Si bien es cierto que el local no estaba muy concurrido aparentemente nadie se apercibió de su llegada, ni levantó la cabeza para observar, o curiosear, ni hubo comentarios al respecto sobre su aspecto, el acierto o la intrascendencia de su presencia, tampoco sobre sus bien puestos cuernos -como que parecían suyos-, sobre el rotundo y curvilíneo negro de su atuendo, el espumillón de sus alitas, también negras, o las pretendidamente horripilantes pinturas que intentaban adornar o desfigurarle el rostro, o darle carácter, o impresionar, cualquier cosa por la que alguien se sienta pacientemente a que le embadurnen el careto porque la fecha lo pide y a ella le apetece, aunque en el fondo no sepa muy bien por qué, lo que tampoco es importante, como no lo son los comentarios en contra o a favor por parte de quienes para ella ni siquiera existen, aunque mejor admirativos; seguro que amigos y conocidos si la felicitarían por el acierto de su disfraz, o caracterización.
Pero estaba sola, se sentó sola y sin necesidades imperiosas al margen de tirar inmediatamente de teléfono móvil y sumergirse, dedo va dedo viene, en la infinita letanía de festivas y decrépitas novedades que, siempre con prisa por miedo a perderse eso tan importante que nunca acaba de llegar, permanentemente muestran tales dispositivos para sordo gozo de su poseedor, en este caso poseedora.
Al intento del camarero de prestarle atención solicitando una previsible o supuesta consumición ella respondió alzando la mano en señal de espera, un momento por favor, sin despegar la mirada de la pequeña pantalla. Gesto que el muchacho interpretó acudiendo a una mesa contigua donde requerían con visible impaciencia su presencia para cuestiones que en esta ocasión sí tenían que ver con su trabajo allí.
No hace falta decir que se trataba de la noche del treinta y uno de octubre, fecha no señalada en los calendarios para quienes tampoco necesitan avisos o advertencias sobre cómo se mueve el mundo, siempre que tenga que ver con hacer la vida diferente, es decir, divertida. Pero lo cierto es que nadie más del local aparecía disfrazado, vestido o mostrando algún detalle o adorno a tono con la fecha y la hora, tal vez ajenos, ignorantes o directamente indiferentes ante tales alegrías, o de vuelta, o quizás todavía sin llegar.
La tarde/noche prosiguió sin novedades, los que estaban charlaron, rieron, consumieron sus bebidas y cenas y llegado el momento se largaron con viento fresco a sus ocupaciones, o quizás a prolongar la salida en otros lugares y con otras consumiciones. Fueron llegando nuevos clientes y ocupando mesa tras mesa, haciendo lo que corresponde en tales lugares. El camarero multiplicó su actividad, en algunos momentos intensa pero sin llegar a frenética, llenando con ello una jornada más en función de una clientela que, como es evidente, fue disminuyendo en número a medida que la noche avanzaba.
Nuestra disfrazada endemoniada continuó durante este tiempo a lo suyo, embebida en la pantallita repartiendo felicitaciones y “me gusta” como si no hubiera final, tal era el muestrario de peticiones y solicitudes que se traía entre manos, solo presente cuando el muchacho volvió a acercarse para solicitarle nada porque nuevamente fue detenido con una mano en alto, sin mirada directa o indirecta, tampoco explicativa o aclaratoria del motivo de su no colaboración, por lo que aquel decidió unilateralmente abandonar aquella mesa a su suerte durante el resto de la noche. Ni siquiera le preocupó advertirle a la que de momento no se comportaba como cliente de la comprometida y totalmente contraria al negocio ocupación de una mesa y sus correspondientes sillas, consumir algo de lo allí ofrecido o en caso contrario largarte por donde habías venido. Tampoco desde le barra le apremiaron para poner entre la espada y la pared a la concentrada cornuda que no despegaba la vista del teléfono móvil. La noche se iba dando bien, la gente entraba y salía, al parecer satisfecha por la estancia y lo consumido, y nadie tenía porque ir más allá ya que en ningún momento hubo necesidad de ocupar esa mesa o algunas de las sillas que la acompañaban.
La diabólica y astada protagonista, ignoro si inesperadamente abandonada, equivocada, herida o directamente solitaria, fue perdiendo presencia y algo de lustre, si es que en algún momento lo tuvo; sus retorcidos cuernos, no obstante, permanecían sólida y orgullosamente enhiestos apuntando al techo, sobresaliendo tan intactos como conmemorativos, quizás demasiado solos, sin asustar ni impresionar, algo abandonados en una noche que se iba prolongando sin compañía, ayuda ni celebración; en algún momento interrogativos, incluso del acertado disfraz acompañante que su portadora se había decidido a lucir, conjunto en el fondo deslucido por, visto lo visto, su escasa o ninguna aceptación entre los presentes, ni mucho menos éxito, lo que al parecer no importaba porque el lugar en el que sí estaba no conseguía sacarla de su abstracción, o abducción.
Como también fue transcurriendo la noche en la pantalla del teléfono, interminable, profusa en imágenes, terrores y sonrisas, hasta tal punto que resultaba imposible despegar la vista de ella porque en tal caso corrías el riesgo de perderte algo que después no podrías comentar, afirmar que viste y disfrutaste, pillándote descolocada, con lo que ello significa a la hora de tener un hueco en la fiesta. Tal vez la única duda estribaba en si quedaría alguna foto suya que otros también pudieran ver y disfrutar.