Perdido

El interior de la enorme nave, fresquito, tal y como imaginaba, luce atiborrado de estanterías a la vez saturadas de todo tipo de objetos y dispositivos con diseños y formas inverosímiles, grandes -enormes- o increíblemente pequeños, casi minúsculos. En aquel aparente y solitario silencio se mueven con lentitud curiosos, como él, visitantes y clientes con visible apremio o necesidades evidentes, con clara obligación de adquirir algo de lo que allí se muestra y almacena. En la penumbra de los pasillos priman la calma y el detenimiento, la observación pausada y el concienzudo análisis de cualquiera que sea el objeto que el individuo en cuestión decide recoger de la estantería ante la que permanece detenido. En contraste con la actitud de los presentes imagina que su presencia allí se antoja innecesaria, incluso incómoda para su inocente curiosidad o modo de entretener la espera. En su caso no existe un mínimo interés por lo que allí se expone y vende, principalmente y por la sencilla razón de que no acaba de comprender aquel gigantesco acopio de objetos y su para él desconocida utilidad; quizás porque toda aquella acumulación de usos ignotos no le dice nada, o todo le parece igual, que viene a ser lo mismo. Se ha colado porque fuera hacía calor y la espera al sol no le apetecía, se trataba de buscar una sombra fácil y un entretenimiento que en principio parecía benigno y, ahora que lo piensa, otra cuestión será dar con la salida, puesto que todos los pasillos le parecen iguales, aunque es cierto que no en todos se exponen los mismos objetos. Pero si una cosa sobresale por encima de su completo desconocimiento son los rostros serios y concienzudos de los otros visitantes, su interés y analítica actitud para cualquier cosa que tengan en sus manos, su experta manipulación, mirando y remirando los textos que aparecen en las cajas y envoltorios y girando sobre sí mismo el objeto en cuestión, sopesándolo y valorando sus hipotéticas cualidades y la previsible satisfacción de su uso.

En un intento trata de hacer lo propio y alcanza una caja al azar de una estantería, por imitación, disimulo o sincero esfuerzo a la hora de apreciar valores y cualidades que en principio se le antojan inimaginables, pero por más que gire y escrute el objeto o voltee y revise la caja que lo contiene primorosamente protegido no logra ir más allá de la misma, de unos números y un lenguaje incomprensible; lo que no deja de ser tan inquietante como desafiante para con su pasmosa ignorancia, no saber qué, para qué o dónde. Aunque las personas que se mueven entre pasillos no parecen distintas por su aspecto a él mismo, pero probablemente están en posesión de un sexto sentido o unas capacidades de las que él carece por completo.

Tras dejar el último objeto, más bien pesado, en la estantería y lugar correspondiente advierte de pronto que entre los presentes no hay ninguna mujer, eso sí es curioso -piensa-, pero en la entrada no advirtió ninguna prohibición específica que les impidiera la entrada. Aquel lugar permanece abierto para todo aquel que le apetezca acceder, tanto a comprar o como en su caso curiosear, o simplemente entretener el tiempo.

Inesperadamente ha de esquivar a un tipo que pregunta con evidente preocupación a -imagina- quien parece ser un empleado ataviado con unos colores que se repiten en estanterías y mobiliario. Le interroga acerca de una pequeña máquina de aplicación y uso específicos, insospechados para él, atendiendo con seriedad a las explicaciones del empleado e insistiendo en detalles, números y medidas a las que el joven y diligente experto responde dándole en parte la razón y ampliándole las perspectivas de uso de aquella pequeña maravilla de la técnica.

Y es al finalizar otro largo pasillo cuando, al girar hacia su derecha, ve a un tipo sólidamente plantado en el suelo, piernas abiertas y lo que parece un ancho cinturón -no una canana- ciñéndole la cintura, tal que un auténtico cowboy valorando el posicionamiento y disponibilidad de sus armas, aunque en este caso se trate de una exótica variedad de herramientas estratégicamente encajadas en huecos y pequeños depósitos que florecen del borde inferior del cinto. El tipo se mira y remira en un espejo que tiene delante y sonríe más que satisfecho cuando mueve las manos con rapidez haciendo como si cogiera algunos de los objetos con los que parece ir armado. Solo falta el malo al otro lado del pasillo.

Una vez fuera, cansado de deambular por aquel universo tan viril, comprueba que no, no está prohibido el acceso a mujeres, luego aquello debe ser un templo de renovación y confirmación de los valores masculinos de la especie -de ahí la ausencia de ellas-, un reducto para expertos y elegidos listos para actuar en lo que quiera que ellos consideren, no sé si útil para los demás, o fundamental para el afianzamiento su papel preponderante en este mundo. Ya en el coche observa el enorme cartel que luce en el techo de la nave: TODO PARA EL BRICOLAJE.

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