En el bar

Tomábamos un vino antes de regresar a casa, las nueve y media de una fría tarde-noche de invierno, en una cafetería medio vacía; en un extremo de la barra un solitario cubalibre de naranja a la espera de su hipotético consumidor, probablemente fumando fuera, y a un par de metros de donde nos hallábamos otro tipo amagado sobre su teléfono móvil, igualmente fumador por el paquete de tabaco junto a una bebida a medio consumir de la que no me preocupé.

Ya servidos y charlando sobre la pertinencia, o no, de la cena y su cantidad, nos sorprendió una voz hablando bastante alto con, no era difícil de imaginar, alguien al otro lado de un teléfono; la voz iba desmenuzando de forma embarullada y con medias palabras un sermón entre autoritario y taxativo de corte comercial -cuestiones más de negocio que laborales- que no dejaba resquicios ni opciones de respuesta, una única, desordenada y larga parrafada aderezada con numerosas expresiones malsonantes y amenazas contra un tercero o terceros y sus mal intencionadas acciones que, era fácil intuir, contaban con la fiel aprobación de la parte que escuchaba al otro lado del aparato. La razón indudablemente estaba de su parte, no había nada más que oírlo, con ese irrespetuoso discurso de tono elevado y despreciativo, casi vocinglero, del que desgraciadamente demasiada gente hace uso con tal de vencer al enemigo por goleada ya incluso antes de empezar -calificativo con el que desde un principio es considerado el incauto interlocutor por el mero hecho de preguntar, cuestionar e incluso existir, nada que tenga que ver con el entendimiento o la prudencia. Se acumulaban los tacos y las amenazas cuando ya veíamos al gesticulante diosecillo paseando de un lado a otro del local, un tipo pequeño, cuarentón y con la cara picada, vestido intencionadamente de sport con ropa de marca elegida a conciencia; vaqueros y camisa azul, chaleco de punto bajo una chaqueta corta también azul, zapatos marrones de punta y calcetines a rayas horizontales, conjunto coronado por un pelo oscuro, largo y engominado, que proporcionaba valiosos datos sobre su origen -tenía acento andaluz- y posible pertenencia social a cualquiera que se hubiera fijado en él.

En sus idas y venidas y entre aspavientos sentenciosos aún alcanzaba a pedir otro ron con cola a un camarero que al momento se ponía manos a la obra. Pero aunque los tacos no cesaban el discurso parecía haber cambiado, lo seguiríamos oyendo aunque hubiéramos tenido tapados los oídos. Porque “la cabrona e hijaputa” a la que ahora se refería parecía más cercana, hasta el punto de que le había, literalmente, sacado los cuartos en estos últimos reyes; que si las amigas… que todas lo quieren llevar… tres, me hizo comprarle, tres… de Calvin Klein, no podían ser otra marca… ciento cincuenta euros, así que, imagínate, cincuenta euros cada uno… el top y las bragas; y luego me cuenta cómo la envidian las amigas cuando le ven el top y las braguitas… pero… ya le he dicho a “la hijaputa” que no quiero que salga a la calle solo con el top… además, me ha sacado también un iPod y un iPhone 7. Así que… menudos reyes la niña, y eso que solo tiene trece años… y la pequeña, que tiene diez, un iPhone 10…

No sé si dejó de llamarnos la atención la conversación o perdimos el hilo, no recuerdo bien, a medida que se alejaba hacia el otro extremo del local; volvimos a saber de su presencia, ya sin teléfono, cuando, apurando de un trago la copa todavía sobre la barra, pidió otra más para llevársela a la habitación, porque era tarde y el día había sido muy largo.

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