Hay una escena en una de las películas de la serie Ice Age en la que unos pájaros muy simples, o tontos, o básicos, persiguen a la carrera un melón, y en un ejemplo típico de gregarismo se lanzan al unísono al vacío de un precipicio tras él, feneciendo en la caída y con ello casi haciendo desaparecer la especie.
No sé si la intención de la escena es dar idea de la simpleza de los bichos y de su innato instinto gregario, características que les llevan a su consiguiente e inevitable desaparición por incapacidad genética o intelectual, tanto da. Aunque también podría tomarse su extinción como una consecuencia de la escasez de alimentos y la inconsciente o vital desesperación de la especie por conseguirlos; a fin de cuentas el melón es comida en una época en la que las especies hambrientas eran más numerosas que los alimentos disponibles. En cualquier caso se trataba de mostrar en imágenes, creo, una cierta bobería, simpleza o insustancialidad a la hora de estar en el mundo, o vivir.
Tampoco sé exactamente por qué cuando tuve noticia del desgraciado accidente sucedido en Corea con motivo del pasado Halloween me acordé de aquellas aves tan humildes e insulsas. Sin obviar el inevitable e inconveniente humor negro que destila tal comparación -o impropia, desafortunada o simplemente mal intencionada, da igual, ese no es el tema y asumo por ello mis propios defectos o carencias por las que pido de antemano disculpas-, sí me gustaría que alguien se atreviera a explicar, sin peros, encogimiento de hombros, justificaciones pueriles ni excusas pretendidamente sociales que solo intentan lavar la cara de lo que simple y llanamente es una cruel, despreciativa, humillante y vil explotación de tus semejantes, a qué obedece que decenas de jóvenes -parte supuestamente importante del futuro de la humanidad, que hemos traído a este mundo sin su consentimiento y debemos educar para que no cometan nuestros errores y puedan ser más felices que nosotros, sus padres- perezcan de forma tan desoladoramente gregaria tras una enorme, infantil y estúpida majadería como es Halloween -que ni siquiera es comida, ahí los pájaros bobos de la película serían mejores que nosotros, hasta más inteligentes si cabe.
Cómo hemos llegado a admitir con toda normalidad que entidades, organismos, corporaciones, negocios “manos negras” -lo que ustedes quieran- inventen y fomenten actividades y comportamientos tan vanos como ridículos con el único fin de entretener, manipular y explotar de manera burda e insustancial tantas y tan valiosas vidas por hacer, conduciéndolas a la sinrazón de sus propias muertes en función de un hipotético tinglado /negocio tan infantil y precario como al parecer mortal.
Qué tipo de sociedad admite sin levantar la voz situaciones tales, sin denunciar, perseguir y expulsar a quienes se enriquecen y viven de semejantes banalidades; en función de qué libertad esa misma sociedad acepta que sus propios vástagos, llevados por su ingenua juventud, su propia inconsciencia y los instintos más gregarios se suiciden sin poder ni hacer nada por evitarlo, solo callar y asumir el dolor.
Luego no es de extrañar que una de las máximas aspirantes a la extinción también sea la especie humana, tan básica y gregaria como capaz de autoextinguirse mediante invenciones tan desérticas y absurdas como inexplicables.