Grecia

Hay ciudades y países a los que uno siempre acude con la maleta repleta, y no me refiero a las maletas físicas, las que se facturan en el aeropuerto o se encajan encima de los asientos una vez en el avión, si encuentras un hueco. La maleta de la que hablo es la propia cabeza, o la propia historia de cada cual, lo que viene a ser lo mismo. A esos lugares uno siente que vuelve porque nunca los abandonó del todo, llegó hace tiempo en espíritu y el propio lugar fue arraigando y engrandeciéndose a medida que se iban acumulando viajes, lecturas y sueños; casi puede decirse que siempre estuvo allí. Grecia es uno de esos lugares, porque a Grecia siempre se vuelve, aunque uno no haya estado nunca antes.

Y mi caso, creo, es uno de tantos porque en primer lugar Grecia forma parte de mi propia vida desde que tengo uso de razón, colegio, estudios, aficiones, viajes y pensamientos; y en segundo lugar porque ir allí es como seguir en la propia tierra, el mismo paisaje, el mar y el mismo sol que viene presidiendo mis días desde mi nacimiento. Grecia siempre ha estado ahí, en el origen de nuestra propia cultura, ya sea local, comarcal o nacional, en forma de costumbres, ruinas o formas de pensar, en el comercio, la comida o la religión, como principio, motivo o excusa, en una aceituna o en un calamar.

También hay otra Grecia, la real, que sobrevive en el presente, contemporánea en el tiempo y que hasta hace poco solíamos ver con demasiada frecuencia en las noticias, y no para bien. Una Grecia que inevitablemente vive a la sombra de unas piedras que curiosamente apenas dan sombra, las pocas que quedan en pie, en parte debido a las lógicas consecuencias del paso del tiempo y en parte al latrocinio arqueológico que durante siglos han llevado a cabo en su suelo las mismas naciones que hoy exigen a los griegos actuales prontitud en el pago, incluso a costa de sus propias vidas. Porque resulta más bien escandaloso que quienes han utilizado la economía griega para enriquecerse a sabiendas de que estaban cometiendo una ilegalidad, casi criminal, hayan insistido en sus beneficios sin importarles las consecuencias que de ello derivaban para la población local. Aun así Grecia sigue viviendo a su ritmo, que tiene más que ver con su latitud geográfica y una forma propia de ver la vida que con el dinero que otros se llevan.

Pero como viajar es una actividad que está de moda o nos han impuesto de moda, debido a ella Grecia corre el peligro de desaparecer por sobre iluminación, mostrando una imagen deformada de la auténtica realidad helena que ocupa este siglo XXI. Sobre todo porque Grecia es lugar de agencia de viajes, lugar de ruinas, infinitas ruinas y mares azules, ambos inacabables hasta el aburrimiento, por repetidos, por mal emplatados y peor digeridos. El más pintado puede acabar harto de pisotear piedras si antes no planifica y elige cuidadosamente a partir del tiempo de que dispone y de lo que pretende ver; o hasta la cejas de pueblitos y rincones pintorescos al borde de un mar azul, junto a un expositor de postales y un bar con exclusiva cocina tradicional. Por eso tal vez no sea mala idea dejarse aconsejar por alguien que conozca el tema, o quizás delimitar previamente lo que uno desea antes que embarcarse en un viaje enlatado en el que la sensación de sardina en aceite -por el sudor- es algo más que una ligera impresión. Y ni hablar de la cuestión ganadera que venden los hoteles flotantes, no hay nada más deprimente que verse atrapado entre un rebaño de acelerados cruceristas aturdidos en permanente competición por archivar el mayor número de selfis con fondo pétreo.

Grecia necesita obligatoriamente un antes, de su acertada elección o selección el viajero disfrutará de un viaje único o, por contra, se verá envuelto en una acelerada peripecia de la que querrá salir con prisa, y el país no lo merece.

 

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