Ayer domingo los ricos volvieron a manifestarse en Madrid, bueno, los ricos exactamente no, no estaba, por ejemplo, Florentino Pérez, el antiguo presidente de Inditex o alguno de los presidentes o directores generales de las empresas que lideran el famoso Ibex 35 que monopoliza el mercado de valores nacional; estos no lo necesitan, ya tienen y pagan a políticos, ricos de menor estatus y un interminable ejército de siervos y criados dispuestos a partirse la cara con quien sea por sus amados líderes, o ídolos, que también vale.
Abandonaron su zona de confort, es decir, de la plaza de Colón hacia arriba, para descender un poco, la plaza de España, lugar no muy peligroso y a una hora en la que los millares de emigrantes que la pueblan un domingo por la tarde aún no se han reunido para pasar un tiempo juntos antes de la obligatoria y fatigosa servidumbre de la semana que entra. Porque tampoco es cuestión de irse a manifestar a Madrid Río, o similares, mal lugar porque en el fondo eso no es Madrid, se trata del sur, y de aparecer por allí probablemente tendrían que recoger de inmediato los bártulos, si es que les daba tiempo a sacarlos, porque igual la gente acababa apedreándolos; y eso que ya no se pueden encontrar piedras por las calles.
No deja de ser curioso que tanto rico, aspirante eterno a tal o mero criado por las migajas salgan a la calle pidiendo a grito pelado lo que no son capaces de conseguir en las urnas, es decir, democráticamente. Debe de ser doloroso, amén de cabreante, incluso humillante, no ocupar en la sociedad el “lugar natural” que te corresponde “por derecho”, también natural. Los ricos no están hechos para ocupar el segundo lugar en un sistema político, porque, a ver, para qué ser rico si no puedes tener bajo tu férula al político de turno, a los eternos segundones demandantes de guía o un “ser superior” al que seguir y admirar, o a tantos y tantos que sobreviven imaginando que tienen porque siempre habrá alguien en peor situación que ellos. Porque, como suelen afirmar sin ningún empacho, todo lo que no sea el rico mandando y el pobre sirviendo es ir contra natura, pura ideología, y toda ideología es peligrosa porque hace a la gente pensar e igual no está de acuerdo con la situación en la que vive y se propone cambiarla.
Cuesta imaginarse a tanto aspirante a rico agitando banderolas, profiriendo insultos vulgares para sus delicadas gargantas o arengando, megáfono en boca, a los acólitos más serviciales e ignorantes contra, según ellos, unos usurpadores en el poder que, para colmo, también tienen la desvergüenza de equivocarse, corromperse -¡habrase visto!-, o hacer toda clase de marranadas como si el poder fuera suyo. Algo que solo les corresponde a ellos por derecho, porque lo han venido haciendo toda la vida pero mucho mejor, con más arte y discreción, total, el hábito hace al monje. Y para mayor inri estos advenedizos en el poder cuentan con el apoyo de los nacionalistas -¡sus propios colegas! esto sí que no tiene perdón-; unos desalmados sin honor aprovechándose de los progresistas sin alma con tal de aumentar sus beneficios económicos, dejándoles a ellos sin bolsa y con un palmo de narices.
El caso es ensuciar el ambiente del modo que sea, porque ya que no consiguen sus objetivos por lo civil y democrático mejor intentarlo por lo criminal, denunciando lo que simplemente no existe como denunciable y olvidando lo denunciado de ellos, una apestosa rémora que todavía se remueve en los juzgados de todo el país. Y tan felices.