Popular

Supongo que a todos nos ha sucedido llegar a un lugar en fiestas y verlo patas arriba, gente por todos lados, alegre, sonriente y juerguista, y bebida y comida por doquier, algo así como la representación de un multitudinario festín que parece no tener fin; una grata situación que probablemente nos llevaremos en el recuerdo.

Se trata de una manifestación popular siempre interesante, que no única, curiosa y peculiar por lo que cada lugar y habitantes incorporan a la celebración en sí, haciéndola distinta y al mismo tiempo tremendamente parecida a cualquier otra con la que hayamos tenido la suerte de tropezar. Porque no dejan de ser ejemplares de la misma especie quienes las organizan y disfrutan, en infinidad de variantes de un comportamiento instintivo que a poco que levantemos la mirada más allá de lo que tenemos delante advertiremos lleno de coincidencias y repeticiones, independientemente del lugar del mundo en el que nos hallemos.

Fiestas como rituales necesarios e indispensables en la renovación de los vínculos entre pobladores de un mismo lugar o territorio, fechas señaladas en las que se intenta dejar a un lado problemas y rencillas mientras se hacen votos para que el nuevo periodo que comienza sea más favorable si cabe, a lo que unir el deseo y la esperanza de otro puñado de buenos momentos que recordar entre familia y amigos, o en soledad.

Aunque independientemente de ello, o quizás precisamente, no deja de ser llamativa la consiguiente flojera y apatía que sigue a esos días señalados, tomadas en algunos casos como una verdadera derrota, la vuelta a la dura evidencia de otro largo y arduo trayecto que no todos se sienten capaces de llevar adelante con algún resto de sonrisa en la recámara, por si las moscas y porque probablemente después nos haga falta. Llamo largo trayecto a lo que probablemente para una mayoría se trata de un camino repleto de inquietudes y penalidades, o de auténtico sufrimiento, en el que no cabe el pactado olvido de los días festivos.

Pero, qué queda de las fiestas al margen de comer y beber como si no hubiera final, excesos siempre recordados como lo único que merece la pena pasar al acerbo personal más querido o directamente inolvidable -la mejor borrachera fue la de… aquella comida sí que… Representan la abundancia de comida y bebida una especie de terapia de olvido indispensable para el buen funcionamiento de los grupos humanos, dónde quedan entonces los vínculos que unen a estas personas el resto del año, su reconocimiento y renovación, sus signos y simbologías, da igual si laicas o religiosas, las marcas de regeneración de esos lazos tan importantes para la comunidad que procuran los necesarios interludios festivos.

Toda fiesta o celebración conlleva la necesaria revitalización de un inconsciente colectivo que, en primera instancia, parece transmutado por los participantes en un comer, beber y divertirse aparentemente independientes; una hipotética revitalización que la mayoría de los sujetos parece no asumir ni directamente reconocer; porque si les preguntaran más de uno afirmaría que no sabe de qué le estás hablando, las fiestas son para pasárselo bien y punto. Sin embargo, es muy probable que con el paso de el paso de los años, y las consiguientes celebraciones, ese mismo sujeto no responda del mismo modo, incapaz de explicar, como tampoco salir del paso de cualquier manera, eso que siente y de lo que precisamente hasta entonces no era consciente, mostrando una cara de pasmo, o de pavo, a la hora de decir sobre esas sensaciones que al parecer habitan en lo más profundo de su ser -así de rimbombante como suena-, de las que no puede desprenderse de ningún modo, es más, afirmaría que es imposible separarse de ellas porque en el fondo sabe que son él.

Por ello, no deja de ser curioso la poca o nula consciencia de la realidad de nuestra propia existencia que solemos mostrar, o asumir, o entender y comprender entendiéndonos y comprendiéndonos con ello -hay quien diría que con vivir ya es suficiente, y no le faltaría razón-; pero afortunadamente la especie es algo más que acumular juergas, comilonas y borracheras ¿o no?

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