La mujer camina con rapidez y cara de preocupación, nada de ensimismada, por momentos el gesto a punto de desencajarse, en algún modo ausente, sin llegar a errática, pues sabe muy bien hacia dónde, cuál es su dirección. Apresurada y nerviosa, presa de un descolocado y completo movimiento que dice más que el mero caminar. Se detiene ante la puerta, justo cuando los niños comienzan a salir, tan felices como liberados, también cansados, incluso aburridos, con renovadas esperanzas a la búsqueda de esa mirada querida que les llevará de vuelta a casa. La misma mujer cambia de pronto su semblante y comienza a agitar los brazos mostrando una sonrisa de oreja a oreja, las ha visto y le han visto. En décimas de segundo, ese mismo mundo que la llevaba apenas sin fuerzas y a punto de la derrota, con la cabeza asediada por una maraña de violencia y desprecio, de fracasos y errores -en algunos casos dolorosamente indiscernibles de sí misma-, de casi agotamiento físico y moral, se transforma en una alegría desbordante y contagiosa tan inesperada y sorprendente, como sospechosa, por lo que tiene de desesperado salto de página, de portazo a lo indeseado, a lo indeseable, de último tren hacia una tarde y un mañana que, sin embargo, no ha cambiado ni un ápice.
Cogidas de la mano, las tres, caminan dicharacheras y felices contándose, las niñas la mañana y sus fastidiosas rutinas, lo que no han aprendido o no les ha gustado y lo que sí quieren hacer ahora que ya están fuera. Mamá cuenta y responde a algunas de sus preguntas sin detenerse en detalles, su mañana también ha sido de aúpa, frenética, trabajo y más trabajo para que sus niñas sonrían y en unos minutos puedan comer lo que les apetezca; e incluso ahora, cuando se detengan en la tienda de siempre a comprar algunas cosas que faltan, puedan elegir, es cierto que a regañadientes porque en el fondo no hay para regalos, ni grandes ni pequeños, el último capricho sobre el que habrán de insistir forzando a su madre a dar la espalda a una cruda realidad con la que en aquellos precisos y preciosos momentos no le apetece seguir pleiteando, guardada únicamente para sí; en el fondo sabedora de que esa guerra está completamente perdida. La lacónica compra la volverá a dejar sin suelto, tampoco papel, del que apenas dispone, de nuevo incapaz de negarse a esos pequeños regalos que le vacían el monedero un día sí y otro también, siempre ante la mirada, entre condescendiente y acusadora, del tendero que también hoy ha preferido no volverle a insistir sobre la deuda que sigue acumulando a costa de su buena voluntad. De vuelta a la calle prosiguen las risas entre las tres, una nueva vuelta a casa convertida en el momento más feliz del día, un pequeño viaje por el que merece la pena levantarse, por el que ella se levanta cada mañana, y que en el fondo sigue dando forma a una traición a sí misma de la que en aquellos momentos no quiere oír ni una palabra, y lo que es peor, una traición hacia sus propias hijas, mal habituadas a ser engañadas, y dejarse engañar -son solo niñas, no imbéciles-, con la excusa de sus pocos años y ese delicado y complicado derecho a la felicidad que en nada les beneficia. Como tampoco vale el falaz argumento de que son pequeñas y todavía es pronto para que se preocupen por cuestiones de adultos que nunca entienden, ni mejor ni peor explicadas -ni egoístamente quieren-, simplemente porque no coinciden con lo que ellas entienden por vivir y a la vez desean con todas sus fuerzas, dándoles igual el resto, sobre todo las negaciones, cualesquiera, ese desagradable invento que los adultos esgrimen cuando no saben qué hacer ni pueden.
Quizás porque, momentáneamente, su única tarea en este mundo consiste en salvar a su madre cada día de su propia vida, como si no hubiera mañana.