La mujer mira y admira a “sus niños” con verdadero amor y una permanente sonrisa, les acuna y mima con sus ojos, les anima, les regaña, guía sus manos, los arcos se mueven al ritmo que les marca su propio corazón persiguiendo una pasión que va más allá de las notas, de sus cabezas, de sus todavía nuevas habilidades, adelantándose a una partitura que ya no es indispensable, intuida esa comunicación que no necesita medio, sólo almas, perfumando el aire, revoloteando entre los muros de la iglesia convertida en sagrado receptáculo de unos sonidos sin destinatario, un delicado vuelo sin propósito que nace eterno en la misma interpretación, ajeno a cualquier fin u oyentes, es sólo música, música que en su propia existencia contiene la máxima expresión de la humanidad del hombre.
Y esos niños con rostros de todo el mundo, con algunas caritas que todavía no han llegado a la decena tocan –es mucho más acertado el verbo inglés play para describir lo que precisamente hacen aquellos niños- casi como autómatas que han interiorizado el camino al paraíso, siguen las indicaciones de su directora de reojo o miran directamente al frente ajenos a sus propias manos moviéndose guiadas por el dios de la música, una excelsa majestad que no precisa ordenar ni perseguir, ni matar, ni convertir, sino que se dedica a transformar en hermoso y dulce hálito todo cuanto su sagrada influencia puede crear.
Y vuelvo a preguntarme por qué una mujer, por qué son siempre las mujeres las principales poseedoras de ese poderoso ímpetu y esa paciencia imprescindibles para la enseñanza y, cómo gracias a su pertinaz dedicación, esos niños y todos nosotros entendemos en el fondo que sin ellas nunca aprenderíamos a creernos algo distintos de lo que este mundo nos pretende. Todos acabamos disipándonos en la música, la iglesia está hecha de música, somos música, no necesitamos tecnicismos, ni virtuosos, ni genios -aunque probablemente allí los halla-, sólo nos tenemos a nosotros mismos, a nuestra propia paz que nos invita a escuchar sin exigir, a ascender y extraviarnos de la mano de lo que otros antes que nosotros decidieron llamar notas, muros y mármoles de otra iglesia menos terrenal, menos opresora, menos cerrada, exclusivamente más humana, hermana gemela de la armonía que nos contiene.
Mientras, afuera el duro sol de Roma cuece pies y corazones de otros menos afortunados que andan buscándose entre calles y sudores para probablemente no lograr nada o, tal vez y felizmente, a ellos mismos.
¡Qué suerte! no solo visitas Roma, sino que además presencias este momento mágico. La música….algo imprescindible e inexplicable ¿no?
Besos.
Como todas las cosas no basta con ir. ¿Cuanta gente visita no sólo Roma y pasea como turistas cuarteleros sin captar ni interesarse por ningún detalle que no venga en el folleto, dejando pasar delicias y maravillas -¿sólo al alcance de unos pocos entendidos que se preocupan de informarse del lugar que visitan?-? Y como bien sabes una parte del viaje la pone el propio viajero que quiere ir, no le llevan, envían y aparcan hasta que el consignatario regrese a recogerlo. Probablemente hubo más de uno en aquella iglesia que no advirtió nada especial. ¿Qué parte me corresponde a mí y qué parte al momento y lugar? Tu, que estas relacionada con el arte, sabrás muy bien que la inspiración felizmente es una dama caprichosa. También es cierto que hay que saber dar con ella.
Más que imprescindible o inexplicable la música, como decía en el blog, creo que es lo más humano que hay en el hombre, es más pienso que el hombre tal como lo conocemos no existíría sin música.
Un beso.