Z, la ciudad perdida es una historia adulta materializada en una excelente película de grano denso y cuidadas imágenes con un acertado y más que convincente elenco, además de un buen montaje apoyado en una escogida escenografía que mantiene con solvencia en alto el interés del espectador hasta el final de la cinta. Acertadamente esbozada y planificada con el conseguido propósito de dar cabida en un metraje estándar a una historia que probablemente daría para muchísimo más, porque son tantos los frentes abiertos para el espectador que resultaría difícil apurar mucho más planos y secuencias con tal de, al menos, rozar cada uno de los matices que sin duda incluye el texto original en el que está basada la película.
Porque Z es algo más que una película de viajes o aventuras, es cine consistente plagado de guiños al buen aficionado que nada tiene que ver con las vulgares y empalagosas golosinas informáticas dirigidas a un público poco exigente que el cine más comercial fabrica informáticamente como churros. Z cuenta una parte de la vida y viajes de Percival Fawcett, explorador de otra época hoy en día irrecuperable, tanto por la casi actual inexistencia de mundos perdidos por descubrir y desvelar como por la exposición en la pantalla de una concepción y sentido de la existencia del hombre en la tierra actualmente desaparecidas, y diría que también abandonadas.
La historia del explorador inglés de principio del siglo XX intenta transmitir al espectador algunas de las claves y maneras de ver la propia existencia individual en función de un entusiasmo viajero convertido en perentorio y vital destino, un estímulo crucial, y diría que primigenio, apoyado en esa necesidad de descubrir que ha mantenido al hombre despierto y en pie siglo tras siglo a lo largo de su historia; obsesionado con un inexplorado y misterioso más allá, que parecía no tener fin, en el que se mezclaban tanto unos intereses imperialistas y comerciales de dominio a gran escala como las aspiraciones más elementales y personales de intentar rebasar los propios límites, incluido un simbólico y aventurero afán de prestigio y reconocimiento social al que solía unirse, es cierto que no siempre, un sincero deseo de comprensión espoleado por esa infinita curiosidad que ha caracterizado a la humanidad desde sus orígenes. Unos anhelos demasiado humanos expuestos al espectador a través de esa fiebre contagiosa por el viaje que en muchos casos es mera voluntad, sentido de compromiso con la misma vida y su permanente abertura al mañana; objetivos o valores que como especie nos han llevado donde hoy estamos, y que, desgraciadamente, también han venido dejando un peaje demasiado caro en forma de violaciones y un sinfín de tropelías cometidas contra nuestros semejantes o cualquier otro impedimento, animal, vegetal o mineral, considerado por principio como mero obstáculo interpuesto en un camino que parecía inacabable; desafortunadamente también bendecido como sagrado en muchas ocasiones. La película también muestra cómo esa fe y esa obsesión viajeras pueden ser transformadas en virtudes y entrañablemente contagiadas o transmitidas a los demás insufladas de un orgullo que se acaba fijando en esa raíz común que los seres humanos compartimos, o compartíamos. Eran otros tiempos, y aunque comprensible, hoy aquella historia no suena igual porque aquel hombre se ha perdido.
Cómo ha cambiado la humanidad desde entonces, antes un padre podía ilusionar a sus vástagos inculcándoles ese apasionamiento por lo desconocido, por comprender, respetar y aceptar todo aquello que uno fuera encontrando a su paso al tiempo que engrandecía el propio corazón dotándolo de una fortaleza indesmayable, en ocasiones casi irracional, también interiorizada como una forma de encontrarse a sí mismo. Empeños e ilusiones que, desgraciadamente, hoy parecen desaparecidas para siempre; en la actualidad cualquier padre de familia desconfía del espíritu y sus fantasmas, de sus retos, conformándose con que sus hijos dispongan de dinero contante y sonante para hacer lo que les guste como sinónimo de buena vida, o que al menos no sucumban a muchos de los vicios, descensos y perdiciones que esta sociedad de consumo impone como trampas castradoras casi definitivas. El resto, eso que se decían logros personales o como especie sobre esta tierra, está desapareciendo, si no lo ha hecho ya. Hoy nos reconocemos en nuestra presente vulgaridad, en la permanente resignación que hemos admitido perseguir y compartir dejando el futuro y las ilusiones para el cielo y los sueños, o para los juguetes, algo que suene así como hasta el infinito y más allá.