Candor

Candor, palabra comprometida, poco o nada usada y de significado limpio y claro, lo que implica que el hecho de elegirla como título exige de algún modo cierta responsabilidad en cuanto a conseguir trasladar con ella al texto todo lo que en su momento me sugirió, el motivo por el cual me detuve o me vino a la cabeza a tenor de lo que estaba viendo, a sabiendas de la enorme dificultad que conlleva justificarla en puridad.

Se trataba de mujeres, jóvenes y muy jóvenes de parecida constitución física, más bien pequeñas, hasta el punto de que vestidas de manera similar, también en cuanto a tonos y prendas, todas parecían la misma; y podías ver muchas, casi de la misma altura, el pelo largo y recogido en una cola de caballo básica, con tejidos y hechuras idénticas cubriendo brazos y su estrecho torso, además de una falda larga, tan discreta como púdica, protegiendo u ocultando sus piernas hasta el mismo borde de los zapatos, desapercibidos por anodinos.

Una cartera y un teléfono móvil con teclado en las manos, si, un teléfono que parecía proveniente de otra época. Numerosos rostros y ojos claros y risueños atentos y expectantes, dulcemente ingenuos en sus risas y sonrisas, tantas como cuchicheos y pequeñas conversaciones precipitadas en secretas confidencias. Un continuo baile de idas y venidas que procuraba la accidental formación de esporádicos como calculados grupos que no perdían de vista ni un momento el ambiente de la calle o plaza, fijas en sus objetivos, o ninguno en concreto, necesariamente curiosas, tan inexpertas y relucientes como inocentes; porque no cabía otra cosa que no fuera inocencia tras un primer y sorprendente vistazo que dejaba al extraño, yo mismo en este caso, con la palabra en la boca, sin saber qué reconocible en ellas resplandecía tan fresco como sincero.

Cuerpos y mentes en permanente tensión dispuestos a aplaudir, cantar e incluso bailar músicas y melodías locales interpretadas en una plaza o una concurrida calle como si se tratara del último éxito del momento. Refractarias a una mueca, feo o gesto de desánimo o desconsuelo, tampoco tristeza, o dudas, como mucho, esas dudas de sus pocos años tan impulsivas como trascendentes. Palabras y alegría en sus bocas y ojos siguiendo ávidos a otros grupos, a otras chicas, y sobre todo chicos, como ellas de acá para allá bajo la serena y luminosa oscuridad de la noche. La misma pureza, cuchicheos y excitación que al día siguiente mostraban sus inquietas cabezas sobresaliendo tímidamente por encima de la separación entre mujeres y hombres que parcela la explanada del Muro de las Lamentaciones.

No es que en otros lugares, en las sociedades occidentales por ejemplo, otras jóvenes con sus mismos años no muestren idénticas sonrisas, excitación y pureza, pero desgraciadamente esta sociedad de consumo las vigila, asedia y seduce desde muy pequeñas, aleccionándolas y manipulándolas de forma cruel, abducidas hasta el punto de transformarlas en auténticos disfraces andantes que enmascaran y difuminan, o directamente ocultan y hacen desaparecer, rostros y expresiones reveladoras de la fisiología y alegría más frescas, sepultadas bajo una ansiedad por la apariencia que desvirtúa el resto, incluido aquello que precisamente debería ser lo importante a la hora de reconocernos.

Creo que ahí reside todo. Que en una sociedad -hablo de su parte más ortodoxa- tan austera, estricta e intransigente como la judía aún sea posible admirar tal ingenuidad y pureza, tanto candor en unas jóvenes que recién se asoman al mundo, no deja de sorprender; y no estoy del todo convencido si es para felicitarse. Se trata de un resplandor, de la reveladora e iluminadora brevedad de su estallido, espléndida, feliz y gratificante, motivo suficiente por el que creo que es obligadamente posible dejar a un lado, a la par que necesario, al menos por esta vez, el rudo, opresivo, patriarcal y represor porvenir que les aguarda a estas mujeres, más que un futuro la condena de todo un género en la tierra, designio por el que sus padres se desviven despóticamente conscientes de que su presente se ha de convertir de forma irremediable en el futuro de ellas, de sus jóvenes hijas.

La pregunta pertinente sería quién, por qué y con qué derecho -tampoco vale Dios- es capaz de ensombrecer y cercenar de raíz el maravilloso descubrimiento de asomarse a la vida y al mundo por primera vez, regalos de los que estas jóvenes serán desposeídas inmediatamente después.

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