Cena

La cena derivaría de forma rutinaria hacia un final más que previsible sin que ninguno de los presentes hiciera nada por intervenir al margen de lo evidente, estar, comer y beber de lo ofrecido en la mesa de las viandas. Estaban todos, como de costumbre, pero poco más, es lo que tienen algunas celebraciones, que los participantes se sienten justificados por la obligación y con ello consideran que es suficiente. Por otra parte, ninguno de los presentes tenía que hacer en otro lugar, cuestiones pendientes o que se hubieran perdido porque uno no puede estar en dos lugares al mismo tiempo, como tampoco existían problemas personales, con el organizador o entre los presentes, nada de eso. Preguntados con anterioridad por su asistencia y el deseo de acudir ninguno habría puesto objeciones importantes, todo lo contrario, era un buen día -como otro cualquiera-, estaban libres y al día siguiente no había que madrugar; dato a tener en cuenta que en ocasiones suele usarse como motivo para justificar una ausencia.

Pero con estar no siempre es suficiente, aunque también es cierto que si ha de surgir algo inoportuno o interesante, o que dé lugar a un cambio de tercio finalmente salvador de la reunión, incluso extraordinario, o inolvidable, es primordial estar allí, participando de algún modo. Cuántas cenas y reuniones se repiten y acumulan de forma mecánica, convites que a los pocos días, u horas, desaparecen de la memoria, o directamente se pierden sin que los participantes, aún a costa de su tiempo, se hayan sentido en algún momento cómodos o interesados, dispuestos a hacer de la reunión algo distinto a la última vez. Contemporizamos habituados, o maniatados, por una serie de rutinas anuales que acaban acumulando tanto cansancio como hastío, impuestas por el calendario y asumidas como inevitables. Obligaciones, casi contractuales, cumplidas con fiel devoción.

El festín transcurría, como suele decirse, sin pena ni gloria, con las mismas y los mismos haciendo de ellos mismos, algunos medio ausentes o con aspecto distraído, o atados a rutinas de las que uno no puede desprenderse -ni sabe-, beber, comer como si no hubiera mañana, aburrirse, renegar o fumar, etc., móviles incluidos. También suele ser común que se den o repitan situaciones y circunstancias que en algún otro momento o reunión fueron comentadas en voz alta, entonces novedades, incluso cuestionadas o discutidas entre partes enfrentadas, y con cierta energía, pero ahora nadie quiere representar papeles incómodos o inconvenientes -a modo de respeto mutuo general-; y ni mucho menos hacerse molestos. En estas reuniones puede hablarse de todo excepto de lo que no puede hablarse, que en muchas ocasiones es de todo -¿entonces? Y nadie desea acabar discutiendo como consecuencia de una diferencia de pareceres u opinión, aunque no siempre tiene por qué ser malo o perjudicial. Aunque asistir a una cena para que al final acaben tocándote las narices, porque hay cosas que dices o haces sobre las que a algunos les gusta objetar o directamente no les parecen bien, siempre es un fastidio, mejor no acudir. Para un rato que vamos a estar juntos no es cuestión de estar metiéndonos unos con otros por tener algo de qué hablar.

Como resultas de todo lo dicho, aquello parecía, además de una cena, evidentemente, la repetición de un evento reproducido más bien por inacción que por participación, e incluso puede que más de uno aún confiara en una inesperada revitalización, una sorpresa agradable, ese gesto insospechado, esa conversación, un error gracioso o un accidente tonto que de pronto abre la espita de las ocurrencias, que están pero no siempre ocurren, y el muermo se transforma en una cena inolvidable finalizada con baile, cánticos y más de unas copas de más.

Pero no, esta no fue diferente porque nadie quiso, ni se preocupó, y digo quiso porque, en nuestro propio perjuicio, hemos aprendido demasiado bien a comportarnos, a guardar las distancias, a “respetarnos”, a no meter la pata, a pasar desapercibidos de tal modo que es como si no estuviéramos allí; dejando que el tiempo corra rápido para escapar cuanto antes. El año que viene volverá a repetirse, con el consiguiente aumento del cansancio y renovadas sospechas: por qué hay que acudir si aquello se ha convertido en un rollo insufrible. Sin embargo, para qué vamos a pensar que el muermo tal vez seamos nosotros, que ni siquiera nos atrevemos a hablar sin que permanentemente se nos dé la razón, o al menos que nadie diga no. ¿Qué vamos a hacer? No todos los días son domingo.

Esta entrada fue publicada en Sociedad. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario