Si no fuera porque los vemos, vivimos y sufrimos, tal y como viene sucediendo desde hace ya bastante tiempo, bien podríamos decir que los reyes solo son personajes de cuentos, sujetos de un imaginario común indispensables para el mantenimiento y perpetuación de unos ordenamientos políticos y sociales, antiguos o actuales, de cualquier tribu, comunidad o sociedad sólidamente establecida. Una institución que probablemente basa una gran parte de su curioso prestigio en una tradición oral comprimida en infinidad de historias y cuentos infantiles encargados de incrustar en el inconsciente colectivo un orden y jerarquías tan arcaicas como fantasiosas -o simplemente ficticias- que, sin embargo, para muchas personas conforman una simbología tan consoladora como cohesionante, vital para el cuasi sagrado sostén de algunas sociedades desarrolladas actuales.
Aunque tal ficción sea, si cabe, lo más alejado de la realidad en un mundo que sigue a lo suyo -sin que todavía sepa de qué se trata-, por los siglos de los siglos. Los reyes y sus historias vienen ocupando, no obstante, un lugar bastante peculiar en el acervo colectivo, el de una ficción autoimpuesta intemporalmente real que en el fondo no importa lo más mínimo; pura retórica y ceremonial que todos admitimos, contemplamos y asumimos sin que se nos caigan las razones, por la sencilla razón de que para esta cuestión hoy no las hay -y en el fondo nunca las hubo-; no es que sean innecesarias sino que en cualquier conversación civilizada se antojan absurdas, infantiles e incluso ridículas.
No se trata de que estos individuos o figurantes sean mejores o peores personas, si aptas o no, tampoco cuestión de talantes, caracteres o predisposiciones, temas, éstos, mucho más prosaicos, sino de la misma institución, su vigencia o realidad que más de uno justificaría de forma ferviente y entusiasta argumentando su irreemplazable existencia en función de la hipotética necesidad para la población de un referente sólido y contrastado -¿moral? ¿de justicia? ¿todavía divinidad?- que guíe y otorgue sentido a sus al parecer desorientadas, atribuladas y necesitadas vidas.
Creo sinceramente que no existen razones para la permanencia de semejante alambique, como evidente es la absurda y forzada pompa y solemnidad de sus en principio más importantes actos o simple presencia; figuras, situaciones y/o celebraciones que únicamente tienen un sentido -aparte de para la cómoda y distendida vida y riqueza de sus representantes- para sus más inmediatos beneficiarios y mantenedores -las clases en el poder-, que, en su obsesiva autoperpetuación, ponen convenientemente en juego cuando la ocasión pinta para ello. Porque organizar tales y grandilocuentes eventos en función de unas personas sin ninguna relevancia material, tampoco moral, en la población tiene poco de realidad y mucho de cuento; enésimo ritual opresor perpetuado por parte de quienes manipulan y dirigen este entramado tan corrupto como caduco.
O la parte más prosaica del tema, las monarquías son necesarias porque su vetusta presencia, entre absurda e incomprensible, sirve para atar corto a tantos que de otro modo se sentirían mucho más solos en sus vidas -cuestión esta que desgraciadamente es muy real- y tal vez propensos a conductas poco colaboradoras, atrabiliarias o francamente disolutas; aunque a algunos nos cueste tanto entenderlo.