Derechos

Probablemente si buscáramos quién o quiénes ponen en circulación modas y tendencias que con facilidad pasan de las redes sociales a las noticias, sin serlo, además de acusaciones, denuncias y reivindicaciones, no llegaríamos a un punto o persona concreta; imposible saber en última instancia o señalar en el intrincado e intencionadamente confuso mundo de las redes sociales. Pero resulta que a partir de lo que en apariencia no tiene origen o motivo reseñable o noticiable acaba hablando todo el mundo, hasta quienes nada tienen que ver con las redes y su planificada y manipulada existencia.

Luego alguien tuvo que introducir la inexistente disputa entre jóvenes y viejos respecto a unos supuestos derechos a vivir con un mínimo de solvencia en los tiempos que corren. Una disputa que, puesta en marcha, no tiene otro objetivo que desviar el foco de atención de los puntos importantes que mueven y dirigen la sociedad, a la que se suman voluntarios y ponentes por parte de los supuestos perdedores, los más jóvenes, a la hora de tirarse los trastos a la cabeza, negados en sus derechos, atados de pies y manos y con pocas opciones a su alcance.

Aunque antes de rasgarse las vestiduras y colgarse el cartel de ofendiditos respecto a quienes, siempre según ellos, les perjudican, les están quitando el pan que merecen, deberían retroceder en el tiempo -con internet es bastante fácil- y buscar los problemas que en su momento tuvieron a quienes ahora acusan, que probablemente nunca son mejores o peores, sino los del tiempo que te toca vivir. Y si aún les parece mal que denuncien a sus propios padres por traerlos a un mundo imposible, por qué lo hicieron si sabían lo que sucedería en el futuro, porque sus papás tendrán algo que ver en que las cosas estén del modo en que están, ¿o siempre son los otros?

Otra cosa es que por el hecho de estar en este mundo nos creamos con derecho a merecer lo mejor de él, o lo que nosotros mismos consideramos que es lo mejor, siempre según nuestro particular punto de vista que, por supuesto, no va a quedarse a la zaga a la hora de pedir. Quizás muchos de los que se quejan deberían preguntar a sus progenitores por qué les educaron como si fueran, según la venenosa publicidad de Ikea, los reyes de la casa, sin advertirles que aquello era temporal y solo entre las cuatro paredes del hogar como república que la misma empresa publicitaba en los felpudos de entrada. Por qué nadie les dijo que una cosa era su casita, dónde ellos eran los tiranos reinantes a los que nada se les negaba ni nadie se oponía, y otra el mundo de ahí fuera, al que tarde o temprano tendrían que salir y enfrentarse, y desenvolverse a partir de lo aprendido en tan dulce y proteccionista hogar. Y habrá jóvenes que lo vean de otro modo, con los pies en el suelo, porque cuando vienen los problemas, que siempre los hay, ni mejores ni peores, los de tu tiempo, no puedes quedarte de brazos cruzados gritando y exigiendo lo que te mereces, porque te están ninguneando o impidiendo ser feliz, siempre según los confortables baremos del anhelado y desaparecido hogar –¡quién pudiera volver a ser niño!

Cada tiempo requiere unas formas, las que hay disponibles, también pueden inventarse, pero la solución no es acusar a quienes están socialmente al mismo nivel por no poder tener acceso a lo que, según la santa voluntad, nos corresponde por el mero hecho de estar vivos; quizás tocan otros esfuerzos para procurárselo -¡ah! el esfuerzo. Por qué acusar a quienes viven con lo que tienen y no acusar y denunciar a quienes hacen que las cosas sean como son -el mundo que nos ha tocado vivir no es una tradición ni se ha hecho solo, lo han hecho, y a conciencia, quienes mejor viven de él tal y como está. Pero para eso hay que desprenderse de las anteojeras y alzar la vista, mirar hacia arriba, a enemigos poderosos para quienes nosotros, acusadores y acusados, existimos como una gigantesca masa de consumidores a la que hay que explotar y exprimir hasta la extenuación. Ese es el verdadero culpable, o enemigo -llámesele como se quiera-, y mientras quienes están abajo no sean capaces de organizarse para enfrentarse a él y pierdan el tiempo señalándose entre ellos por cuestiones de edad, la cosa seguirán yendo estupendamente para aquellos. Si los consumidores, todos, son tan cortos como para tirarse los trastos y acusarse entre ellos, incapaces de reconocer al auténtico problema, las cosas seguirán tal cual, o incluso peor. La cuestión es saber dónde y a quién dirigir la mirada.

E, independientemente de todo ello, se nos olvida que venir a este mundo no implica garantía alguna de nada, excepto para quienes lo hacen en según qué clases y lugares, y también estos no dejan de estar sujetos a contingencias e imprevistos sobre los que es imposible reclamar, ni tiene sentido a no ser que todavía se permanezca en una mente infantil considerándose el rey, ya no de la casa, sino del propio mundo. De igual modo y echando mano de un cruel y desafortunado ejemplo, por qué ellos iban a tener más derecho a vivir que las desafortunadas víctimas del último accidente ferroviario, dónde pone que unos sí y el resto no, ¿cómo podemos ser tan estúpidos?

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