Consumo bonito

Tras leer el enésimo comentario sobre la presunta vuelta de lo analógico, ejemplificado en el aumento de ventas de vinilos o carretes para cámaras fotográficas y lo conveniente y revitalizador que es, o sería, tal cambio para enfrentarse, o defendernos, al mundo digital que nos consume, me queda una duda que más parece sospecha, o directamente una sospecha que no da para duda porque resulta evidente que cuando se esgrimen ese tipo de argumentos es que faltan las ideas, y detrás no hay mucho más que el consiguiente reclamo, convertido en renovada excusa, con el que reclutar consumidores -dígase adeptos-; todo ello en lugar de, valga el símil taurino, coger al toro por los cuernos, es decir, por qué no somos capaces de hacernos con las riendas de nuestros propios gustos y aficiones y, ya puestos, de nuestras propias vidas, y seguimos necesitando consumir “otros objetos” -lo que significa reabrir otro mercado- con la excusa de una autenticidad que no conduce a ningún sitio, solo a otro consumo, eso sí, más caro y elitista.

¿Es esa la cuestión? Diferenciarnos del resto y con ello adquirir estatus, exactamente ¿de qué? ¿Qué pretende devolvernos ese nuevo y artesanal consumo que no podamos hacer hoy con los medios que disponemos?

¿Qué tiene que ver una playlist (lista de reproducción) con un vinilo si por parte del receptor último, y consumidor, no existe una noción clara de qué le gusta y por qué, cómo y cuántas veces quiere escucharlo, y disfrutarlo, y, llegado el caso, guardarlo con enorme cariño si ha logrado hacer un hueco en su corazón?

¿Dónde está la diferencia entre las fotografías con carrete y las digitales si quien ha de hacerlas conoce el tema y sabe qué es lo que quiere cuando las toma y dónde buscar, y sobre todo qué ver? ¿El problema es del formato o del fotógrafo?

Es cierto que si te gastas la pasta en un disco no vas a darlo por perdido a las primeras de cambio, sino que te esforzarás por alcanzar -dígase escuchar y disfrutar- aquello que no supiste advertir en las primeras escuchas antes de bajar los brazos y arrojarlo al cubo de la basura. Lo que también sucede con una edición digital, luego el problema tal vez no sea el disco, porque si es malo y te equivocaste no hay vuelta atrás -eso sí, dinerito que pierdes-, el problema es quién pretende escucharlo y por qué, qué le impide hacerlo las veces que quiera y dónde quiera. Admito la cuestión del espacio porque no todos lo tienen para acumular, además de, cuando toque, presumir de ello.

O que hartos de fotografiar con suma facilidad hasta lo más infotografiable, y del mismo modo arrojarlo a la papelera, algún falso e interesado nostálgico pretende ahora reivindicar una fotografía para la que, afortunada o desgraciadamente, no todos estamos predispuestos, quizás porque carecemos de talento o de un mínimo sentido artístico -que como para todo también hay que entender y aprender, es decir, esforzarse. Los carretes no van a hacernos mejores fotógrafos, como tampoco nos hará melómanos entendidos el disco de vinilo, ¿entonces?

¿Por qué los que auguraban el fin de los libros en papel ante el auge de las ediciones digitales han desaparecido del mapa? La batalla, si es que alguno vez existió, o nos la impusieron, la siguen ganando los libros en papel. Afortunadamente. Será que los lectores saben mejor lo que quieren que los aficionados a la música o a la fotografía. Será que nos hemos dejado enganchar por un “hilo musical” cada vez más cutre, repetitivo y anodino creado con el único objeto de que el potencial consumidor, que no aficionado a la música o a la fotografía, no se sienta solo y se pregunte qué puñetas está haciendo. Mejor que siga consumiendo.

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