Siempre he entendido el fenómeno drag queen como un espectáculo entre lúdico y festivo en el que prima sobre todo el entretenimiento. Una atractiva exageración que cualquier persona podría poner en práctica por pura diversión, mucho mejor si se intenta en serio y a fondo, con profesionalidad y todo lujo de detalles, sobre todo frente a la opción cutre y carnavalesca de la misma actividad que, quizás por falta de ganas y presupuesto, tiende a recrearse en la variante divertida y sardónica resaltando la parte más escandalosa y picante del juego, la exageración de los rasgos que más atraen y distinguen a las mujeres vistas por los hombres, parte fundamental del invento.
Lo que nunca he tenido claro son los intentos de relacionar esa actividad artística con cuestiones de género, denuncia, desprecio o minusvaloración de cualquiera de ellos, del femenino por las exageraciones a las que puede dar pie tal dedicación y del masculino por alguna especie de insulto u ofensa hacia la nobleza del género por parte del supuesto rebajamiento implícito en el atuendo de los protagonistas que, creo, solo ven almas tan retorcidas como atormentadas. Es evidente que el ocultamiento o la errónea solución de los propios prejuicios, aprensiones y carencias jamás ha de ser a costa de los demás, fundamentalmente porque los demás no son los culpables de nuestras debilidades y frustraciones.
La relación del espectáculo drag queen con la canción española también se me escapa, nunca llegue a verla del todo, quizás por el inconveniente de haber sufrido durante mi infancia la insoportable monserga localista, cateta y racial que pretendía el permanente y persistente rodillo folclórico de la canción española -al menos así la sufrí, con todo lo que desgraciadamente pudiera haberme perdido por ello-, fomentadora de esa mujer, mujer, de rompe y rasga y con lo que hay que tener, una mujerona que pretendía ejemplificar todo lo patrio y genuino del régimen, sin matices ni sugerencias, una mujer que debía parecer hembra antes que mujer, ya no digamos incluir calificativos y tonos que tuvieran que ver con el valor de lo femenino como sexo independiente.
Como difícil de entender es la prohibición de asistencia de grandes o pequeños a este tipo de espectáculos.
Viene esto a cuento de mi relativa sorpresa, tras la asistencia a un espectáculo de Drag Queens, por la insistencia por parte de los artistas en hacerse reconocer por el público como lo que en realidad son, personas trabajando en lo que les gusta, su preocupante y reiterada búsqueda de aprobación por parte de los asistentes de su honrada actividad frente a unos detractores y perseguidores que probablemente deben sufrir unas carencias cerebrales y de convivencia francamente irreparables. Porque la realidad del espectáculo, concretamente de aquel, fue que disfrutamos con él, unos más y otros menos, pero todos de acuerdo y en consonancia con lo que nos estaban ofreciendo. La estupenda evidencia de un recinto completamente lleno participando en una representación original, divertida y entretenida. Público de todo tipo y edad, mayores en gran parte, que acompañó, cantó y bailó de buen grado con los artistas, sobre todo las mujeres, mucho más desinhibidas e integradas, riendo, coreando y aplaudiendo de lo lindo, aceptando e interviniendo felices en y con cada uno de los números que los artistas fueron desgranando a lo largo de la noche.