Todo igual. Seguí leyendo.

También podía haberse tratado de un apagón momentáneo, suceden muy de vez en cuando y estamos habituados a no darle mucha importancia. Un pensamiento que no me ocupó más. Regresé a la lectura.

Un poco más tarde oía comentar en el pasillo que no había luz en todo el pueblo, los teléfonos no tenían cobertura y así seguíamos, sin saber ni poder preguntar. Yo tampoco tenía cobertura. Luego la sensación de normalidad en el centro hospitalario justamente no era lo normal. Pacientes y acompañantes comenzaban a hablar sobre un apagón general en todo el país… también en Portugal, Francia, Alemania y, según el corrillo, aquello más bien comenzaba a parecerse a una serie distópica televisiva.

Para afianzar las peores sospechas los móviles habían dejado de funcionar, algo que sí parecía realmente importante, porque de pronto todo el mundo tenía necesidad de comunicarse con todo el mundo. Bueno, los dispositivos móviles funcionaban pero sin cobertura, luego exactamente servían para poco, que es para lo que sirve un teléfono móvil cuando no tienes una red a la que conectarte que te permita saber y respirar, o vivir, que en este caso viene a ser lo mismo.

Alguien conectó un aparato de televisión y al fin supimos que el apagón era general, es decir, en términos técnicos un “cero energético”, al parecer algo que jamás había ocurrido en un país desarrollado. Algunos expertos que, solícitos, se prestaban a una entrevista -el directo del canal nacional echaba mano de todo lo que podía con tal de mantener al personal pendiente y más o menos informado- no sabían ni entendían cómo, pero preocupados por la magnitud e intentando ser cautos evitando alarmas injustificadas, dejaban en el aire sus dudas y alguno incluso se atrevía, dada la sorprendente extensión del suceso, a hablar de sabotaje. ¿Y el gobierno? Se le espera.

¿El gobierno del país? Imagino que cada cual a lo suyo y, de pronto, tan sorprendido y pillado a contramano como el resto. Las mismas preguntas. Qué ha pasado… se ha ido la luz… por qué no vuelve… tampoco hay cobertura… miradas de no saber -ni idea-… dónde… en todo el país… ¡no jodas…! cómo puede ser eso… llama a tal a ver qué te dice… ha pasado alguna otra vez… pregunta a las eléctricas… también hay que informar a la población… pero exactamente de qué… no podemos salir en directo de cualquier modo… que alguien comience a recopilar información para intentar saber qué tenemos entre manos… no habrá sido un ataque terrorista… Y así indefinidamente (que cada cual lo extienda como le parezca), hasta que alguien con responsabilidad pidiera calma y ordenara un primer esbozo de un plan de actuación y los correspondientes límites a partir de los que dar la cara ante la población.

Es decir, aparecían reunidos todos los ingredientes para que las mentes más calenturientas, tanto a favor como en contra, aunque sin saber exactamente de qué, comenzaran a barruntar, imaginar, ordenar, a asustar y asustarse, además de asustarnos al resto con las peores distopías imaginables.

Casi de inmediato comencé a pensar en el alcance de la situación, comunicaciones, tráfico, transportes, comercio, finanzas, dinero en metálico etc. En las más que probables situaciones de miedo y ansiedad, sin luz ni modo de cocinar, o sin comida, sin saber de los míos -aunque los de uno habitualmente solo figuren sin llegar a estar, pero dadas las circunstancias…

Para ocupar el tiempo estaba metido en una obra de Manuel Chaves Nogales sobre “los diez días que conmovieron al mundo”, la revolución del 17 en Rusia, y a medida que leía los sucesos callejeros que tan bien relata el autor miraba de reojo hacia la ventana como si, dadas las circunstancias en las que al parecer nos hallábamos, aquello pudiera estar sucediendo aquí mismo ahora, en el exterior del hospital. No tuve más remedio que dejar de leer porque mi cabeza no paraba, necesitaba saber antes que enredarme en paranoias sin pies de cabeza; más o menos lo que a todos nos ocurre cuando desconocemos la realidad detrás de lo que está sucediendo.

Alguien comentaba haber oído que hasta dentro de seis o diez horas no comenzaría a restablecerse el fluido eléctrico, luego sí era algo importante, pero cómo, por qué, se trataba de una cadena de errores, un fallo humano, un sabotaje… Luego tocaba esperar, y a poco que uno pensara en el tiempo que requiere cualquier dispositivo electrónico para reiniciarse, toda una red eléctrica nacional e internacional…

De vuelta a casa para la comida el ambiente en la calle aparentaba normalidad, comentarios en los grupos por el más que evidente silencio informativo, algún que otro cabreo por ignorancia más que desconocimiento y la consiguiente paciencia colectiva a la expectativa del desarrollo de los acontecimientos.

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El azar y la esperanza

De los casi ocho mil cien millones de almas que pululan por la corteza de este planeta con mejor o peor suerte -general y mayoritariamente peor-, y si quitamos del total un, más o menos, veinticinco por ciento de niñas y niños, queda un porcentaje de adultos de los cuales “solo un 1,5%” poseen más de un millón de dólares (los datos son actuales y fácilmente comprobables). Siendo un dieciséis y pico por ciento los terrícolas que poseen entre cien mil y un millón de dólares.

Luego viene un porcentaje de infelices, que tampoco es para tirar cohetes, que se apañan con entre diez mil y cien mil dólares, eso sí, a costa de dedicar su vida a una actividad denominada trabajo que jamás ha sido, es ni será lo que pretenden contarnos con la inevitable realidad de su existencia. El resto subsiste, que ya no es poco. Es decir, que la gran mayoría de la población mundial viene a este mundo condenada a sufrir a manos de unos pocos que han impuesto unas condiciones de vida en las que el trabajo es indispensable si uno pretende seguir respirando un buen número de años. Y no digo trabajo como una actividad gustosa y/o voluntaria en la que el sujeto en cuestión decide utilizar su tiempo curioseando, averiguando, creando, investigando, ayudando, colaborando y, en definitiva, intentando mejorar su propia vida, y ya de paso las de sus semejantes.

Porque desgraciadamente el trabajo, tal y como está establecido y conocemos, no deja de ser la manifestación de una violencia estructural impuesta, por vía sagrada o directamente porque sí, por una minoría -es fácil imaginar cual- con la intención de perpetuar una situación de dominio prácticamente invariable. Lo de la mejora e hipotética ascensión social gracias al esfuerzo del trabajo no deja de ser un cuento chino, muy parecido a la lotería, apoyado en los sueños inocentes de una gran mayoría que gusta ilusionarse con un “y si” profético que tiene a millones dejándose la piel e invirtiendo lo poco de que disponen en esperanza. Es cierto que de vez en cuando, tal y como sucede con la lotería, aparece algún afortunado que alcanza, por fin, ese objetivo -éxito, dicen- implantado en el cerebro durante los primeros años de vida, siendo prontamente pregonado a los cuatro vientos como ejemplo -cual zanahoria- para que el resto no desfallezca y abandone, también para que renueven sus benditas esperanzas. Porque ¿cómo podríamos vivir sin esperanza? Y que ese mismo trabajo acabe convirtiéndose en el único motivo por el que vivir, hasta tal punto que llegada la edad de dejar de trabajar el sujeto se siente tan abandonado y descolocado como perdido, deja a la famosa alienación marxiana en un juego de niños. Como también es probable que muchos consideren estas letras una completa gilipollez, ya que ¿qué vas a hacer si no trabajas? Igual solo tienes que abrir tu mente.

Y ya puestos a imaginar, cómo responderían los futuros neonatos si les preguntáramos a la hora de aventurarse a venir a este mundo, justo antes del feliz momento y con los datos estadísticos en la mano, aclarándoles también que el lugar y las circunstancias de su nacimiento son pasto del azar. ¿Cuál sería su respuesta? ¿Afirmativa o negativa? Qué porcentaje, con los números en la mano y la casualidad campando a sus anchas, se arriesgaría a nacer. ¿Queda todavía poesía en el hecho de acceder a este valle de lágrimas?

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La danza

Es sabido que todo aquel que aspire a escribir ha de leer, cuanto más mejor. Porque, independientemente de cursos y talento -que siempre se supone, hasta en los peores casos- la lectura te da esa experiencia que solo ofrecen las clases magistrales.

En la danza también sucede algo similar, además del obligatorio aprendizaje y la dedicación que conlleva, la asistencia y disfrute de espectáculos de danza ofrecen al aspirante información de primera mano sobre su afición y aspiraciones. Los espectáculos a los que acuda son las clases magistrales que le aportarán todo lo que la rutina diaria no hace; luego son igual de necesarios que la constancia del día a día.

Ignoro cuántas niñas y niños asisten en este pueblo a escuelas de danza, como también desconozco si lo hacen porque les gusta a ellos, por los vestidos, por tener padres con ínfulas -también los habrá qué realmente les guste la danza, supongo-, porque van las amigas o porque hay que quitarse de en medio a los chavales durante las largas tardes de invierno. Por eso no deja de ser extraño que en un espectáculo de danza para todos los públicos celebrado en el tan rimbombante como vacío Auditorio Municipal, el pasado jueves, 10 de abril, solo aparecieran ocupadas veinte miserables butacas. ¿Dónde estaban las alumnas y alumnos de las escuelas de danza del pueblo? ¿Por qué no acudieron a ver cómo uno de ellos se movía y disfrutaba en el escenario? ¿Ya lo saben todo? ¿Se preocupan quienes les enseñan, junto con las mamás y papás, de que acudan y aprendan viendo espectáculos en directo? Demasiadas preguntas que quizás no tengan respuesta, o sí, pero tal vez nada tienen que ver con la danza.

Va a resultar que las escuelas de danza son solo una manera de llenar las tardes sin colegio ni deberes; lugares de recogimiento de la chavalería para que los padres respiren tranquilos. Y no se trata de salones recreativos. Con el añadido de que al final de curso suelen llevar a cabo ostentosos festejos en los que el rimbombante, como entonces repleto, Auditorio Municipal se llena de mamás, papás, abuelas y abuelos babeando orgullosos por lo guapos y bien que lo hacen sus vástagos. Tomando miles de fotografías y grabando infinidad de videos que guardarán hasta que la propia acumulación urja deshacerse de ellos porque ni están bien hechos ni los niños bailaban; porque jamás aprendieron, en parte porque tampoco les gustaba, solo se trataba de gastar el tiempo. Además, acumularán fotografías y grabaciones, tantas y tan repetidas que más pronto que tarde acabarán en la papelera de reciclaje -y menos mal que no ocupan espacio físico, porque probablemente entonces lo harían antes.

Es lo que tienen los pueblos, que no dejan de ser pueblos y sus habitantes gente de pueblo, con más o menos ínfulas, porque ven la televisión, y una supina ignorancia de lo que es el mundo más allá de los propios andurriales. Para eso ya están la tele y las redes sociales, para informarse de lo que ocurre fuera. Y la danza es una cosa que sale en la tele en la que se salta y baila y a la niña parece que le gusta, como a sus amigas.

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Eutanasia

Un adulto es alguien a quién todos respetamos, o deberíamos hacerlo, puesto que se trata de uno más entre nosotros que ha de vivir, y ganarse la vida, como pueda, le guste, prefiera o considere necesario; y también habría que añadir, por descontado y principios, respetando las vidas de los demás. Y, como adulto, también estaría capacitado para decir basta.

Que últimamente se hayan conocido algunos casos en los que adultos deciden dejar de vivir por problemas físicos o de salud que ellos mismos consideran insufribles e intolerables por más tiempo nos dejan al resto, en primera instancia, en silencio, por puro respeto, después tan intrigados como asombrados y/o abatidos al no ser capaces de ponernos en su lugar por mucho que lo intentemos, circunstancia que, y esto es lo peor, no alcanzamos a imaginar porque no lo sufrimos ni lo hemos sufrido, dejándonos en una duda terrible de la que salimos respirando aliviados y pesarosos, regresando presto a nuestro día a día pero todavía con la mosca detrás de la oreja.

Y que otros adultos, independientemente de su parentesco o relación más o menos directa con los primeros, decidan por su cuenta y riesgo inmiscuirse en la decisión de aquellos, tratando de impedirla, en función de sus propias convicciones, deseos o intereses suena más que raro, por no decir algo peor. Y que unos jueces, que no justicia, decidan apoyar y pronunciarse en favor de estos últimos en detrimento de los primeros directamente atufa.

No deja de ser irónico, además de una grosera y cínica falta de respeto, que alguien sea capaz de atribuirse derechos sobre la voluntad de otro en función de sus propias ideas, convicciones o directamente prejuicios; prefiero obviar cuestiones de parentesco porque no dejan de ser cuestiones de poder -o algo peor-, y no entrar a valorar la existencia de otro tipo de intereses que nada tendrían que ver con la vida y voluntad de las personas.

Ni pensar en grupos o asociaciones conservadoras y reaccionarias intentando imponer sus certezas, que solo les sirven para tapar sus propias carencias, por encima de la voluntad de los demás o, más concretamente, de desconocidos ajenos a su limitada, estrecha y egoísta concepción de la vida. Detrás de ello no hay ningún interés ni respeto hacia la vida y voluntad de quien, por causas que él mismo considera más que suficientes, ha de tomar la difícil y dolorosa decisión de dejar de vivir.

Este intrusismo político, social y judicial son más bien los ofensivos, desesperados y crueles coletazos de un pensamiento primitivo repleto de cegueras -puro egoísmo- y obcecaciones -certezas y verdades- que aún se considera a sí mismo por encima de los demás por la sola atribución de una violenta y mil veces injusta tradición de poder, un arrogante y humillante insulto hacia otros, en quienes únicamente ve objetos de desprecio y explotación, a quienes jamás ha valorado, respetado y tenido en cuenta como ejemplo de la prolífica variedad de maneras de vivir que la misma especie puede llegar a concebir y llevar adelante.

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No solo odio

Sobre este tema creo que se ha escrito de todo. Mandarines, y menos, de la prensa y la cultura han ponderado sobre y a partir sin que, que yo sepa, ninguno haya puesto el dedo en la llaga, las dos criaturas cruelmente asesinadas con la malvada intención de herir a una mujer allí donde más duele y más cuesta olvidar. Para siempre. Se ha hablado del autor, intenciones, creación, libertad, censura, derechos, democracia, qué es o no puede ser según la ley, etc. 

Y al hilo de todo ello se me ocurre una pregunta: si una mujer hubiera sido capaz siquiera de concebir un proyecto, por llamarlo de algún modo, semejante, dejar hablar libremente a un asesino confeso juzgado y apartado de la sociedad por la propia justicia. Porque no hablamos de un guion cinematográfico en el que un escritor con pocas ideas se dedica a concebir psicópatas y crímenes capaces de llenar salas en un absurdo pulso por retorcer y mostrar el mal de la forma más racional y vendible posible. Poner delante de un perturbado machista -por educación y convicción- juzgado y condenado un micrófono con la excusa de que se trata de una investigación sobre el odio no tiene nada de interés y sí mucho de retorcimiento torticero y algo misógino, y hasta malévolo; también puede ser que el propio autor anduviera corto de ideas.

Para un asunto tal el autor debería haberse preguntado si en algún momento ha entendido lo que significa la violencia de género -o como él mismo prefiera llamarla-, qué hay detrás y de qué modo el problema y su violencia implícita permanece arraigado en el subconsciente, tanto individual como colectivo, de esta sociedad. Molestándose en informarse o directamente leer todo lo que hay publicado sobre ello y, ya puestos, intentar ponerse en el lugar de una mujer para tratar de ver mejor, a sabiendas de que pensar y sentir como una mujer es imposible, pero al menos esforzarse en averiguar qué hay detrás y persiguen teorías, hipótesis, escritos, manifestaciones, discursos y quejas por parte de mujeres intentando explicar a los hombres hasta dónde llega la raíz de la violencia contra ellas.

Sin tal interés, conocimiento, preocupación o mera información el asunto solo queda en otro proyecto parido con mal fario, producto, otro más, de una solitaria arrogancia masculina, algo autista, que se ve y siente al margen del resto, por no decir otra variante más de un machismo que no ha de ser necesariamente violento para darse por simple defecto.

Porque exactamente se persigue ir más allá de qué, qué supuesto descubrimiento científico o psicológico de interés, qué especie de revelación definitiva, si no simple escasez de ideas o puro aburrimiento. O se trata de mero provecho económico. Ninguna persona en sus cabales desentierra al asesino para que vuelva a acuchillar a la víctima, esta vez a la vista de todos. Dónde quedan cuestiones morales como humanidad, prudencia o mero respeto, o solo prevalece el propio ombligo hurgando en las miserias humanas para obtener un relato que nadie demanda o interesa.

Quizás, en lugar de silencio, hubiera sido más conveniente saltar a la palestra para pedir disculpas, primero a la víctima que queda en pie y luego a la sociedad, y retirar el libro. Un error lo puede tener cualquiera, y siempre honra reconocer los propios errores.

Estas letras no pretenden llegar a ningún sitio porque, de partida, yo no soy quien, sino más bien denunciar un grave defecto de fondo a tener en cuenta antes de dar un paso semejante, puesto que la importancia y gravedad del asunto lo ponen por encima de circunstancias que de ningún modo deben considerarse normales y de las que, como especie, no debemos estar orgullosos, mucho menos magrear de mala manera en provecho propio con la excusa de una idea original. Que al final haya sido la editorial la que ha decidido retirar temporalmente el libro no acaba de arreglar las cosas. El desconocimiento del significado en profundidad de tales sucesos permanece intacto.

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Amabilidad

Si he de ser sincero no recuerdo la última vez que me tropecé con un trabajador de la hostelería haciendo gala del carácter local, más bien seco y algo desabrido, parco en palabras y con esa falta de profesionalidad que hace a los empresarios emplear a cualquiera porque es barato y el trabajo en apariencia sencillo, y digo cualquiera sin ningún menosprecio hacia el trabajador porque, como en todos los trabajos, nadie nace enseñado y a la hora de atender a una clientela no basta con trabajar rápido sin que se te caiga la bandeja, además de comerte horarios infumables porque sí, también sin cobrarlos. Luego, en cierto modo, estarían justificadas la sequedad y la cara de sota. 

Y no es de extrañar que, puesto que los nacionales prefieren no trabajar en la hostelería a hacerlo a las órdenes del tirano de turno, sea este el motivo principal del numeroso porcentaje de extranjeros que ocupan esos puestos. También habría que ver en qué condiciones y por qué, probablemente las mismas o incluso peores. Circunstancias, todas ellas importantes, que de ningún modo justifican el mal trato y la falta de amabilidad hacia quienes no dejan de ser el objeto de su trabajo, una clientela que no debería figurar por defecto como culpable, también y a pesar de las malas formas y el arbitrario desprecio que algunos, o muchos, no lo sé, muestran hacía quienes consideran más que trabajadores mera servidumbre.

Tal vez por eso cuando aquella tarde entramos en el local, lleno a falta de una mesa desocupada en un rincón, no dejó de llamarme la atención el amable saludo del camarero faenando tras la barra. Era una tarde noche desapacible que invitaba a recogerse, o al menos resguardarse del viento y la lluvia; los parroquianos parecían a sus cosas, aunque una gran parte de ellos prestaba atención, directa o indirectamente, al partido que emitía la televisión. El camarero, un subsahariano alto y delgado vestido con vaqueros y camiseta y cero pelos en su cabeza, nos siguió de soslayo después del saludo hasta la única mesa vacía que ocupamos satisfechos. Fue acomodarnos cuando ya lo teníamos junto a nosotros preguntándonos con la misma y discreta amabilidad, lo que hizo que agradeciera aún más la respetuosa atención hacia unos desconocidos con ganas de pasar un rato agradable y descansar. Al fin y al cabo se trataba de su trabajo, pero también es cierto que han sido bastantes las ocasiones en las que me he visto en la obligación de poner buena cara a un hombre, o mujer, más preocupados por hacer breve nuestra estancia, ya fuera advirtiéndonos respecto a qué lugares podíamos, o no, ocupar, lo que de ningún modo nos servirían y la obligación de consumir sin excedernos en el tiempo y la molestia de usar una mesa que al parecer tampoco merecíamos.

Pedimos y sin dejar de sonreír nos respondió que enseguida. La gente distribuía los minutos entre sus conversaciones y la pantalla de la televisión. También los había solitarios pendientes del correr de la pelota, algunos con algo más que su tiempo puesto en juego. Se estaba bien.

En unos pocos minutos teníamos al camarero dejando sobre la mesa nuestra consumición, largándose y regresando al instante con una bandeja con aperitivos de los que nos ofreció. Declinamos su ofrecimiento porque, tras la cena, no nos apetecía más. Volvió a sus labores con la misma sonrisa, sin perder ni un detalle de la parroquia mientras hacía y deshacía las tareas correspondientes, atento a cualquier solicitud, una falta o una pregunta. También tenía tiempo para beber de una taza disponible en su lado de la barra, o comentar con un colega sentado en un taburete al otro lado, disconforme y visiblemente alterado por lo que sucedía en la pantalla.

Durante el tiempo que permanecimos allí sentados el único encargado del local no dejó de hacer y atender a los requerimientos de los clientes, siempre con una atención y una sonrisa impecables, sin mostrar incomodidad o inconveniencia, todo lo contrario, lo que me hizo predisponerme aún más a su favor. Qué fácil, o difícil, parece ser comportarse con amabilidad en un trabajo cara al público y cuántos malos modos y comportamientos desabridos y desagradables hay que aguantar de un empleado o profesional, sobre todo cuando ni lo es ni le interesa, por circunstancias ajenas a quien en última instancia acaba pagando los platos rotos.

Desconozco por qué la amabilidad es una cualidad tan poco fomentada, y puede que apreciada. En más de una ocasión y cuando ha salido el tema he tenido que escuchar de gente cercana un para qué que me dejaba intrigado, siempre preferible un cada cual a lo suyo en el que cualquier deferencia hacia el otro parece un inconveniente, una cuestión de inferioridad o directamente una molestia. 

Probablemente la totalidad de los presentes contábamos, por defecto, con la amabilidad del africano, e ignoro si la recordaríamos comparando cuando nos tocara un áspero con cara de pocos amigos mirándote y tratándote como si fueras el origen de todos sus males.

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