El propio desarrollo de las sociedades humanas fue el que promovió y extendió a partir del Mundo Moderno una enorme corriente reproductora y socializante, logrando que, a partir de la aparente necesidad de mano de obra movilizable laboral, militar y colonialmente útil, más y más personas vieran la luz de este mundo para servir fielmente al siempre alabado “progreso humano”, y de ese modo satisfacer las ambiciones y deseos de crecimiento de una élite de ricos propietarios que nuevamente redescubría que el espléndido futuro de su codicia podía no tener fin. Tan “generoso”, “desinteresado” y “universalista” interés posibilitó un crecimiento millonario de habitantes que, dirigidos y “automotivados” por las “necesidades” y “apremios” de sus descubridores, ocuparon por completo tanto la tierra conocida como desconocida, reproduciéndose ordenadamente y sin medida hasta llegar a hacer reales o culminar los mejores sueños/beneficios de sus padres putativos. Llegó un momento en el que esa misma multitud, surgida, no olvidemos, en función de una estupendas fábulas y ambiciones de acumulación dinerarias, llegó a hacer suyos afanes semejantes, siempre dentro de sus limitadas expectativas, y comenzó a creer ingenuamente que también ella podía ser dueña de sus propiedades y su futuro, es más, se atrevió a creer que el futuro era, de hecho, suyo, con lo que empezó a pedir y exigir cada vez más atribuciones a sus sorprendidos y al principio confiados tutores -comodidades, mejores condiciones de vida, derechos iguales, beneficios directos, y no tanto, deducidos del incesante acopio de sus patronos, etc.-, a lo que éstos fueron respondiendo concediéndoles cada vez un poco más sin que en ningún momento se debilitara ni corriera peligro el ordenamiento social previo -es decir, arriba y abajo, los que tienen y los que no, los que dirigen y los que obedecen…-, y sin que tampoco cayera en el olvido la premisa principal y más importante -la completa imposibilidad de igualdad entre los hombres en la tierra-, que muchos entre los ingenuos e incluso orgullosos aspirantes pronto arrinconaron y despreciaron, hasta el punto de llegar amenazar la plácida seguridad de “sus dueños”. Los anhelos de una nueva humanidad como bendita, feliz y unida muchedumbre fueron unos imprevistos daños colaterales con los que los poderosos tuvieron que bregar a cambio de que un permanente crecimiento siguiera siendo la “guía espiritual universal” del planeta. Pero la historia no podía continuar indefinidamente porque corría el peligro de extralimitarse y desafiar seriamente las jerarquías establecidas, por lo que los inventores de la actual civilización occidental, a la que todos parece que quieren pertenecer o disfrutar, dijeron basta, ya está bien de concesiones, hemos de volver las cosas a su sitio, y un idílico futuro se interrumpió en seco. Basta de derechos, basta de beneficios, basta de potenciales igualdades que promueven un peligroso y envenenado discurso que divulgaba sin rubor un hipotético e igualitario reparto de ganancias socavando peligrosamente unos cada vez menos rígidos ordenamientos sociales. Se suprime definitivamente el concepto de progreso entendido como maná benefactor para la mayoría de las personas y se vuelve, sin eufemismos, a los tiempos de la esclavitud. Hoy ya es un hecho la constitución de un millonario ejército de manos suplicantes que desesperadamente imploran una ocupación para una vida tan solo decente a cambio de casi cualquier cosa, fomentándose una nueva conciencia de masa social moderna cada vez con menos derechos, o sin ellos ni aspiraciones. Ese es el presente de la mayoría de la humanidad, no sé si también su futuro, porque, sepan, que desde Espartaco los esclavos han sido incapaces de ponerse de acuerdo en su propio beneficio y derribar cualquier ordenamiento social preexistente. Y Espartaco, si es que existió, también fracasó, bueno, ahora es un famoso personaje del cine y la televisión bastante rentable.
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Así que, no hay salida. Condenados a la servidumbre.