En la película Apocalipto (Mel Gibson) una pequeña población de indígenas en medio de la selva americana es asaltada y destruida por comerciantes de esclavos y sus pobladores apresados y llevados a una gran ciudad para ser sacrificados al dios de turno. Afortunadamente no todos mueren y quien escapa regresa tras numerosas peripecias a lo que queda de su antiguo hogar.
El último sobreviviente se salva gracias a -¡cómo no!- un fenómeno de lo más natural incomprensible para todos, de pronto el sacerdote de guardia deja de desgarrar torsos y extraer corazones sin ton ni son, no sabe cómo continuar y detiene el festín -¡gracias a dios!-. El protagonista respira, vive y se mueve en función de un impulso ancestral que le obliga a escapar y correr contra viento y marea hacia su tierra y los suyos, y sólo cuando localiza a los pocos que quedan se siente esperanzado y feliz al reencontrarse con el sentido de su existencia. En el horizonte amenazan más peligros, pero el futuro es eso, futuro, y lo que a él le guía es su presente, sus semejantes, su mundo, que es su tierra, una tierra que conoce casi como la palma de su mano, y en ella cada árbol, cada arbusto, cada animal, siendo muy poco lo que escapa a su respeto y admiración. ¿Es un ignorante?
Si damos un salto en el tiempo, precisamente hasta nuestros días, encontramos a los mismos protagonistas pero multiplicados por miles, más modernos pero más ignorantes, sin tierra a la que regresar -vendida y esquilmada-, sólo desarraigo; rodeados de tecnología de la que desconocen absolutamente todo, siempre impacientes, inseguros, desconfiados y desorientados, con infinidad de ropas que ponerse pero sin saber por qué han de vestirlas o cambiarlas, en perpetuo estado de consumo -verbo nuevo del que también desconocen su significado-, viviendo deprisa para morir antes cargados de años pero vacíos de días. Siguen sin saber por qué sale el sol cada mañana, por qué se suceden los cuartos lunares, qué es una estrella fugaz, cómo se produce un eclipse, por qué graniza o, simplemente, por qué llueve. Y que nadie les pregunte por qué vuela un avión, mediante qué mágico conjuro se comunican los teléfonos móviles, qué es un laser o cómo funciona un código de barras… Han perdido la cualidad de asombrarse, su curiosidad, la capacidad de ayudarse sin sonrojarse por ello, se soportan unos a otros mirándose por encima del hombro, aguardando el menor descuido para sustituir, suplantar, eliminar, echar, engañar, apartar o robar al vecino, qué decir del temible desconocido, todos peligrosos competidores. Pero ninguno de ellos sabe por qué compiten, por qué tienen que competir… Podría seguir, pero sería aburrido.
Una de las diferencias más apreciable con los sucesos de la película es que los sacerdotes actuales no llevan taparrabos, ni utilizan cuchillos de ónice, ni se pintarrajean la cara, ni alzan los brazos al sol dando grandes gritos, ni permanecen en trance ante la atónita mirada general. Los sacerdotes de hoy van vestidos con traje y corbata -curiosamente también llevan el cuello blanco-, gesticulan, pero menos, mientras usan palabras extrañas con significados abstrusos que sólo ellos conocen, un lenguaje que se autoencripta cada vez que el resto de los mortales cree tener acceso a sus ocultos significados. Ellos, los elegidos para predicar y mentir en nombre de … (ponga usted la religión o la ciencia que más le guste), los únicos que saben y entienden, dirigen a millones de personas sin necesidad de armas ni coacciones -¡bendito progreso!-, cuentan con su completo asentimiento, que nace de una ignorancia supina general y una sensación de inferioridad nunca antes conocida en la historia, sentimiento hasta tal punto determinante que hoy no es necesario sacrificar a nadie a ningún dios, somos nosotros los que cada día nos autosacrificamos sin saber por qué y, llegado el caso, hasta nos autoinmolaremos para dar de comer al orgullo del vecino que al sentirse todavía vivo se creerá afortunado porque él todavía respira y tiene una oportunidad más, aunque nunca sabrá para qué, tampoco le preocupa, simplemente no sabe, ese sí es un ignorante.
«viviendo deprisa para morir antes cargados de años pero vacíos de días»
Solo por esta frase merece la pena compartir éste texto. Además de que personalmente me sigo asombrando, continuo teniendo curiosidad y necesito ayudar a mis semejantes. Gracias Toni.