De vuelta

Cansado de un día largo aguardaba la salida del tren sin pena ni gloria, como de costumbre, el penúltimo trayecto antes de llegar a casa y descansar más del tiempo que del cansancio propiamente, aturdido por una especie de sopor que se va acumulando a lo largo de un día en el que no paras, de acá para allá, en parte porque tienes y en parte porque quieres hacerlo, lo que implica tiempo y desplazamientos, amén del cumplimiento o disfrute de las correspondientes tareas, ocupaciones y diversiones en las que has decidido invertir otro día tan nuevo cuando te levantaste como ahora te parece largo y concurrido.

Sin ganas de recurrir al mundo de los dispositivos electrónicos, opto por aguardar y con ello saltarme la cara de no sé qué hacer ni tengo ganas luego voy a echar un vistazo a la pantalla; curioseo a mi alrededor en un tren a medio llenar y me detengo por casualidad en una pareja que en el andén se besan a brazo partido apoyados contra el muro de un ascensor. Un solo beso o muchos  engarzados en un única convulsión que recorre y ocupa labios, rostros, manos, cuerpo y mente en un inacabable recorrido en el que no es difícil imaginar unos deseos más que contenidos pugnando por abrirse paso y desahogarse, expresarse como la ocasión se merece; porque qué más puedes pedir cuando estás con quién quieres a unos minutos, o instantes, de volver a separaros porque las casualidades de la vida os sitúan en lugares alejados que condicionan ese interminable beso que en aquellos momentos se antoja tan necesario como desesperado. Imposible verles las caras, como imposible que ellos se equivoquen con el tipo aburrido que desde el interior del tren se fija con más curiosidad y alegría que cansancio.

Escena que es interrumpida por un joven con mala pinta, no en cuanto a su aspecto -cuestión que también podría ser discutible-, sino debido a sus indecisos y aleatorios pasos accediendo al tren, o peligrosos, zozobra que afortunadamente le lleva a caer en un par de asientos libres no sin antes depositar milagrosamente en el suelo el correspondiente bote de cerveza que al primer movimiento del tren volcará derramando el contenido en una serie de pequeñas corrientes que irán dispersándose por el suelo del vagón y recalando en suelas y bolsas depositadas inocentemente en el mismo. Otros pasajeros, más cansados que transigentes, aceptan indolentemente y en silencio aquel pequeño infortunio porque, ellos también, tienen ganas de llegar cuanto antes a casa y el joven no está para muchas recriminaciones, o advertencias, o peticiones de respeto o consideración hacia sus accidentales acompañantes. Aunque ya da igual, se ha dormido doblado contra el respaldo como si estuviera solo en este mundo.

Justo cuando enfrente de mi se sienta un tipo de mediana edad y bien parecido apañado con ropa barata de imitación y cara de cansado, como todos, el teléfono en descanso, en la mano, además de un par de bolsas a medio abrir y una mochila que a duras penas consigue depositar en el asiento contiguo. Alivio que le permite ir resolviendo prioridades, la primera extraer de una de las bolsas un par de rebanadas de pan de molde que dejaron de ser tiernas hace tiempo y que dispone hábilmente en una de las manos mientras con la otra extrae de un blíster a medio consumir unas rodajas de chorizo que sitúa más o menos estratégicamente sobre el pan, tapándolas a continuación de cualquier modo con la otra rebanada y apretándolas para darle consistencia, especie de sándwich de circunstancias que devora en segundos y del que ignoro si obedece a la cena de hoy, a la ingesta correspondiente a un apetito que no pasará a la historia como antológico o tal vez se trate de la única comida, o la única forma de matar el hambre ahora que, como yo, como todos, toca esperar. El teléfono vendrá después, dispositivo del que precisamente aparta la atención un tipo alto, de pie junto a la puerta, para mirar fijamente, casi con descaro, a dos jóvenes sonrientes y felices que se sitúan también de pie a su lado, portadoras de una alegría contagiosa que transmiten con sus ojos, bocas y gestos, dando consistencia a una charla cantarina, tan espontánea como sincera y alegre. ¿Por qué no podemos sonreír cuando hablamos? -pienso- ¿qué mejor? Más cuando lo haces junto a quien quieres, estás a gusto y te divierte, con quien intercambias tantas miradas como buenos momentos, algún deseo imprevisto, o incipiente, o un pequeño brote de amor cuando se abrazan riéndose de cuando una de ellas se cortó el pelo y al ver a la otra se tiraba de su cabello recién cortado porque en aquellos precisos momentos se arrepentía de haber hecho lo que ya no tenía remedio. Bueno, ya crecería, tampoco era para tanto. Y volvían a reírse y recordar ese otro momento en el que… ¿dónde quedaba el cansancio?

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