Final de fiestas

Otra noche festiva con frío, como todos los años, con establecimientos cerrados, quizás cansados de las fiestas, por falta de clientes o de ganas, porque no a todos les apetece abrir, que ya cuesta dinero, para aguantar a cuatro desorientados o perdidos, o directamente aburridos, que optan por un bar porque no tienen donde entretener las horas sin nada mejor que hacer, o no saben; también curiosos de paso dispuestos a echarse algo a la boca si ello les ocupa algo de su tiempo. Los pocos lugares abiertos no lucen como para echar cohetes, más bien lo contrario, por lo que el visitante va eliminando aquellos que se dejan ver casi vacíos o con alguna mesa que, en un primer vistazo, más bien parecen parroquianos sin nada mejor que hacer, charlar en un lugar conocido donde no dar explicaciones y obligatoriamente tener que consumir. Y si se hace balance del día transcurrido, la mayoría de los que han abierto sus puertas han permanecido a menos de medio gas, con más pena que gloria, luego hoy no ha sido un día que pasará a la historia, otro más. Pero el negocio es el negocio, y si uno ha decidido vivir de ello estas jornadas hay que sufrirlas por aquellas otras en las que es imposible dar abasto, corriendo y sin nunca llegar a la demanda, por lo que el servicio acaba resintiéndose, si no directamente colapsa, y las broncas, internas y externas, se multiplican; se agotan las existencias mientras el público no deja de acudir y solicitar algún hueco donde no cabe un alfiler.

Noche cerrada, pero no tan tarde como para estar ya en la cama aguardando, nerviosos, los posibles regalos por venir, para quienes todavía tengan, merezcan o crean en los regalos; también vale el intercambio comercial al uso de fechas señaladas, modas y negocios. Menos es nada. Qué decir de las sorpresas, lo que en realidad es un regalo, ese algo imprevisible e insospechado que provoca una primera e inesperada sonrisa que devuelve a primer plano lo humano que aún subsiste en nosotros.

Este año las casas adornadas son menos, en apariencia, o quizás es que ya han finiquitado las luces, pasan los días y van quedando menos ganas; el frío y la lluvia han arrasado con todo, hasta con las ilusiones. Por los lugares principales del pueblo, que tal vez en otro momento lucieron mejor, con más ambiente, y también alegría, van y vienen jóvenes de oscuro -y no es por la noche-, de un sitio a otro sin otra cosa mejor que hacer, moviéndose entre rincones más o menos abrigados donde otros colegas matan el tiempo estando, fumando, charlando o con el móvil como última y única excusa por la que no estar ya en la cama olvidados y olvidándose, quizás y en el mejor de los casos soñando con algún regalo. Siempre queda la esperanza de que la mañana del nuevo día tal vez deje alguna cosa distinta con la que enfrentar la sombría certidumbre de que será igual que la de hoy, porque de poco sirve una festividad que no la haga emocionante o diferente, y no el paso previo a una temible normalidad que les deja, si cabe, un poco peor de lo que están, puesto que el tiempo sigue su curso y ellos permanecen en el mismo lugar, haciendo las mismas cosas, o nada.

Afortunadamente el local elegido, a pesar de su fría y semivacía impresión, cuenta con alguien que, si no alegre por estar vivo y trabajando en esta triste noche previa a la Noche de Reyes, es capaz de sonreír sin nubes mientras atiende con una amabilidad que, en contraste con la oscuridad de este final del día, llama favorablemente la atención. Sonreímos, hay preguntas y las consiguientes explicaciones, aclaraciones y también recomendaciones, y lo que en principio parecían malos presagios, incluso augurios, más propios que reales, como es habitual y debido a esa mala costumbre que tienen algunos de ver la botella medio vacía, acaba convirtiéndose en un buen y agradable rato que finaliza con agradecimientos mutuos y buenos deseos. Qué mejor regalo de Reyes.

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