Entreteniendo el tiempo con un nuevo visionado de la película de S. Spielberg Super 8, me vuelvo a quedar parado y dudando sobre algunas cuestiones que llevan bastante tiempo llamándome la atención, y son las sobrecargadas, inextricables y de algún modo inexplicables, amén de superdesordenadas, habitaciones de los niños Spielberg, además de las particulares, estridentes y algo simples familias que aparecen en sus películas, tal y como me ha vuelto a suceder con la que ha motivado estas letras. Ignoro si la intención del director, ya desde los tiempos de E. T., fuera en principio llevar a la pantalla un retazo de su infancia -la desconozco- o, por otra parte, intentara con sus abigarrados y recargados espacios infantiles ofrecer una metáfora en carne y hueso de lo que, según su parecer, debería ser una infancia vivida y disfrutada a capricho y alejada de cualquier impedimento material o económico; porque cuesta creer que con ello intentara influenciar o vender, de la mano del éxito comercial, la generalización de un excitante desenfreno consumista infantil vía masiva invasión de todo tipo de objetos. Estas cuestiones, como otras muchas, son el pesado poso que la cultura norteamericana ha ido diseminando por todo el mundo, haciendo que infinidad de chavales vean en ellas el único sueño de sus propias vidas; cuestiones nada baladíes que hoy se siguen fomentando, publicitando y vendiendo como sinónimo de una infancia feliz y, cómo no, gustando y atrayendo a niños que, sintiéndose con derecho a desarrollar en toda su plenitud su libertad -faceta de la vida que ellos todavía no entienden y suelen confundir con egoísmo-, exigen según una asediada y adoctrinada imaginación que da por hecho disponer y hacer lo que les venga en gana, al margen de pasar olímpicamente de los adultos, torearlos a su antojo y estar alerta contra cualquier aviso, consejo, regañina o reconvención dirigida hacia ellos -contraria a sus intereses por sistema-; hipotético germen de una futura frustración en su inmaculado futuro de adultos.
El cine siempre ha ido un poco más allá mostrando y a la larga imponiendo formas y actitudes que, al margen de diferencias culturales -hoy en día cada vez menores-, son rápidamente aprehendidas por los directamente interesados e incorporadas como exigencias que a partir de entonces pasarán a ser consideradas como situaciones normales en unas vidas normales. Niños que deben disponer de todo lo posible e imposible, de ello ya se encarga una abusiva, agresiva y asfixiante publicidad que dificulta o impide que los más pequeños asuman como suyas las peculiaridades de su entorno, fundamentales para su futuro devenir, y prefieran reclamar directa e inmediatamente lo que ven en cualquier pantalla.
No me resulta fácil aceptar que existan en el mundo real padres tan permisivos, diligentes y atareados moviéndose con total normalidad en una mansión, a la que cuesta llamar casa u dulce hogar, repleta de cachivaches -algunos útiles o necesarios- e invadida por unos niños autistas y cuasi salvajes dedicados a perpetrar las cosas y situaciones más inverosímiles sin ningún sentido de la moderación -sentido que parece ejemplificar una terrible amenaza castradora hacia unas supuestas y puras imaginación y creatividad infantil, presuntamente incorporadas “de fábrica” por defecto, tan desgraciadamente mal vendidas y peor entendidas.
Prefiero no hablar de los ingresos necesarios para mantener y renovar semejante nivel de consumo infantil por estos pagos, las tiendas se quedan aún hoy pequeñas… antes, o durante los años en los que se desarrolla la película, ni les cuento.