Violencia

El pecado original católico no deja de ser un eufemismo que evita nombrar el concepto al que sustituye y de algún modo pretende justificar, el mal; una forma de conceder carta de presentación a una “natural” inclinación al mal y la violencia que, sin embargo, define de manera explícita a la especie humana. El pecado original y su correspondiente contramedida, el bautismo, intentan una especie de tabula rasa a partir de la cual el fiel ha de hacerse con el mando de su propia vida, sobre todo en lo referente al tan atractivo mal; una “segunda oportunidad” que predica un sujeto nuevo capaz  de enfrentarse a un mal que está y es más de lo que queremos creer.

Viene a cuento esta especie de introducción con motivo de actos, situaciones y comportamientos públicos que, en la mayoría de los casos y sin que nos preocupe especialmente -se trata de algo natural, como suele decirse-, aceptamos, asumimos y realizamos sin darle más importancia. Aquello del somos como somos. Y si nos fijamos en muchas de las actividades que nos gustan, practicamos o a las que somos aficionados, o en las que de un modo u otro nos vemos inmersos, da igual si de forma obligada o voluntariamente, no es difícil advertir comportamientos de una violencia implícita sobre la que no tenemos respuestas, no damos importancia o nos esforzamos por justificar en ocasiones de la forma más absurda.

La pose y la actitud chulesca del matador en la plaza conforma una escena plenamente asumida por la sociedad como natural y casi obligatoria. A pesar, o precisamente por eso, de que la básica y cruel realidad que los hechos muestran por sí mismos -el espectáculo- hacen difícil, ni siquiera controvertida, una justificación de esa altanera exhibición de orgullo y soberbia por parte de una especie inteligente ante un animal sin escapatoria, acorralado y listo para ser cruelmente acuchillado y muerto. Un animal previamente criado y adiestrado para ello, por puro goce colectivo, que da pábulo a una violenta estética de la muerte que hoy en día cada vez tiene menos sentido. Un ceremonial en el que arte y violencia subsisten de la mano, hasta el punto de que uno no es sin la otra.

Más. Tras el enésimo episodio racista en el fútbol nacional sigue funcionando, si te pilló allí cuando se produjo, la opción de callarse y que denuncien otros, los medios de comunicación, que para eso están. Mientras ocurría las justificaciones y argumentos, siempre falsos e interesados, ganaban la baza en la cabeza de los presentes a la violenta realidad de los hechos. Luego podrá decirse que se trata del fragor emocional de ciertas situaciones -no hay nada como vivirlo en propia piel-, de la tensión que el espectador va acumulando durante el espectáculo -que directamente cambia a la persona- o que las cosas no iban bien en aquellos momentos para los nuestros, lo que en definitiva valida una frustración, personal y colectiva, que acaba derivando en insultos y agresiones que luego, cuando el nervio afloje, habrá que asumir agachando las orejas -o no, si la propia chulería acaba imponiéndose con aquello de uno es así y punto, el calentón del momento ¿o no te pasa también a ti?-; porque lo de ”rebajarse” para pedir disculpas ni se contempla. Hasta la siguiente vez en la que reincidir para luego echar mano de las mismas y vacías justificaciones; y así sucesivamente.

No podía faltar la política, en este caso la estrambótica situación, así como su narcisista y docta justificación por parte del implicado, de un tipo que gustaba hacer lo que sexualmente le apetecía sin pedirlo -comportamiento que parece ser era conocido y nadie denunciaba, tal y como se toleran los insultos racistas del energúmeno de la butaca de al lado, pero muchísimo más grave.  Nimiedades, lo del pedir o preguntar, cuando a uno le tensan unos apremios libidinosos sobre los que no tiene ningún dominio, dicen. En este caso la justificación pertinente es que a uno lo han hecho así, luego la despreciable realidad de mis hechos no es del todo mía, no soy culpable. Entonces, ¿cómo hay que tomar, y en consecuencia actuar, ante hechos y situaciones que nos muestran tal como somos, qué hacer con la sangrante violencia de la muerte del toro, con el insulto racista a quien no es como tú o una agresión sexual?

Toleramos y asumimos situaciones y comportamientos violentos sin querer darnos cuenta de su dura realidad, ni intentarlo; mejor perdernos entre significaciones a cual más abstrusa o inverosímil; somos así, nos gusta sermonear hipócritamente. Y nos olvidamos de que, afortunadamente, ese nosotros ha ido cambiando, a mejor, con el paso de los siglos, luego ya va siendo hora de dejar de aceptar, permitir y callarse ante una violencia consustancial a la especie. Mejor esforzarnos por relegarla a un segundo y civilizado plano, lo de hacerla desaparecer se me antoja imposible.

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