Desde muy pequeños nos hemos habituado a verlas en los mapas, esas líneas que separan colores y que a la inevitable pregunta del niño por su significado algún adulto responsable responde que se trata de países distintos, es decir, lugares donde habitan personas idénticas, con idénticas ilusiones y problemas, que suelen hablar diferente, pero no siempre.
El color también representa a aquel o aquellos quienes mandan y cómo mandan, es decir, otras personas en principio elegidas por sus compatriotas -pero desgraciadamente no siempre- para que dirijan y gobiernen ese trozo de tierra, territorio e incluso continente que, como sucede con las personas, en nada se diferencia de la tierra de al lado.
Luego vendría la literatura, leyendas y epopeyas -todo tipo de cuentos caseros-, mitología ad hoc -por lo de la antigüedad y la tradición- y el resto de la parafernalia simbólica; sacrosanta historia construida a golpe de espada y talón que supuestamente legitima unos poderes adquiridos conveniente santificados por los popes de turno -otros señores dedicados a certificar con toda solemnidad fábulas y ficciones; por lo que viven muy ricamente.
Lo dicho surge a partir de un simple vistazo a un mapa cualquiera, e independientemente de su veracidad y/o conveniencia, se trata de la cantinela que todos aprendemos desde muy niños y que nos predispondrá adecuadamente para posicionarnos en el futuro en cuanto a creencias, opiniones, manifestaciones, ofensas y algunos orgullos que incluso pueden llegar a convertirse en sangrientos.
Pero vivir y moverse por una frontera puede ser otra cosa muy distinta, porque precisamente allí tratas y hablas con personas que consideran esa línea imaginaria -que por supuesto no existe físicamente, ni ven ni les importa- su casa, y han hecho de esa enclave su vida; entonces te das cuenta de que no es para tanto, que de lo dicho nada de nada. En las fronteras no hay líneas ni colores, ni siquiera permeabilidad, las personas que allí viven van y vienen sin preocuparse por los mapas, y las rayas simbólicas o hipotéticas pueden traspasarse tantas veces como uno quiera porque el de al lado no deja de ser tu vecino. Y así cada día, disfrutando de un sinfín de diferencias que en nada afectan a la convivencia, todo lo contrario, además de permitirte hablar y comunicarte en lenguas distintas que representan dos visiones diferentes del mismo mundo, con lo que ello tiene de enriquecedor.
El único inconveniente de tales lugares, fastidio y hasta problema, por el que se crean e imponen líneas, rayas, colores y cerrojos, proviene de otras personas que, originarias de puntos alejados de esas tierras, odian las fronteras; en primer lugar porque nunca vivieron en ellas y las temen, a lo que añadir que tal vez desde pequeños los amedrentaron con cuentos y mentiras que hablaban de que, allá a lo lejos, donde “nuestra tierra” acaba (¿?), viven otros como nosotros que sin embargo no son como nosotros (¿?), además de tener un aspecto terrible, probablemente violentos y que además nos odian por ser quienes somos, por supuesto mejores que ellos.
Por todo ello y si es posible, lo mejor es acudir directamente donde las fronteras y dejarse acariciar por su trasiego casi familiar, un deambular que en algún momento de la estancia te proporciona la agradable sensación de darte igual el lado en el que ese preciso momento te halles.