Fátima

A medida que vamos aproximándonos a Fátima, la publicidad comienza a multiplicarse y los caminantes con el mismo destino, protegidos por sus correspondientes chalecos amarillos, aumentan; nos dirigimos al mismo lugar por motivos diferentes. Como, una vez allí, probablemente veremos parajes que no se parecerán en nada.

Fátima es un lugar tan tremendamente humano y terrenal que lo divino -si es que existe- pasa completamente desapercibido si uno no va previamente predispuesto, o aleccionado, para ello. Aunque es probable que de eso se trate. Si la intención del propio invento en algún momento tuvo que ver con lo espiritual como trascendencia o representación, aquel instante se evaporó hace muchísimo tiempo. Fátima es superstición pura y dura, un sustitutivo religioso personalista aderezado por monótonas y huecas salmodias comunes, que no compartidas, ingeridas tal que sucedáneos de sosiego o felicidad como analgésico contra los dolores del vivir. Además de un gigantesco negocio del que parasitan, algunos solo sobreviviendo, centenares, o miles, de sujetos; más y menos avispados o directamente arrojados allí como última oportunidad, dedicados a sacar provecho de las debilidades de la especie, o incluso a hacer fortuna con ello.

Cualquiera puede ir y venir por el recinto sin dejar de ver grupos y curiosos de una lado para otro, también almas atribuladas a la búsqueda del remedio para su incomprensible y dolorosa existencia. Remedio o parche sujeto con hilos tan livianos que suelen romperse a la primera y humana duda, lo que no obsta para que vuelva a ser recetado por una infinidad de diestros oficiantes ejerciendo de vates armados con la palabra -poderoso sedante- y una retórica dulce y melosa que reconforta, solo momentáneamente, a tantos a la búsqueda de una explicación para tanta desgracia.

Una de las excusas de semejante parque temático es un libro -La Biblia- leído e interpretado, si no torticeramente, sí según conveniencias y necesidades, puesto que lo dicho he invocado en este lugar a partir de lo escrito en la gran mayoría de los casos nada tiene que ver con lo que puede leerse en el texto. El Jesús del Libro, tal y como hizo en el templo, azotaría y expulsaría de allí a tanto desalmado egoísta e interesado comerciando provechosamente con las debilidades de sus semejantes. Y a la vista de su enorme extensión y múltiples variedades, el negocio funciona, sobre todo a costa de los peor situados en la permanente competición por salir adelante en este mundo, o entre quienes inesperadamente se ven golpeados por un azar que nada sabe de preferencias, devociones o destinos.

Este lugar no deja de ser un ejemplo del completo fracaso de la especie como grupo, comunidad o sociedad, incapaz de trabajar conjuntamente en beneficio propio, es decir, mutuo; quizás fraguando objetivos compartidos que facilitaran las vidas y existencia de cuantos más mejor. Aquí la religión, o lo que sea que se ofrezca o imparta, se oferta como terapia de consumo estrictamente individual; vivo ejemplo de la sociedad que acoge y fomenta estos artificios. No hay ni se ve amor ni bondad participada en sentida comunión, cada cual a lo suyo, tan solo rezos y plegarias individuales que dan forma a un murmullo dirigido de escasa permanencia; los anhelos particulares nacen y mueren en el mismo instante. Sobresale la pobre desgraciada que se arrastra de rodillas rumiando sus penas en busca de una solución que nunca llegará si no es por ella misma, y junto a esta, pero no mezclados, otros que acuden a bordo de caros vehículos y se alojan en lujosos hoteles adecuados a su estatus -imagino que también religioso-; y son numerosos quienes se apiñan y gastan su poco o mucho dinero en un inclasificable surtido de objetos tan absurdos como inútiles e insustanciales: ya sea un repelente exvoto de plástico representando algún órgano interno, un colgante vulgar y chabacano que se romperá al segundo día o un lujoso cáliz -y puede que los hubiera de oro- adquirido con el orgullo de poseer algo, si no único, sí especial con que adornar una personal devoción; y porque se puede.

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