Tal vez el problema, si puede decirse tal y en ese caso estaban todos incluidos, también ella, era que olvidaban el significado de regalar más a menudo de lo que debieran; no tanto del regalo sino de la acción, del hecho en sí, el ofrecimiento de afecto y consideración, de amistad o cariño, o amor, por parte de alguien que te aprecia o te quiere y lo hace de buen corazón. Como también se mostraban olvidadizos del discreto segundo plano en el que deberían quedar las apetencias y voluntad del regalado, cualidades y/o disposiciones que se suponen indisolublemente unidas a una correcta educación dispuesta tanto a sonreír como a agradecer con sinceridad la sorpresa recién descubierta -aunque en alguna ocasión se trate de la peor sorpresa del mundo. Quizás por ello algunos piensan que para hacerlo mal mejor no regalar, los regalos nunca son necesarios -quiero creer que tampoco para estos recibirlos, aunque es cierto que regalar no tiene por qué ser un gesto imprescindiblemente recíproco. En cualquier caso allí estaba ella, a vueltas con su cabeza -lo habitual- al tiempo que atenta a la hora de dejar a la vista las correspondientes muestras de emoción fácilmente discernibles para los pares de ojos que, a su alrededor, no perdían detalle de sus gestos y movimientos, sumándose a una ilusión común que, llegado el momento, debería finalizar con la esperada y exultante reacción ante el feliz descubrimiento. Al menos eso era lo esperado.
Cavilaciones y precauciones que le hacían manipular el paquete con cierta desgana, puede que suficiente para que un ojo atento llegara a sospechar advirtiendo algo más que emoción en ella. Los presentes, además, ignoraban que últimamente andaba más bien escamada, molesta porque había llegado a odiar los regalos y el ridículo ceremonial de su apertura, la general y opresiva atención -sí, a ella le parecía opresiva- a la hora de captar el más mínimo gesto cómplice o de sorpresa del regalado. Malestar o inconveniencia que en su caso provenían de la desafortunada repetición de unos regalos francamente inconvenientes, inútiles, estúpidos e inservibles; extravíos sin pies ni cabeza por parte de quien te aprecia o incluso te quiere. Hubo un momento en el que llegó a detestar que le regalaran porque ya nunca acertaban, ni por aproximación. Le cansaba todo aquello.
El cuchillo cortaba ahora limpiamente los precintos, todos, hasta dejar liberadas las solapas que ocultaban el interior mostrando el contenido. En su deliberada lentitud su cabeza volvía a extraviarse, en esta ocasión con algo que siempre le había parecido más bien mezquino, la burda excusa de aquellos que no sabiendo, ni queriendo interesarse en regalar, una molesta obligación, o un incordio -ignoraba si también pensaban lo mismo a la hora de recibirlos-, “soportaban” el inconveniente forzando a sus “víctimas” a manifestarse respecto a necesidades, gustos, deseos y apetencias, porque de lo contrario no habría regalo. Según estos uno no puede arriesgarse y hacer el canelo perdiendo tiempo y dinero regalando algo inútil o innecesario; un regalo es algo que específicamente necesitas o te apetece, de lo contrario mejor no regalar y/o, llegado el caso y una vez cometido el error, queda el derecho del regalado de renegar del regalo, devolverlo o directamente tirarlo.
¿Acaso era ella de estos últimos? No pudo seguir porque la proximidad del final comenzaba a traicionarle. Pero había más papel, la caja no era proporcional al contenido, ¡menuda tomadura de pelo! Intrigada, levantaba y apartaba con cuidado papel y más papel, sin alzar la vista porque intuía, con razón, que se los encontraría tan sonrientes como ganadores, sabedores de que la emoción comenzaba a delatarle. Hasta que la vio y se vio en el fondo de la caja, su rostro enmarcado en plata -en lisa y ancha plata-; en tal calidad que podía adivinarse el fino y claro vello y sus enormes ojos clavados en una fotografía cuya imagen se distinguía con total claridad en el espejo situado a su espalda; también ella, más pequeña, no recordaba cuándo ni dónde. Y rompió a llorar, sin poder evitarlo y sin que le importara, sus sollozos imponiéndose sobre un repentino silencio entre tenso y avergonzado que había dejado la expectación como segundo plato.