Estamos más que cansados de acudir a lugares minúsculos o recónditos, inexistentes en mapa alguno, atraídos por rincones, espacios o construcciones que se venden como excepcionales, únicas y encantadoras que, vistas, no dejan poso alguno, y si algo de frustración porque ya es la enésima a la que acudimos y en el fondo son el reclamo publicitario de una excepción únicamente para los locales, un desesperado intento por aparecer en algún sitio y con ello tener un hueco en este mundo. Pues bien, Nápoles dispone de rincones y edificaciones para dar a todo el que necesite, a curiosos con imperiosa necesidad de lugares únicos y peculiares, a desesperados buscadores de selfis, fotógrafos de momentos y situaciones y, sobre todo, para aficionados a los lugares históricos, con profusión de zonas, recintos y edificaciones diseminadas por toda su superficie. Todo ello aderezado con una curiosa y paradójica población que se mueve y circula de forma permanente, a tan solo un paso de caótica, por sus calles.
Porque moverse por la ciudad es otra historia que merece el apartado de tal. Teniendo en cuenta que el visitante, cualquiera con alguna experiencia adquirida fuera de su lugar habitual de residencia, sabe y entiende qué significa e implica desplazarse por una ciudad, una vez en Nápoles habrá de repasar y repensar su experiencia desde el principio porque lo aprendido aquí no sirve de mucho, y menos como referente. En Nápoles la relación en temas de circulación viaria, si es que puede decirse tal, entre personas y vehículos a motor -tanto de cuatro como de dos ruedas- es una cuestión de tú a tú, es decir, no existe preferencia alguna -aunque a tenor por algunas situaciones, digamos, clásicas, algo debe quedar en el subconsciente colectivo respecto a quién es quién y qué predomina según dónde. Pero si exceptuamos tales casos, aislados, los lugares de cruce entre vehículos y personas son una cuestión de poder más que de preferencia. Se trata de quien llega antes, aunque también pueden acercarse pidiéndote disculpas desde cincuenta metros atrás porque cuando coincidáis en el mismo punto, el paso de cebra, el vehículo no frenará y tendrás que detenerte, sí o sí, o ser atropellado. La mezcla entre vehículos y personas es completa, algo más ordenada, sin excesos, en las avenidas y calles más anchas e indistinguible en las más pequeñas o estrechas; aquí las motocicletas van y vienen en todas direcciones, surgiendo en cualquier esquina sin que importe la dirección o el sentido, eso sí, avisando contantemente con la bocina, ya sea un anciano con prisas, un repartidor, una familia de tres ejerciendo de sándwich con la criatura apretada entre sus progenitores o unos chavales de apenas doce años surfeando entre los peatones con profesional destreza. Circunstancias que, al contrario de lo que pudiera pensarse, no dejan como consecuencias inevitables discusiones, conflictos, encontronazos o directamente atropellos, sino que aquello fluye en una rara armonía de sometimiento y condescendencia sin interrupciones ni altercados, al menos durante los días en los que nos movimos por la ciudad.
Y es fácil imaginar que como consecuencia, no sé decir si directa o indirecta, de semejante frenesí el mantenimiento y conservación de tanto patrimonio se antoja harto complicado o, simplificando, muy difícil entre una población más habituada a vivir que ha conservar lo construido y vivido por otros. Palacios, templos e iglesias se multiplican por calles y callejones, a la mayoría de las cuales puedes acceder y visitar sin ningún problema porque, por supuesto, son usadas diariamente, tanto en funciones, celebraciones y rituales que tienen que ver con el propósito de la construcción como reconvertidas en espacios de muestra o reunión de cualquier proyecto u objeto que el encargado de turno tenga a bien mostrar públicamente. Sin contar con que debe existir alguna determinación o decreto municipal que prohíba o haga desistir al más ufano de hurgar en el subsuelo, ya que ello conllevaría que el mismísimo Imperio Romano aflorara a la superficie ocupándolo todo.
Tal acumulación de edificios históricos, tal cual aguanten, remozados o reconvertidos no hace a la población, repito, gratamente cercana y amable, presumir por ello, sino que lo ha asumido e integrado en un presente propio que tan solo la presencia de turistas, curiosos o despistados aporta ese aire de lugar visitable que en otras poblaciones dispondría de alfombra roja y un precio por acceder que detendría al interesado pensando si merece la pena pagar lo que le piden por lo que va a ver.