Oído en la calle

En una soleada mañana de domingo la bonanza del tiempo invitaba a demorarse sin que la hora de la comida fuera un inconveniente, no teníamos prisa y en cualquier caso dependía de nosotros hacer más o menos breve aquel disfrute. Disfrute que parecía general pues la terraza aparecía casi llena de clientes en circunstancias similares. Hablábamos y se hablaba de forma distendida porque el tiempo lo pedía, en algunos casos de forma elevada, por lo que no era difícil seguir cualquier conversación de alguna de las mesas contiguas. No era la más próxima, pero sí la que más se hacía notar, en ella un grupo de seis o siete personas, en la treintena, más mujeres que hombres, conversaban a la espera antes de irse a comer. Es cierto que no poníamos atención porque estábamos a lo nuestro, además de no importarnos las conversaciones ajenas, pero hubo un momento en el que no pude dejarla pasar, y fue cuando uno de los hombres, con barba y pelo abundante y enmarañado, comentaba que viendo un programa de Broncano se enfadó, y mucho, porque comenzaron a hacer bromas sobre las drogas que a él no le parecieron tales; añadiendo que si ese programa lo llegara a ver un chaval de, por ejemplo, trece años, cabía la posibilidad de que, siguiendo las gracias del presentador e invitados, el muchacho se pusiera a curiosear con las drogas y acabar metido en ella. Aquello debería estar prohibido y él particularmente le daba cuatro tiros a aquella gente.

No pude evitar girar la cabeza para fijarme en el aspecto del tipo, como si por su aspecto pudiera deducirse algo más de lo que ya habían dejado claro sus propias palabras. Moderno, limpio y aseado, de domingo, daba la imagen de alguien joven y actual, de su tiempo, es decir, y creo que, visto lo visto, es mucho suponer, alguien de mente abierta y tolerante. Pero no, todo lo contrario, en la tónica de estos tiempos, que ya no sé si son buenos o malos; aunque lo que es indudable es que esta sociedad ha iniciado un retroceso en cuanto a temas como la tolerancia, la libertad o la comprensión hacia los que no son como nosotros, deriva que parece no tener fin. Se han retomado una serie de prejuicios y miedos que yo particularmente creía definitivamente arrinconados.

Menos mal que la mujer a la que parecía dirigirse, a su izquierda, no se mostraba nada de acuerdo con sus palabras, es más, le contestaba visiblemente alarmada por la violencia implícita de sus comentarios respecto a lo que no dejaba de ser un programa televisivo de entretenimiento en horario de adultos. E intentaba hacerle entender que ella también veía ese tipo de programas y no les daba importancia, la que merecían, puesto que sabía, o podía imaginarse, qué, quiénes y con qué intención se realizan, así como el tipo de espectadores al que van dirigidos, quienes comparten o se sienten identificados con ese tipo de bromas y opiniones. Lo que también le dio pie para hacerle notar a su interlocutor que el horario no era precisamente para niños o adolescentes, y que, en cualquier caso y de poder ver ese tipo de programas, deberían tener a su lado un adulto que les explicara aquello, satisficiera su curiosidad y respondiera a las preguntas que probablemente forjaría su cabeza; aunque me parece demasiado trabajo para un adulto que se precie de serlo. De lo contrario deberían estar en la cama.

El otro negaba con la cabeza porque, “super convencido” como estaba, persistía en que la única solución era prohibir cualquier programa o manifestación de ese tipo, dando igual si niños o adolescentes podían o no tener acceso.

 Llegaba más gente, probablemente quienes estaban esperando, y se levantaban para largarse a comer sin dar por terminada la discusión, pues el tipo seguía insistiendo en las prohibiciones y en el peligro de un exceso de libertad nada bueno que provoca la proliferación de ideas y comportamientos con los que él no estaba nada de acuerdo y, es más, había que erradicar de forma tajante.

No comenté con nadie lo que acababa de escuchar porque no merecía la pena, pero eso no me evitó la lógica preocupación por el modelo de mundo que hemos construido, al que no podemos hacer culpable por sistema, por pura e irresponsable comodidad, descargando sobre él nuestras culpas y prejuicios como si no tuviéramos nada que ver, como si no fuéramos sus responsables directos. No es, pues, extraño, que la derecha más recalcitrante, retrógrada y destructiva en años coseche tanto éxito a costa de denunciar y destruir lo construido sin ofrecer nada a cambio; porque detrás de tanto odio y violencia latente solo hay más violencia, además de un enorme y deplorable erial de ignorancia y resentimiento. Una vuelta al pasado más oscuro en el que un falso “orden natural” imponía el dominio implacable de la riqueza más obscena de unos pocos sobre una sociedad empobrecida de temerosos, crédulos e ignorantes.

Esta entrada fue publicada en Sociedad. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario