Estado

Detenidos observando el perseverante canto de un jilguero en una desnuda rama junto al rio dejábamos que la tarde prosiguiera su curso sin otra cosa que hacer que estar, contemplar cómo la pequeña ave insistía con sus trinos en una arboleda en la que la primavera todavía quedaba lejos, no así en cuanto a la temperatura, una plácida tarde sobre la que iban acumulándose las horas del día que comenzaba a declinar, también las de más ajetreo, poco antes de la comida y sin saber dónde comer, en una pequeña plaza atestada de gente vestida de carnaval hablando, riendo y bebiendo como si de un reencuentro de amigos se tratara, regreso tras una larga temporada entre ocultos y enclaustrados, sin poder verse las caras.

Tan solo unos kilómetros más allá, a esta hora, probablemente esa misma gente seguiría, después de un breve y merecido reposo, con sus charlas y celebración momentáneamente interrumpidas, participando de un contagioso estado de ánimo que también había calado en visitantes como nosotros, inesperadamente encauzados en el trajín de callejuelas y sombras que poco a poco fueron sumergiéndonos en el jolgorio general, entre sonrisas, disfraces, músicas y cánticos compartidos en la acera de algún bar o multiplicados, mesa a mesa, durante la espera de lo que todavía no sabíamos si sería aperitivo o comida. Un ambiente festivo más que necesario en el que se mezclaban sin medida desde niños de unos pocos años hasta ancianos de punta en blanco todavía con fuerzas para alzar la voz sosteniendo un vaso en la mano. Exigencia de un intercambio entre iguales tan vital como el canto del pequeño y solitario jilguero.

Tampoco creo que a ninguno de los participantes le apeteciera hacer mención del benigno invierno en el que todavía estábamos, nada que ver con aquellos inviernos de bufandas y chupones de hielo que solemos recordar cuando hablamos del invierno. Conversación innecesaria que ninguna nube parecía capaz de provocar ensombreciendo la imperiosa necesidad de hacernos y sentirnos vivos.

Rápidamente abducido por el ambiente general, también yo había dejado atrás algunas pequeñas incomodidades y prevenciones de las que me resulta difícil desembarazarme cuando mi cabeza se levanta con el pie cambiado y no está por la labor. A esta hora de la tarde respiraba tranquilo porque a lo largo del día había sido capaz de dejarme llevar por las horas y lugares con los que íbamos tropezando, olvidando poco a poco los puntos suspensivos de los que a primera hora de la mañana parecía no poder desprenderme. Tampoco se veía ni oía por allí esa guerra que estos días nos acosa y absolutamente a todos duele y entristece, a la que, como a tantos, me ha sido completamente imposible encontrarle un motivo o justificación, además de asqueado por la abusiva y falsa información con la que permanentemente nos persiguen y acosan  malos periodistas y unos medios de comunicación que no dejan de hurgar sin vergüenza en cualquier mínima herida ajena que nada aporta y, en cambio, más y más enriquece a bandidos y maleantes habituados a vivir de una violencia que siempre humilla a otros. Las cosas son mucho más sencillas, y solo quienes pretenden falsearlas en beneficio propio se dedican a enmarañarlas confundiéndolas y confundiéndonos hasta hacernos perder de vista la verdad que subyace tras estas calamidades.

Caminamos de regreso acompañando al sol en su descenso entre cumbres que pronto lo ocultarán cuando, sin venir a cuento, vuelvo a las sombras y los pequeños detalles, sueltos que deambulan por mi cabeza y que nada tienen que ver con el día y su ocaso, o tal vez sí, pero no con la luz que nos acompaña sino con esas otras penumbras que en ocasiones nos imponemos con tal de deslumbrar antes que para alumbrar nuestros propios pasos. Y en este lento y plácido declinar me veo inesperadamente embarcado en una especie de melancólica rememoración que va deteniéndose al azar en amigos y conocidos que en algún momento también se enredaron escabulléndose entre esos tonos grises, de vuelta a sí mismos, mera ocultación, deambulando por lugares desconocidos o completamente vacíos en los que no había nada que descubrir, lo que no impedía que, con tal de mantener alta la vista, se desangraran mediante pequeñas mezquindades que apenas cubrían su desorientada cobardía, incapaces en aquel momento de aceptar que la realidad de las cosas no son las cosas según nuestro exclusivo y particular modo; mejor nada, aunque seamos nosotros mismos quienes siempre perdemos.

Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario