Hace unos días tropezaba con la película, de inicios de siglo, El buen pastor, sin recordarla, ni mucho ni poco, aunque quiero imaginar que en su momento acudiría al cine para verla. Repito, no lo recordaba. Sobria, dirigida con temple y excelentemente interpretada, lo que en principio parecía un buen e interesante entretenimiento fue convirtiéndose, a medida que se desarrollaba la película, en una incomodidad que me hizo preguntarme qué hacía viendo aquella propaganda fascista. Y a continuación la duda de si, como provincianos periféricos aficionados al cine, la disfrutamos, y sufrimos, sin rechistar porque provenía del centro del mundo del espectáculo, y como tal había que tomarla, consideraciones políticas, económicas o sociales al margen; porque no te vas a poner a sacar peros y rebuscar entre la letra pequeña, también la que no aparece, cuando el producto reluce como nuevo, hecho para eso, desviando la atención hacia cuestiones que nada tienen que ver directamente con lo visto. Ganas de tocar las narices; se trata de cine, luego no nos salgamos de la linde.
La exaltación, modelo, celebración o ejemplo de cómo un individuo se dedica a tirar a la basura su propia vida al servicio de una causa con tintes sagrados que ni siquiera sabe por qué es suya, fiel, discreto y obediente como el más dócil de los criados, cínico y desconfiado de todos y todo y capaz de hundir en la más absoluta de las miserias a su propia familia a cambio de nada al parecer era, e imagino que todavía es, algo digno de tenerse en cuenta y venderse a todo el mundo como un ejemplo de ¿integridad? ¿deber? ¿ciega fidelidad de lacayo al servicio de la aristocracia dominante? E inevitablemente hubo un momento en el que me vino a la memoria, salvando las consiguientes distancias, el nacionalsocialista Adolf Eichmann y su funcionarial y exigente diligencia en el trabajo, al fin y al cabo el medio con el que entonces se ganaba la vida.
Claro, en el caso de la película de Robert De Niro se trata de uno de los nuestros, los buenos, un sacrificado funcionario dispuesto a darlo todo por el sistema, un ejemplo, un héroe cotidiano de esos que hacen grande a un país, tal y como quiere volver a hacerlo Trump. Aunque llega un momento en el que, en la medida en la que a uno le interese, pueda y quiera saber, sobre todo en los márgenes, la diferencia entre buenos y malos se transforma en algo más que difuso, incluso llegando a invertirse; pero ni que decir tiene que al menos sabremos cuáles eran, o son, los nuestros, ¿o tampoco?
O, en definitiva, qué está bien y qué mal; hasta qué punto el trabajo que nos da de comer nos obliga con quienes nos mandan y pagan y dónde quedan los demás. Qué nos hace indiferentes y permisivos respecto a intenciones, objetivos, fraudes o directamente mentiras, no digamos posibles o futuras víctimas, como consecuencia de nuestro propio trabajo, del producto o resultado final del negocio o proyecto del que, como trabajador, uno forma parte; a lo que añadir el voluntario desconocimiento, o conocimiento, intencionalidad y responsabilidad del buen empleado dentro del entramado y su relación, más o menos directa, con los objetivos a cumplir.
Vamos a dejarlo en una película, otra más, de la que pueden obtenerse muchas más consecuencias y conclusiones de lo que se muestra en la pantalla, siempre entre el creativo y artístico candor del medio y la propaganda y manipulación más despiadada por parte de quienes, en última instancia, anticipan y se mueven unos pasos más allá del mero entretenimiento. Más importante, me parece, es esa mentalidad indiferentemente funcionarial que se ha incorporado al trabajo, cualquier trabajo, por la que el empleado, ya sea dirigente o subordinado, se despreocupa de los resultados y consecuencias de su labor -¿se pregunta en alguna ocasión qué está mal, qué es el mal?-, no importando que la manipulación, la propaganda y la mentira se conviertan en integrantes directos de ello, ya se trate de la venta de un coche, un detergente, un programa de televisión, una aseguradora o cualquier otro objeto consciente y deficientemente construido o producido; una inmensa mugre que enmierda, de arriba abajo, todo el sistema. Por eso creo que Eichmann está más vivo de lo que nos gusta creer, si es que todavía alguien lo recuerda; el solo se dedicaba a cumplir diligente y eficientemente con su trabajo, que era para lo que le pagaban.