Hubo un momento en el concierto en el que Manuel murmuraba o canturreaba en un tono perfectamente audible, en mi caso porque estaba muy cerca, a modo de soniquete o melodía y mirando hacia el suelo “Sin miseria… sin miseria…” La cosa quedó ahí porque no hubo más, ni tema ni referencia, tampoco dirigirse al público para compartir o mencionar lo que acababa de no sé si tararear o simplemente recitar en voz alta. Situación que de inmediato me llevó a su Cuba natal, haciendo extensivo ese “sin miseria” a lo que viene sucediendo allí durante tanto años, así como también trajo a mi memoria amigos y conocidos cubanos que llevan en España bastantes años y con los que no solemos comentar respecto a su país de origen.
He de decir que el concierto fue toda una sorpresa que removió y trajo a mi memoria a otros personajes y canciones que parecían las mismas porque el tono y la dulzura de la música cubana impregna cada una de sus composiciones, desde el longevo Raúl González, Ibrahim Ferrer o el mismísimo “Chan Chan” del gran Compay Segundo que versionó el músico cubano. Manuel Machado nos ofreció un concierto discreto y entrañable; es cierto que no hacía falta mucho más para ganarse a un variopinto público que aplaudió, tarareo y batió palmas a los requerimientos del artista; incluso con alguna espectadora que fue incapaz de resistirse y bailó en medio de la sala animada por la música, público y músicos. El cuarteto podría haber seguido tocado una hora más, incluida la intervención sorpresa de una voz femenina que puso letra a una de las melodías, a tenor de la disposición del respetable y a pesar de esa gente siempre extraña, al menos para mí, que asiste en primera fila a tales espectáculos, mal come dejándose la mayor parte del menú en el plato y se larga sin que la actuación haya finalizado, como si estuvieran de paso y les importara un pimiento lo que sucede alrededor. Supongo que tales comportamientos entran dentro del actual, y al parecer respetable, uno hace lo que le apetece cuando le apetece, independientemente del lugar en el que se halle. Pero creo que asistir a un concierto, no hacer caso ni detenerse en la música, ya no digo aplaudir, o permanece de cháchara la mayor parte del espectáculo es algo más que hacer lo que te venga en gana cuando te venga en gana, sobre todo y en primer lugar porque la asistencia es siempre voluntaria, nadie te ha obligado a aburrirte y/o molestar e importunar al resto de asistentes. Si no vas a ser capaz de permanecer atento y mínimamente respetuoso con los músicos y su trabajo puedes irte directamente a la mierda, porque allí no haces falta ni te echarán de menos, todo lo contrario, estarán muchísimo más felices y cómodos sin ti.
Pero ese no era el tema, tampoco el supuesto y al parecer definitivo cierre del local, aunque el propio músico no acabara de creérselo y así lo manifestara repetidamente, tanto como agradecimiento por estar allí tocando como movido por la lógica tristeza de su desaparición. No obstante, que un local como el Café Central cierre y con él la música en directo que solía ofrecer, tan cercana y dada a las improvisaciones, errores y momentos de virtuosismo, así como a las complicidades entre músicos y público, los bises y la compleja y felicísima atmósfera que se crea entre unos y otros cuando los vínculos, afinidades y un estado de ánimo compartido convierten aquello en una auténtica celebración religiosa mediante la completa comunión entre los dos lados del escenario, siempre será motivo de tristeza. Con la desaparición de estos lugares perdemos todos, siempre, y lo de menos son las malas actitudes o comportamientos inadecuados que más bien parecen desprecios y siempre hay que intentar ignorar, sino la progresiva eliminación de locales en los que prima una cálida cercanía, compartir y disfrutar juntos, casi en la intimidad, tal que humanos a los que la convivencia fortalece porque en definitiva eso es lo que somos, animales sociales, mucho más que individuos solitarios, aislados y egoístas.