Olimpiadas

Quizás lo mejor sea no pensar y dejarse llevar. Con la que está cayendo y si se dispone de ventilador o un aire acondicionado decente, qué mejor que lanzarse al sofá y distraerse veinticuatro horas al día con el espectáculo de los Juegos Olímpicos. Porque en el fondo siempre es entretenido disfrutar con las proezas de tal acumulación de hormonas y juventud compitiendo bajo la sabia y responsable supervisión de árbitros y jueces aportando la madurez con que sofocar, además de la correspondiente cordura, el despliegue de tanto vigor juvenil. Sobre todo ahora que, superadas, o desparecidas, las antiguas pugnas audiovisuales entre empresas de comunicación de medio mundo para quedarse con la emisión en exclusiva del evento, este puede verse en varias plataformas en todo su esplendor. En algunas prácticamente todo y a todas horas.

También existen, y están, los encargados de enfangar la fiesta, obsesión y entretenimiento de despistados, tocapelotas, amargados y renegados del deporte que consideran el invento un completo despilfarro de países ricos que no soluciona las guerras ni los grandes problemas que acosan a la humanidad; también los odiadores de todo lo relacionado con lo deportivo, su ociosa inutilidad -ofendiditos con causa y ninguna gana de maltratar, que no ejercitar, el propio cuerpo, un inevitable inconveniente que arrastran más que cuidan. Luego viene el enorme negocio que se esconde detrás de tan magna celebración, para empresas de material deportivo, medios de comunicación, planificadores urbanísticos y hasta algún hedge fund subterráneo a la caza de todo tipo de rentabilidad en forma de seguros imposibles, apuestas a la baja, déficits y posibles superávits rápidamente rentabilizados de forma canibalesca.

Así que, si usted es un ciudadano normal, refractario respecto al deporte, a lo sumo un ejercicio ligero y por obligación, que no suponga mucho esfuerzo y menos sacrificio, esta es la suya; apalice sin piedad el sofá porque no está la calle para paseos -estamos en verano. También puede disfrutar con el Grand Prix del verano que emite la cadena pública, que viene a ser lo mismo pero en plan cutre y juerguista -hasta de vergüenza ajena-, con un toque de competición localista entre pueblos que suelen aparecer en los mapas pero jamás en la pequeña pantalla. Y ya que viene a cuento lo de los localismos, los Juegos también contienen una buena dosis de localismo nacionalista -algo aberrante y en algunos momentos francamente sospechoso, y hasta peligroso-, no hay más que ver las caras de esos… dudo si aficionados, imbéciles o bestias desatadas. Un nacionalismo competitivo pleno de banderas, camisetas, pinturas, gritos, gestos y exclamaciones que más parece de descerebrados sin solución que de personas normales y corrientes asistiendo a un espectáculo.

Como tampoco hay que dudar del agudo sentido comercial de los jerarcas y mantenedores -o vividores- del invento. Astutos a la hora de renovar el interés del evento -valores, dicen-, uniendo en un misma línea de progreso lógico las primeras manifestaciones olímpicas de la Grecia Clásica con los juegos y destrezas acrobáticas, terrestres y acuáticas, de las nuevas hornadas juveniles, listas para incorporarse al movimiento olímpico. Un movimiento olímpico que llegará un momento en el que no se sepa muy bien de qué se trata en realidad, y qué significados puede aportar al presente.

En cualquier caso, ya se encargarán los medios de comunicación de fomentar el evento sin descanso ni medida, incluso incendiando las conciencias más despistadas, reticentes o dubitativas, obligando al personal a actitudes positivas a la hora de mostrar, y demostrar -bajo sospecha de poco patriota-, el fervor localista apoyando orgullosos a los nuestros; una natural identificación con los héroes a partir de la íntima convicción de que si ellos pueden hacerlo algo hay en nosotros  de su fuerza y valor, porque, en definitiva, procedemos de la misma tierra, y hasta hablamos el mismo idioma en el que celebran sus olímpicas victorias.

En fin, entretendremos el tiempo, reconoceremos algunos rostros -que en algunos casos nos mostrarán hasta la saciedad-; o pasaremos por completo del evento. También, por qué no, nos alegraremos de que haya gente que considera que puede hacerlo mejor, da igual el qué, que se divierte y es feliz en el esfuerzo, que no necesita medios ni aduladores para hacer lo que le gusta. Sólo espero que sepan dejar su competitivo individualismo a un lado, reconocer cuál es en realidad su importancia, la justa, y se muestren igual de entusiastas, respetuosos y comunicativos en el resto de sus actividades diarias, y por muchos años.

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