Ideologías

Hubo un tiempo en el que se intentó impartir en los centros de enseñanza, por iniciativa del gobierno de la nación, una asignatura sustitutoria de la religión dedicada a la ciudadanía, lo que alarmó y escandalizó a la rústica derecha nacional porque, para ellos, eso significaba adoctrinar ideológicamente al alumnado. Si no recuerdo mal, la asignatura intentaba establecer los puntos para una base común de convivencia en la que, asumiendo las consiguientes diferencias y por encima de ellas, prevaleciera la capacidad de la población para aceptar unos presupuestos mínimos de cooperación y harmonía en una sociedad que no dejaba de ser común, así como el respeto mutuo entre sus ciudadanos.

Desde entonces la cantinela de la ideología por parte de la misma derecha, da igual si más o menos escindida o extrema, no ha dejado de supurar cuando, sin argumentos propios que mostrar y con los convencer -como de costumbre-, han visto peligrar su estatus y privilegios tradicionales. Un estatus y privilegios que, como ha sucedido recientemente en Murcia, se manifiestan sin ninguna vergüenza cuando, como en este caso, la justicia intenta poner orden en lo que va más allá del delito.  

Al mismo tiempo, cabe preguntarse qué clase de comunidad, o sociedad, o como quiera autodenominarse esa gente, es capaz de dejar en libertad a unos machos sinvergüenzas a los que les gustaba follarse indiscriminadamente a menores de edad simplemente porque podían. Imagino que a cambio de una miseria con la que lavar unas conciencias tan podridas como depravadas. Y luego salir a la calle para trabajar y relacionarse como personas de bien, respetadas y probablemente religiosas, exhibiéndose sin ningún escrúpulo.

Pues bien, esto sí que es ideología pura y dura, otra manifestación de un poder abalado por un rosario de reaccionarias tradiciones empeñado en que nada cambie para beneficio de sus detentadores; y en cuyo mantenimiento y perpetuación participan instituciones parasitarias, dependientes o directamente integrantes del mismo, como son la iglesia o la judicatura.

Solo espero que también allí, en la misma comunidad, haya gente decente que divulgue sus nombres y apellidos y les señale por la calle hasta conseguir que esos hijos de puta no la pisen. Y aun así, no olviden que si fueron capaces de cometer tal vileza de forma taimada, calculadora y repetidamente, probablemente se estén riendo de nosotros al mismo tiempo que dicen sentirlo (si, si, lo siento, pero nadie me va a quitar aquellos polvos y lo ricos que me estuvieron).

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