Consumo de guerra

Los procesos de preparación y conservación previa, así como el empaquetado de alimentos para consumo rápido y en condiciones adversas se aceleraron con los millones de raciones de guerra que los soldados incorporaban a su utillaje básico durante la última Guerra Mundial. Raciones individuales que la tropa podía consumir cuando tuviera ocasión y la propia contienda lo permitiera. De entonces a ahora han pasado muchos años, y aunque hoy las guerras sabemos que todavía existen por las noticias internacionales es cierto que a la sociedad occidental le pillan más bien lejos, excepto para los voluntarios de cualquier tipo.

Pero la incipiente industria que se estaba formando entonces sigue creciendo y trabajando en la actualidad, y a juzgar por lo que puede verse a buen ritmo y con excelentes resultados. El negocio de los productos empaquetados ha seguido prosperando gracias a esas otras guerras de segunda y gracias también a esta economía de la rapidez, del consumo urgente en condiciones precarias e incluso peligrosas. No hay más que ver la publicidad que emite cualquier cadena televisiva comercial para cerciorarse de ello. Cada uno de los productos y mejunjes enlatados o precocinados con los que nos sorprenden provienen del mismo concepto de alimentación, una alimentación compacta dirigida a personas con poco tiempo y una agenda apretada para las que comer es algo más bien inevitable o secundario que placentero; una actividad que ni siquiera tiene entidad para ser considerada como un indispensable y reposado alto en el camino, y ni mucho menos una agradable forma de relacionarse socialmente que hace de la ingesta de alimentos la excusa para fomentar y fortalecer los lazos personales.

Pero al hablar de ese obligado intermedio o interrupción en el que se han convertido los atropellados horarios de comida, necesarios porque al menos está medianamente claro que es preciso ingerir unos alimentos sin los cuales no podríamos vivir -calidades y sabores al margen-, también me refiero al lugar en el que ese tipo de rancho o exigencia no debería existir: el propio domicilio familiar. Hoy, ese reducto de la intimidad y el descanso, del tiempo relajado y las conversaciones con un plato como excusa parecen cosa de otro mundo; también el hogar ha pasado a ser una zona de guerra en la que los alimentos se consumen en soledad o con una celeridad condicionada por cualquier agente externo presionando como un enemigo atento al menor descuido para acabar con la vida del soldado. Cada vez se dan menos oportunidades a las relaciones familiares entre individuos a los que solo parece unirles la vivienda compartida, y los actuales trabajos arrinconan y acosan con saña cualquier tiempo invertido -tachado como perdido- en el mero acto de comer en común. Priman las familias agobiadas por la precariedad de tiempo y dinero que andan de aquí para allá entre trabajos mal pagados e hijos malamente atendidos.

Es por eso que la alimentación que se publicita hasta la saturación se asemeja a la de una economía de guerra, teniendo más que ver con precocinados y envasados que pueden consumirse en el mismo envase que achicharra el microondas. Esa supuesta rapidez y/o comodidad tiene que ver con el escaso y siempre peligroso tiempo del soldado, pero el actual soldado es un trabajador permanentemente dispuesto a saltar al campo de batalla, un peón asediado por turnos tan irracionales como interminablemente largos e inútiles y trabajos en los que la disponibilidad del soldado/trabajador es de veinticuatro horas al día, trescientos sesenta y cinco días al año, algo así como una guardia permanente.

La comida larga servida en platos en la que suele surgir una conversación que lleva al intercambio de opiniones y pareceres entre los comensales -también valen las discusiones- queda para familias con tiempo, cocina y conocimiento de qué significa comer en común además de ingerir alimentos.

Tampoco vale, por ser un mal sucedáneo, la proliferación de establecimientos de comida preparada o servida a domicilio, porque el mismo acto de comer sigue siendo un inconveniente que hay que solventar de la peor manera; así, los que durante la semana no tienen tiempo para sentarse y hablar con un plato delante ya pueden hacerlo porque otros se encargan de llevarle a la mesa ese alimento que tampoco se sabe ni se quiere preparar. Al menos se puede comer en plato, casi como esas familias en las que las comidas se alargan y las sobremesas se hacen interminables, una celebración de cine o de ricos.

PD. El futuro no pinta mejor, no hay más que ver la alimentación ofrecida por la publicidad a esos apuestos jóvenes permanentemente conectados que, casi inútiles a la hora de su propia manutención, presumen de preparados como de novias, sin advertir que se trata de otro adiestramiento para su futura vida familiar; momento feliz en el que se constituirán en diestros consumidores de elaborados y precalentados a cargo de niños embelesados en una pantalla en la que ya identificarán sus propios envasados listos para consumir a tan tierna edad.

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