Redención

En la película La ballena, enésima versión del recurrente y manido tema de la redención -eterno problema que al parecer atormenta al pueblo y, por extensión, al cine norteamericano- lo único destacable es el trabajo interpretativo, pasado por los correspondientes efectos especiales, de Brendan Fraser, el resto se trata del postrero intento de liberación, vía heroica expiación, de un ciudadano corriente que ante el inevitable fin de sus días opta por un sospechosamente valeroso y desesperado -amén de cinematográfico- gesto de reconciliación con sus semejantes, fruto de un momento de lucidez con el que pretende ser, repito, redimido, querido y recordado. Comportamiento y situación que no dejan de ser otro acto o gesto univoco muestra del mismo alejamiento egoísta que ha regido la vida del sujeto en cuestión, realidad que en última instancia se pretende edulcorar o abandonar obligado por lo inevitable de los acontecimientos. Pero para que tal redención sea merecida ha de justificarse de algún modo, y lo que antes parecía una vida egoísta y caprichosa ahora ha de iluminarse incuestionable, desesperada o enternecedora, incluso merecida por causas o situaciones ajenas que obligaron al protagonista a dar esos esforzados pasos que solo los elegidos pueden llevar a cabo. Vida al fin dispuesta para un juicio benigno y condescendiente, también compasivo por parte de quienes jamás merecieron compasión de su parte, incluidas las correspondientes vidas perdidas o destrozadas que este oportuno acto de expiación pretende satisfacer o calmar, felizmente agradecidas a esta nueva y mágica conciencia que el paso de los años ha reimplantado en la, al parecer, siempre atormentada mente del protagonista.

Un intento de redención que, por ejemplo, Clint Eastwood ha explotado hasta la saciedad mostrándonos en sus películas a individuos, tan aislados y libres como desdeñosos y calculadores, que en situaciones extremas o en las etapas finales de sus vidas de pronto se muestran sorprendentemente sensibles y preocupados por las consecuencias de sus propios actos, dispuestos a redimirse ante el mundo y sus víctimas de siempre, ahora mágicamente reconocidas como iguales; mejor si se trata de una heroica expiación con signos de posteridad.

Cada una de estas muestras del heroico carácter individualista norteamericano es supervisada -directamente mencionado o subrepticiamente elidido- por un vigilante supremo, fatum definitivo y definitorio que en última instancia todo lo ve y dirige, hasta los actos más odiosos o aparentemente irrelevantes que, por fin, revelarán un significado y sentido ocultos que de algún modo ayudarán a que el futuro redimido protagonista encuentre la siempre autoconvincentemente amañada razón de su existencia. Se trata de mismísimo Dios de la Biblia, versión el Dios cristiano que figura en los billetes de dólar o protege la cruzada salvadora del heroico Donal Trump y su América primero.

Y como tal funciona esa blanca luz celestial, sagrado colofón, que cierra la miserable vida del protagonista de la película con la que comenzaba estas letras.

Ese mismo Dios etnocéntrico, cruel y vengativo -no tienen nada más que recurrir a las páginas del famoso libro y comprobarlo por sí mismos- celoso de los suyos y su sangre, de sus tradiciones y su única y exclusiva verdad.

Que la religión venga impregnando de forma tan absoluta cada una de las actividades de la vida diaria -empezaba hablando de cine- puede acabar convirtiéndonos en intransigentes talibanes de lo nuestro, colocándonos en situación de igualdad frente a aquellos de los que supuestamente nos pretendemos defender por sentirnos amenazados. Situación social que se manifiesta políticamente a nivel mundial por el auge de una extrema derecha que a falta de argumentos, ni los tiene ni le importan, solo objeta unas tradiciones basadas en la santidad de la caverna y la cachiporra.

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