Antigüedades

Dejó todo a punto, casi perfecto, como habitualmente hacía; le gustaban las cosas bien hechas y la aparente simpleza de la que el espectador disfruta en el resultado final. Ahora descansaba tomándose un café mientras miraba cómo se situaban en el espacio dispuesto ad hoc entrevistado y entrevistador.

Su compañero, hábil y profesional, no olvidaba sus consejos a la hora de colocarse ante la cámara para que su trabajo cobrara valor, un respeto de agradecer que les llevaba juntos ya una temporada. En su cabeza volvió al niño censurándose, “¡Qué exagerada soy!”. Sonia sabe lo que tiene que hacer y a estas alturas tendría que pasar algo muy gordo para interrumpirme. Aunque no era precisamente la valía y responsabilidad de Sonia lo que en el fondo le preocupaba, ni la seguridad de su hijo, sino el dinero, este mes iba un poco apretada y tendría que buscarse algún trabajo por otro lado para afrontar los extras que se le presentaban. Igual que siempre, la misma historia, el caso era no poder vivir con tranquilidad.

Había estado observando al entrevistado mientras lo acicalaban, y se acicalaba, para la entrevista, mirándolo con una sensación extraña; había algo que no le cuadraba en aquel hombre alto de tez oscura tostada por el sol, pelo crespo, patillas de hacha y traje claro bien ajustado; una especie de sepia tirando a verde, no sabía bien, una cosa rara que llamaba la atención sin llegar a original. Había necesitado de una mayor dedicación y retoques por parte de la gente de maquillaje y peluquería porque no acaba de verse ante el espejo. Era coqueto el tipo aquel, además de estirado.

Comenzada la entrevista y oyéndole responder a las preguntas de su compañero seguía sin entender. Recelaba de su pose y su mirada, altiva pero como perdida, equivocada, fija en una especie de limbo que parecía flotar más allá de este mundo y, por supuesto, muy lejos de los ojos de quien le hablaba; por encima de aquel escenario tan prosaico. ¿Quién coño era aquel tipo? ¿En qué mundo creía que vivía? En este seguro que no. Hablaba sin bajar la vista de un hipotético tendido que desprendía un olor rancio en el que se mezclaban tradiciones, sacristías y cosas hechas como dios manda; farfullaba sobre los tiempos revueltos que corren, sobre un mundo que no acababa de entender, turbio y confuso, sin orden ni jerarquías, donde todo se cuestionaba y todos creían saber de todo. De la necesidad u obligación, no escuchó bien, de no perder aquello que nos hace ser quienes somos, que nos caracteriza y de lo que tendríamos que sentirnos orgullosos.

Sus respuestas parecían inducidas por instancias cuasi divinas; no es que su voz fuera engolada o ampulosa, hablaba lo justo, era lo que decía y cómo lo decía. A pesar de sus intentos por mostrarse sereno daba la impresión de estar haciendo un esfuerzo enorme, dignándose a descender desde la atalaya de su arte para hacerse oír, él, explicarse, justo quien no debería porque ya lo hacía con sus herramientas de trabajo, un trabajo suficientemente importante y explicativo como para tener que masticárselo a la gente, y mucho menos justificarlo. ¿Ante quién? Él solo podía y debía hacerlo ante la historia, bastaba con mirar atrás para darse cuenta de la importancia de lo que estaba diciendo, y quien no lo entendiera tenía un grave problema.

Era el mundo actual el que iba mal, al que no acababa de entender porque se había perdido el respeto hacia los ritos y los testimonios auténticos. Una parte de la población, engañada o confundida, tanto daba, estaba siendo manipulada por cuatro politicastros con ínfulas y poder, tipos que con la excusa de proteger a los animales cuestionaban el carácter de todo un pueblo, su razón de ser, su cultura, su propia historia. Él no tenía por qué estar allí, lo hacía porque se había dado cuenta de que aquello estaba pasando de castaño oscuro, y modos y liturgias muy antiguas corrían el peligro de perderse para siempre por culpa de modas e ignorantes que desconocen donde tienen la mano derecha. Y ahora que había elecciones, él, al que le importaba un bledo la política -un negocio monopolizado por trepas y advenedizos-, no tendría más remedio que obligarse votar a quienes intentaban proteger la cultura y las tradiciones de este país; y si tanto ignorante como hay por ahí dice que se trata de la ultraderecha eso no le preocupaba, él tenía que defender lo suyo, lo de todos, lo de siempre.

De pronto Ana lo entendía, y pensó que definitivamente aquel tipo estaba más para allá que para acá, el fulano se había equivocado de siglo, una lástima, tendría que haber nacido cien años antes, ¡qué decía! quinientos por lo menos; hoy resultaba patético, casi tétrico, su aspecto, su pose, el traje, sus patillas, su voz, la mirada de iluminado. Era una pena que todavía hubiera gente así, con el seso tan descolocado, nostálgicos de un pasado que además de no volver tiene más contras que pros para ser recordado con benevolencia. ¡Ya le valía! Dorándole la píldora a un tipo desenfocado, ¡un torero! en lugar de estar con su hijo.

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