Padres

De tan inesperada, difícil -incluso borrascosa- y hermosa dedicación, no por todos bien asumida, entendida y practicada, caben destacar más dificultades -como sinónimo de problemas, responsabilidad y, también, alegrías- que beneficios directos, independientemente de ese orgullo que nos gusta mostrar sin que sepamos muy bien por qué o para qué, puesto que nuestros hijos, afortunadamente, no somos nosotros. Tras años de un aprendizaje conjunto y en muchos casos sin advertir las distancias que poco a poco se van estableciendo entre unos y otros, padres e hijos suelen pertrecharse inconscientemente, contra toda razón, de una serie de pautas y normas que en la siguiente ocasión sirvan para saber cómo actuar. Con el inconveniente añadido de que alguna de las partes acabe adquiriendo, por su propia cuenta y riesgo y a partir de una experiencia que jamás es definitiva, la mala costumbre de creerse por encima de la otra, o de tener la situación controlada, cuando precisamente es todo lo contrario. Sin embargo, ya se trate del celoso augurar, prever y planificar de unos, en la mayoría de los casos rayano en lo peor, como de la arrogante inexperiencia de los otros, siempre estará ahí la increíble sorpresa de descubrir que en el otro lado no deja de haber, en puridad, alguien como tú.

Como padres es habitual intentar prolongar los tentáculos de una supuesta y benefactora protección llevándolos hasta territorios tan desconocidos que, quizás entonces y una vez allí, su alcance y posible ayuda de lugar a consecuencias contraproducentes o totalmente contrarias. Pero eso ni se piensa ni, desgraciadamente, preocupa. Doy por hecho que habrá algunos de nosotros que entiendan que su labor es en el fondo poco útil, e incluso inútil, y hasta perjudicial; la responsabilidad y libertad que hemos pretendido mostrar e inculcar, si es que íbamos por ese camino, no necesita de arneses ni barandas. Si hemos sido justos tendremos que admitir que la mejor forma de que aprendan es haciendo sus vidas por sí mismos, con los consiguientes tropiezos y altibajos, también con los aciertos, en última instancia fruto de la educación adquirida, así como gracias a las destrezas propias o también descubiertas. No hay mucho más.

Cualquier otro intento de extender nuestra presencia y protección más allá de lo conveniente, y necesario, traerá más problemas y perjuicios que beneficios. Perjudicaremos su iniciativa y capacidad de crítica, así como la correcta y autónoma aplicación, errores incluidos, de lo paciente y amorosamente enseñado. Es más que probable que los proveamos de muletas económicas, dados los tiempos que corren las únicas que nos empeñamos en entender como realmente efectivas, porque en el fondo siempre hemos pensado que vivir, más allá de carácter, suerte, valor, educación y madurez, se trata de una cuestión de dinero; como si el dinero lo curara todo. Corriendo el peligro de abandonar en este mundo un alma tan inválida como inútil, débil y temerosa, que antes que salir a buscar y conocer, preferirá protegerse encerrándose con tal de conservar lo que nunca entendió como un regalo envenenado, todo lo contrario, sino como un cómodo y sólido baluarte con el que enfrentarse a la propia vida y sus fantasmas -que son solo eso, fantasmas.

Trasladamos en muchos casos a nuestros propios hijos más miedos que alegrías, más desconfianza que amor, más dinero que cariño. Puede que en última instancia todo se limite a tanto tienes tanto vales, y así vives, bien protegido, pero entonces estaremos hablando de otra cosa. Habremos dejado a la intemperie un alma incapaz de entender el mundo en el que vive, la parte más importante, diría que fundamental; un alma prematuramente endurecida y sin hacer, apilada junto a una multitud de cápsulas estancas como ella, con serias dificultades para asomarse y respirar.

Mejor confianza que protección económica. Mejor vivir con ellos que para ellos. Mejor responsabilidades que dependencia, tampoco material. Mejor el apoyo lejano, para cuando suceda lo que siempre sucede, hasta cuando los cálculos no habían dejado nada al azar, que una presencia constante y opresiva que conlleva más temor que respeto, más bien cariño mal entendido, tampoco felicidad. Porque la felicidad nacida del miedo no es felicidad, se trata de una felicidad alicorta que se conforma con permanecer en el sitio viendo cómo la vida pasa, pero sin ser vivida.

Mucho mejor hacerles saber que, estén donde estén y suceda lo que suceda, siempre habrá un lugar al que regresar y conversar entre adultos.

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