Llegaba el fundido en negro que daba fin a la obra y los aplausos prorrumpían de inmediato. Se encendían las luces de la sala y sin tiempo todavía para saborear, recapitular o pensar sobre lo visto un par de mujeres que ocupaban el mismo número de butaca en la fila anterior a la nuestra saltaban como impulsadas por un resorte para seguir aplaudiendo de pie, impidiéndome ver el escenario, justo en el momento en el que los actores regresaban para el primer saludo. Por lo que también fui de los primeros que se levantó para aplaudir la representación, es cierto que obligado, pero no peor o a disgusto, todo lo contrario. A la segunda o tercera salida para saludar ya era todo el teatro el que estaba en pie y aplaudía a los tres protagonistas, quienes, sonrientes y empapados en sudor, agradecían una y otra vez a los presentes tanto su presencia como su enfervorizada felicitación. Entonces tuve la sensación de estar asistiendo a una especie de comunión en la que, tanto arriba como abajo del escenario, los presentes disfrutábamos al unísono de una celebración conjunta como pocas veces puede darse hoy en día, tantos unidos al mismo tiempo y en el mismo lugar por un mismo sentimiento. No me pareció ver teléfonos móviles buscando la imagen viral porque, supongo, la mayor parte de los asistentes entendíamos que lo mejor que uno puede hacer cuando acude a un espectáculo similar y lo disfruta en cuerpo y alma -nunca mejor dicho- es no perderse ni un instante de lo que sucede ante sus ojos. Juntos los de arriba con los de abajo, en primera persona, sin la intercesión de ningún dispositivo que siempre menoscaba, o directamente entorpece, la viva sensación de sentir en la propia piel el presente.
Los aplausos fueron apagándose poco a poco, aunque, sinceramente, por mí podrían haber continuado durante más tiempo. Haciendo un símil, como ocurre con las propinas en algunos países anglosajones, que han de ser como mínimo de un diez por ciento de la consumición; es decir, que si la obra hubiera durado una hora serían seis minutos seguidos los que deberíamos haber permanecido en nuestras butacas, o en pie, aplaudiendo. Porque en este caso se lo merecían de largo. Y aun así creo que seguiría siendo poco.
Que en los tiempos que corren un pequeño y entusiasta grupo de artistas consiga, con un teatro de máscaras y sin palabras, transmitir a un espectador desconocido y de forma tan intensa tal cantidad de realidad y emociones mediante la dramatización de situaciones vulgares y cotidianas en las que, de un modo u otro, todos nos sentimos representados, con tal carga de solemnidad y respeto, no deja de ser más que importante, además de hermoso. Y que el teatro Español de Madrid haya conseguido comprimir en menos de dos semanas este merecido homenaje a los quince años de la compañía que titula estas letras es más que un dato feliz. Ignoro si el resto de las representaciones, las anteriores o las que aún quedan, trascurrieron, y transcurrirán, con el cartel de agotadas las localidades colgado en la puerta, pero no sería para menos porque tanto el trabajo como el resultado final lo merecen.
Por ello el teatro sigue siendo, si es que en algún momento dejó de serlo, probablemente por incompetencia o incapacidad de sus representantes en circunstancias determinadas, el espejo vivo de una sociedad que siempre necesitará verse a sí misma representada sobre un escenario, como reconocimiento y terapia, como obligación y conciencia, como permanente recapitulación y esperanzador futuro, si todavía pretendemos ser una sociedad de seres humanos con algo que decirnos, o al menos dispuestos a seguir reconociendo lo bueno y lo malo de nuestro comportamiento, o lo que nos estamos haciendo a nosotros mismos.
El teatro de Kulunka no tiene pasado, presente ni futuro porque, como nosotros, siempre ha estado aquí, y nuestra sola presencia ya es en sí un milagro -qué cabe decir de la suya. Una presencia de la que deberíamos estar orgullosos, como lo deberían estar ellos por hacernos más vivos, sinceros y humanos de lo que somos capaces de pensar y sentir.